Figuras estrambóticas estadounidenses

Aaron Burr
Aaron Burr
Aaron Burr, el hombre que intentó crear un nuevo país a principios del siglo XIX con partes de EEUU y España.

La Historia está plagada de personajes que se la jugaron llevando a cabo apuestas muy ambiciosas; como suele ocurrir en tales casos, el éxito o el fracaso son los que determinan que su protagonistas pasen a la posteridad con letras de oro o como figuras estrambóticas y el estadounidense Aaron Burr forma parte de ese segundo grupo. 

No es para menos, dado que se estrelló en un plan tan inaudito como difícil a principios del siglo XIX: desgajar el suroeste de EEUU y parte de lo que entonces aún era el Virreinato de Nueva España para fundar un nuevo país independiente.

Hijo de un reverendo presbiteriano y nieto de un famoso teólogo calvinista, Burr parecía predestinado al oficio religioso y por eso entró en la Universidad de Princeton para estudiar Teología. 

Sin embargo abandonó esa carrera por la de Derecho, que tardó en terminar porque el estallido de la Guerra de la Independencia le llevó a ponerse a las órdenes del general Benedict Arnold. Durante el conflicto, participó en la campaña de Canadá de 1775, de la que regresó ascendido a capitán y convertido en un héroe, lo que hizo que George Washington le incorporase a su estado mayor.

No se llevó bien con el futuro presidente y prefirió regresar al frente, consiguiendo dos años después el cargo de teniente coronel. Pero en 1779 un infarto le obligó a dejar las armas y retomar los libros de leyes, empezando a ejercer de abogado en Nueva York en 1782, justo tras la marcha de los británicos. Ese mismo año se casó con la viuda de un oficial de la Royal Navy, con la que tuvo una hija. El matrimonio duró doce años, hasta que la mujer falleció de cáncer.

Entretanto Burr inició una carrera política al ser elegido Fiscal General de Nueva York y senador por el Partido Demócrata-Republicano. Incluso Jefferson le propuso para la vicepresidencia pero al final se impuso la candidatura de John Adams. No obstante, Burr conseguiría el puesto en 1799 al colaborar decisivamente en el triunfo electoral de Jefferson. Eso sí, el nuevo presidente desconfiaba de su ambición y logró que poco a poco se le fuera apartando de las decisiones; ello llevó a un enfrentamiento de Burr con Alexander Hamilton, secretario del Tesoro, creador del primer partido político de los recién nacidos EEUU (el Federal) y causante de la llamada Rebelión del Whisky, que terminó con el primero matándole en un duelo a pistola.El duelo entre Burr y Hamilton/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

En lo que fue el primero de los muchos affaires que tendría con la justicia, Burr tuvo que huir a Carolina del Sur acusado de asesinato, si bien la causa no prosperó y pudo volver a Washington. Eso sí, su carrera política se tambaleó y además empezó a tener apuros económicos. Quizá esas circunstancias influyeron en lo que sería el inicio de la gran aventura de su biografía y uno de los episodios más singulares de la historia de EEUU: la conspiración, que hoy lleva su nombre, para crear un nuevo país con la secesión de territorios de EEUU y del Virreinato de Nueva España.

No está muy claro el asunto y no todos los historiadores creen que hubiera tal plan. Empezó en 1804 cuando Burr, presuntamente, le sugirió al embajador británico Anthony Merry la posibilidad de recuperar parte de sus colonias americanas a cambio del suministro de armas, ayuda de la Royal Navy y fondos (medio millón de dólares) para una expedición que planeaba con el fin de separar Luisiana de la Unión. Londres demoró su respuesta y en 1806 Merry recibió orden de regresar a su país, no sin que antes Burr le advirtiera de que la operación se llevaría a cabo con o sin Gran Bretaña.
El año anterior había viajado por el territorio en cuestión, contactando con adeptos como Harman Blennerhassett, un terrateniente que aportó importante ayuda económica. En una isla de su propiedad se almacenaron armas y suministros mientras se reclutaban voluntarios para atacar el virreinato español, que en esos momentos empezaba a sufrir los primeros brotes independentistas, por lo que hubo un grupo de criollos dispuestos a apoyar la expedición.

Hay que tener en cuenta que, en esos momentos, aproximadamente la mitad de lo que hoy es EEUU pertenecía a España, recién rematada la compra de la Luisiana por EEUU; era una inmensa gobernación (dos millones y cuarto de kilómetros cuadrados al oeste del río Missisipi) cedida a Carlos III por el Tratado de París (1763) para compensar la pérdida de La Florida pero que más tarde (1803) se devolvió a Francia por el Tratado de San Ildefonso. Dicha devolución se hizo en 1803 y Napoleón se la vendió a Jefferson ese mismo año por quince millones de dólares.

