Los perros no son tamagotchis

POR CLAUDIO MOLINARI.

Los perros no son tamagotchis

Ocurre todos los días: a la hora del desayuno y al caer el sol, ejércitos de ciudadanos salen a pasear a sus perros. Soñolientos por la mañana, y por la noche agotados tras la jornada de trabajo, ellos siguen paseando fielmente a su amigo más fiel.

Desde ya, los amantes de los gatos ni tan siquiera intentan comprender el fenómeno; los perros les parecen apestosos, chillones y demasiado dependientes.

Un perro aullando de soledad a la salida de la tienda es un hecho frecuente, tan habitual como el ‘faldero’ viajando a cuerpo de rey en un bolso hacia el aeropuerto.

Y es que muchos amos quieren que sus perritos viajen en avión, en la cabina.

¿Por qué ese vínculo tan fuerte? Se sabe que la mascota más numerosa de occidente es el felino y que -detalle- no necesita ser paseado.

Los perrófilos consideran que los felinos son «fríos y distantes», como si los sentimientos jugaran un papel fundamental. Y quizá sea así, quizá aquellos se sientan más solos y necesiten más amor.


El protoperro

Arqueólogos y antropólogos coinciden en que 45.000 años atrás los lobos dominaban la tierra. Organizados en manadas compactas, cazaban bestias mucho más grandes y fuertes que ellos mismos.

El hombre prehistórico lo admiraba y lo temía, pero también él se trasladaba en grupos pequeños y se establecía en distintos sitios según la temporada.

Los científicos especulan que ciertas manadas comenzaron a seguir a los humanos, alimentándose de los restos que estos dejaban tras de sí en las lindes de sus campamentos. Conscientes de los beneficios mutuos, unos y otros comenzaron a respetarse.

Los perros no son tamagotchis

Unos 32.000 años atrás, la población mundial apenas sumaba un millón de individuos y en tal adversidad eran los lazos de familia lo único que mantenía con vida a los humanos. Lazos muy similares unían a las manadas de lobos, y poco a poco esa lealtad antes intrínseca empezó a practicarse entre ambos grupos.

Pero la domesticación no ocurrió de un día para el otro. Llevó otros 8.000 años para que el hombre utilizara al lobo como un sistema de alarma y de protección, y este a los humanos a modo de familia extendida.

Los milenios fueron transcurriendo y esa unión flexible se afianzó. Robert Wayne, profesor de Ecología y Biología Evolutiva de la UCLA, lo explica: «Lo más importante fue el cambio que separó a esos lobos mansos, seguidores de sus amigos humanos, de aquellos que se mantenían separados debido a su aislamiento geográfico y fuerte territorialidad».

La primitiva ingeniería genética del hombre prehistórico y su producto iban a cambiar el futuro de la sociedad para siempre.


Lo que necesitas es amor

El hombre creó al perro porque lo necesitaba: este le advertía del peligro, le ayudaba a cazar e incluso lo protegía con su vida. El nuevo animal, por su parte, aceptó a su amo porque lo consideraba un proveedor de alimento y un guía. Hoy, ni unos ni otros viven entre fieras y peligros mortales, pero esa estrecha relación –esa adopción por mutua necesidad de compañía— sigue vigente.

Aunque la publicidad afirme lo contrario, en la actualidad nada indispensable nos falta: no tenemos que jugarnos la vida para atrapar jabalíes y bisontes (basta bajar al supermercado), no nos acechan depredadores sanguinarios (los exterminamos o nos los comimos a todos), y no necesitamos familia de pertenencia porque la mayoría vivimos rodeados de varios millones de individuos neuróticos (de hecho deseamos recuperar urgentemente algo de soledad).

¿A qué se debe esta relación entre amo y perro? Es probable que, en su evolución hacia la sociedad de masas, el hombre fuera perdiendo los lazos que 30.000 años atrás le resultaron indispensables para luchar codo a codo con sus congéneres, para poder enfrentar la adversidad.


Ya nadie quiere a Darwin

Es evidente que el ser humano ha evolucionado, si bien se ha mantenido idéntico a sí mismo en ciertas áreas y ha involucionado en otras. Es cierto que nuestras vidas son más largas, pero también son más aburridas, menos aventureras. Puede que viajemos a Nueva Guinea, pero lo hacemos en avión, con reserva de hotel, aire acondicionado y minibar; y muy pronto añoraremos nuestra vida cómoda, ordenada y previsible.

Y echaremos de menos el sofá, ese templo donde disfrutamos de las aventuras del desquiciado que sale a descubrir lugares de ensueño, comidas exóticas y nuevas especies de mosquitos.

El mejor amigo del hombre ha seguido un camino parecido. Se ha convertido en un animal dócil, débil y predecible.

Incluso en su aspecto físico se ha tornado risible: generalmente pertenece a una raza, se reproduce solo con los de su misma alcurnia canina, y se ha convertido en un accesorio de moda móvil. Algo así como un tamagochi con pulso.

Lo antedicho habla volúmenes de los socios de este partnership tan curioso: los dos viven una vida cada vez más confortable y carente de asombro, los dos se necesitan, al punto de llegar a reemplazar al compañero natural del otro; y ambos han olvidado lo que significa luchar por sobrevivir.

Muchos dirán que esto es el progreso, otros que ya es hora de que nuestro amigo fiel vuelva a ser un poco más independiente, más arriesgado, más lobo.

Y tal vez sea hora también de que nosotros hagamos lo mismo y volvamos a ser, aunque sea de a ratos, un poco más libres, más temerarios, más protohombres.

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