Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (B. F)

Opus...

 Opus...
Opus...

La mayor parte de las obras procedentes de la tierra de la "música docta", "música selecta" o "música clásica", suelen ser conocidas no sólo por su nombre, sino por su número de catálogo. 

Este es, por supuesto, el famoso "Opus" (por ejemplo, la famosa Sinfonía N° 9 de Beethoven, la que contiene su famoso "Himno a la alegría", es el Opus 125 de Beethoven). 

Casi todos los compositores presentan su propio listado de Opus, salvo algunas excepciones...

La práctica del Opus comenzó de manera más o menos espontánea, quizás en el siglo XVIII. 

Algunos compositores, para ordenar su propio catálogo, recurrieron a esta práctica, como Beethoven, lo que originó un gran quebradero de cabeza, porque por supuesto Beethoven numeraba sólo aquello que le interesaba emergiera a la luz; de esta manera, durante mucho tiempo rotaron obras de Beethoven sin Opus, y con un número WoO de reemplazo, por "Werk ohne Opuszahl", "obra sin número de opus" en alemán, lo que por supuesto es una contradictio in terminis (piensen que el número de catálogo de una obra sea "Obra Sin Número De Catálogo N° 1"...). 

Finalmente, el legado musical de Beethoven ha sido recatalogado, para asignarle un bendito número de Opus a dichas obras. 

El resultado es que mucha obra tardía de Beethoven tiene números de opus "normales", y mucha de su obra temprana, que Beethoven escondió cuidadosamente, presenta altos números de opus, contraviniendo el principio lógico según el cual los números de Opus deberían seguir el orden cronológico en que las piezas fueron compuestas por el compositor en cuestión... 

Para complicar más las cosas, muchos catálogos fueron preparados no por el músico mismo, sino por sus editores, quienes asignaron los opus a su capricho, por supuesto, a medida que iban editando.

En algunos casos, este sistema resultó tan malo, que debió recatalogarse la obra íntegra. En el caso de Mozart, este trabajo lo abordó el esforzado Ludwig Ritter von Köchel. En 1862 abordó el trabajo ímprobo de catalogar toda la obra mozartiana, lo que le mantuvo entretenido durante casi cuatro décadas. 

De ahí surgió el llamado "Catálogo Köchel", que identifica cada obra con un número K (por Köchel, que bien merecido se lo tiene); su más alto número fue para el Réquiem en Re Menor, la última obra que compuso Mozart, y que es catalogada como K. 626 (Köchel 626). 

El titánico trabajo de Köchel ha sido objeto de algunas revisiones posteriores, pero en lo esencial permanece intacto.

Algo similar ocurre con Johann Sebastian Bach, cuya obra se numera bajo el código BWV ("Bach-Werke-Verzeichnis", "Obra del catálogo de Bach" en alemán). Este catálogo empezó a usarse en fecha tan tardía como 1950, exactamente en el año que se cumplieron dos siglos desde el fallecimiento del compositor alemán. 

Lo prolífico de Bach hace que este catálogo sea impresionante: alcanza, con sus apéndices posteriores, casi 1200 obras catalogadas...

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