El espacio, un nombre extraordinariamente apropiado y poco interesante

El espacio, un nombre extraordinariamente apropiado y poco interesante
El espacio, un nombre extraordinariamente apropiado y poco interesante.

El espacio es sencillamente enorme... y hasta que no nos demuestren lo contrario, infinito.

Imaginemos que estamos a punto de iniciar un viaje en una nave espacial.

No vamos a ir muy lejos, sólo hasta el borde de nuestro sistema solar.

Pero necesitamos hacernos una idea de lo grande que es el espacio y la pequeña parte del mismo que ocupamos.

La mala noticia es que mucho me temo que no podamos estar de vuelta en casa para la cena.

Incluso en el caso de que viajásemos a la velocidad de la luz (300.000 kilómetros por segundo), tardaríamos siete horas en llegar a Plutón.

Pero no podemos aproximarnos siquiera a esa velocidad. Tendremos que ir a la velocidad de una nave espacial, y las naves espaciales son bastante más lentas.

La velocidad máxima que ha conseguido hasta el momento un artefacto humano es la de las naves espaciales Voyager 1 y 2, capaces de viajar a unos 56.000 kilómetros por hora. Aun así, tardaron nueve años en llegar a Urano y doce en cruzar la órbita de Plutón.

Es probable que de lo primero que te hagas cargo sea de que el espacio tiene un nombre extraordinariamente apropiado y que es muy poco interesante, por desgracia.

Posiblemente nuestro sistema solar sea lo más animado que hay en billones de kilómetros, pero todo el material visible que contiene (el Sol, los planetas y sus lunas, los 1.000 millones de rocas que giran en el cinturón de asteroides, los cometas y demás detritus a la deriva) ocupan menos de una billonésima parte del espacio disponible.

Te darás cuenta también enseguida de que ninguno de los mapas que hayas podido ver del sistema solar estaba dibujado ni siquiera remotamente a escala.

La mayoría de los mapas que se ven en las clases muestra los planetas uno detrás de otro a intervalos de buena vecindad, pero se trata de un engaño necesario para poder incluirlos a todos en la misma hoja.

En verdad, Neptuno no está un poquito más lejos que Júpiter. Está mucho más allá de Júpiter, cinco veces más que la distancia que separa a Júpiter de la Tierra, tan lejos que recibe sólo un 3% de la luz que recibe Júpiter.

Las distancias son tales, en realidad, que no es prácticamente posible dibujar a escala el sistema solar. Aunque añadieses montones de páginas plegadas a los libros de texto o utilizases una hoja de papel de cartel realmente muy grande, no podrías aproximarte siquiera.

En un dibujo a escala del sistema solar, con la Tierra reducida al diámetro aproximado de un guisante, Júpiter estaría a 300 metros de distancia y, Plutón, a 2,5 kilómetros -y sería del tamaño similar al de una bacteria, así que de todos modos no podrías verlo-.

A la misma escala, Próxima Centauri, que es la estrella que nos queda más cerca, estaría a 16.000 kilómetros de distancia.

Así que el sistema solar es realmente enorme. Cuando llegásemos a Plutón, nos habríamos alejado tanto del Sol -nuestro amado y cálido Sol, que nos broncea y nos da la vida-, que éste se habría quedado reducido al tamaño de una cabeza de alfiler. Sería poco más que una estrella brillante.

Plutón puede ser el último objeto que muestran los mapas escolares, pero el sistema solar no termina ahí. Ni siquiera estamos cerca del final al pasar Plutón. No llegaremos hasta el borde del sistema solar hasta que hayamos cruzado la nube de Oort, un vasto reino celestial de cometas a la deriva, y no llegaremos hasta allí durante otros -lo siento muchísimo- 10.000 años.

Plutón, lejos de hallarse en el límite exterior del sistema solar, se encuentra apenas a una cincuentamilésima parte del trayecto. No tenemos ninguna posibilidad de hacer semejante viaje, claro.

Pero finjamos de nuevo que hemos llegado a la nube Oort. Lo primero que advertirías es lo tranquilo que está todo allí.

Nos encontramos ya lejos de todo..., tan lejos de nuestro Sol que ni siquiera es la estrella más brillante del firmamento.

Parece increíble que ese diminuto y lejano centelleo tenga gravedad suficiente para mantener en órbita a todos esos cometas.

No es un vínculo muy fuerte, así que los cometas se desplazan de un modo mayestático, a una velocidad de unos 563 kilómetros por hora.

De cuando en cuando, alguna ligera perturbación gravitatoria (una estrella que pasa, por ejemplo) desplaza de su órbita normal a uno de esos cometas solitarios.

A veces se precipitan en el vacío del espacio y nunca se los vuelve a ver, pero otras veces caen en una larga órbita alrededor del Sol.

Unos tres o cuatro por año, conocidos como cometas de periodo largo, cruzan el sistema solar interior. Con poca frecuencia, esos visitantes errabundos se estrellan contra algo sólido, como la Tierra.

Bill Bryson, Breve historia de casi todo, Barcelona, RBA Libros, pp. 40-43.
Fuente: http://www.teinteresasaber.com
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