Cuando Hungría fue una república soviética

Cuando Hungría fue una república soviética
Cuando Hungría fue una república soviética tras la Primera Guerra Mundial.

Días atrás publicamos un artículo en el que veíamos cómo, poco antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, Checoslovaquia se desintegró entre movimientos centrífugos internos (que dieron lugar a la República Eslovaca) y el desguace a que la sometieron Alemania y Polonia el mismo año en que Hungría recuperaba una región llamada Rutenia Transcarpática. 

Lo curioso es que, frente a los otros, el gobierno magiar era de naturaleza muy diferente ya que en 1919 se había proclamado la República Soviética Húngara.

El final de la Primera Guerra Mundial supuso un montón de cambios en Europa y, puesto que el Imperio Austro-Húngaro estaba en el bando de los derrotados, le tocó experimentar algunos incluso antes del Tratado de Versalles. 

El 30 de octubre de 1918 las tropas se negaron a disparar cuando un golpe de mano de las asociaciones de soldados derrocó al gobierno de János Hadik, que apenas llevaba un día en el poder, y obligó al emperador a aceptar la presidencia del socialdemócrata Mihály Károlyi.

Károlyi era el líder del llamado Consejo Nacional, una alianza de los partidos Socialdemócrata y Radical que cinco días antes había hecho público un manifiesto exigiendo, entre otras cosas, el final de la alianza con Alemania, la independencia del país respecto al imperio, la liberación de presos políticos, una reforma agraria y la convocatoria de elecciones libres con sufragio universal y voto para la mujer. Hadik sacó las tropas a la calle para disolver las manifestaciones pero se encontró con su desobediencia en lo que ha pasado a la historia como la Revolución de los Crisantemos.

Fue relativamente incruenta -aunque los soldados asesinaron al representante del emperador, el conde Esteban Tisza, al que odiaban por considerarle responsable de llevarles a la guerra- y el resultado se bautizó como la República Popular de Hungría, proclamada el 16 de noviembre. Una vez al frente del ejecutivo, el Consejo Nacional cumplió su promesa y se separó del imperio pero se mostró incapaz o remiso a hacer lo mismo con los otros puntos. 

Así, proclamó el sufragio universal pero sin convocar elecciones y la catastrófica situación económica del país derivada de la guerra siguió sin solución, máxime cuando la ansiada reforma agraria tampoco se desarrolló de la forma esperada.

En realidad, como suele ocurrir, Károlyi no disponía de demasiado margen de actuación y no podía arriesgarse a tener en contra a los conservadores mandos del Ejército o a algunas figuras clave de la administración, siempre recelosos de las reformas excesivas. Tampoco contó con el apoyo de la Triple Entente (la coalición integrada por Francia, Gran Bretaña y Rusia), que ni siquiera reconoció al nuevo régimen pese a firmar con él el Armisticio de Belgrado, que debía regular las discutidas fronteras.

Para intentar garantizar el orden se procedió a licenciar masivamente a los soldados. Lamentablemente, ello, sumado a los más de cuatrocientos mil desertores y setecientos veinticinco mil prisioneros de guerra liberados por los soviéticos, supuso cerca de un millón y cuarto más de ciudadanos que de pronto se encontraban en la vida civil sin empleo ni medios para sostenerse. Junto con amplios sectores del campesinado, ellos constituyeron las bases del nuevo PCH (Partido Comunista de Hungría), fundado el día 24 de noviembre. 

Pese a no contar aún con muchos militantes, desde el principio fijó como meta la revolución, adquiriendo el armamento que iba entregando el ejército germano para equipar a sus crecientes cuadros e infiltrándose entre sindicatos y consejos militares, hasta entonces fieles al Consejo Nacional. Y es que el gobierno iba perdiendo el apoyo popular a marchas forzadas y debilitándose a ojos vista: los ministros apenas aguantaban unas semanas en el cargo.

Otro problema al que tuvo que hacer frente fue el de las reclamaciones de las minorías étnicas, que no se pudo solucionar y terminó con la pérdida de territorios fronterizos cuando los países del entorno intervinieron para anexionarse las partes que les interesaban. Así, aprovechando que el ejército húngaro estaba en proceso de desintegración y, por tanto inoperativo, los rumanos de Transilvania proclamaron su incorporación a Rumanía el 1 de diciembre y las fuerzas armadas de este país ocuparon la región. Algo parecido había hecho Yugoslavia el mes anterior y también Checoslovaquia se adueñó de Rutenia, que era de población eslovaca, con el visto bueno de la Triple Entente.

Con la entrada en el nuevo año no sólo no cambió nada la situación sino que empeoró y si la extrema izquierda se lanzaba a las calles para presionar, la derecha hacía otro tanto, chocando violentamente, lo que llevó al gobierno a prohibir el PCH y otras asociaciones extremistas. En la práctica eso suponía todos contra Károlyi, que el 20 de marzo, ante el ultimátum de Rumanía que buscaba apropiarse de más territorio y no teniendo fuerzas que oponer, presentó la dimisión.

