La pelvis femenina cambia para facilitar el parto

La pelvis femenina cambia para facilitar el parto
MorphoLab, University of Zurich
Uno de los hechos que más chispa otorga a la vida es el dimorfismo sexual, es decir, las diferencias de forma entre el sexo masculino y el femenino, no solo de los seres humanos, sino de otras muchas especies animales.

No cabe duda de que la vida sería mucho más aburrida, y tranquila, de no existir esas diferencias y, puesto que existen, mi consejo es que las disfrutemos mientras nos sea posible, siempre con responsabilidad y moderación, por supuesto.

Desde el punto de vista de la ciencia, en cambio, los hechos existen no solo para disfrutarlos como tales, sino también para disfrutar explicándolos. 

Y no todos los hechos sobre las diferencias entre la anatomía de hombres y mujeres han encontrado todavía explicación.

En particular, una diferencia notable, que ejerce además un efecto importante sobre el atractivo sexual, es la forma de la pelvis, cuya parte trasera es, en general, muy apreciada. 

La pelvis, como sabemos, es la parte inferior del tronco, y conecta a este con las extremidades inferiores. 

En ella se sitúa el hueso pélvico que muestra importantes diferencias entre hombres y mujeres.
Se han postulado diversas hipótesis para intentar explicar estas diferencias. 

La práctica totalidad de ellas se apoya en la idea de que la forma y dimensiones de la pelvis femenina están condicionadas principalmente por la necesidad de dar nacimiento, a su través, a un bebé con una cabeza de dimensiones considerables, comparada con las de otros primates. 

Sin embargo, aunque este factor puede ser importante, otros también ejercen sus efectos, como mantener una buena capacidad para desplazarse y conseguir una adecuada estabilización de la cavidad abdominal. 
La pelvis femenina cambia para facilitar el parto

Por tanto, la pelvis, tanto masculina como femenina, se ha encontrado sometida a diversas fuerzas evolutivas que han contribuido a la forma que hoy posee.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, una de las hipótesis más importantes postuladas para explicar las diferencias entre las pelvis de hombres y mujeres es la conocida como el dilema obstétrico, propuesta por Washburn en 1960. 

En su postulado original, el dilema obstétrico sostiene que existe un conflicto entre la evolución de la locomoción bípeda (que favorecería la selección de pelvis estrechas) y el nacimiento de bebés con grandes cabezas (que favorecería la selección de pelvis anchas). 

Según Washburn, este dilema condujo, en el caso humano, a nacimientos cada vez más prematuros, y esa es la razón por la que el ser humano nace tan poco desarrollado en comparación con otros primates.

Esta hipótesis tiene la ventaja de que intenta explicar por qué las mujeres tienen las pelvis más anchas que los hombres, por qué su capacidad de locomoción es, en general, menor que la de estos, y por qué nacemos los humanos tan desvalidos y tan necesitados del cuidado de nuestros progenitores. 

Además, también proporciona una razón a la elevada tasa de partos obstruidos que sufren las mujeres, que son aquellos en los que la cabeza del bebé no puede salir fácilmente a través de la pelvis de la madre y es necesario ayudar a su paso por diversos métodos de extracción, o incluso realizar una operación cesárea. 

La tasa elevada de partos obstruidos sería resultado del conflicto evolutivo entre una locomoción adecuada (necesaria para escapar de predadores, entre otras cosas), y el nacimiento de bebes con grandes cerebros.
La pelvis femenina cambia con los años para facilitar el parto.

La región pélvica de las mujeres es cuestión de estudio debido a su particular morfología, que complica el dar a luz a un bebé.

Una nueva investigación revela que, a partir de la edad reproductiva, la estructura de la pelvis de las mujeres empieza a diferenciarse de la de los hombres para propiciar las condiciones óptimas durante el parto.

El estrógeno y la alimentación son factores clave de este desarrollo.Más información sobre:dilema obstétrico desarrollo evolución estrógeno pelvis.

En la imagen ,desarrollo de la pelvis humana desde el nacimiento hasta los 80 años.

Un nuevo estudio, publicado en la revista PNAS, muestra que la morfología de la pelvis de las mujeres cambia a lo largo de los años. Así, con el tiempo se adapta a los patrones hormonales y facilita el parto.

El 'dilema obstétrico' –término acuñado por el antropólogo Washburn– plantea por qué la evolución no ha preparado la pelvis femenina para tener partos más sencillos y menos dolorosos, ya que mientras la raza humana tarda nueve horas de media en dar a luz, los partos de los grandes simios duran apenas dos horas.

Las hipótesis sugieren que el tamaño y la forma de esta región anatómica de las mujeres representa un equilibrio entre la necesidad de una pelvis ancha, para dar a luz a bebés de un tamaño cerebral grande, y la necesidad de una pelvis estrecha, para una locomoción bípeda eficiente.

