5 formas en las que la guerra ayudó a la neurociencia

5 formas en las que la guerra ayudó a la neurociencia
5 formas en las que la guerra ayudó a la neurociencia.

La guerra ayudó a la neurociencia, y a la ciencia en general.

No, no es una afirmación abolutista y filosófica que me he sacado de la chistera.

Los documentos históricos y los diferentes estudios científicos que tenemos a mano hoy en día nos confirman que, en muchísimas más ocasiones de las que pudiésemos imaginar, la guerra y los actos bélicos en sí mismos han sido el origen de muchas grandes inversiones biomédicas.

Hoy concretamente repasaremos algunos de los episodios que han dado la oportunidad de desarrollar o perfeccionar algunos ámbitos de la neurociencia.

1. La primera mano biónica era de Roma

Según comenta Alonso en su libro, la primera mano biónica documentada en la historia perteneció al general romano Marcus Sergius, el cual luchó en las guerras púnicas contra los cartagineses (entre 218 a.c. y 210 a.c.). A pesar de ser herido en múltiples ocasiones, este general pidió que le fabricasen una mano protésica con el único objetivo de poder sujetar su escudo.

Evidentemente esta mano no era móvil, sino un simple apoyo. A pesar de ello, fue la primera piedra de toda la tecnología a la que hemos llegado actualmente y la cual repasa Alonso en su libro. 

Desde Roma hasta la actual integración de las prótesis biónicas con el sistema nervioso humano.


2. El primer buzo del río Pisuerga


Otro de los episodios bélicos que comenta Alonso hace referencia a Jerónimo de Ayanz y Beaumont (1553-1613), inventor y soldado de las guerras de Flandez y Túnez. Uno de los episodios destacables de este inventor fue el primer intento de buceo en el río Pisuerga por petición de Felipe III, lo cual sería el origen de futuras inmersiones submarinísticas con el objetivo de recuperar tesoros de naufragios de guerra.

Además, este Leonardo español también empezó a desarrollar lo que algunos llaman el primer submarino (en su versión básica), que se llegó a usar como arma para hundir barcos enemigos.

Este avance ha servido al ser humano para evitar los males del submarinismo, tales como la falta de oxígeno (apnea), el exceso de presión sobre el cráneo y cerebro humanos (barotrauma) o la posible presencia de aire dentro del cráneo (pneumocefalia).


3. Lord Nelson, los vértigos y los mareos en barco

Probablemente el nombre de Lord Nelson os resulte familiar. Este general británico del siglo XVIII fue famoso por detener a Napoleón en su avance naval. Nelson destacó por sus pericias a bordo de grandes navíos y, sin embargo, padecía graves mareos y náuseas cuando se embarcaba en las batallas.

En este caso lo que ocurre, como bien puntualiza Alonso, es que el piso de un barco es bastante inestable y provoca que nuestro cerebro no coordine bien la estabilidad, la cual depende por un lado de nuestros oídos internos y por otro lado de nuestros ojos; por ello, a pesar de que nuestros ojos vean que la estructura es estable, nuestro sentido del equilibrio del oído interno no tiene esa información, y finalmente el cerebro no consigue coordinar bien todo lo que le llega.

Ante tal dilema, la reacción del cerebro es de alerta ante un peligro, dando lugar a sensación de mareos y náuseas incluso con vómitos (como si se tratase se una intoxicación). En los viajes largos se produce un reajuste de los mareos, pero al volver a tierra es posible que vuelvan los mareos hasta volver a ajustarnos de nuevo al ambiente.


4. Cher Ami, el palomo mensajero

Toda la neurociencia no se basa exclusivamente en el ser humano. En su libro Alonso también habla de otras especies, particularmente del palomo mensajero que salvó a 194 soldados durante la Primera Guerra Mundial y sobrevivió para recibir la Cruz de Guerra francesa por su heroicidad (actualmente la medalla se conserva en el Museo Nacional de Historia de America, del Instituto Smithsonian).

Ahora sabemos que las aves, como las palomas mensajeras, usan diferentes tipos de información para recordar el camino: Olfato, visión, campos magnéticos, condiciones ambientales de crianza. A pesar de ello, aún hay flecos que se nos escapan sobre el sistema de orientación de estos animales alados, pues no todas las especies parecen orientarse igual.


5. El hambre durante la Segunda Guerra Mundial

Finalmente, Alonso hace mención a la época final de la Segunda Guerra Mundial cuándo parte de Holanda quedó bloqueada por la Alemania Nazi, embargando sus alimentos y dejando en hambruna a la población. Fallecieron 20.000 personas.

Gracias a este acontecimiento hemos podido documentar los efectos del hambre sobre el ser humano, y sus efectos en las generaciones siguientes gracias a la epigenética (o interacción de los genes con el ambiente, que sí se ha demostrado que puede heredarse). 

De hecho, algunos de los descendientes de los holandeses de la época nacieron con una talla física menor y eran más propensos a enfermedades. 

Otros estudios han demostrado que el trastorno de estrés postraumático sufrido por los individuos en guerra también se puede heredar por epigenética.


El escritor y catedrático de Biología Celular José Ramón Alonso, también director del Laboratorio de Plasticidad Neuronal y Neurorreparación en la Universidad de Salamanca ha hecho un recopilatorio de todos estos episodios que relacionan la guerra y la ciencia en su libro “¿Quién robó el cerebro de JFK?“.

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