El caso del perrito marrón

El caso del perrito marrón
El caso del perrito marrón.

Estatua en homenaje al perrito marrón.

Para desarrollar esta anécdota de la historia de la ciencia debemos trasladarnos al reinado de la reina Victoria, época durante la que surgió en Gran Bretaña un poderoso movimiento anti-vivisección, contando incluso con una fuerte representación en las dos cámaras del Parlamento. 

Sin ir más lejos, fisiólogos de la talla de Claude Bernard en Francia o Burdon Sanderson en las islas británicas atrajeron el odio de los amantes de los animales (e incluso de sus propios familiares, como le ocurrió al bueno de Claude). 

Así, antes de entrar en materia, es necesario mencionar que parece más que contrastado que por esas fechas se estaban llevando a cabo muchos experimentos innecesarios con animales vivos, especialmente en Francia, donde no existía una restricción legal.

Los anti-viviseccionistas de Inglaterra llegaron a infiltrarse en las experiencias de cátedra de François Magendie (maestro de Bernard) e informaron de las “crueles y repelentes escenas” de las que habían sido testigos. 

Se trataba por supuesto de un movimiento bien financiado y bien organizado que alcanzó el clímax de su lucha en 1.907, con el “caso del perrito marrón”. 

Esta célebre causa fue iniciada por dos jóvenes suecas, quienes se matricularon como estudiantes de medicina en la Facultad de Medicina para Mujeres en Londres tras haber presenciado y quedado afectadas por los experimentos realizados con animales en Francia. 

Tras matricularse en medicina, asistieron a demostraciones en las clases de fisiología del University College, pero acabaron abandonando sus estudios al cabo de un año. 

No obstante, habían recogido en su diario meticulosamente sus observaciones, y, en abril de 1.903, se lo mostraron a Stephen Coleridge, un abogado y ejecutivo de la Sociedad Nacional Anti-Vivisección.

Claude Bernard
Retrato de Claude Bernard

La atención de Coleridge desde ese momento se centró en un caso particular: el de un perro que había sido sometido a un experimento de demostración en el University College por un conferenciante, el doctor William Bayliss. 

Con astucia, las dos señoritas se las habían arreglado para poder darle una ojeada al animal antes de que fuese introducido en el aula y observaron cicatrices de operaciones semicuradas, una de las cuales aún estaba cerrada con fórceps, en su abdomen. 

La Ley sobre Crueldad con los Animales ya por entonces prohibía en Gran Bretaña el uso de un mismo animal para más de un experimento (aunque éste podía implicar dos o más operaciones), pero aquí se encontraba el perro marrón de la polémica, rígidamente amordazado y atado con correas a la mesa, mientras Bayliss abría su cuello para exponer las glándulas salivares. 

El animal, según testimonio de las estudiantes, había luchado “violenta y resueltamente” durante la media hora de duración del experimento de demostración mientras Bayliss intentaba medir la presión salivar con el perro en estado de plena consciencia. 

Además, aseguraban que “no había signos ni olores de que se hubiese usado anestésico”.

Coleridge transmitió su inteligencia y verborrea incendiaria a la audiencia en una gran e indignada reunión pública. 

El discurso fue publicado en un periódico nacional a la mañana siguiente y se plantearon preguntas en la Cámara de los Comunes a este respecto. Bayliss, al que habían calificado ya de malhechor, dio instrucciones a su abogado, el cual exigió una retractación y disculpa pública de Coleridge. 

Cuando Coleridge se negó, se dictó una orden judicial y el juicio, que duró cuatro días, empezó en los tribunales un 11 de noviembre de 1.903. 

La tribuna pública estaba abarrotada y era más ruidosa que de costumbre.
Ernest Henry Starling
Retrato Ernest Henry Starling

El primer testigo fue Ernest Starling, profesor de fisiología en el University College (famoso, junto con Bayliss, por sus trabajos sobre fisiología cardíaca). Starling testificó que él había utilizado el perro marrón para estudiar el mecanismo de los trastornos pancreáticos, incluyendo la diabetes. 

