Dieta y evolución humana

Dieta y evolución humana
La dieta pudo haber sido el motor de la evolución.

La evolución es un objeto de estudio fantástico.

Nos ofrece una perspectiva de los cambios que han sucedido en los diferentes organismos en su lucha contra el entorno (y contra el resto de organismos).

No me importaría pararme a comentar a la evolución que han tenido las diferentes especies que pueblan el globo terráqueo, pero hoy le toca el turno a nuestro ancestro favorito; el Homo sapiens. 

Convivió hace unos 40.000 años con su pariente el Homo neardenthalensis, con el que compartía ciertos parecidos y diferencias.

Una estatura menor, pelvis y costillas más anchas y un cuerpo generalmente más grueso.

Pero, si convivían, ¿qué o cómo se produjeron los cambios anatómicos que caracterizaría a cada uno? 

La respuesta yace en el nuevo estudio que nos trae la Universidad Tel Aviv, que revela la causa de los cambios que dispararon la diferenciación anatómica en el Neandertal; una dieta rica en proteínas. 

Dieta y evolución humana

Los cambios que la dieta provocó en el Neandertal, Evolución omega-3.


Una frase bastante popular es: “somos lo que comemos”. Evidentemente, esta frase no es del todo cierta, o nos veríamos obligados a concluir que muchos no paran de comer besugos, percebes o merluzos. 

Podrá sorprender a algunos que la frase no provenga de un científico, sino del filósofo alemán Ludwig Feuerbach, quien la pronunció en 1850 para criticar la idea defendida por la Iglesia de que el Hombre necesita sobre todo alimentar su alma, y que con solo pan y agua bastaba para alimentar su cuerpo. 

Hoy, la frase ha dejado de tener su significado original y es interpretada como que lo que comemos ejerce un efecto importante sobre nuestra salud. 

Si el efecto de la nutrición sobre la salud es algo hoy demostrado, tampoco quedan dudas de que el tipo de dieta al que nuestra especie ha tenido acceso durante su evolución ha conformado lo que ahora somos. 

Por ejemplo, el cocinado de los alimentos ha sido fundamental para permitir el crecimiento del cerebro hasta la talla actual y el desarrollo de nuestra inteligencia. 

Además de los efectos globales de la nutrición sobre nuestra evolución, el acceso a determinadas clases de alimentos ha dejado su huella en algunos de nuestros genes. Por ejemplo, el invento de la ganadería nos proporcionó abundante leche no solo durante la infancia, sino también durante la vida adulta.

 Digerir todos los componentes de la leche, en particular su azúcar, la lactosa, solo fue posible gracias a mutaciones que consiguieron que el gen del enzima necesario para digerirla, la lactasa, siguiera funcionando toda la vida, en lugar de “apagarse” al dejar de mamar. 

Esta mutación confirió una gran ventaja de supervivencia a quienes la adquirieron, lo que consiguió que se diseminara por buena parte de la población. 

Al contrario, la dieta rica en vitamina C que hemos consumido durante nuestra evolución ha hecho innecesario mantener los genes requeridos para la síntesis de esta vitamina. 

Aunque muchos animales son capaces de sintetizarla, los simios y los humanos no podemos fabricarla y necesitamos incorporarla a partir de nuestra dieta. Normalmente esto no ha supuesto un problema, salvo si queremos descubrir América en una carabela, claro.

El tórax del Neandertal tuvo que acomodar para dar espacio a un hígado más grande, ya que en dieta necesitaba metabolizar más energía y cómo bien sabemos, el hígado está implicado en procesos metabólicos de obtención de energía. 

Pero cada pieza del puzzle debe encajar, y al mismo tiempo que el hígado aumentaba en tamaño, también debía de sufrir cambios el sistema renal, para satisfacer el aumento de toxinas, dando lugar a una pelvis más ancha.

Pero todo esto no son simples suposiciones, pues numerosos estudios demuestran que una dieta rica en proteínas está asociada con cambios en el tamaño de los riñones y del hígado.

“Y estos cambios no son tan antiguos, pues en los primeros indígenas del ártico ya se producían cambios en el tamaño de estos dos órganos al establecerse una dieta rica en proteínas y beber grandes cantidades de agua para remover las toxinas.” Afirma Miki Ben-Dor, del departamento de Arqueología de la TAU.