El caso es que Aaron Burr había arrendado a la corona española unos ciento sesenta kilómetros cuadrados de Tejas para dedicarlos a cultivo y además contactó con el embajador Carlos Martínez de Irujo y Tacón para exponerle su plan de desmembramiento de EEUU, que empezaba a verse como un país de gran potencial. Irujo colaboró económicamente, aunque sin permiso de Madrid. Ahora bien, las actividades de Burr no le pasaron desapercibidas al gobernador de Ohio, quien considerándolas sospechosas ordenó a la milicia estatal asaltar la isla que servía de base.

Los cabecillas lograron escapar y contactar con el general James Wilkinson, a la sazón gobernador de Luisiana, que también se sumó al plan de Burr y prometió enviarles tropas, ya que flotaba en el ambiente la inminencia de una insurrección en el virreinato y había que intentar beneficiarse. Sin embargo Wilkinson era un personaje muy ambiguo que en 1780 ya había intentado la secesión de Kentucky y Tennessee; al enterarse de algunos incidentes armados con fuerzas españolas temió por las dimensiones que podía alcanzar todo aquello y su responsabilidad (luego se supo que además estaba a sueldo de España), terminando por denunciar a sus socios. 

En un primer momento Jefferson no dio credibilidad a la acusación, más que nada por no comprometer al Partido Demócrata-Republicano. Pero el fiscal general de Kentucky, Joseph Hamilton Daveiss, presentó cargos contra el antiguo vicepresidente. Como un jurado rechazó abrir un juicio por falta de pruebas, Wilkinson se veía comprometido, así que entregó la correspondencia que había mantenido con Burr, parte de la cual estaba cifrada; parece ser que también manipuló algunos textos.

El hecho es que en ellos se daba a entender que, además de intentar provocar una guerra con España, Burr conspiraba contra EEUU. Jefferson ordenó entonces detener a los implicados, que en ese momento se movían por el Mississipi con su ejército. En Bayou Pierre, cerca de Nueva Orleans, se enteraron de todo y decidieron entregarse; aunque Burr intentó una fuga en 1807 fue capturado de nuevo y enviado a Richmond, Virginia, para el juicio.

Sorprendentemente, resultó absuelto de traición, ya que conspirar no implicaba ese cargo y además él se empeñó en negarlo todo. Por otra parte, la acusación de encabezar una expedición militar contra España sin autorización del Congreso y violando la Neutrality Act también se disolvió porque Jefferson había entregado permisos en blanco y ello implicaba que ni Burr tenía responsabilidad total ni la campaña tenía por qué ser contra España (aparte de que, en general, una guerra contra ésta estaba bien vista por todo el país). Para colmo, resultó que las tropas apenas sumaban ochenta hombres con rifles de caza y que en la isla de Blennerhassett no se encontró tanto material como se había dicho.

Wilkinson, cuya carta se demostró que había sido parcialmente falsificada, terminaría ante un consejo de guerra cuatro años más tarde y, tras ser perdonado y participar en una nueva campaña contra Canadá, se retiró falleciendo en 1825; en el recién nacido México, paradójicamente. Harman Blennerhassett, que estuvo en prisión durante el juicio, se acabó trasladando a Montreal dedicándose a la abogacía antes de irse a la isla inglesa de Guernsey, donde murió en 1831. La frontera entre EEUU y España permaneció inalterada y se fijó por el Tratado de Adam-Onís entre 1819 y 1821, por el que se ratificaba la soberanía española sobre Texas a cambio de la cesión de Florida.

En cuanto a Aaron Burr, al acabar todo el embrollo su vida política se terminó definitivamente, como es lógico. Las deudas acumuladas le hicieron dejar EEUU en 1808; marchó primero a Inglaterra, de donde fue expulsado por insistir en buscar apoyo para su fallida empresa, y luego a Francia, para pedir lo mismo a Napoleón infructuosamente. Esa gira, en la que también visitó Escocia, Dinamarca y Suecia, terminó por arruinarle del todo y no pudo regresar a su país hasta 1811.

