Joaquín Murrieta, El bandido chileno ,que no era chileno

Joaquín Murrieta, El bandido chileno.... que no era chilenoJoaquín Murrieta, El bandido chileno.... que no era chileno.

A petición de un amigo que creía en la leyenda del Joaquín Murrieta "chileno"....

Espero no herir orgullos patriotas, pero la máxima de un investigador es "la verdad ante todo y hasta que duela", así que lo dejo acá en mi deseo de terminar de reunir en este blog todos mis viejos escritos que alguna vez circularon (o iban a circular) en internet, ya que no he vuelto a redactar entradas en casi todo lo que va del año y esto sirve como material "nuevo" para que no se note tanto mi retiro.

Pido excusas por este pequeño "engaño" al lector, entonces.

Los mitos de orgullo nacional son un verdadero acto malabarismo con navajas afiladas: el lucimiento acrobático se logra bajo el peligro inminente de cortarse una arteria o volarse un dedo.

Proporcionalmente, pues, estos mitos inflan tanto el sentimiento patriota y la soberbia como exponen también a la posibilidad de quedar de tonto y al desnudo en un mal movimiento, traicionado por los propios dogmas precarios que antes parecían darle solidez a la función.

Aunque el credo de que Joaquín Murieta o Murrieta era "chileno" ya ha sido desmentido hasta el hastío por autores como Joaquín Edwards Bello en "El subterráneo de los jesuitas y otros mitos" o por Carlos Alegría en "La rebelión de los placeres", la creencia sigue repitiéndose y perpetuándose desde el momento en que cayó en cancioneros folklóricos y en la poesía.

Al pueblo le gustó y aceptó feliz la nacionalización, ignorando el truco literario subyacente.

Gilberto Harris Bucher es particularmente incisivo sobre el asunto de los errores y fantasías difundidas sobre los chilenos que participaron en la fiebre del oro en California, en su obra "Emigrantes e inmigrantes en Chile, 1810-1915":

"Exceptuando los serios trabajos de Carlos López Urrutia y el marco general -con algunas imprecisiones y exageraciones- aportado por Roberto Hernández, la literatura histórica ha sido pródiga en dislates y omisiones de nota sobre los tópicos conectados con los chilenos que desde 1848 se ocuparon de lavar oro en Norteamérica.

Pero quizás lo más alarmante sea el hecho de que burdas exageraciones y horrorosas erratas sean aceptadas a fardo cerrado y todavía estén muy arraigadas en la conciencia colectiva nacional".

Quizás es esta mala documentación la que ha favorecido la persistencia del folklore sobre el Murrieta "chileno" en nuestro país, pero también hubo una deliberada mala acción de parte del primer editor en español, como veremos, para generar intencionalmente el engaño.


LA LEYENDA DE JOAQUÍN

Llamado Joaquín Murrieta o Joaquín Murieta (es muy probable que el "Murieta" derive del problema fonético anglo con la rr) fue un bandido y asaltante mexicano que operó entre las comunidades hispanoamericanas de la industria aurífera en California.

Ha sido presentado como icono libertario de los trabajadores explotados en las faenas de extracción de oro en dichos territorios, hasta donde llegaron inmigrantes mexicanos, chilenos y peruanos.

El relato popular dice que se vuelve forajido por venganza, después de sufrir el racismo y las tropelías cometidas por los yankees, especialmente con la muerte con violación de su amada Rosita (Teresita o Carmela, en otras versiones literarias). Incluso existe la teoría de que el personaje "El Zorro" de Johnston McCulley, estaría inspirado en él.

Por supuesto, la leyenda se combina en exceso con la realidad y hasta las raíces, en estos casos.

Puede decirse que, efectivamente, Murrieta era un mexicano cuando fue presentado al mundo. Así se consigna en su primera semblanza literaria, la misma que crea la imagen del bandido-héroe: la obra de John Rolling Ridge, quien firma con el pseudónimo de Yellow Bird (era descendiente de indios cherokees) y con el título "The life and adventures of Joaquin Murieta" en 1854, sólo un año después de la muerte del personaje.

El escrito de Ridge es, en lo fundamental, el cimiento de la historia que se ha tejido para el relato de la vida del célebre delincuente:

"Joaquín Murieta fue un mexicano, nacido en la provincia de Sonora, de respetables parientes y educado en las escuelas de México. Mientras crecía, fue destacado por una disposición muy suave y pacífica, y no dio señales de ese espíritu indomable y atrevido que más tarde le caracterizó.

Los que lo conocieron en sus días de estudiante hablan cariñosamente de su naturaleza generosa y noble en ese período de su vida, y apenas pueden creer el hecho de que el famoso y sangriento bandido de California era uno y el mismo ser".

Los trabajos posteriores sobre Murrieta son sólo plagios a partir de esta obra de Ridge. El primero sucede en 1859, cuando el periódico "Police Gazette" de California comienza a publicarla por partes.

