Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (B. F)

Mary Shelley y su oscura criatura, Frankenstein

Mary Shelley y su oscura criatura, Frankenstein
Mary Shelley


Si hay un monstruo clásico por excelencia -con permiso de Drácula- es el ideado por Mary Shelley en aquella legendaria reunión con sus amigos en Villa Diodati, junto al lago Lemán, en 1816 y que plasmó en su novela Frankenstein, luego iconográficamente popularizado por Boris Karloff en el medio cinematográfico. 

Mary Shelley y su oscura criatura, Frankenstein.

Mary Shelley simboliza de algún modo ese ideal romántico del siglo XIX capaz de desplegar tantas luces como oscuridades, tantas extrañezas como bellezas escondidas en una mujer moderna para su época que, ante todo y por encima de todo, siempre hizo caso de su corazón.

Gracias a ella heredamos esa criatura horrible traída desde el mundo de los muertos condenada por su creador a una vida lamentable y sin esperanzas, ahí donde la ciencia y la tradición se entremezclaron de nuevo para darnos no solo un tesoro de la literatura, sino también de la cultura popular.
Mary, Percy Shelley y Lord Byron.

Mary nació en Londres, hija del filósofo William Godwin y de la escritora feminista Mary Wollstonecraft, recibió desde muy temprano una educación tan culta como progresista. 


Ella y su hermana tuvieron la oportunidad de leer libros y de hablar con intelectuales que hasta el momento, otras mujeres no tenían la suerte ni el derecho de conocer.

Cuando Mary tenía poco más de 16 años, conoció a un poeta peculiar, alguien que rozaba el más desafiante descaro y la más dulce inocencia: Percy B. Shelley… quedó fascinada, tanto, que no dudó en escaparse con él aun sabiendo que estaba casado, más todavía: la propia y desgraciada esposa les acompañó en esa huida.

Aquella escapada a la Villa Diodati no solo ha llenado libros de historia, también ha inspirado más de una película, un escenario tan bello como sobrecogedor que en aquel verano boreal de 1816 quiso que la casualidad borrara del mapa esa placidez estival para teñirlos de un invierno volcánico debido a la erupción del volcán Tambora, un hecho curioso que afectó a todo el hemisferio norte de Europa. 

En aquella Villa cercana a un hermoso estanque, se reunieron Lord Byron, su médico Polidori, Shelley, Mary y su hermana pequeña, Fanny.

Mary Shelley y su oscura criatura, Frankenstein
Boris Karloff en Frankenstein

Mary y Shelley pudieron casarse de inmediato gracias al infortunio – la esposa de éste terminó- suicidándose, dejándoles a ellos vía libre para legalizar su situación.

Aquella fue una reunión de amigos acostumbrados a vivir de la literatura y del arte, también del placer…

Byron no tardó en tomar como amante a la joven hermana de Mary y de proponer nuevos juegos a sus invitados, en aquel viejo palacete suizo teñido de ceniza y brumas por el humo del volcán que asolaba Europa.

Les propuso algo, debían inventar un cuento cada uno. De aquella interesante propuesta solo salieron dos obras… dos tesoros que asentaron las bases de lo que hoy conocemos como terror gótico.

El médico de Byron, John Polidori, creo “El Vampiro”, una de las primeras obras sobre vampiros donde el autor se basó en el propio Byron para definir a su personaje elegante pero depredador, atractivo pero maligno a la vez.

Mientras, Mary, fue definiendo su cuento… dijo que esos días tenía bastantes pesadillas con las investigaciones de Luigi Galvani y Erasmus Darwin sobre sus experimentos para revivir cuerpos inertes.

Ella conocía a un científico llamado Andrew Crosse, quien experimentaba también con la electricidad para intentar devolver a la vida cuerpos de personas o animales, acudía a menudo a sus conferencias y en más de una ocasión le había afirmado el hecho de haber resucitado insectos o animales pequeños.

