Huele que alimenta, y engorda

Huele que alimenta, y engorda
Huele que alimenta, y engorda.

El sentido del olfato ejerce por sí mismo un papel muy importante en la regulación del peso corporal.

Suele decirse que comenzamos a comer por los ojos o por el olfato. Sin embargo, probablemente nadie piensa que se pueda engordar comiendo por los ojos o tan solo percibiendo los deliciosos aromas de un plato bien preparado. 

El dicho popular que da título a este artículo: “huele que alimenta”, no es sino una metáfora para expresar lo apetitoso que encontramos determinados platos. El olor de una buena comida, por supuesto, no nos va a engordar.

 ¿O sí? 

Por si acaso, tapémonos las fosas nasales antes de sumergirnos en lo que sigue, porque un grupo de investigadores estadounidenses y alemanes ha descubierto que el sentido del olfato, al menos en los ratones, ejerce por sí mismo un papel muy importante en la regulación del peso corporal y en el desarrollo de la obesidad. 

Veamos cómo han conseguido alcanzar esta sorprendente conclusión.
La ciencia ha revelado que el equilibrio entre la ingesta y el consumo de la energía procedente de los nutrientes depende de una intrincada red de factores, tanto hormonales como neurológicos. 

Estos últimos son muy importantes y permiten a los animales adaptarse rápidamente a cambios en la disponibilidad de alimento, cambios que pueden ser drásticos en algunas situaciones. 

Así, el sistema nervioso central posee circuitos neuronales que integran la información externa y desencadenan las respuestas fisiológicas adecuadas de manera autónoma e inconsciente. 

Estas respuestas incluyen la secreción de hormonas pancreáticas, el almacenamiento de grasas o su liberación, la generación de calor a partir de la oxidación de las grasas, o el almacenamiento o liberación de glucosa.
 
Entre las señales que nos llegan de los sentidos no cabe duda de que los estímulos olfativos influyen de manera importante sobre el tipo de alimentos que preferimos y el apetito que podemos sentir por ellos. Por esta razón, los investigadores se dijeron que el olfato podría ejercer una importante función en la regulación del equilibrio energético. 

De hecho, ya sabían que los estímulos olfativos activan regiones del hipotálamo, una región del cerebro que regula aspectos importantes del comportamiento alimenticio, como la sensación de hambre. Además, el estado nutricional afecta a la sensibilidad del olfato. 

Esta es elevada cuando se tiene hambre, pero disminuye drásticamente tras haber comido. El mismo plato cocinado no huele igual de apetitoso con hambre que sin ella. 

Para comprobar si el olfato desempeña algún papel en el control del peso corporal sería necesario estudiar qué sucede en personas, o al menos en animales, que carezcan del sentido del olfato o, al contrario, que posean un sentido del olfato superior al normal, y estudiar qué sucede con su apetito y peso corporal. Identificar a este tipo de personas o animales es muy difícil.
 
Afortunadamente, las actuales técnicas de manipulación genética permiten generar ratones de laboratorio que carecen del sentido del olfato. 

La manipulación que emplearon los investigadores consistió en introducir un gen en su genoma, el cual produce una proteína receptora para la toxina de la difteria. Este gen artificial fue diseñado de tal forma que solo funciona en las neuronas olfativas, por lo que estas son ahora muy sensibles a la toxina. 

Al administrar a estos ratones una pequeña dosis de toxina de la difteria, solo las neuronas olfativas son afectadas y mueren, consiguiendo así que los ratones pierdan el sentido del olfato. 

Los científicos observaron que los ratones a los que se había hecho perder el olfato perdían también peso, alrededor de un 16% del peso corporal que tenían antes de perder este sentido. Como una primera hipótesis para explicar esta observación, los investigadores propusieron que los ratones sin olfato comían menos que los normales. 

Sin embargo, cuando midieron las calorías que unos y otros animales ingerían comprobaron que no había diferencia. Tampoco había diferencias en la cantidad de nutrientes absorbidos por el intestino, ni en la cantidad de excrementos producidos. Por consiguiente, la pérdida de peso asociada a la pérdida del olfato tenía que ser debida a otras causas. 

Curiosamente, la pérdida de peso se producía incluso cuando se sometía a los ratones a comer forzosamente una dieta rica en grasas, lo que los convierte en obesos. 

En este caso, una vez obesos, el tratamiento con la toxina de la difteria para hacerles perder el olfato condujo a una pérdida de peso de un tercio del peso inicial, lo que es verdaderamente enorme. Para una persona, supondría pasar de pesar 100 kilos a pesar solo 67. 

Si la pérdida del olfato conduce a una pérdida de peso, ¿podría un olfato superior al normal conducir a una ganancia de este, incluso a la obesidad? Para comprobarlo, los científicos generaron un ratón con un súper olfato también mediante manipulación genética. 

Estos ratones ganaron peso y desarrollaron enfermedades metabólicas como la resistencia a la insulina, es decir, se convirtieron en diabéticos de tipo dos. 

Los científicos no conocen con certeza todavía los mecanismos moleculares y fisiológicos que conducen desde la nariz a la obesidad, o tal vez incluso también a la anorexia, pero observan que los animales sin olfato poseen elevados niveles de adrenalina en sangre, una hormona que participa en la movilización de azúcares y grasas, y poseen una mayor cantidad y actividad del tejido adiposo marrón, encargado de la quema de grasas para generar calor y asociado a un efecto protector sobre la obesidad. 

No obstante, es todavía desconocido cómo el olfato genera estos efectos.

Estos estudios tal vez permitirán el desarrollo de estrategias basadas en la manipulación del olfato para combatir la obesidad o controlar el apetito. Quizá un perfume adelgazador, en lugar de embriagador, sea lo próximo que nos encontremos, de venta en farmacias.

Publicado por / Fuente : http://jorlab.blogspot.com
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