El gobierno quedó en manos de una coalición de socialistas y comunistas -con mayoría de los primeros- bajo la dirección de Dénes Berinkey, un jurista socialdemócrata que primero se vio desbordado por algunas acciones comunistas y después reprimió con dureza una huelga minera, zanjada con un centenar de muertos. Las dos facciones de la izquierda se volvieron irreconciliables pero los socialistas fueron radicalizando su ideario para amortiguar la imparable defección de militantes en favor del PCH y su cada vez menor influencia en los sindicatos: nacionalizaciones, subida impositiva, represión de contrarrevolucionarios…

El orden público se vio aún más mermado con los consejos ejerciendo el poder real a la manera de los soviets ante la impotencia gubernamental; además, las tímidas reformas económicas fueron insuficientes para afrontar la gravísima situación de precariedad general y el descontento popular llevó a Berinkey a convocar elecciones para el 13 de abril. No se llegaron a celebrar porque socialistas y comunistas fusionados recibieron el poder de un ingenuo Berinkey, proclamando la República Soviética Húngara el 21 de marzo de 1919. Károlyi, que seguía siendo presidente, dimitió.

Aunque Lenin consideraba prematura la implantación de un sistema comunista en Hungría, dadas las arcaicas estructuras semifeudales del país, lo cierto es que los ejemplos ruso y espartaquista inflamaron a las masas. El nuevo partido tenía como líder a Béla Kun, un abogado, periodista y sindicalista, militante de la socialdemocracia pese a ser de familia burguesa; un veterano de guerra que había combatido en el frente ruso cayendo preso y abrazando el bolchevismo hasta el punto de que se afilió al POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, posteriormente reconvertido en el PCUS) y colaboró con los soviets en la Revolución de Octubre. Toda esa experiencia la aplicó luego en su país, cuando regresó en 1918 haciendo caso omiso de Lenin.

Y aunque estaba encarcelado, terminó asumiendo la cartera de Exteriores en el nuevo gobierno, cuya cabeza era Sándor Garbai. Éste era un albañil que entró muy joven en los movimientos izquierdistas y de quien se decía que sólo estaba para firmar las sentencias, ya que el verdadero poder lo ejercía Kun. La política aplicada fue la que se reclamaba: nueva constitución, rechazo a las amenazas de la Triple Entente, elecciones con sufragio universal, educación gratuita, nacionalización de servicios, industrias, bancos y grandes propiedades, y jornada laboral de ocho horas.

Sin embargo, pese a abolirse la propiedad privada, no se repartieron tierras, provocando la ira del campesinado. La caída de la producción, combinada con la clausura de comercios y el bloqueo decretado por los países europeos, provocaron un desabastecimiento total, con el hambre extendida a todos los niveles pese a las incautaciones que realizaban en las granjas patrullas creadas ad hoc. Se impuso entonces la acuñación de moneda, lo que desembocó en una considerable inflación.

La pésima gestión económica no quedó compensada con el éxito militar, pese a que no sólo lograron detener y hacer retroceder a los checos sino que permitieron tomar Eslovaquia y crear allí también una república soviética. Y es que esa victoria quedó empañada por nuevas derrotas ante una Rumanía a la que apoyaba la Triple Entente, por la cuestión transilvana. Pero en el interior también se torcieron las cosas.

El 20 de junio se produjo un intento de golpe de estado por parte de sectores del ejército anticomunistas. La reacción del ejecutivo fue implacable, instituyendo tribunales revolucionarios y desatando una persecución que se conoció como Terror Rojo por los cientos de víctimas que se cobró. Se disolvieron los consejos de soldados -los mismos que había facilitado la revolución- y se instauró la ley marcial que autorizaba juicios sumarios in situ. Todo ello le granjeó al régimen la antipatía popular y empezaron a brotar núcleos de oposición en zonas fronterizas, así como a proliferar protestas y revueltas, especialmente en el campo.

Todos esos movimiento adolecieron de falta de coordinación por lo que, aunque hicieron tambalearse al gobierno, éste logró sostenerse; eso sí, varios comisarios socialistas dimitieron, disconformes con su política. Más grave fue la decisión de la Junta de Sindicatos, votada y expresada el 31 de julio, de dejar de apoyar el sistema comunista. Ello coincidía con la derrota definitiva ante los rumanos, que amenazaban ya con entrar en Budapest, y al día siguiente Kun renunció por fin a su cargo y abandonó Hungría en dirección a Austria, que se ofreció a acogerle; por el camino fue abucheado y agredido pero pudo llegar a Viena. 

Le sustituyó Gyula Peidl, un socialista procedente del sindicato de impresores que ya había sido ministro con Károlyi. Su gabinete se componía de socialdemócratas y sindicalistas pero estaba en una posición muy débil porque la Entente tampoco lo reconoció, el pueblo no se fiaba de su anunciado plan democratizador y el ejército rumano empezaba a ocupar barrios de la capital. Aún así, adoptó una serie de medidas que pusieron fin a la aventura comunista, cuyos simpatizantes pasaron a la clandestinidad.

El paso de Peidl por el ejecutivo sería efímero al ser depuesto por los contrarrevolucionarios, que pactaron con las fuerzas de ocupación rumanas; al igual que Kun, tuvo que refugiarse en Austria mientras le sucedía el reaccionario István Friedrich, a la par que el presidente Sándor Garbai era desplazado por el archiduque José, quien llegaba para asumir la regencia. Así se acabó la República Soviética Húngara… pero también la República Popular de Hungría; había durado ciento treinta y tres días. Al final resultó que Lenin tenía razón.

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