Había abierto el abdomen y ligado un conducto pancreático. 

Dos meses después, el día de la demostración de Bayliss, llevó a cabo un examen interno de seguimiento para evaluar las consecuencias de la primera operación. Satisfecho porque todo había ido bien, Starling pasó el animal anestesiado a Bayliss para su demostración sobre la secreción salivar.

Starling había infringido la Ley sobre Crueldad con los Animales, aunque afirmó en su defensa que lo había hecho para no tener que sacrificar otro perro. 

Bayliss aseguró, junto con otros estudiantes que habían estado presentes en su demostración, que el perro no había luchado, simplemente se movía. 

Si hubiera luchado, argumentaban, el doctor Bayliss no podría haber realizado la disección.

 “Había estado completamente anestesiado, primero con una inyección de morfina y luego con una mezcla estándar de cloroformo, alcohol y éter suministrada a través de un conducto que iba por debajo de la mesa hasta un tubo insertado en la tráquea del perro; evidentemente, éste había quedado oculto a la vista de las acusadoras”, respondió de forma tajante Bayliss y añadió, “la demostración, que pretendía probar que la presión salivar era independiente de la presión sanguínea, había fracasado al ser incapaz de conseguir la estimulación eléctrica del nervio que controla las glándulas salivares. 

Después de intentarlo en vano durante media hora, abandoné”.
William Maddock Bayliss
Retrato William Maddock Bayliss

El jurado no tardó mucho en fallar a favor del demandante y a Bayliss se le concedieron dos mil libras por daños, con tres mil más de costes, lo que dejaba a Coleridge con una factura que pagar, pero cuyo dinero fue recaudado casi al instante por los simpáticos simpatizantes del movimiento al que pertenecía y defendió en el caso. 

Por su parte, Bayliss hizo gala de una fina ironía y donó sus ganancias a su facultad para usos en la investigación fisiológica.

Reaccionando contra este revés para la causa anti-viviseccionista, Louis Lind-af-Hageby, una de las dos suecas que habían iniciado el caso, decidió erigir un monumento en memoria del perro marrón, símbolo de su causa. 

El distrito londinense de Battersea sería el lugar idóneo para colocar semejante busto, feudo socialista y proletario, con varios políticos radicales entre sus habitantes que además simpatizaban con la causa anti-viviseccionista. La fuente fue erigida cerca de Battersea Park, y en su base llevaba la siguiente inscripción:

“En memoria del terrier marrón llevado a la muerte en los laboratorios del University College en febrero de 1.903, tras haber sufrido vivisección durante más de dos meses y haber pasado de un vivisector a otro hasta que la muerte le liberó. 

En memoria también de los 232 perros viviseccionados en el mismo lugar durante el año 1.902 [el dato se antoja una exageración según nos relata en “The Brown Dog Affair” Peter Mason]. Hombres y mujeres de Inglaterra, ¿hasta cuándo durarán estas cosas?”.

La estatua fue descubierta el 15 de septiembre de 1.906 e inmediatamente se convirtió en el centro de un airado debate. 

El perro de bronce resistió un ataque nocturno por parte de un grupo de estudiantes que fueron atrapados por la policía y llevados ante un magistrado, siendo declarados de un daño doloso y siendo multados. 

Siguieron dos años de reuniones, protestas, mítines, algaradas y detenciones intermitentes en Londres, todas ellas relacionadas con el perro de bronce instalado en Battersea Park. Finalmente, el Ayuntamiento se cansó de las disputas y la estatua desapareció silenciosamente una noche de marzo de 1910.

Hay animales más famosos que el “perrito marrón” a lo largo de la historia de la ciencia, buena muestra de ello son el perro de Pavlov o el gato de Schrödinger, pero pocos hay tan utilizados, manipulados y vilipendiados como el “perrito marrón”. 

Llevase quien llevase la razón en este litigio, y más allá de debates superfluos de carácter animalista, sirva esta historia de homenaje al “perrito marrón” y de lección sobre para lo que no hay que usar un perro, sea en nombre de la ciencia, la política o movimientos sociales de espúreos intereses.

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