¿Qué es la nomofobia?

¿Qué es la nomofobia?
Nomofobia, cuando el móvil saca lo peor de ti.

¿Has salido de casa y al darte cuenta de que no tienes el móvil entras en pánico?

 ¿Sufres estrés cuando te vas a quedar sin batería?

 ¿Te despiertas a medianoche y miras si tienes alguna notificación?

¿Sientes ansiedad si no puedes consultar tu teléfono?

 ¿La pantalla es la primera luz que alumbra tu cara cuando te despiertas?

Ponle voz de doblaje de teletienda a estas líneas y te trasladarás a uno de esos fantásticos anuncios de madrugada televisiva que bien te ofrecen un cuchillo capaz de talar un árbol o un rosario digital para rezar en modo 2.0.

Pero si más allá de la anécdota, estas situaciones te resultan familiares o te identificas con ellas, quizá tengas un problema. Y a ese problema le han puesto nombre: nomofobia.

¿Qué es la nomofobia?

La nomofobia, en términos generales, es el miedo o angustia que produce estar sin el teléfono móvil. Más concretamente, y siguiendo la definición de un artículo del International Business Times en 2013, la nomofobia es la ansiedad que se siente al no tener cobertura, quedarse sin batería, no llevar el teléfono encima o, simplemente, no poder recibir notificaciones.

Básicamente la nomofobia , es un miedo psicológico a quedarte sin el móvil.

Como palabra, nomophobia, acrónimo de no-mobile-phone-phobia, apareció por primera vez en una encuesta llevada a cabo por el servicio postal del Reino Unido en la que se concluía que el 53% de los usuarios británicos de teléfonos móviles sufrían este problema.

Un estudio, cuatro años más tarde, de la consultora One Poll aumentó esta cifra hasta el 66%.

Desde entonces los trabajos sobre este fenómeno han aumentado y la popularidad de este término, que ha pasado al español adaptado como nomofobia (no-móvil-fobia), se ha reflejado en artículos que han ocupado páginas en todo tipo de medios. 

Y esto tiene todo el sentido. Es el auge de esta nueva palabra. 

Porque el lenguaje, entre sus principales funciones, representa la realidad.

Y la realidad es que caminamos por la calle con la cabeza agachada y no concebimos una espera sin teléfono. Una realidad llena de cenas sin conversaciones y conciertos sin mecheros.

Una realidad ligada a un dispositivo de una forma tan personal que antes preferimos perder la cartera al teléfono móvil.

¿Tiene consecuencias esta realidad?

Sin duda. Además de interesantes repercusiones sociales, sociológicas y cambios en nuestros modelos de conducta, se están documentando nuevas patologías. O tecnopatías, como se han venido a llamar.

Miedo a estar desconectados. ¿Dependencia o adicción?

Una de las primera preguntas que deberíamos hacernos antes de entrar en pánico y acudir en masa a clínicas de desintoxicación digital (que, por cierto, ya existen) es a qué nos referimos realmente cuando hablamos de nomofobia.

Volviendo a las palabras, el Diccionario de términos médicos de la Real Academia Nacional de Medicina dice que una fobia es un «temor enfermizo, irracional, injustificado y recurrente ante determinadas situaciones, personas, animales u objetos, que da lugar a un deseo intenso de evitarlo y puede acompañarse de conductas de excitación».

Siguiendo un trabajo publicado por la Universidad del Estado de Iowa, habría que clasificar la nomofobia como fobia en general y fobia situacional en particular.

Las fobias situacionales, como se explica en el estudio, son uno de los cuatro tipos de aversiones que se recogen en la última edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5), algo así como la biblia de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría.

Según este vademécum psiquiátrico, una fobia situacional se manifiesta cuando una circunstancia produce un miedo irracional que provoca angustia, estrés o ansiedad. Por ejemplo, una persona con miedo a volar, empezará a sufrir estos síntomas tan solo con pensar en un viaje próximo.

Así, una persona con nomofobia, comenzaría a sentir este temor descabellado ante la imposibilidad de usar el teléfono.

Y si ese momento llega a producirse, el estrés y la ansiedad empezarían a campar incontroladamente.