Y le seguirán otros sazonados cada vez con más fantasía e idealización, siendo el siguiente un libro de Robert Hyenne que lleva la obra al francés, originalmente con el título "Un bandit californien (Joaquin Murieta)" de 1862.

Fue publicado en París como vulgar copia no autorizada y casi apócrifa de la obra de Ridge.

Será desde esa obra francesa que la historia es traducida ahora al español por un tal "MC", iniciales que corresponderían a la del chileno Carlos Morla Vicuña, según han asegurado autores como Domingo Amunátegui y Elvira Dantel Argandoña.

Esta traducción aparece en 1867 intitulada como "El bandido chileno Joaquín Murieta en California", para la primera edición chilena que preparó mientras se hallaba en servicios como secretario consular en España, de acuerdo a lo que detallan todavía algunos autores contemporáneos, como el argentino Osvaldo Pellittieri en sus "Perspectivas teatrales".

Por primera vez, entonces, se le adjudicaba nuestra nacionalidad al bandido mexicano, con la entrada de Morla al baile de los plagiadores.

MENTIRAS, ERRORES Y FÁBULAS

Joaquín no era chileno, entonces, salvo en la fantasía de los creadores del primer libro en español que ayudó a sentar el mito del bandido-héroe de California... No era chileno, nunca lo fue y no existe la menor prueba de que haya podido serlo, para ser exactos.

Sin embargo, la obra de Hyenne pasada a nuestro idioma, dice claramente que es "chileno", al presentar al personaje impostoramente nacionalizado por gracia mágica y aun manteniéndose cierta semejanza con las palabras usadas por Ridge en la primera presentación de la historia:

"Joaquín vio la luz en Santiago. Su familia, originaria de la misma ciudad y muy honorable bajo todos sus aspectos, le hizo educar convenientemente y tuvo excelentes maestros.

Durante toda su juventud se hizo notar por las más dulces y apacibles disposiciones; nada anunciaba, entonces, el espíritu atrevido, indomable, que después le hizo tan célebre".

Sin parar de desvariar, el autor-traductor salta a la adolescencia de Joaquín y agrega:

Joaquín Murrieta, El bandido chileno.... que no era chileno
"En 1845, Joaquín tenia 15 años; era grande, de una figura agradable, bien formado y, además, de todo esto, con espíritu dispuesto a aventuras. Habiendo muerto su padre en esta fecha, se trasladó a casa de un antiguo amigo de su familia, el señor Estudillo, y este buen hombre le hizo objeto de una acogida excelente.

Muy pronto su protector obtuvo para él una plaza de oficial en una de las compañías del regimiento que servía de escolta al Presidente Bulnes.

Esta posición, relativamente mediocre, debía, según se le hizo entender, conducirlo a los más altos empleos de Gobierno; éste era un peldaño de la escala.

Bulnes se había mostrado siempre muy aficionado a la equitación. Joaquín, a quien sus hazañas le habían hecho célebre en los campos vecinos, en donde más de una vez se había divertido en domar los más altivos potros, vio en esta pasión del Primer Magistrado de Chile un medio de hacerse conocer de él y de asegurarse su buena voluntad".

Hay una parte del relato que llega a rozar en el mal gusto, banalizando las cuestiones patrióticas cambiándolas por otras más viscerales, con un supuesto canto que Joaquín hace a viva voz en un momento de la novela "histórica", en una reunión acompañada de guitarras, y que dice en sus primeras líneas:

Mi pueblo es el más valiente,
Chile es la tierra más bella,
Una esplendorosa estrella
Fulgura sobre su frente.

Sin embargo, se ha dicho que las mentiras tienen "patas cortas": una tercera obra basada en la de Ridge (o cuarta, contando la versión fragmentada de la "Gazette") verá la luz en 1908, titulada "Vida y aventuras de Joaquín Murrieta, famoso bandolero mexicano", del mexicano Ireneo Paz, también adornando y decorando el relato pero devolviendo la nacionalidad del personaje a su México natal, al punto de que en algunas reediciones se lo intitula también:

"Vida y aventuras del más célebre bandido sonorense Joaquín Murieta", para no dejar dudas del origen del personaje ya que, además de la adjudicación arbitraria de la nacionalidad "chilena", ciertas creencias también sugerían un posible origen nativo californiano, igualmente erróneo.

ROLES DE HYENNE Y MORLA EN EL FRAUDE

Claramente, el libro de Hyenne pasado al castellano tiene una motivación engañosa y ladina, por cuanto se trata de un vulgar plagio que no aclara por ninguna parte que no se trata de una obra original y menos que su autor verdadero es Ridge.