Ambiente y dieta, un mismo ser

Aunque hablemos de dieta, cabe mencionar que esta misma es una respuesta de la adversidad del entorno. 

Durante los inviernos en la edad de hielo, los carbohidratos y las grasas eran verdaderamente escasos, dejando cómo última alternativa las proteínas.

Esta perspectiva de la evolución ya estaba presente en otros estudios, que demostraron cómo las grasas jugaron un papel crucial en la evolución humana en el Homo erectus, pues estas aportaban más energía.

Pero quizás lo más interesante de este estudio, es la idea que presentaron en la conclusión.

 ¿Acabó la edad de hielo con las diferentes formas de vida que no lograron adaptarse? ¿o fue la dependencia del Neardental por las grandes formas de vida ricas en proteínas y grasas parte de su extinción? Si ajustamos las cifras, este suceso tomaría lugar hace unos 50.000 años, ¿no parece descabellado verdad?

Como sabemos, los ácidos grasos poliinsaturados de la clase omega-3 y omega-6 son nutrientes importantes en nuestra alimentación. 

Estos ácidos grasos resultan necesarios para varias funciones vitales, entre las que se encuentran el control de los procesos inflamatorios de las defensas y el mantenimiento de una correcta fluidez de las membranas celulares.

Este último punto es importante. Comparemos, si no, mantequilla y aceites. La mantequilla es sólida a temperatura ambiente. 

Esto es debido a que la estructura molecular de los ácidos grasos saturados de la mantequilla es lineal, lo que consigue que sus moléculas encajen bien entre sí. Esto permite que se establezcan interacciones moleculares más difíciles de romper, lo que convierte a esta grasa en sólida.

Las moléculas de los ácidos grasos poliinsaturados son más retorcidas, a veces mucho más, que las de los ácidos grasos de la mantequilla. No encajan bien unas con otras, lo que convierte a estas grasas en líquidas, en aceites. 

Esto es fundamental para la vida, porque los procesos vitales suceden en estado líquido.

El requerimiento de liquidez de las grasas celulares, y el hecho de que no podamos fabricar todos los ácidos grasos poliinsaturados que necesitamos, implica que necesitemos tomar estos ácidos grasos en nuestra alimentación. 

Esta puede contener ácidos grasos precursores o ácidos grasos más elaborados, que son los que funcionan mejor en nuestras células y tejidos. 

Estos últimos son los ácidos DHA y EPA que aparecen en las etiquetas de los suplementos nutritivos a base de aceites de pescado, muy ricos en dichos ácidos grasos.

Una dieta rica en pescado, y también en carne, aportará suficiente cantidad de DHA y EPA y de sus precursores. 

No obstante, una dieta vegetariana carece de DHA y EPA y aportará exclusivamente los precursores de estos ácidos grasos. 

Los vegetarianos deberán fabricar, por consiguiente, DHA y EPA a partir de sus precursores. Para ello, se necesita el funcionamiento de dos genes, llamados FASD1 y FASD2.

Investigadores de la universidad de Cornell, en EE.UU., sospechaban que este funcionamiento tal vez pudiera haber sido afectado por el tipo de dieta ingerida durante la evolución humana. Para comprobarlo, analizan estos genes en varias poblaciones. 

Una de ellas es la población esquimal, que se alimenta desde hace siglos a base de pescado o de animales marinos cuya grasa es muy rica en DHA y EPA. Otras son poblaciones en India y África que se han mantenido bajo una dieta vegetariana por cientos de generaciones.

Los investigadores descubren que las poblaciones vegetarianas cuentan con genes FASD diferentes a los de los esquimales. 

Las diferencias consiguen que estos genes funcionen mejor de lo normal y fabriquen suficientes cantidades de DHA y EPA a partir de los precursores presentes en los vegetales. 

Los esquimales, en cambio, han adquirido una variante de estos genes que funciona a mucha menor velocidad, ya que no es necesario que produzcan demasiado DHA y EPA, e incluso su exceso podría resultar perjudicial.

Este es otro interesante ejemplo de cómo la dieta puede afectar a nuestros genes a lo largo de la evolución, y cómo diferentes poblaciones humanas han visto su genoma ligeramente modificado para adaptarse mejor a las dietas de su entorno. 

Tal vez no somos lo que comemos, pero parece que sí seremos lo que comeremos.

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