Sin embargo, hay una sutil diferencia que la aleja de las fobias o que abre otra perspectiva a la hora de enfocar este problema. 

Si bien es cierto que una persona puede entrar en pánico ante esta situación concreta, lo que sucede aquí está relacionado con el uso de un aparato tecnológico.

Es esa utilización la que se muestra problemática y la que nos lleva a pensar que quizá debamos manejar otros términos, como la dependencia o la adicción.

El profesor Manuel Gámez, de la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid, considera que la semejanza con otras fobias es cuestionable, pues «parece más una manifestación de dependencia al móvil que una fobia como tal».

«Desde mi punto de vista, no tiene mucho sentido considerar una manifestación del uso descontrolado del móvil como una fobia específica similar a las fobias a las arañas, a la sangre, a las serpientes o las alturas», matiza Gámez.

De forma similar, la doctora Gloria García Fernández sostiene que «técnicamente podría resultar más adecuado hablar de conductas de abuso o uso inadecuado».

El problema, según esta profesora del Departamento de Personalidad, Evaluación y Psicología Clínica de la Universidad Complutense de Madrid, es que «no hay una distinción clara entre lo que debe ser considerado conducta normal y adictiva» sobre el uso del móvil.

Dependencia, uso descontrolado, compulsividad… Cuando creíamos que el miedo a estar sin conexión era nuestro problema, entramos en un terreno mucho más pantanoso. ¿Cómo se mide el abuso, la dependencia o la adicción?

Desde el punto de vista clínico, para hablar de una adicción, a nivel general, hay que manejar diferentes variables. La frecuencia, duración e intensidad de un comportamiento es lo que marca la existencia de una patología, explica el psicólogo Guillermo Blanco.

«Además de estos tres factores», añade el experto en adicciones, «hay que tener en cuenta las interferencias que se derivan de ellos, es decir, qué consecuencias supone ese comportamiento a nivel laboral, económico, social y familiar».

¿Y qué sucede con los comportamientos dependientes?

Blanco aclara que muchas dependencias no llegan a clasificarse como adicciones porque falta alguno de los criterios descritos arriba.

Quizá podemos relajarnos un poco y no considerarnos unos adictos del móvil.

Digamos, de momento, un poco dependientes.

Pero moviéndonos en esa delgada línea entre el uso, el abuso, la dependencia y la adicción, siguen surgiendo ideas que nos pueden hacer replantearnos nuestro enganche.


Un móvil no es solo un teléfono

Al menos únicamente. Y quizá llamar sea lo que menos hacemos. Los dispositivos nos ofrecen muchas más funciones.

De modo que ¿dónde buscamos el problema, en el aparato o en lo que hacemos con él?

El cuestionarnos si tenemos un problema o no con el móvil va a depender del uso que le demos y en qué medida, indica Rosa Vera García, psicóloga a cargo de Vértice Psicólogos, una de las clínicas que ofrecen tratamiento para el uso descontrolado del teléfono móvil.

Vera introduce además una idea importante a la hora de identificar y tratar esta patología: «No es el uso de las facilidades que nos provee esta tecnología, sino el uso desmedido y descontrolado, así como en su empleo para eludir la interacción personal u otro tipo de problemas».

El profesor Manuel Gámez se extiende en la misma idea al señalar que el teléfono móvil es un instrumento que «permite canalizar otro tipo de problemas interpersonales y psicológicos.

Sin embargo, la forma de hacerlo puede adoptar diferentes formas: uso compulsivo de redes sociales, sistemas de mensajería, juegos online a través del móvil o aplicaciones para encontrar relaciones amorosas y/o sexuales».

De modo que lo que nos encontramos ahora es una cuestión más profunda, en la que el uso descontrolado del móvil es la manifestación o respuesta de otro tipo de problemas, pero también puede ser facilitador o potenciador de nuevos trastornos.

Como ejemplifica la profesora Gloria García, «una persona con ansiedad, fobia social o depresión puede utilizar las nuevas tecnologías para compensar estos déficits, pero, igualmente, el uso abusivo de nuevas tecnologías provoca aislamiento, síntomas de abstinencia u originar problemas de ansiedad social o depresión».