Ahora bien, es la traducción de Morla la que se libera de toda traba moral con descaro asombroso, recurriendo incluso a alusiones de supuestas referencias reales que acreditarían la nacionalidad chilena de Joaquín o la "veracidad" de sus pretendidas vivencias en nuestro país antes de marcharse a California, aunque nunca se detallan. Sirva el siguiente ejemplo, también rumiando palabras que provienen de la obra de Ridge apropiada por Hyenne:

"Todos los que le conocieron en los días de su juventud, hablaban aún afectuosamente de esa bella naturaleza, tan noble y tan generosa; y apenas han podido persuadirse después, que el sanguinario bandido californino, de quien vamos a contar la historia, fuese el mismo Varieta que habían conocido".

Sabrá el cielo si Morla fue el autor principal del fraude o si hubo alguna clase de acuerdo de editores para venderlo en Chile con el éxito que tuvo a través de este truco en la traducción, pues fueron varias sus ediciones consecutivas y llama la atención que desde el principio se haya conservado el nombre de Hyenne como autor original.

Domingo Amunátegui, en su "Bosquejo histórico de la literatura chilena" de 1918, además, asegura que Morla fue asistido por el escritor Moisés Vargas en la poco loable tarea de alterar el texto.

Aunque antes que ella la farsa ya había sido desmentida por autores como el propio Amunátegui y Ricardo Donoso, la investigadora Elvira Dantel Argandoña afirma decididamente en su artículo "El bandido en la literatura chilena" del Boletín de la Academia Chilena de Historia N° 6 de 1935:

"En realidad, no cabe la menor duda de la mejicanidad del célebre bandido de los placeres de oro. Aquellos autores, sobre todo Vargas, conocían muy bien el gusto popular. En la partida de Murieta figuraban algunos chilenos, como Juan Tres Dedos y Joaquín Valenzuela, soldados de Chile y montoneros en la Araucanía. Vargas adaptó el héroe y creó un personaje que, nacido en el hemisferio norte, tiene vida propia en este su lejano.

Según Edwards Bello, don Carlos es fue el principal culpable, de acuerdo a lo que espeta categóricamente en "Mitópolis" y en su libro-espejo "El Subterráneo de los Jesuitas y otros mitos":

"Joaquín Murieta, bandido chileno, jamás fue chileno. Se trata de la historia de un bandido mexicano, de Sonora, adaptado a Chile en una versión del señor Morla (?)".

Y después, metiendo más aún el dedo en la llaga, cita en sus crónicas un texto del no menos reputado escritor Víctor Domingo Silva, publicado en el diario "La Nación" del 29 de mayo de 1953:

"Y ¿qué nos dicen ustedes de lo que ha ocurrido en Chile con el famoso Joaquín Murieta, personaje mexicano a quien durante casi un siglo hemos estado creyendo compatriota nuestro? Es tan grande la fuerza del mito enraizada en la tradición, que lo más inverosímil es lo que más persiste.

Todavía, a la altura de 1953, quedan recalcitrantes que se resisten a aceptar la realidad, pese a la intervención decisiva de las autoridades literarias que han demostrado hasta la saciedad la superchería (inocente en tiempos anteriores a toda legislación sobre propiedad literaria).

(...) El autor de Joaquín Murrieta (no Murieta) es un antiguo periodista y folletinista francés, director de La Democracia de Marsella, Roberto Hyenne, que anduvo aventurando por California. Pero esto, que es el hecho real y efectivo, no interesa a la masa ni le preocupa saberlo. El mito se ríe de los investigadores".

El periodista chileno Ernesto Montenegro, por su parte, es más inquisitivo en sus juicios sobre responsabilidades, vertidos en "La Nación" en junio de 1960 y abril de 1963, que Edwards Bello también cita:

"Joaquín Murrieta, desperado mexicano de Sonora, que un pirata de Chile convirtió en chileno para su provecho y para satisfacción patriótica de sus lectores".

Qué dirían Edwards Bello, Montenegro o Silva hoy, más de medio siglo después, si vieran a sus compatriotas aún insistiendo en esta fábula que sólo se sostiene del folklore y la repetición perpetua... Y de un engaño de nada patriota naturaleza comercial, más encima.

EXPANSIÓN DEL "ERROR"

Desde conocido este libro de Hyenne-Morla-Vargas, entonces, un majadero grupo de porfiados ha seguido repitiendo por décadas la leyenda del bandido "chileno" con aire patriota y romántico, tal como sucede con la fábula de la "chupilca del diablo" en la Guerra del Pacífico o el cuento que describe a los Leones de Providencia como pretendidos "trofeos de guerra" traídos desde Lima.

Pero aclaremos que el "error" sobre Murrieta no proviene de que alguien en Chile quiera "robarle" el personaje a México, como se ha tomado el asunto alguna vez, sino por una actuación de muy mala fe ya descrita: quizás primero de parte de Hyenne, quien se apropió de la historia de Ridge, y luego de Morla, quien presentó una versión adaptada en Chile para hacerla más interesante al público de este país, poniendo a Murrieta como de origen chileno sin fundamento histórico; ninguno, en lo absoluto.

