¿Cómo puede soportar un astronauta la soledad?

¿Cómo puede soportar un astronauta la soledad?
¿Cómo puede soportar un astronauta la soledad?

El récord de permanencia en el espacio lo tiene el astronauta Scott Kelly, ingeniero miembro de la Estación Espacial Internacional, y es de 340 días. Solo el viaje de ida a Marte llevará siete meses.

Hasta la luz tarda cuatro minutos en llegar.

La nave recorrerá unos 55 millones de kilómetros de ida y otros 55 de vuelta, lo que representa 14 meses de domingos tristes o de resaca.

Siempre se oye hablar de la aventura espacial, nunca del aburrimiento. Pero ese tedio es precisamente lo que estudian con más énfasis la NASA y la ESA (Agencia Especial Europea).

Y, a su manera, también un emprendimiento privado que planea colonizar el planeta rojo. Pero no solo los astronautas sufren el aislamiento.

También lo sufren los exploradores extremos y, lamentablemente, las víctimas de circunstancias no elegidas: mineros, marineros, secuestrados.

El empresario argentino Jorge Born y su hermano fueron sometidos a un secuestro larguísimo. 

Su hermano casi murió de depresión. Le permitieron salir antes pero nunca volvió a ser el mismo. Cuando Jorge fue liberado, un periodista le preguntó cómo había sido aquello y él contestó: «Enciérrense en un baño sin ventanas durante nueve meses y verá».

No se refería al azulejado.

El marciano, la película de Ridley Scott, trata de un astronauta abandonado por sus compañeros en el planeta rojo. La historia es además una versión rojiza y polvorienta del filme Náufrago. Y Náufrago es una versión del clásico Robinson Crusoe. Todos, clásicos del desasosiego.

Tienen en común la soledad y el aislamiento, pero también la superación de las dificultades a través del ingenio.

Las peripecias y vicisitudes del protagonista de El marciano son muy fieles a los métodos que la NASA está ensayando para enviar su primera tripulación a ese páramo. No así la descripción del brutal desafío personal.

El gran peligro de semejante viaje no son los liliputienses ficticios de Gulliver ni los indios americanos reales que enfrentó Alvar Núñez Cabeza de Vaca –grandes aventuras de náufragos—, sino la monotonía y la locura.

De hecho, varias reconocidas obras sobre el espacio exterior tratan de los efectos psicológicos del aislamiento extremo: 2001 Odisea del espacio, la rusa Solaris y, más recientemente, Moon.

Mientras los astronautas de la Estación Espacial Internacional ven 16 amaneceres por día, filman videoclips con canciones de Bowie y contemplan las tormentas eléctricas desde lo alto, los marcinautas verán por su escotilla solo una negritud infinita.

Y estarán solos. Solos, encerrados y en peligro de muerte constante. La tecnología para ir a Marte ya existe, lo que no existe aún es la certeza de que los tripulantes no vayan a volverse locos.

En 2011 la Agencia Especial Europea creó el proyecto Mars 500. El experimento consistía en aislar a cuatro sujetos durante siete meses dentro de un cilindro de metal. Diego Urbina, ingeniero electrónico, dijo: «Ya he estado aislado unos cien días durante mi entrenamiento, estoy acostumbrado.

Pero si esto durara un año, no creo que pudiera responder lo mismo».

La falsa nave no tenía escotillas ni portezuelas al exterior. Y la única simulación de caminata marciana se realizó dentro de un hangar contiguo pintado de negro, con algunas piedras esparcidas por el suelo. Romain Charles, otro ingeniero participante de la simulación, se refirió a la soledad:

«Quizá con un pececillo o unas hormigas esto sería más llevadero». No se sabe cómo una hormiga puede paliar la soledad, pero en el caso de Romain parece ser un gran consuelo.

Para hacerse a la idea de las consecuencias de la ausencia de todo estímulo, veamos qué pasó a Salvador Alvarenga.

El pescador estuvo a la deriva en un bote durante 14 meses, perdido en el Océano Pacífico. Alvarenga preguntaba a su compañero: «¿Yo dormí bien y tú? ¿Has tomado el desayuno?».

Ambos siguieron conversando para evitar la monotonía. Hasta que Alvarenga cayó en la cuenta de que llevaba seis días conversando con él mismo. Su compañero estaba muerto. En el mar no hay hormigas.

Las agencias espaciales no suelen desvelar ese tipo de detalles, no son buenos para la publicidad. No mencionan los conflictos, ni la repetitiva comida envasada al vacío que, al parecer, deprimió tanto los astronautas que estos casi dejaron de alimentarse.

«Era tan aburrida que consumimos decenas de litros de salsa Tabasco», se sinceró un ingeniero de Mars 500.

No suelen hablar mucho de las mantas plateadas que los marcianautas detestan, de que por el encierro pedalean en la bicicleta fija como hámsteres dementes o que a veces les cortan la electricidad y las pocas comunicaciones que tienen con el exterior para estresarlos todavía más.

No se sabe cómo resolverían una emergencia médica, solo señalan que una impresora 3D les permitirá imprimir instrumentos quirúrgicos.

Y sobre todo evitan discutir el tema del olor a pies.

Mars One es un ambicioso proyecto que se llevará a cabo con capital privado. Su objetivo es enviar a cuatro personas a ese planeta, pero con vistas a colonizarlo.