Un segundo aspecto que destaca el profesor Gámez y que resulta bastante frecuente es recurrir al teléfono móvil para canalizar estados de ánimo negativos como depresión o ansiedad.

Así, el móvil puede convertirse en una válvula de escape para afrontar dificultades de la vida diaria o estados de ánimo negativos.

Lo que está sucediendo entonces es que usamos el teléfono y sus diferente funciones como «una herramienta para el manejo de las emociones que nos producen malestar», señala el especialista Guillermo Blanco.

Y esas emociones pueden ser de lo más variadas: miedo a la soledad, problemas de celos y autoestima, dificultad en las relaciones interpersonales, necesidad de atención y validación pública… Todo va a depender de cada caso.

Pero quizá haya una serie de rasgos comunes que nos hagan más propensos a desarrollar estos comportamientos de dependencia.

Según los expertos, no existe un perfil rígido conforme al cual podamos clasificar a una persona con nomofobia, más allá de determinar comportamientos en los que surge la sensación de estrés o irritabilidad ante la imposibilidad de consultar el teléfono o de estar conectado.

Sin embargo, desde un punto de vista psicológico, sí pueden establecerse a grandes rasgos tipos de personalidades más propensas a manifestar comportamientos compulsivos.

Estaríamos hablando, siguiendo a la doctora Gloria García, de que la falta de apoyo social, los problemas de relación, la baja autoestima y la impulsividad son factores de riesgo relevantes para el uso abusivo o la adicción.


El camino a la salvación

Si después de esto estás pensando en tomarte un respiro de tu teléfono móvil, puedes encontrar diferentes ofertas de empresas que se han subido al carro y ofrecen terapias de desintoxicación tecnológica en las que por precios de entre 150 y 400 euros la noche custodiarán tu teléfono y se asegurarán de que tu estancia sea placenteramente analógica.

Pero si bien la experiencia puede ayudar a desconectarnos durante unos días, el problema de fondo quedaría sin resolver.

Por ello, cada vez hay más clínicas y terapeutas que se ofrecen a ayudar a las personas a hacer un uso adecuado del teléfono y curar su adicción.

Cuando pensamos en un tratamiento, quizá lo primero que hagamos es creer que el móvil va a ser erradicado de nuestras vidas y que nos vamos a convertir en seres asociales en los entornos digitales. Pero nada más lejos de la realidad.

Podemos creer en la reintegración. Y no necesariamente siguiendo el ejemplo del joven chino que en febrero del año pasado se cortó la mano para curar su adicción a internet.

El objetivo terapéutico, como sucede con las adicciones sin sustancia, no es la abstinencia total y para siempre, sino su uso controlado y responsable, recuerda el profesor Manuel Gámez.

«Esto es así porque las TIC son instrumentos cuyo uso resulta necesario en nuestra sociedad. Las TIC, a menudo, son instrumentos de trabajo imprescindibles y medios que se han convertido en herramientas necesarias para mantener las relaciones interpersonales.

Por todo ello, no resulta realista plantear como objetivo terapéutico la abstinencia total», añade el especialista.

Los tratamientos van a depender del origen del comportamiento compulsivo y de la especialidad del terapeuta.

En líneas generales, según el experto Guillermo Blanco, tras un primer contacto de identificación de la conducta, se pasaría a una fase de psicoeducación para que el paciente entienda el alcance, las consecuencias y la utilidad de ese comportamiento.

Posteriormente se trabajarán técnicas de autocontrol, tanto de las acciones como de las emociones, que permitan alcanzar un uso normalizado, como, por ejemplo, que el individuo sea capaz de tomarse una cerveza sin mirar el teléfono cada cinco minutos; que no se estrese si ha mandado un mensaje y no le contestan al momento; que apague el teléfono por las noches o, simplemente, que disfrute del tiempo de una espera viendo cómo todos los demás caminan como zombies atrapados por las pantallas.
Si lo pensamos bien, puede que no sea tan difícil. Suerte.

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Este post escrito por Álvaro Peláez, se publicó originalmente en Yorokobu.
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