La comunidad científica lo había criticado y hasta repudiado, le habían enviado incluso párrocos para exorcizar sus propiedades… hasta que al final, Andrew Cross acabó quemándose en un incendio en su propia casa, llevándose con él los documentos donde afirmaba que podía devolver a la vida a los muertos con la electricidad.

Todo ello le sirvió a Mary Shelley para asentar las bases de su nuevo Prometeo, de su Frankenstein, siendo precisamente su marido quien le sugirió el término de “Nuevo Prometeo” en referencia a una de las obras favoritas de Byron, la de Esquilo, donde Prometeo se alza como escultor de la humanidad, como creador de titanes, al igual que Víctor Frankenstein.

Mary tenía poco más de 20 años cuando le publicaron finalmente su obra, convirtiéndose de inmediato en un éxito absoluto.

Aquellos días de vacaciones junto a Byron y envueltos por aquel escenario evocador y extraño, alimentaron la que fue una de las obras más clásicas de la literatura. 

Por su parte, Shelley, no pudo escribir nada esos días, las pesadillas le visitaron a él también por las noches.

Pero los suyos, no fueron esos sueños teñidos de angustia que inspiran a poetas y escritores, sus pesadillas tenían que ver con él y un extraña escena en la que se veía ahogado y hundiéndose en las profundidades de un océano.

Mary Shelley y su oscura criatura, Frankenstein

Seis años después de dejar Suiza, Mary sufre un aborto que casi le costó la vida. Desgraciadamente, poco después, su marido Percy B. Shelley salió a navegar en su goleta“Don Juan” con su amigo Edwars Williams. Les asaltó una tormenta eléctrica que hizo explotar el barco, hundiéndolos a ambos.

El cuerpo de Percy llegó días después a la orilla.

La leyenda empezó entonces a tejer su manto.


Johann Conrad Dippel, el alquimista que inspiró la historia de Frankenstein.

Johann Conrad Dippel
Johann Conrad Dippel

“Una lúgubre noche de noviembre ví coronados mis esfuerzos. con una ansiedad rayana en la agonía, reunía mi alrededor los instrumentos capaces de infundir la chispa vital al ser inerte que yacía ante mí. Era ya la una de la madrugada; la lluvia golpeaba triste contra los cristales y la vela estaba a punto de consumirse cuando, al parpadeo de la llama medio extinguida, ví abrirse los ojos amarillentos y apagados de la criatura; respiró con dificultad y un movimiento convulso agitó sus miembros”.

Pero todo tiene sus raíces y la historia de Frankenstein, en este caso el doctor no su criatura, pudiera estar basada en un personaje real que vivió por aquellos contornos y muy bien pudo inspirar a la escritora cuando ya desesperaba ante las instancias de su marido y lord Byron para que aportase el cuento de terror que todos se habían comprometido a hacer para superar la pésima meteorología que les impedía salir de casa. Me refiero a Johann Conrad Dippel.

Dippel no fue contemporáneo de aquel grupo sino que vivió más de un siglo antes, aunque ciertamente su lugar natal fue el castillo de Frankenstein, un edificio del siglo XIII situado en lo alto de una colina cinco kilómetros al sur de Darmstadt, en el estado alemán de Hesse, y que a principios del siglo XIX ya estaba en ruinas -lo que resultaba aún más sugestivo en esa época romántica-. 

Nació allí en 1673 y por eso añadió los gentilicios Franckensteinensis y Franckensteina-Strataemontanus cuando inició su vida de estudiante, primero en la escuela y después en la Universidad de Giessen.

En ésta se licenció en teología a la edad de veinte años, publicando varios trabajos cuyo tono heterodoxo le supusieron no pocos problemas (quizá por eso firmaba con el pseudónimo Christianus Democritus) al defender postulados pietistas.