En una reedición de 1977 de la obra de Ridge, hecha por la University of Oklahoma Press, explica Joseph Henry Jackson los detalles de esta verdadera trama de intrigas:

"Desde España el relato viajó a Francia y desde allí a Chile, donde un tal Roberto Hyenne fue el 'autor' de la publicación de su libro en Santiago como una traducción del francés. En esta edición, el Murieta mexicano se convierte naturalmente en 'El Bandido Chileno'.

México tomó esa edición (la historia bibliográfica aquí se vuelve tan fascinante para el especialista como un cuento de detectives) y la reeditó con cambios menores, llevando de forma natural a Murieta de regreso a México para su nacimiento. Curiosamente, España vuelve a la versión pirateada Hyenne bajo una imprenta de Barcelona, como 'El Caballero Chileno', por un tal 'Profesor' Acigar".

El fraude ciertamente parece generado por la argucia comercial, pero no sabemos a ciencia cierta si fue originada desde el autor francés o el traductor chileno, por la poca claridad sobre los derechos de la obra comprometida y de cómo se gestó la iniciativa de publicarlo en español y acá en Chile.

Vemos, sin embargo, que luego caen en el "error" los editores españoles, al haber acogido la biografía con esta adulteración flagrante, publicando "El caballero chileño" (sic) de Acigar.

Todo este enredo, sumado al que los chilenos (y probablemente también algunos de California que conocieron a Murrieta) le dedicaron canciones y lo incorporaron al folklore heroico sin interés inicial en "nacionalizarlo", fue fomentando así la fábula de que era chileno y no mexicano, como veremos a continuación.

EL MITO SE "FOLKLORIZA"

Otra razón de este imparable eco de errores y falsedades es que, a partir de la publicación del libro de Hyenne en Chile, ciertos literatos y creadores cayeron como moscas en la trampa de azúcar con la creencia del Murrieta "chileno", haciendo cada uno su parte por fomentarlos desde la inocencia de la buena fe, en su mayoría. Esto pone en revelado, dicho de paso, cómo las manifestaciones artísticas pueden llegar a generar discursos y juicios históricos sin respaldo en los hechos, algo que ha sido particularmente bien manejado por ciertos movimientos políticos.

En este camino mutagénico, el Joaquín "chileno" va adquiriendo también nuevos bríos, como toda leyenda: el personaje se vuelve un roto chileno, hijo de familia pobre de Quillota o de Valparaíso; hombre poco ilustrado pero que surge con esfuerzo, pues ya no es el pequeño burguesillo de Santiago descrito en la obra traducida y alterada de Hyenne, cuyo estereotipo fuera criticado por Enrique Lihn.

Que al folklore le gusta sacralizar a bandidos y truhanes elevándolos a caudillos justicieros, además, es algo bien conocido: desde el criminal realista Benavente en los tiempos de la lucha por la Independencia, hasta el asesino serial Dubois con animita y todo en Valparaíso.

La banda de "Los Pincheira" ofrecidos como héroes de la Independencia, el "Brujo" Liberona cual soberano La Chimba del viejo Santiago y el redimido Neira incorporado a las fuerzas patriotas que después lo traicionan y le dan caza, son otros ejemplos del fenómeno, por lo que no extraña demasiado que se haya adoptado en Chile con esa misma filosofía popular a Murrieta, pasando por alto el pequeño "detalle" de que había nacido en México y nunca había pisado nuestras tierras.

Así es cómo se inspiran y nacen obras posteriores, al estilo de "Joaquín Murieta. Drama en seis actos" de 1936, del respetable Antonio Acevedo Hernández, mientras que la cueca del gran grupo folklórico nacional "Los Chileneros" cantaba en su memoria:


Apreciaban la cabeza
del temible forajido
y a ese roto chileno
ellos le hicieron bandido.

Vio ultrajar a su esposa
y la matanza
y así Joaquín Murieta
juró venganza.

Y entre las cuecas del folklore urbano recopiladas y reproducidas en el libro de Samuel Claro Valdés en su "Chilena o cueca tradicional de acuerdo con las enseñanzas de don Fernando González Marabolí", vuelve a penar el fantasma del salteador de California, como en la canción "Y en la linia de la Oroya" que recuerda a los trabajadores chilenos que participaron en la construcción del ferrocarril al Sur de Perú en el siglo XIX:

Los carrilano, sí
que estas son cueca
de los rotos que tuvo
Joaquín Murieta.

Todos víctimas de la excesiva confianza en nuestros hombres de letras, el último gran "porrazo" al respecto fue, quizás, el que nos regaló el texto escolar "Historia y geografía para la educación básica 6°", de Editorial Santillana de Santiago, que en 1997 todavía insistía:


"...uno de nuestros compatriotas que se tentó con el oro de California y partió a probar suerte fue Joaquín Murieta".

