Theo Jansen y Daniel Agdag, criaturas que viven del aire

Theo Jansen y sus criaturas que viven del aire
Theo Jansen, creador de criaturas que viven del aire.

“Sumamente aterrador sería el efecto de cualquier intento humano por burlar el formidable mecanismo del Creador del Mundo”, escribía Mary Shelley en la introducción a la edición de 1831 de su clásico Frankenstein o el moderno Prometeo, pero parece ser que el artista holandés Theo Jansen decidió ya hace años transgredir todos los límites de las leyes naturales cuando comenzó a construir sus Strandbeest o bestias de playa en la costas de su país.

Bromas aparte, lo cierto es que Jansen se refiere a sus autómatas eólicos como seres vivos que incluso incorporan una carga genética y que se reproducen y mueren, lo que generalmente se conoce como vida artificial, es decir, una forma del arte y de la ciencia de aproximarse a la complejidad de lo vivo.

Estos animales mecánicos son grandes esqueletos construidos de tubos de PVC, dotados de velas, para recoger la fuerza del viento, y de cigüeñales que transforman esa energía en movimiento.

Estéticamente asemejan inmensos insectos autopropulsados por numerosas patas que se mueven ordenadamente.

El método de trabajo de Theo Jansen siempre es el mismo: cada invierno construye un ser nuevo que perfecciona las virtudes de su predecesor.

Al llegar el verano, lo lleva a las playas cercanas a su estudio para experimentar su movimiento.

Al finalizar el año de vida de la Strandbeest, la devuelve a su estudio en donde la clasifica como “fósil” y comienza el diseño de la siguiente.

Trece de estos fósiles se pueden visitar en el Espacio Fundación Telefónica, dos de los cuales son “reanimados” con aire comprimido por el autor para que el público pueda apreciar su gracioso movimiento.

Jansen inició los estudios de física en su Holanda natal, pero los abandonó para dedicarse a pintar. No obstante, el mundo de las máquinas autómatas le obsesionaba hasta tal punto que llegó a inventar un ingenio que pintaba de noche y que dejaba de pintar con la luz del día.

También relata en sus intervenciones públicas que hacia 1980 construyó un platillo volante que surcó los cielos de la ciudad de Deft atrayendo la atracción de los medios de comunicación holandeses.

La mecánica y la experimentación forman desde siempre parte de la naturaleza de Theo Jansen.

El artista intuyó las Strandbeest en una columna periodística que escribió en 1990 para el diario Volkskrant, en la que planteaba una posible solución a la subida del nivel del mar, una preocupación constante en los Países Bajos.

A su juicio, se trataba de reforzar las dunas para frenar de forma natural la invasión de las aguas: “por tanto, la gran cuestión es: ¿cómo hacer llegar más granitos de arena a nuestras dunas?”.

Y la respuesta a esta pregunta venía de la mano de “unos animales que removieran continuamente la arena de nuestras playas, que la arrojaran al aire, para que, a continuación, el viento se encargara de llevarla hasta las dunas”.

Este planteamiento teórico ya se materializaba en dos bestias primigenias: El rulo playero y el El cavadunas.

Esta denominación tan abiertamente chabacana pronto derivaría en nombre seudocientíficos en latín macarrónico que le darían a estas construcciones de tubos un aura darwiniana.

Jansen compra ese mismo año tubos de PVC, de los que se utilizan para el cableado eléctrico, y comienza a jugar con ellos, examinado sus posibilidades materiales como osamenta de construcción de las futuras bestias. Él insiste en que jugó con dichos tubos hasta crear “nuevas formas de vida”.

Pero la creación de las Strandbeests, la simulación de la vida en versión artificial, requería mucho más que construir un mecano de tubos de plástico. 

Theo Jansen y sus criaturas que viven del aire

Otra de las cosas que desarrolló Theo Jansen fue un sistema para convertir la energía procedente del viento en movimiento, o lo que es lo mismo, una articulación móvil que transforma el movimiento circular de una pieza en los pasos rectos de la bestia de playa.

La otra cuestión era la longitud de las piezas, es decir los tubos, que componen las bestias, lo que Jansen llama “el código genético” de sus creaciones. A través de una aplicación informática, el artista llegó hasta trece números, el denominado “algoritmo genético”, que establece las dimensiones óptimas de sus bestias para que funcionen correctamente.