El pietismo era una rama luterana surgida en el siglo XVII, aunque se difundió sobre todo en el XVIII, que abogaba por apartarse del culto institucionalizado en favor de la experiencia religiosa personal, de manera que todos los fieles son sacerdotes y, así, se favorece una mayor participación de los laicos en la interpretación de la Biblia.

Los tiempos cambiaban y el pietismo resultaba atractivo a ilustrados, científicos y pensadores, por eso muchos de ellos se vieron influidos en mayor o menor medida; el caso más conocido fue Kant.Ruinas del Castillo de Frankenstein/Foto:

Pero Dippel, que se fue labrando un nombre por esas controversias, también experimentó dificultades más mundanas. A pesar de que sus detractores le acusaron de lucrarse a costa de la fe, en el sentido de que sus libros se vendían bastante bien y llegó a reunir numerosos defensores, su capacidad administrativa no estaba al mismo nivel de la teológica y a menudo se vio envuelto en deudas.

Una condena de siete años por herejía y el deambular por Europa, junto con una nueva licenciatura en medicina por la Universidad de Leiden, calmaron las cosas y abrieron una nueva etapa en su vida, la de alquimista.

En aquellos tiempos la alquimia aún estaba considerada una parte de la ciencia y se relacionaba estrechamente con la química en la búsqueda de una mayor comprensión de los misterios de la Naturaleza. Así que hacia 1700 tenemos a Dippel dedicado a ese tipo de estudios y experimentos.

En su caso, el interés no era conseguir aquel viejo sueño de siglos anteriores, la transmutación de los metales para obtener oro, sino crear vida y para ello inventó un elixir con cuyo trueque intentó adquirir el castillo de Frankenstein, aunque su oferta fue rechazada.

El producto fue bautizado como Aceite de Dippel y estaba compuesto básicamente por la destilación de huesos de animal machacados y pulverizados, mezclados con carbonato de potasio. Curiosamente se usaría durante mucho tiempo como antiséptico, insecticida e incluso se aplicó para envenenar pozos de agua en la campaña italiana del norte de África durante la Segunda Guerra Mundial, ya que al no ser letal no contravenía el Protocolo de Ginebra sobre prohibición de gases y tóxicos.

Con el tiempo perfeccionaría la sustancia y, en colaboración con el pintor Johann Jacob Diesbach, la aplicaría en 1731 para obtener un pigmento denominado Azul de Prusia. O eso dice la leyenda, pues el uso de dicho color en el arte parece ser un poco anterior, de 1706.

En cualquier caso, ambos fundaron una fábrica de colorantes en París. Por leyendas que no quede, como veremos, pues también está la de que trabajando con nitroglicerina voló una de las torres del castillo, aunque lo cierto es que entonces aún no se conocía ese explosivo y además ningún documento relacionado con su biografía menciona tal capítulo. 

Y, por supuesto, la más jugosa: estudioso de la anatomía humana, Dippel acostumbraría a desenterrar cadáveres para analizarlos y realizar con ellos otro de esos experimentos típicos de los alquimistas de antaño y que hoy nos suenan estrambóticos: transferir el alma de un cuerpo a otro. “Recogí huesos de los osarios y turbé con dedos profanadores los tremendos secretos del cuerpo humano” contaba Víctor Frankenstein, el protagonista de la famosa novela.

Aunque Dippel trató el tema de la transferencia de almas por escrito en su obra Enfermedades y remedios de la vida de la carne (¡proponía usar un embudo!), no hay prueba alguna de que lo llevara a la práctica. Pero el rumor se difundió por los alrededores y fue expulsado del lugar.

No era la primera proscripción que recibía, pues por sus ideas religiosas tenía vetada la entrada en Suecia y Rusia. Sin embargo, parece plausible que hiciera experimentos con animales muertos y se sabe que era aficionado a la taxidermia.

