Serpientes voladoras

Serpientes voladoras
Hablar de serpientes que vuelan suena a película de serie B, pero lo cierto es que algunos de esos reptiles lo hacen bastante bien, si tenemos en cuenta que la Naturaleza no parece haberlos dotado de las condiciones adecuadas para ello. y, sin embargo, algunas especies han evolucionado con esa rara habilidad.

El misterio es lo suficientemente atractivo para algunos investigadores, que se han puesto manos a la obra. 

Aunque lo curioso es que no se trata de biólogos sino de ingenieros, que han tenido que aplicar la última tecnología para intentar aclarar cómo un animal sin alas puede haber aprendido a moverse en un medio tan aparentemente alejado de sus capacidades.

Lorena Barba, por ejemplo, es ingeniero aeronáutico de la universidad George Washington y ha publicado un estudio al respecto con modelos computarizados. Colabora con Jake Socha, del Virginia Tech, un experto en la materia que ha usado una impresora 3D para obtener un modelo de serpiente que sumergió en un tanque de agua corriente para ver cómo se mueve. 

Ambos experimentos demostraron que, sorprendentemente, el reptil tiene una extraordinaria capacidad para generar fuerzas de propulsión volante.

Cuando están en el aire, las serpientes transforman su fisionomía, ensanchando sus costillas y aplanando el cuerpo. 

Serpientes voladoras

A través de los mencionados modelos por ordenador, los investigadores han descubierto que estas modificaciones les ayudan, al volverlas más aerodinámicas y permitiendo que los vórtices de aire sobre sus cuerpos tiren de ellas hacia arriba.

En un tornado, la baja presión está en la parte central, el llamado ojo. De forma parecida, Barba y Socha encontraron áreas de baja presión encima del cuerpo de las serpientes que crean una pequeña cantidad de succión que las ayuda a ascender.

Aquí hay que hacer una puntualización: las llaman serpientes voladoras pero, para ser exactos, lo que hacen es planear. En las selvas del sudeste asiático, esos animales son muy pequeños, de sólo un puñado de pies de longitud y el diámetro de una barra de labios. Pero pueden saltar de lo alto de un árbol hasta nueve metros, salvando una distancia diez veces superior al largo de su propio cuerpo.

Socha trabaja en la combinación de biología y física, estudiando las serpientes voladoras desde hace veinte años. Dice que a menudo se confundían con pájaros y que no se las reconoció hasta finales del siglo XIX.

El planeo empieza con un pequeño salto, tras el cual la serpiente se estira en toda su longitud; así gana velocidad. A mitad del vuelo, sus costillas se ensanchan y el cuerpo, normalmente cilíndrico, se aplana. En el proceso, la trayectoria del vuelo se ondula formando una S para a continuación volverse horizontal y así varias veces. ¿Por qué esa ondulación? Porque es el mismo movimiento que harían al nadar, sólo que en vez de hacerlo en agua lo hacen en el aire.

En experimentos anteriores, Socha usó varias cámaras, colocadas en distintos ángulos, para filmar a las serpientes reptando entre las ramas de los árboles, con el objetivo de disponer de las dimensiones exactas de esos animales. Con los datos obtenidos, creó un modelo 3D del cuerpo aplanado con el cual sentó las bases para las simulaciones computerizadas de Barba en el tanque de agua.

Socha encontró que las serpientes tienden a mantener los ángulos de ataque entre 20 y 40º.

Además, algunas partes de su cuerpo están perpendiculares a la trayectoria de su movimiento, lo que las hace asemejarse bastante al ala de un avión. Golpean el aire de lado, permitiendo así mayor sustentación.

Cambiando rítmicamente arriba y abajo, el movimiento de ida y vuelta de la cabeza de la serpiente causa ondas que se propagan a lo largo del cuerpo.


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