Este último caso demuestra que, lo peor de la repetición perpetua de la fantasía de Hyenne-Morla, es que se repasan haciendo saltar la creencia -de vez en cuando- hasta la producción histórica formal, convirtiendo un falso orgullo nacional en lo que realmente debió ser siempre: un bochorno nacional.


EL PECADO NERUDIANO

Aunque todos los críticos endilgan casi exclusivamente a Morla las culpas por este verdadero fraude literario -no pudiendo negarse que esto será siempre una mácula de motivación incomprensible para el currículo de prestigio de tan notable investigador y diplomático-, también existe una responsabilidad ineludible en la figura de nuestro más venerado poeta: el mismísimo Pablo Neruda.

En efecto, el vate y diplomático tomó la leyenda del Murrieta "chileno" y lo colocó esta vez partiendo a California desde Valparaíso, careciendo todo argumento histórico para sentar semejante audacia de apropiación, con la que inicia el argumento de su obra "Fulgor y muerte de Joaquín Murieta", publicada por Zig-Zag en 1967 y concebida como la base del libreto dramático de la ópera de Sergio Ortega.

Siendo verdad que un creador cuenta con todo un justificado mundo ficticio para sostener las afirmaciones argumentales y el desarrollo de su obra, es el propio Neruda el que insiste como dato real y casi científico, el que Murrieta era chileno. Así pues, empieza con atrevimiento su introducción:


"El fantasma de Joaquín Murieta recorre aún las Californias.

En las noches de luna se le ve cruzar, cabalgando su caballo vengativo, por los páramos de Sonora, o desaparecer en las soledades de la Sierra Madre mexicana.

Los pasos del fantasma, sin embargo, se dirigen a Chile, y esto lo saben los chilenos, los chilenos del campo y del pueblo, los chilenos de minas, montañas, estepas, caseríos, los chilenos del mar, del Golfo de Penas.

Cuando salió de Valparaíso a conquistar el oro y a buscar la muerte, no sabía que su nacionalidad sería repartida y su personalidad desmenuzada. No sabía que su recuerdo sería decapitado como él mismo lo fuera por aquellos que lo injusticiaron.

Pero Joaquín Murieta fue chileno.

Yo conozco las pruebas. Pero estas páginas no tienen por objeto probar hechos ni sombras. Por el contrario. Porque entre sombras y hechos corre mi personaje invisible. Lo rodea una tormenta de fuego y sangre, de codicia, atropello e insurrección".

Sin embargo, pocas líneas después, parece olvidar las pruebas que declara haber visto y se excusa de mostrarlas aseverando que los papeles de registro de fecha y lugar de nacimiento de Murrieta "se perdieron en los terremotos de Valparaíso y en las contiendas del oro", así que sólo quedaba confiar en la buena fe de sus afirmaciones.

Por esta razón, pasando por encima del poderoso halo de vaca sagrada que brilla en torno a la imagen del poeta, Harris Bucher no le perdona su desatino con vaho de deliberado engaño:

"Neruda, en Fulgor y muerte de Joaquín Murieta indica sin titubeos que el célebre bandido era chileno, que partió de Valparaíso y que conoce las pruebas de ello. Debieron transcurrir más de 30 años para que otro vate importante como Fernando Alegría rectificara que aquel era sonorense y mexicano por todos sus costados".

Recuérdese también, que las líneas de versos de Neruda y especialmente los de "Cueca de Joaquín Murieta" y el "Galopa Murieta", han sido musicalizadas por una gran cantidad de autores del canto popular, haciéndose parte de lo que aquí hemos llamado "folklorización" del mito; o en realidad el concepto técnico sería fakelore, para usar palabras de Richard Dorson:


Lo dice la luna que ahí va
la venganza en esa montura
Ay, nocturno chileno y distante
azotado por daño incesante
Ay, nocturno chileno y distante
azotado por daño incesante
Galopa, galopa, galopa, galopa

La tendencia, como podrá deducirse, ha ayudado -desde su inocencia y sin proponérselo- a extender más la falsedad desde la boca de consagrados como Víctor Jara, los grupos "Quilapayún" e "Inti Illimani", o los argentinos "Alpataco", "Los Calchakis", Víctor Velásquez, Mercedes Sosa, el dúo argentino-uruguayo Olga Manzano y Manuel Picón y hasta los canarios "Los Sabandeños".

Al estrenarse la obra de Neruda, éste posó junto a Matilde Urrutia fingiendo ser el forajido de los relatos y con lo que parece ser una imagen abstracta y artística del mismo atrás. Imagen publicada en el artículo de Pereira Poza que acá se menciona.