El ensanchamiento alcanza su punto máximo a los 25 años y se mantiene hasta los 40, lo que coincide con el periodo de máxima fertilidad en la mujer

Esta conjetura ha sido cuestionada recientemente por un equipo de investigadores de la Universidad de Zúrich (Suiza). Según Marcia S. Ponce, una de las autoras del estudio, “los cambios en la estructura de la pelvis no vienen dados por la evolución, como se pensaba, sino más bien por el desarrollo individual –ontogenia– de cada ser humano de sexo femenino”.

Mediante tomografía computarizada examinaron el desarrollo de la pelvis de 275 individuos con edades comprendidas desde el nacimiento hasta los 95 años de edad. 

Los resultados mostraron que, hasta el inicio de la pubertad, el desarrollo de la pelvis es paralelo en mujeres y hombres. A partir de ese punto, la pelvis femenina empieza a diferenciarse de la del hombre, ampliándose para facilitar el parto.

“El ensanchamiento alcanza su punto máximo a los 25 años y se mantiene hasta los 40, lo que coincide con el periodo de máxima fertilidad en la mujer. 

A partir del inicio de la menopausia, la pelvis se comienza a estrechar y su desarrollo se torna de nuevo similar al de la pelvis masculina”, explica a Sinc Ponce.

Mientras que el ensanchamiento de la pelvis proporciona condiciones óptimas para el parto, la morfología postreproductiva, menos amplia, es mucho más favorable para la estabilidad de la cintura pélvica, los órganos abdominales durante la postura erguida y la locomoción bípeda. v


Las hormonas, causantes de los cambios

Tal y como apunta el trabajo, los factores que producen el cambio morfológico a lo largo de los años son de naturaleza hormonal. “El estrógeno controla el patrón de desarrollo de la pelvis femenina y modula la complejidad de estos procesos”, comenta Marcia.

La nutrición también tiene un efecto sobre los cambios morfológicos, pero de manera indirecta. La producción de estrógeno está bajo la influencia del entorno y de factores fisiológicos como el índice de masa corporal (IMC). 

“Un entorno con recursos abundantes implica un incremento del IMC que conduce a una mayor producción de esta hormona, que a su vez influye el ensanchamiento de la pelvis durante la pubertad, preparando así el cuerpo para neonatos más grandes”, añade la experta.


Geometría y morfometría

Por razonable que pueda parecer, esta hipótesis, como todas, necesita ser confirmada o refutada por las observaciones. 

En los últimos años, gracias a los avances de la biología y de la medicina, se ha examinado con más detalle, y se han encontrado algunos hechos que la invalidarían. Uno de ellos, del que ya hablé en esta página, es que la duración de la gestación humana no depende de que se alcance una talla determinada de la cabeza del bebé, sino de la tasa metabólica de la madre en relación a lo que cuesta mantener al feto. 

Además, estudios de biomecánica por métodos modernos no apoyan tampoco que una mayor anchura de la pelvis, dentro de los parámetros observados en las mujeres, afecte negativamente a la capacidad de locomoción.

Estas nuevas observaciones indican que la hipótesis del dilema obstétrico es falsa. Sin embargo, otras observaciones la apoyan. Por ejemplo, las madres de cabeza grande, que suelen tener hijos también de cabeza grande (esta característica es muy heredable), tienen unas proporciones pélvicas en consonancia con el tamaño de la cabeza, lo que indica que ambos tamaños están relacionados.
Investigadores de la universidad de Zúrich, en Suiza, y de Lovaina, en Bélgica, deciden ahora explorar este asunto en profundidad. 

Para ello, los científicos analizan por avanzadas técnicas de imagen biomédica y mediante análisis geométricos y morfométricos, la evolución de la forma de la pelvis desde el nacimiento hasta la menopausia.

Estos estudios encuentran algo inesperado: Hasta la pubertad, el desarrollo y la forma de la pelvis es muy semejante entre hombres y mujeres; al alcanzar la pubertad, todo cambia, la pelvis femenina sufre una expansión y cambio morfológico que la hace más adecuada para los partos que, sin duda, se avecinan. 

Estos cambios se mantienen hasta aproximadamente los cuarenta años de edad. A partir de ese momento, cuando los nacimientos ya no van probablemente a producirse, la pelvis femenina vuelve a asumir una morfología y un desarrollo similares a los de los hombres. 

Los investigadores suponen que estas complejas modificaciones están asociadas a los cambios hormonales que se producen durante la pubertad y la menopausia.

Parece, por tanto, que la evolución humana ha desarrollado un maravilloso mecanismo, el cual consigue que la pelvis femenina adquiera la forma más adecuada para su función en distintas etapas de la vida de la mujer. ¡Viva la diferencia!

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