A Dippel le quedó el estigma para siempre. Cuando se instaló en Wittgenstein continuaron los rumores de que había vendido su alma al diablo y que robaba cadáveres de los enterramientos para su macabras investigaciones. “¿Quién puede imaginar los horrores de mi trabajo secreto mientras andaba entre las humedades impías de las tumbas o torturaba a los animales vivos con el fin de dar vida al barro inanimado?” vuelve a decir Frankenstein por boca de su creadora.

Es probable que la escritora oyera estas morbosas historias cuando visitó el castillo muchos años después acompañada de su marido, el célebre poeta Percy Shelley, y su hermanastra Claire Clairemont, de camino hacia Ginebra para encontrarse con Lord Byron y su secretario, el doctor Polidori.

Además, en las ruinas mismas del castillo se reunía eventualmente el Kreis der Empfindsamen, un círculo literario local que hacía lecturas públicas y el matrimonio Shelley muy bien pudo asistir a alguna, en la que saldría a relucir el tema.

O quizá lo oyó por boca de los estudiantes de la cercana Universidad de Giessen, que no olvidarían a su enigmático predecesor.

Otra teoría dice que las leyendas le llegaron a Mary por vía familiar: su madrastra, Mary Jane Clairemont, fue la traductora de los cuentos de uno de los hermanos Grimm, Jacob, y habría sido éste el transmisor original.

El caso es que hay un parecido evidente entre las actividades de Johann Conrad Dippel y Víctor Frankenstein: ambos desarrollaron una carrera científica poco ortodoxa, los dos practicaban con cadáveres -fueran humanos o animales- y estaban interesados en la creación de vida a partir de materia inanimada.

Es cierto, eso sí, que resulta difícil determinar con exactitud cuánto hay de uno en el otro. Puede que Dippel sólo fuera un punto de partida, como pasó con Vlad Tepes respecto al conde Drácula en la novela de Bram Stoker. 

No obstante, Mary Shelley dejó escrito que todo había empezado con un desasosegador sueño que tuvo (aunque ya sabemos que los sueños procesan la realidad vivida): “Cuando apoyé la cabeza sobre la almohada no me dormí, aunque tampoco puedo decir qué pensaba.

Mi imaginación, espontáneamente, me poseía y me guiaba, dotando a las sucesivas imágenes que surgían en mi mente de una viveza muy superior a los habituales límites de la ensoñación. Ví -con los ojos cerrados, pero con la aguda visión mental-, ví al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al ser que había ensamblado.

Ví el horrendo fantasma de un hombre tendido; y luego, por obra de algún ingenio poderoso, manifestar signos de vida y agitarse con movimiento torpe y semivital”.

Johann Conrad Dippel fue alejándose poco a poco de la religión para centrarse en la ciencia. Como decía antes, se instaló en Wittgenstein, en Renania del Norte-Westfalia, donde montó un laboratorio, hoy reconvertido en el Hotel Restaurante Dippelshof, y continuó sus experimentos.

De nuevo la similitud con Frankenstein: “En una cámara solitaria -una celda más bien- de lo alto de la casa, apartada de las demás, y separada por una galería y una escalera, tenía mi taller de inmunda creación: los ojos se me salían de las órbitas, atentos a los detalles de mi trabajo.

La sala de disección y el matadero me proporcionaron muchos de mis materiales…”

Aquel singular personaje falleció en el Castillo de Wittgenstein el 25 de abril de 1734, irónicamente poco después de asegurar que había dado definitivamente con un elixir capaz de prolongar considerablemente la vida.

“Tras días y noches de increíble trabajo y fatiga, logré averiguar la causa de la generación y la vida (…) La vida y la muerte me parecían barreras ideales que yo sería el primero en romper, derramando un torrente de luz sobre nuestro mundo en tinieblas”.

Tenía sesenta y un años y parece que la causa del óbito fue un ictus; pero ni en ese trance se sustrajo a la leyenda: según se dijo, el ataque fue originado por un envenenamiento al probar sus brebajes consigo mismo.

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