Esos trece números que Theo Jansen publicó en su web han servido a estudiantes de todo el mundo para desarrollar sus propias bestias sobre los diseños originales.

Para el autor, ésta es la forma en que se reproducen sus formas de vida artificial. Incluso un grupo de estudiantes le visitó en su estudio para regalarle uno de los animales basado en su algoritmo ¡nacido entero de una impresora en 3D!

Los esqueletos de tubos de Jansen, sus bestias, todas tienen una denominación seudocientífica. Los que pueblan la tercera planta del Espacio Fundación Telefónica responden a nombres como Ordis, Currens Vaporis, Currens Ventosa, Rhinoceros Tabulae o Percipiere Primus.

La mayoría son fósiles, obras que el autor ha condenado a la inactividad, y algunas de ellas son revividas con botellas de aire comprimido para pasear por la exposición.

Arte y ciencia en la creación de este genial holandés, cuya obsesión por la mecánica y la cinética nos trae a la mente otra cita del libro Frankenstein de Mary Shelley con el que habríamos este texto:

“Quien no haya experimentado la seducción que la ciencia ejerce sobre una persona, jamás comprenderá su tiranía.”


Las increíbles máquinas de cartón de Daniel Agdag


Parecen flotar, volar hasta nosotros desde la desbordante imaginación de Julio Verne. Sin embargo, estos pequeños artilugios, tan delicados y detallistas que enganchan nuestra mirada a cada uno de sus engranajes, nada tienen que ver con el escritor francés ni fueron diseñados en un tiempo y una época lejanos.

Estas pequeñas esculturas son obra del artista australiano afincado en Melbourne Daniel Agdag y están hechas íntegramente de cartón, pero no de uno cualquiera. Agdag es muy meticuloso con el tipo de cartón que utiliza, especialmente con el color, lo que hace que pase mucho tiempo buscando proveedores y localizando el adecuado para su obra.

El australiano es consciente de lo poco convencional que es su materia prima, tanto por su fragilidad como por ser un simple material de embalaje. 

Pero, en su opinión, «son esos dos aspectos los que encuentro más seductores y me entusiasma el reto de elevarlo por encima de esas dos categorías», si bien es cierto que no podría decir exactamente qué es lo que tiene para hacerlo tan fascinante a sus ojos. 

«Cuanto más difícil es el medio, más grandes son mis ideas», confiesa. «Esta limitación me permite ser infinitamente más imaginativo. 

Daniel Agdag, criaturas que viven del aire

Y en mi opinión, es sencillo trabajar con él, sin necesidad de usar sofisticadas herramientas o dedicarle gran espacio», explica. De hecho, su caja de herramientas es sencillo: un escalpelo quirúrgico, algunas pinzas de joyería para colocar las piezas con precisión, una regla de acero y cola para madera. «Me sorprende constantemente ver hasta dónde puedo llegar con él. Es un medio que no me ofrece límites ni resistencia para concebir y expresar mis ideas».

Sin embargo, no es el cartón el único material con el que Daniel Agdag ha trabajado. En 2014 le encargaron una estatua de exterior titulada The Inspector para colocarla junto al río Yarra en Melbourne. 

El material elegido fue el acero corten, cobre y madera. Esto le supuso cambiar su método de trabajo, ya que tuvo que planificar y prever todo el diseño con antelación. Pero la experiencia le gustó y le gustaría repetirla en futuras ocasiones.

Agdag procede del mundo del cine y la animación. Sus primeros trabajos podrían considerarse bocetos de todas las ideas que tenía en la cabeza y que anotaba en un cuaderno. «Mi vecino de entonces estudiaba arquitectura y usaba el cartón para hacer las maquetas de sus proyectos. Enseguida me atrajo aquel material. 

Guardaba libretas llenas de dibujos en dos dimensiones de artilugios y máquinas que había ido dibujando durante años. 

Daniel Agdag, criaturas que viven del aire
Pero no sentí plenamente su potencial hasta que no los vi realizados en cartón», rememora el artista. Durante los cinco primeros años nadie vio su obra, hasta que sus amigos le convencieron para que se la mostrara y acabó exponiéndola en una pequeña galería.

Después de acabar su Máster en Animación en 2006 y de producir dos cortos, dejó el cine y se dedicó por completo a la escultura.

Sin embargo, a pesar de que esta es ahora su principal actividad, también está preparando una instalación artística a gran escala y trabaja en la producción de un corto de animación. «Me gusta la diversidad, me equilibra. 