Sus responsables, Bas Lansdorp y John de Mol –creador de Gran Hermano—, piensan costear la aventura con la publicidad que proporcionará el interés del público. Los marcianautas serán escogidos a través de la votación de los espectadores.

«Montarlo todo costará 3.800 millones de libras esterlinas, y otros 630 millones enviar a cada astronauta.

Pero si el Comité Olímpico Internacional obtuvo ganancias de casi 2000 millones por un evento de tres semanas, lo nuestro parece bastante factible», calcula Bas Lansdorp.

Los holandeses no han reflexionado demasiado sobre los efectos del viaje y mucho menos considerado la necesidad de traer a los pobres diablos de vuelta a la Tierra. El espectáculo debe continuar.

Los colonos serán un grupo mixto, vivirán en módulos premoldeados y en caso de emergencia recibirán asesoramiento electrónico.

No en tiempo real sino con una demora de 20 minutos. «Nosotros vamos a mandarlos a Marte, pero ellos serán responsables de sus propias acciones». Bas Lansdorp y John de Mol, evidentemente, no lo son. Los suicidas de la Tierra acudieron en miles a la llamada.

Más razonables y meditados son los varios proyectos HI-SEAS (Hawaii Space Exploration Analog and Simulation) que la NASA está llevando a cabo en la ladera del volcán Mauna Loa, en esas islas.

El más reciente de ellos durará un año entero. Médicos, ingenieros, arquitectos y astrobiólogos de ambos sexos convivirán bajo un domo geodésico durante un año.

Podrán salir a recorrer los pedregosos y áridos alrededores, pero siempre cargando con sus trajes de 30 kilos bajo temperaturas ideales para el surf.

Reutilizarán todos sus desperdicios, desde el agua hasta los restos de comida, que convertirán en un abono en jugo tan nutritivo como apestoso.

Reciclarán la materia fecal en inodoros ‘verdes’ a palanca para utilizarla como abono sólido. Y sus ocho litros de agua semanales deberán alcanzarle para todo: beber, cocinar, higiene personal, lavado de ropa y riego.

Las grandes ventajas: el liderazgo femenino, el grupo mixto, y la variedad de comidas que ellos mismos prepararán ayudará a romper con la monotonía de la comida envasada.

La gran desventaja: nunca estarán del todo solos y siempre serán las mismas caras día tras día. «Aquí dentro nada cambia jamás», gruñe uno de los participantes.

Y después sonríe. Se nota que es mentira.

Otro de los experimentos es el White Mars Project. El Proyecto Marte Blanco se realiza en la base Concordia en la Antártida, una instalación franco-italiana.

Allí, un máximo de 16 personas pasa hasta doce solitarios meses en continente blanco en nombre de la ciencia.

Concordia se encuentra a 3200 metros sobre el nivel del mar y 600 kilómetros de la población más cercana. Es decir, a una distancia mayor que la de la Estación Espacial Internacional.

Los cambios que ocurren al vivir en un ambiente tan hostil y alejado no afectan solo al físico, al sistema hormonal y al inmunológico. «Los efectos psicológicos son tremendos», explica el médico Alex Kumar, participante de la World Extreme Medicine Expo.

Dice el doctor Kumar, «Buscamos soluciones para las alteraciones de la personalidad, los patrones de sueño y la disminución de las capacidades cognitivas, para adaptarlas a posibles viajes a Marte». Alteraciones que hacen que muchos hayan alucinado con luces y sonidos, y en algunos casos hasta con ardillas.

«Al fin y al cabo la Antártida es igual que el espacio: estás encerrado en un cilindro de lata».

Pero el hastío, la monotonía y las alucinaciones no son los únicos problemas que enfrenta la NASA. La agencia espacial no puede financiar por sí sola sus proyectos multimillonarios.

En 1966 esta agencia recibió del congreso estadounidense un presupuesto de 43.500 millones (en dólares actualizados). En 2014 recibió apenas 15.000.

Por eso en vez de competir con Rusia, China y Europa, la meta es colaborar.

Pero entonces surgen otros desafíos: las diferentes lenguas, de culturas, los conflictos en las tripulaciones masculinas por buscar al macho alfa, las agresiones producto del encierro, el estrés por las interminables tareas técnicas necesarias para paliar la soledad y la tensión sexual frustrada.

Sin embargo, los nuevos proyectos intentan encontrar las respuestas.

Uno de los capítulos de la versión televisiva de Crónicas Marcianas, la genial obra de Bradbury, cuenta la historia del exastronauta Sam Parkhill.

La población marciana ya ha sido exterminada y el planeta está a punto de ser colonizado por las empresas e industrias de los humanos.

Parkhill y su esposa se establecen allí y montan un puesto de perritos calientes para sacar provecho de la nueva bonanza.

Es una visión muy norteamericana, fantasiosa y algo triste de lo que bien podría ocurrir en el futuro, es cierto.

Pero nos solemos olvidar que la ciencia-ficción –género nada latino— no lidia solo con temas del espacio exterior sino con ficciones basadas en cuestiones científicas verdaderas.

Ojalá que tanta ciencia e ingenio no acaben en un Gran Hermano Interplanetario, o peor, en un puesto de perritos calientes.

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Este post se publicó originalmente en Yorokobu.
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