POSIBLES MOTIVACIONES POLÍTICAS

Se sabe que Neruda se documentó casi hasta lo insólito para producir este trabajo dedicado al bandido de California. Empero, se dice de don Pablo que también era conocido en su época su exceso de "imaginación" que a veces vertía para contar historias propias o relatar hechos. Mas, las razones por las que pudo insistir en que Murrieta era chileno sabiendo que faltaba a la verdad y dándole, con ello, un nuevo aire de vida e impulso a la leyenda que ya era severamente cuestionada por otros autores nacionales, como vimos, son difíciles de sondear.

En estudios como "Rondas a las letras de Hispanoamérica" de la española Selena Millares, también se confirma que Neruda conocía perfectamente los pormenores de la historia del forajido mexicano, pues poseía los tres libros principales que dieron partida al mito de Murrieta en sus bibliotecas personales, a pesar de la ligereza con que explicará después esta imprudencia en los textos que sirvieron a su publicación póstuma "Para nacer he nacido":


"Su sitio de nacimiento se lo disputan México y Chile, aunque yo lo doy por chileno. En la niebla de la leyenda fabulosa los argumentos van y vienen, pero Murieta fue chileno.

Al parecer, entonces, la intención profunda del autor quizás sólo era la de acercar más el sentimiento antiimperialista a los chilenos, entregándoles un refrito del personaje epopéyico de la fiebre del oro californiana pero aproximándolo tanto a nuestro terruño como la fantasía de su origen chileno lo permitiese.

Sería mejor pensar esto que en un profano interés por darle atractivo comercial a la obra, pero a su favor se puede decir que la leyenda de Joaquín ha sido utilizada en otras ocasiones también con la misma finalidad discursiva, durante los años de la Guerra Fría. Entre otras veces, por la compañía Theater Manufaktur de Berlín y por los directores de opereta Alexei Rybnikov y Pavel Grushko durante la última década de la Rusia bolchevique. Y Sergio Pereira Poza, por su parte, observaba este valor político del mito en su artículo "Joaquín Murieta: ¿héroe o bandido?", publicado por la revista "Occidente" de enero-febrero de 1999:

"Así, su significación literaria se sostiene por los códigos de vindicación y reivindicación de los sectores proletarios del continente.

El aliento popular que insufla el ser y hacer del héroe permite construir la realidad que se identifica plenamente con las ideas, valores y creencias del hombre latinoamericano.

Su actitud combatiente contra el imperialismo norteamericano resume el anhelo colectivo de una comunidad que históricamente ha vivido bajo el peso del hegemonismo, monárquico primero, burgués después.

La experiencia vivida en California es un capítulo del acontecer de América Latina que trasunta siglos de sometimiento y olvido".

Lamentablemente, sin embargo, aún prevalece como abono a la creencia del Murrieta "chileno" la idealización que se ha hecho de nuestro Premio Nobel de Literatura y la verdadera luz de protección de su imagen, alejándola de los aspectos cuestionables (abandonos parentales, algún caso de plagio o su stalinismo desatado) y por supuesto, de revisar la alteración casi insolente que hizo de la historia tal como sucede con la semblanza de Joaquín Murrieta, zafando así a Neruda de la responsabilidad de haber sabido claramente lo falsas que eran sus indicaciones sobre la nacionalidad de Murrieta, dado su conocimiento cabal del tema en la literatura disponible y de su propia experiencia imbuido en la cultura e historia mexicanas durante sus servicios diplomáticos en ese país.

La cabeza de Joaquín ha sido expuesta públicamente en una plaza, según grabado del libro español "La fiebre de riquezas siete años en California" de Julio Nombela, 1871.


EL HÉROE CONTRA EL VILLANO

Por otro lado, también es dudosa para algunos la condición de verdadero caudillo justiciero que se le atribuye a Murrieta en su propia leyenda, pues existe poco respaldo histórico a las visiones que, desde Ridge en adelante, intentan sacarlo de la condición de mero bandido, abigeo y asaltante sin connotaciones epopéyicas, como muchos otros que hubo en aquellos años y que -en algunos casos- se habrían asociado a Joaquín para cometer fechorías. En palabras de la citada crónica de Silva, se explica por sí mismo:


"No es que halague a muchos el ser los conterráneos de un bandolero a lo Pincheira o a lo huaso Raimundo, no: es que la leyenda va elevando y hermoseando al sujeto hasta darle los contornos de un héroe, y aun de un semidiós".

La exageración máxima en esta línea parece pertenecer a Walter Noble Burns, partiendo por el título de su propia novela de 1932: "The Robin Hood of El Dorado".

Probablemente habría tenido mucho menos impacto que las obras anteriores, de no ser porque los derechos de esta obra fueron adquiridos por productores de Hollywood y llevados a la versión fílmica homónima de William A. Wellman para la Metro-Goldwyn-Mayer, que en 1936 terminó de cristalizar el trato heroico y benevolente alrededor del mítico forajido.