Estos otros proyectos mantienen mi mente activa y me abren a otras ideas y posibilidades», confiesa Agdag. 

Sin poder precisar cuánto influye su faceta de cineasta en la de escultor y viceversa, contemplar los artilugios de este australiano nos teletransporta a un mundo de fantasía que tantas veces hemos visto en la gran pantalla. 

Casas que vuelan, turbinas que flotan, zepelines imposibles… El lenguaje del cine y de la escultura se entremezclan en su obra. Uno cuenta historias en movimiento. La otra concentra toda la narrativa en un sencillo y estático objeto. Pero en uno y en otra el material que el artista usa es el mismo. «Las ideas determinan en qué se convertirán. Confío en mi intuición. Dejo que la idea decida qué forma quiere adoptar».

Es precisamente la intuición la que determina su método de trabajo. Por sorprendente que resulte al contemplar los minuciosos detalles de sus figuras, no hay una labor previa antes de lanzarse a esculpir un diseño. Agdad parte de una idea y sobre ella va construyendo la figura, cortando, retocando, cambiando continuamente según va avanzando el trabajo, dejándose llevar por lo que la figura que va surgiendo del escalpelo le va dictando. 

«Me gusta describir mi trabajo como un ‘bosquejo en cartón’. Una vez que tengo la idea, corto y construyo sección por sección, parte por parte, hasta que todo encaja con lo que imaginé. A menudo tengo que pararme a pensar y averiguar por dónde seguir antes de terminarlo. Pero como les ocurre a los pintores, no siempre acabo de verlo rematado completamente».

Agdag es de esos artistas que se meten tan a fondo en su trabajo que no suelen parar hasta terminarlo. Trabaja entre 10 y 12 horas diarias, a veces incluso más. «No me gusta interrumpir el proceso, me gusta vivir todo el trabajo tanto como dure. 

A veces tengo que parar para pensar en ciertos detalles y darles forma, pero eso también forma parte del trabajo. En ocasiones, hago una pausa y me voy a dar un paseo por el parque para despejar mi cabeza».

Toda la obra del australiano está teñida de aire retro. El steampunk rezuma por los poros de papel de estas pequeñas pero perfeccionistas figuras. Máquinas industriales imposibles que ponen en marcha nuestra fantasía y nos hacen volar con ellas a otros mundos lejanos y a la vez actuales. 

El mundo de la construcción y la ingeniería es una presencia continua en su obra. Entre sus referentes se encuentran artistas como Jeffrey Smart, Edward Hopper y John Brack. De ellos toma su manera de ver el mundo y la forma en que estos lo trasladan a su trabajo no deja de cautivarle.

Más que gusto por lo retro, a Agdag le atraen los objetos por el trabajo que muestran, por sus detalles, da igual en qué época se hicieran. «Creo que lo que más me atrae de lo retro es su diseño, el carácter que desprende y la ingeniería de su construcción». 

por encima de cualquier otro objeto, al artista de Melbourne le fascinan las máquinas. Pocas cosas son tan importantes para él. Las máquinas lo hacen todo por nosotros, ya sean simples labores o trabajos mucho más complicados. Se lamenta de que nadie se detenga hoy en día a observarlas, a estudiar su funcionamiento. 

Con sus artilugios de cartón quiere poner de relieve la importancia de las máquinas en nuestras vidas.

«Me intrigan el orden y la complejidad de los sistemas modernos que ayudan al funcionamiento de las grandes ciudades. Me gusta pensar en esas máquinas como soportes vitales de nuestra sociedad. A cualquier lugar del mundo al que viajo, me encanta prestar atención a las diferentes maneras de hacer las cosas y de trabajar». 

Esa curiosidad se plasma en los puntillosos detalles que completan sus esculturas. 

Delicadas ruedas, precisos engranajes que conectan unas piezas a otras sin dejar nada al azar. «Me encanta el detalle.

Siempre lo observo en el mundo que me rodea. Todo lo construido en nuestro entorno se ve acentuado por la minuciosidad de sus detalles. A veces son reminiscencias del pasado.

 Otras, están ahí para cumplir una función. Todos ellos forman una hermosa escena. Quizá en mi subconsciente esté buscando algo que se esconde en los detalles».

La entrada aparece primero en Think Big. y en Yorokobu.
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