Efecto placebo, efecto nocebo

Efecto placebo, efecto nocebo
Las píldoras rojas funcionan mejor que las azules como estimulantes.

El principal objetivo de la ciencia es descubrir fenómenos naturales y explicar cómo funcionan y por qué se producen.

Huelga decir que esto no siempre resulta fácil: algunos fenómenos se aferran al misterio y resultan difíciles de explicar.

Uno de estos, aún inexplicados, es el efecto placebo, junto con su antítesis, el efecto nocebo.

El efecto placebo es la consecuencia beneficiosa para la salud de la administración de alguna sustancia ineficaz, o de la realización de un procedimiento médico, que no debería causar ninguno.

Por el contrario, el efecto nocebo resulta en la disminución de los efectos beneficiosos de fármacos o procedimientos que, sin embargo, han demostrado su eficacia.

Ambos efectos parecen depender de las expectativas de los pacientes sobre el tratamiento que reciben.

En concreto, las esperanzas son importantes para la eficacia de un tratamiento, ya que la misma dosis de fármaco activo, administrado de manera secreta al paciente, ejerce un efecto menor que cuando el fármaco es administrado con conocimiento de este.

En otras palabras, las expectativas de curación contribuyen a los efectos positivos de un medicamento concreto.

Aún no se conoce con detalle la manera por la que el efecto placebo funciona.

Si descartamos explicaciones místicas y espiritualistas, o invocadoras de energías corporales aún no detectadas, ni mucho menos confirmadas, el efecto placebo debe depender de mecanismos neurológicos, de una consecuencia del simple conocimiento de que hay alguien o algo que va a curarnos de nuestros males, ya que, por definición, el placebo carece de principio activo y no puede ejercer, por ello, ningún efecto fisiológico.

De hecho, se han detectado cambios en la actividad de algunas zonas del cerebro inducidos por la administración de placebo.

Igualmente, se han detectado cambios en la producción de sustancias neuroactivas, como los endocannabinoides y los péptidos opiáceos, que actúan sobre determinados circuitos neuronales.

Estas sustancias pueden ser producidas en mayor o menor grado dependiendo de lo que esperamos que nos suceda, es decir, cuando anticipamos un castigo o una recompensa.

Las expectativas, claro está, también dependen de la información que poseamos.

De este modo, un placebo presentado como estimulante, estimulará y aumentará el ritmo cardiaco y la presión sanguínea, pero un placebo presentado como calmante nos calmará.

Los factores que afectan a la percepción de la eficacia del supuesto medicamento también son muy importantes.

Por ejemplo, diversos estudios han demostrado que las píldoras rojas funcionan mejor que las azules como estimulantes, pero las azules funcionan mejor como calmantes.

Las cápsulas parecen ejercer efectos placebo más intensos que las píldoras, y la talla de cápsulas y píldoras es también importante, ya que las píldoras grandes ejercen mayores efectos placebo que las pequeñas.

Valor y precio

Más sorprendente todavía es el hecho de que la motivación y objetivos vitales de las personas, así como la educación y la cultura en donde estas vivan, pueden afectar de manera importante al efecto placebo en determinadas enfermedades, pero no en otras.

Por ejemplo, el efecto placebo relacionado con el tratamiento de úlceras de estómago y duodeno es muy bajo en Brasil, más intenso en países del norte de Europa, como Dinamarca y Holanda, y máximo en Alemania.

Sin embargo, el tratamiento placebo para la hipertensión es menor en Alemania que en otros países.

Estos, sin duda, son fenómenos de los que aún no se comprenden la causas, las cuales incluso podrían ser genéticas.

Otro de los factores que se ha visto implicado en el efecto placebo es el precio de los tratamientos. En general, un tratamiento más costoso es percibido como más eficaz por quienes lo reciben.

Si esto es cierto, un tratamiento percibido como barato ejercerá un efecto placebo menor que un tratamiento que se percibe caro.

Para comprobarlo, investigadores de la Universidad de Cincinnati, en USA, realizan un estudio con 12 pacientes de enfermedad de Parkinson, susceptible al efecto placebo, a quienes administran dos tratamientos placebo sin que ellos sepan que no contienen fármaco alguno.

Uno de ellos consiste en una inyección de una solución salina de la que se informa a los pacientes que cuesta 100 dólares.

El otro “tratamiento” consiste en la misma inyección de solución salina, pero de la que se hace creer a los pacientes que cuesta 1.500 dólares.

Tras recibir las inyecciones, los pacientes fueron examinados para evaluar sus capacidades motoras (la enfermedad de Parkinson se caracteriza por problemas en el control del movimiento) y la actividad de sus cerebros mediante resonancia magnética funcional.

Un primer hecho sorprendente fue que las imágenes de resonancia indicaron una activación cerebral en las mismas zonas que se activan tras la administración de un verdadero fármaco, como la levodopa.

Más sorprendente aún fue el hecho de que esta activación dependió del supuesto precio del tratamiento recibido, con mayor activación obtenida en caso del tratamiento más caro.

Además, las inyecciones mejoraron también temporalmente las capacidades motoras de los pacientes de manera relacionada con el precio.
Por razones éticas, los pacientes fueron informados del objetivo real del experimento una vez terminado.

La mayoría mostró su asombro por la fuerza de sus expectativas en la mejora de su condición y porque estas dependieran del precio que se les había hecho creer costaban los tratamientos, precio que, inconsciente y erróneamente, asociaban a la eficacia esperada.

Así es la mente humana. Al menos así es en una sociedad que utiliza el dinero como medida del valor. Ya lo decía Antonio Machado: “todo necio confunde valor y precio”.

http://www.neurology.org/
Publicado por : Quilo de Ciencia
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