Burns sabía de estos trabajos artísticos de idealización de rufianes, por cierto: poco después, volvió a vender a Hollywood derechos de sus libros para producciones cinematográficas, en este caso del filme "Billy the Kid" de 1941. Además, se rodó otra película dedicada al bandido mexicano en 1965, titulada "Joaquín Murrieta" de George Sherman, y nuevamente una de 1969, titulada "The Desperate Mission" de Earl Bellamy.

Aunque su exposición va en el sentido de desmitificar la condición heroica de Murrieta, no abordaremos aquí el contenido del libro "Hija de la fortuna" de Isabel Allende, que en 1999 vino a proponerse como una suerte de adición al historial e imaginario de Joaquín.

Lo apartamos por el más bien poco valor histórico que percibimos en la obra, tan tenue como la confianza que puede depositarse en la autora cada vez que se aventura a hacer ciertas afirmaciones que necesitarían de respaldo en hechos o en asuntos históricos en sus trabajos literarios, diríamos también.

Tampoco hay plena seguridad de que Joaquín Murrieta sea siempre el mismo que se muestra en imágenes o reseñas, carteles de recompensa y portadas de libros, pues se sabe que era llamado muchas veces Joaquín a secas, en circunstancias de que, a la sazón, había al menos otros cuatro Joaquines famosos por sus asaltos en California, como lo mencionó el propio Ridge: Bottilier, Carrillo, O'Comorenia y Valenzuela, de modo que el Joaquín Murrieta que inmortalizó la literatura puede tener, quizás, elementos de más de un bandido real.

Incluso, tras el día de su ejecución en 1853 por acción del Capitán Harry Love y sus hombres, gracias a una oferta de recompensa por entregar vivo o muerto a un Joaquín (se supone que es Murrieta), los titulares del periódico "San Francisco Herald" del 30 de julio de 1853) no aclaraban cuál era el apellido del Joaquín ajusticiado:

"Captura y muerte del bandido Joaquín.- El famoso bandido Joaquín, cuyo nombre está asociado a cientos de hechos de sangre, por fin ha sido capturado".

Conviene comentar, además, que la famosa cabeza de Murrieta aún conservada en líquidos preservantes, en su primera exhibición en un museo fue expuesta como de un tal Murriatta, no Murieta ni Murrieta. Más aún, muy pocos habrían podido ver de tan cerca a Joaquín Murrieta en esos años, como para confirmar que la cabeza efectivamente era la suya, como lo señala también la investigadora venezolana de literatura hispánica Yanira Paz en su ensayo "Pablo Neruda e Isabel Allende: las dos sagas de Joaquín Murieta", de 2005.

En fin... Concluyo esta entrada, entonces, convencido de lo que dije hace muy poco a alguien que seguía fiel a la idea de la "chilenidad" del famoso bandolero y que me motivó a sacar del olvido este viejo texto que aquí publico en plan de rescate: creo que Murrieta (o Murieta) tenía de chileno lo mismo que tendría un apetitoso plato de burritos de frijol y queso de hebra oaxaqueño con un vasito de mezcal, sobre un colorido mantel tejido de Querétaro.


Historia de otro bandolero ,Diego Corriente.

Diego Corriente (1757-1781)

Diego Corriente (1757-1781)

La azarosa y folletinesca vida del bandolero Diego Corriente Mateos comienza el 20 de agosto de 1757 en Utrera (Sevilla), en el seno de una humilde familia de campesinos.

Ocho días más tarde sería bautizado en la iglesia del Señor Santiago, con los nombres de Diego Francisco Bernardo.

Se echó al monte muy joven; si lo hizo por rebelarse contra los abusos de los poderosos, por afán de aventura o por simple codicia, sólo lo podemos especular. Con 19 años ya era un consumado ladrón de caballos, que luego llevaba de contrabando a Portugal para venderlos.

De ahí a convertirse en bandolero y asaltante de caminos sólo había un paso, y Diego no tardó en darlo.

No muy alto (sobre metro setenta), de tez clara, rubio y de ojos pardos, con las típicas patillas tan comunes en la época, la cara marcada por la viruela y la cicatriz de una cuchillada en el lado derecho de la nariz, Diego Corriente se convirtió pronto en un héroe para el pueblo llano y una pesadilla para las autoridades. 

Audaz y osado hasta la temeridad, inteligente, hábil, infatigable, Diego Corriente tenía además por norma robar sólo a los ricos y entregar parte de lo robado a los más pobres, especialmente a humildes campesinos que corrían el riesgo de ver embargadas sus tierras. Sobra decir que este comportamiento le granjeó el apoyo y el cariño de las clases populares, que a menudo lo ayudaban dándole cobijo o información para sus golpes. 

Golpes que, además, llevaba a cabo de manera absolutamente incruenta; jamás se supo que hubiera matado a nadie durante sus robos.

