El humano aprendió a cantar en raves prehistóricas

 El humano aprendió a cantar en raves prehistóricas
El humano aprendió a cantar en raves prehistóricas.

POR SERGIO PARRA

Hace 40.000 años, nuestros antepasados ya fabricaban flautas rudimentarias para amenizar sus vidas con notas musicales.

El instrumento musical más antiguo jamás encontrado fueron concretamente dos flautas confeccionadas con hueso, en la cueva Geibenklösterle, en Alemania.

Por lo tanto, hemos de suponer que mucho antes ya dispusieron de instrumentos de percusión confeccionados con madera, piedra o pieles de animales.

Antes, incluso, deberían haberse producido golpes rítmicos con cualquier objeto.

El pueblo baAka, del Congo, por ejemplo, hace música con los ríos: salpican el agua con las manos y dan palmadas para producir gran variedad de intrincados motivos sonoros.

Y en Zadar, Croacia, el Morske orgulje (órgano de mar) produce música gracias al empuje de las olas.

Pero probablemente los primeros instrumentos musicales de los que se valió el ser humano fueron sus propias cuerdas vocales.

Los tarareos, llamadas y arrullos constituyeron las primeras canciones, y es posible que nacieran incluso antes que el propio lenguaje.

Cantamos antes de hablar

El órgano fónico humano no evolucionó hasta determinado momento para articular palabras.

Hasta entonces, los sonidos que emitíamos eran menos complejos, semejantes a los que emiten los gorilas y los chimpancés, aunque aun así fueran extraordinariamente variables tanto en su tono como en su textura.

Pero, entonces, nuestros cuellos se ensancharon y nuestra laringe se desplazó hacia abajo.

Eso supuso un contratiempo para todos: ya no éramos capaces de tragar líquidos a la vez que respirábamos (como hacen los bebés, antes de que se produzca este desplazamiento), pero en contraposición se nos permitió emitir sonidos articulados más complejos, controlando la vibración de los músculos de la laringe.

Ello también nos permitió que la laringe, nuestra caja de resonancia biológica, proyectara sonido a un volumen nada desdeñable, tal y como explica Zoe Cormier en su libro La ciencia del placer:

Los niveles de sonido en el interior de la laringe alcanzan los ciento treinta decibelios, el equivalente al sonido del motor de un avión a reacción oído desde treinta metros de distancia.

Cuando escuchamos música a un volumen superior a los 90 decibelios, una frecuencia similar a la que produce el tráfico denso de camiones, una zona de nuestro oído llamada sacculus estimula nuestro cerebro para que libere endorfinas, tal y como sugiere un estudio llevado a cabo por Neil Todd y sus colegas de la Universidad de Manchester.

Es decir, cantamos a voz en cuello para influir en nuestras emociones, y también en las emociones ajenas.

El primer instrumento musical de la humanidad fue también, pues, uno de los primeros neuroestimulantes que aprendió a usar.


Conciertos prehistóricos

Aunque no disponemos de registros arqueológicos de la música, sabemos que celebrábamos conciertos en una suerte de anfiteatros naturales en los que el sonido reverberaba: determinadas zonas de algunas cuevas.

Es lo que sugieren los estudios de las pinturas rupestres de Arcy-sur-Cure (Borgoña): la mayoría de las pinturas se hallan en puntos de la cueva donde había mayor resonancia y eco, lo que sugiere que nuestros antepasados acompañaban sus visiones trasladadas en pintura con música.

Lo más parecido a una rave prehistórica.

Tal y como abunda Cormier:

Los análisis de los investigadores también indican que nuestros ancestros trogloditas colocaron con cuidado las marcas de ocre que cubren las estalagmitas que se elevan desde los suelos de las cavernas con la intención de marcar los puntos que producían las diversas notas al golpear la piedra.

Los pilares rocosos y dentados muestran señales de haber sido golpeados repetidamente, y cerca de ellos yacen esquirlas de huesos humanos, lo cual sugiere que nuestros antepasados tocaban la cueva como si fuese un xilófono
.
Este efecto, que incrementa los decibelios de nuestro canto los hemos experimentado todos los que cantamos en la ducha.

Las paredes duras y lisas del baño obran como una caja de resonancia, permitiendo que las ondas sonoras se reflejen en las superficies.

La reverberación también favorece que la voz se mantenga más tiempo en el aire después de emitir cada nota.

Además, las notas graves suenan más fuertes y permanecen más tiempo en el aire que las agudas (lo que permite que los cantantes menos avezados parezca que cantan mejor, pues emitir notas graves es más sencillo que emitir notas agudas).

Las duchas son, a nivel acústico, la evolución de los anfiteatros naturales de los trogloditas.

La ventaja evolutiva del canto

Frente a todo ello, uno no puede preguntarse, ¿por qué?

¿Por qué la evolución darwiniana favoreció nuestra capacidad de cantar?

¿Qué ventajas nos proporciona para la supervivencia?

Según Charles Darwin, que también se cuestionó la utilidad de la música, esta podría haber nacido y evolucionado como una extensión de los reclamos de apareamiento que emitían nuestros antepasados, y que los cantos de los pájaros fueron nuestros inspiradores.

Pudiera parecer que Darwin solo estaba lanzando una hipótesis al tuntún, pero lo cierto que una reciente investigación de Shigeru Miyagawa, profesor del Departamento de Lingüística y Filosofía del MIT, le otorga parte de razón a Darwin.

Con todo, son solo hipótesis. Tal vez el canto era una forma de desahogar sentimientos o de concitar los ajenos, sin más.

Quizás es un subproducto del lenguaje o sencillamente evolucionó simultáneamente con él, como sostiene el investigador Steven Mithen, catedrático de Arqueología en la Universidad de Reading.

Este enfoque también lo respalda el musicólogo Stephen Brown, que ha denominado este precursor de la comunicación que mezclaba el lenguaje con la música como musilengua.

Pero, si bien los orígenes del canto y de la música siguen siendo brumosos, podemos estar bastante seguros de que nacieron en un mundo donde otros animales también cantaban, donde el sonido melódico nos hizo segregar endorfinas y, quién sabe, donde las discotecas prehistóricas eran el mejor lugar para encontrarle un poco de sentido al sinsentido de la existencia.

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