Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (B. F)

La adicción a los frutos secos

La adicción a los frutos secos
Un pistacho, dos pistachos, tres pistachos… veinticinco pistachos… ¿por qué unos alimentos con un contenido tan rico en calorías nos producen tanta adicción?

Si es abrir un paquete de cacahuetes y no parar de comer, no sientas que eres un caso aislado.

La adicción a los frutos secos abarca tanto a los productos orgánicos cómo a los procesados, pero, ¿cuál es el motivo?

Es fácil comprender que alimentos cómo el chocolate o los refrescos, puedan tener un gran atractivo y nos generen cierta adicción.

Si no regulamos el índice glicémico, resultado de ingresar azúcares que sustituyan a la glucosa, no estamos informando al cerebro que estamos realmente saciados.

Los refrescos más de lo mismo, la fructosa no regula los niveles de insulina y afecta negativamente a nuestra sensación de saciado llevándonos a consumir más producto.

Sin embargo cuándo hablamos de frutos secos no nos resulta tan sencillo definir la causa.

Aunque suelan poseer los mismos nutrientes, la concentración de cada uno es muy heterogénea entre ellos, siendo los anacardos y castañas los que más azúcar tienen, los cacahuetes los que más proteínas, y las nueces de macadamia las que poseen más grasas.

¿Por qué los frutos secos son tan adictivos? 

La adicción a los frutos secos
La cuestión nos replantea si los azúcares son la razón, pero entonces no sería extensible a otros frutos secos con menos azúcar, y además, cuándo comemos frutos secos tras pasar un tiempo nos llega la sensación de saciado de golpe.

¿Qué estará ocurriendo?

Analizando mejor diferentes productos comerciales de frutos secos nos topamos con el principal sospechoso: los azúcares añadidos.

Si nuestro fruto seco no es orgánico, puede contener azúcares añadidos durante el procesado de forma que sí se altere el índice glucémico, causando una mayor adicción.

Aun así, los productos libres de aditivos y conservantes también suelen causarnos cierta adicción, y esta vez los azúcares añadidos no están de por medio.


El marketing alimenticio, la brujería del siglo XXI

A través de la televisión, la prensa o internet podemos ver suculentos productos que entran en milisegundos por los ojos y abren nuestro estómago con una explosión de colores. 

Si nos trasladamos al panorama clásico de los snacks, cómo las patatas fritas, nos enfrentamos a un mercado con productos que contienen un gran aporte calórico (aunque cada vez esté más controlado) gran cantidad de aditivos y un paquete de plástico con un diseño ingenioso y en algunos casos un regalo coleccionable en su interior.

Comernos un paquete de patatas fritas de un tamaño medio (ojo, no estoy hablando de gramos) a nuestros ojos se equipara a un paquete de frutos secos.

Con esta idea en mente, nuestro cerebro no pondría el freno en el sucesivo consumo de pistachos desde que abrimos el paquete hasta que lo acabamos.

Azúcar, aditivos, procesado, marketing, sabor, la combinación de todos estos factores consiguen que abramos nuestro paquete de frutos secos y lo dejemos más vacío que Mediamarkt durante el Black Friday.

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