Pero, así como tenía numerosos aliados y colaboradores, también tenía enemigos feroces dispuestos a capturarlo y llevarlo ante la justicia. 

Y el más encarnizado e implacable de todos fue Francisco de Bruna. Francisco de Bruna y Ahumada, oidor decano de la Real Audiencia de Sevilla, teniente de alcaide de los Reales Alcázares, miembro del Consejo de Hacienda y del Consejo de Castilla, marqués consorte de Chinchilla, era uno de los hombres más poderosos de Sevilla en aquellos días, y persiguió a Diego Corriente sin descanso durante años. 

La raíz de tal ensañamiento es todavía oscura. La tradición habla de cierta ocasión en que Diego Corriente detuvo la diligencia en la que viajaba don Francisco y, llevado por su altanería y desparpajo, obligó al poderoso caballero a atarle el botín derecho, que llevaba desatado. 

Otros hablan de unos supuestos amoríos del bandolero con una sobrina de don Francisco. 

Sea como fuere, Francisco de Bruma promulgó en Sevilla un edicto en el que se condenaba a Corriente a ser arrastrado, ahorcado y descuartizado por "salteamiento de caminos, asociación con otros, uso de armas blancas y de fuego, y otros graves excesos, insultos a las Haciendas y cortijos y otros graves excesos por los cuales se ha constituido en la clase de Ladrón Famoso", ofreciendo además recompensas e indultos a quien lo entregara.

A Diego Corriente no le impresionó demasiado el edicto; cuentan que incluso se atrevió a arrancar en persona algunas de las copias del edicto que se habían fijado en lugares públicos de la provincia. 

Sin embargo, ante el continuo acoso de los hombres enviados por el persistente magistrado y de los aventureros atraídos por la recompensa de diez mil reales que se ofrecía por su captura, el bandolero juzgó sensato cambiar de aires y huyó a Portugal, donde sería arrestado por primera vez en las cercanías de la ciudad de Covilhã. 

No obstante, logró escapar de esa primera captura convenciendo a sus guardias portugueses de que lo dejaran ir. Pero no tardó mucho en volver a ser apresado, esta vez, al parecer, denunciado como venganza por una amante celosa, que reveló a las autoridades que Diego estaba escondido en el cortijo de Pozo del Caño, a mitad de camino de las localidades de Olivenza y San Jorge de Alor, entonces portuguesas y hoy españolas. 

El cortijo no tardó en ser rodeado por un centenar de soldados portugueses al mando del capitán Arias, que obligaron al forajido a entregarse.

Una vez detenido, Diego Corriente no tardó mucho en ser entregado a las autoridades españolas. Al parecer, el mismísimo Secretario de Estado, don José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca, intervino en el proceso para agilizarlo. Trasladado primero a una cárcel de Badajoz, posteriormente es llevado a Sevilla. El 25 de marzo de 1781, Domingo de Ramos, Diego Corriente llega a la ciudad.

Cinco días estuvo encerrado en Sevilla Diego Corriente, pero le bastaron para dejar huella en el lugar. Una de sus peticiones, que el alcaide de la prisión aceptó, fue la de comer acompañado, ya que le disgustaba hacerlo en soledad.

Por ello, siempre había con él dos o tres soldados de la guardia compartiendo la comida y el vino que la familia del bandolero le llevaba al presidio.

Diego Corriente fue ahorcado en la plaza de San Francisco el día 30 de marzo, sin haber llegado a cumplir los 24 años. 

A tal punto llegaba la inquina de don Francisco de Bruna, que la ejecución tuvo lugar un Viernes Santo, sin guardar el más mínimo respeto por las celebraciones religiosas que se llevaban a cabo ese día, e incluso transgrediendo la legalidad, ya que una antigua ley de la época de Alfonso X prohibía terminantemente ejecutar la pena de muerte en Viernes Santo. 

La última voluntad del bandolero fue que se repartiera algo de pan en su nombre a los presos que quedaban en la prisión sevillana en la que había estado recluido.

Tras su muerte, cumpliendo la pena a la que había sido condenado, su cadáver fue descuartizado. 

Su tronco fue sepultado en la iglesia de San Roque, sus brazos y piernas repartidos para ser exhibidos en los lugares en los que había cometido sus fechorías, al igual que su cabeza, exhibida en el interior de una jaula. 

Posteriormente, sus restos serían recogidos y enterrados en la iglesia junto al resto de su cuerpo. 

En junio de 1975, durante unas obras en la iglesia, se halló una calavera atravesada con un clavo, como lo había sido la del famoso bandido, pero posteriormente se perdió y no hubo manera de comprobar si efectivamente aquel era el cráneo del bandido generoso.
 ... da a su festín ritual, el potlatch, hay otros que tienen asegurado su lugar en la historia de la humanidad gracias a la cultura popular.




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