Morirse nunca fue cool

Morirse nunca fue cool
Morirse nunca fue cool

Nacieron casi al unísono: la conciencia de la muerte y el pavor a la misma. 

Lo sabemos porque ese fue ya el tema central del primer libro escrito en la historia de la humanidad del que tengamos conocimiento: Gilgamesh.

Un milenio más antiguo que la Ilíada o la Biblia, Gilgamesh fue escrito en caracteres cuneiformes sobre tablillas de arcilla cocida. Material gracias al que sobrevivió hasta 1844, cuando fue desenterrado. 

Contiene la historia de un rey mesopotámico con ese nombre y de sus vivencias a través de la amistad, el amor, el sexo, la violencia, la vulnerabilidad, el poder y la muerte. 

Es decir, exactamente los mismos asuntos que todavía hoy nos siguen comiendo el coco.

Pero es en la cuestión de la inmortalidad donde la narración adquiere todo su vigor. Por supuesto, ese era un privilegio exclusivo de los dioses (y de las diosas, pues en aquella época politeísta aún eran las más poderosas).

Por su lado los seres humanos, a falta de tal privilegio, se valieron de un sucedáneo a modo de consuelo: la fama. Una forma de reconocimiento social que les permitió sobrevivir por un tiempo en la memoria de sus predecesores. Aunque eso fuera, paradójicamente, a base de matar a otros miembros de la creación, ya fueran hombres, fieras o monstruos mitológicos.

Esa era exactamente la visión de Gilgamesh, según escribe Stephen Mitchell en su versión de esta historia:

Nosotros no somos dioses, no podemos ascender al cielo. No, somos hombres mortales. Solo los dioses viven por siempre. Nuestros días son pocos en números y cualquier cosa que hagamos es un soplo de viento. ¿Por qué temer, pues, si más tarde o más temprano la muerte ha de llegar? Cortaré ese árbol, mataré a Humbaba, haré perdurable mi nombre, para siempre grabaré mi fama en la memoria de los hombres

Lo que sucedió es que conforme el rey iba envejeciendo, la proximidad de la muerte fue calando en sus terrores hasta el punto de llegar a plantearse algunas soluciones más pragmáticas. Primero, intentando localizar a su antepasado Utnapishtim para que le mostrase cómo ser inmortal, pues al parecer era el único hombre en la tierra que lo había conseguido. Más tarde, y bajando ya sus expectativas, utilizando una planta mágica que pospondría su muerte durante un tiempo limitado.

Pero todo esfuerzo fue inútil. Como lo sería más tarde la oferta de la eterna juventud que Calipso ofrece a Ulises o la vida eterna que la serpiente promete a Adán y Eva junto al árbol de la vida.

Ahora, en pleno siglo XXI, volvemos a las andadas, pues la fama ya no nos consuela. Woody Allen lo dejó muy claro cuando dijo aquello de que no quería ser inmortal por su obra, sino por no morirse. Por eso en la actualidad han regresado los visionarios para contarnos que gracias a la biotecnología seremos, por fin, inmortales dentro de muy pocas generaciones. Homo Deus, el superventas de Yuval Noah Harari, es un claro ejemplo de todo esto.

Pero los científicos más prudentes no son tan optimistas. Insisten en que en el futuro podremos retrasar lo inevitable incluso algunos cientos de años, pero que eso será todo. Al final, como siempre, tendremos que pagar a Caronte para cruzar la laguna Estigia si no queremos vagar un siglo por sus orillas.

Morirse no mola, no es cool. Prueba de ello es que sigue siendo el único tema tabú del que no conviene hablar en una fiesta si quieres que te inviten a la siguiente. Pero lo cierto es que desde Gilgamesh hasta hoy la cosa no ha cambiado en absoluto y parece ser que tendremos que seguir aceptando que lo único inmortal en esta vida es justo eso: la misma muerte.

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