Para esquivar a sus acreedores cambió de apellido (adoptó el de Edwards) y se volvió a casar con una rica acaudalada, aunque ella le dejó a los cuatro meses cuando vio el ritmo al que empezaba a descender su capital. Al año siguiente perdió a su hija en un naufragio y retomó la profesión jurídica en Nueva York. La muerte le llegó a los ochenta años de edad, el 14 de septiembre de 1836, por lo que tuvo tiempo de ver la independencia de Texas; como dijo él mismo “Lo que para mí era traición hace treinta años ahora es patriotismo.”


Spencer M. Clark ,el hombre que puso su propio rostro en billetes estadounidenses emitidos durante la Guerra de Secesión.

Spencer M. Clark
Spencer M. Clark
Con el comienzo de la Guerra de Secesión el 12 de abril de 1861 se produjo un hecho que suele ser habitual en caso de conflictos bélicos, o por lo menos lo era hasta que las monedas dejaron de fabricarse con metales valiosos. Me refiero a la acumulación de monedas en previsión de tiempos difíciles, esperando que su valor tendiese al alza. 

Pronto la escasez de monedas llevó a la gente a utilizar otros medios para pagar, como los sellos, pero las cosas se pusieron tan mal que finalmente el gobierno decidió emitir papel moneda en fracciones de centavo. Los primeros billetes se emitieron el 21 de agosto de 1862, algo más de un año tras el comienzo de la contienda. Durante los 14 años siguientes aparecerían billetes de 3, 5, 10, 25 y 50 centavos, con la particularidad de que ninguno de ellos llevó jamás número de serie.

En aquel momento el superintendente de lo que más tarde sería la Oficina de Grabado e Impresión de los Estados Unidos, quien supervisaba la creación, impresión y puesta en circulación de los billetes de curso legal, era Spencer Morton Clark.

No solo era el jefazo que controlaba la emisión de papel moneda, era el primero de todos, ya que había sido idea suya la de crear tal oficina separada del Departamento del Tesoro, lo que consiguió en 1862. El 29 de agosto de ese mismo año comenzaba sus operaciones al frente de la nueva Oficina Nacional de Divisa, ayudado por un asistente y cuatro operarias. 

Clark, que desde 1856 había trabajado para el Departamento del Tesoro, introdujo varias innovaciones en el proceso de creación de los billetes, como la automatización de las firmas de los responsables del Tesoro o la creación del sello oficial que todavía aparece hoy, con variantes, en los billetes de dólar actuales.

En marzo de 1863 el Congreso aprobó la emisión de la tercera serie de billetes de centavo, especificando que el de 5 debía llevar la efigie del famoso explorador Clark, en referencia a William Clark. La expedición de Lewis y Clark fue la primera llevada a cabo por estadounidenses que cruzó el oeste de Norteamérica, iniciándose el 31 de agosto de 1803 y finalizando el 23 de septiembre de 1806, produciendo una ingente cantidad de mapas cartográficos de la vasta región.

El caso es que, aunque probablemente Spencer Clark sabía lo que quería decir el Congreso cuando le indicaron que quien debía aparecer en los billetes era Clark, vio la oportunidad de pasar a la historia de una manera singular y estampó su propio rostro en ellos.

Nadie sabe exactamente como ocurrió, e incluso hay una teoría alternativa que implica al propio tesorero de los Estados Unidos, Francis E. Spinner, fruto de un malentendido surgido en una conversación entre ambos al respecto de quien debía aparecer en ellos.

Los billetes de esa tercera emisión comenzaron a circular el 5 de diciembre de 1864, y para cuando el Congreso se percató del asunto ya se llevaban impresas grandes cantidades, lo que hacía imposible su retirada. La única opción que quedó fue eliminar, en la siguiente emisión de 1869, los billetes de 3 y 5 centavos. Antes, por si acaso, el 7 de abril de 1866 el Congreso aprobó una ley según la cual solo pueden aparecer en el papel moneda de los Estados Unidos personas que hayan fallecido, ley que aun se mantiene vigente.

Sorprendentemente Spencer M. Clark no fue fulminantemente despedido, sino que mantuvo su puesto al frente de la oficina de emisión de moneda, gracias a la intervención personal del secretrio del Tesoro, Salmon P. Chase (a él se debe la frase que aparece en todos los billetes de dolar: In God We Trust (En Dios confiamos).

Siguió dirigiendo la impresión de papel moneda hasta su dimisión en 1868, pasando a trabajar para el Departamento de Agricultura, donde llegaría a dirigir la Oficina de Estadística hasta su muerte en 1890. Hoy los billetes de cinco centavos con su efigie son muy codiciados por los coleccionistas.

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