Maldad y naturaleza humana

El efecto Lucifer, a un paso de convertirnos en malas personas
El efecto Lucifer, a un paso de convertirnos en malas personas.

El propio Zimbardo, psicólogo e investigador, dio a conocer los detalles de su célebre "Experimento de la Prisión de Stanford" (EPS), que llevó a cabo entre el 14 y el 19 de agosto de 1971, en un extenso libro de título inquietante, El efecto Lucifer.

Según indica, es posible "inducir, seducir e iniciar a buenas personas para que acaben actuando con maldad".

Mientras no se demuestre lo contrario, esas "buenas personas" somos también nosotros.

Puede que eso no nos haga mucha gracia, pero deberíamos orillar la arrogancia de creer que somos distintos (inmunes a la influencia del entorno) de quienes lo hacen y de quienes lo hicieron.

En palabras de Zimbardo: "La mayoría de nosotros podemos sufrir unas transformaciones inimaginables cuando estamos atrapados en una red de fuerzas sociales".

Es decir, la situación reviste importancia, mucha más de la que estamos dispuestos a concederle, y mucha más de la que acostumbra a conceder la ley del mínimo esfuerzo por la que se rige el funcionamiento de nuestra mente, marcado por el error fundamental de atribución.

También las normas suelen ser un medio de dirigir nuestra conducta en determinadas direcciones; sobre todo, aquellas en las que algunos ven la mano de un ser superior que no está obligado a dar cuenta de su santa voluntad.

Por otro lado, en el gran teatro del mundo aprendemos a interpretar papeles (roles). Unos, los elegimos; otros nos son encomendados. A veces, el guion se adueña del personaje, el hábito acaba adueñándose del monje.

El anonimato ayuda a ejecutar acciones que no serían posibles a cara descubierta. "Cuando una persona se siente anónima en una situación, como si nadie se diera cuenta de su verdadera identidad —y, en el fondo, como si a nadie le importara—, es más fácil inducirle a actuar de una manera antisocial", señala Zimbardo.

De acuerdo con un elemental principio de coherencia cognitiva, cuando una persona se ve obligada a actuar de una determinada manera, tiende a congraciar lo que piensa con lo que hace.

 "La gente tiene más capacidad para racionalizar que para ser racional; tiende a justificar las discrepancias entre su moralidad privada y los actos que la contradicen.

" Nos guste o no, actuamos con un ojo puesto en lo que los otros piensan y opinan al respecto: la necesidad de respaldo y aprobación social está presente en nuestras acciones y, todavía más, el miedo al rechazo, a la soledad y a la exclusión.

La conformidad frente a la presión de la mayoría es un fenómeno que forma parte de nuestra vida cotidiana y, mucho más, de contextos marcados por el afán de unanimidad, por un escaso respeto a la independencia, por verdades con vocación de eternidad, por un liderazgo autoritario, etcétera.

En definitiva, el poder, la obediencia a las órdenes recibidas, el cumplimiento del deber, las justificaciones ideológicas, los ideales colectivos, la búsqueda de un enemigo culpable de nuestros males y fracasos, la presión grupal, el clima social... todas estas son algunas de las razones que han estado, siguen y seguirán presentes en las manifestaciones más dolorosas y destructivas de la violencia.

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