Población humana y la extinción de los moas

Población humana y la extinción de los moas
Los moas los extinguió una baja población humana.

El tamaño escaso de la población humana no se puede considerar más un argumento en contra del origen humano de las extinciones de megafauna.

El ser humano fue la causa de la extinción de las aves gigantes que poblaban Nueva Zelanda llamadas moas.

Las dos especies de los llamados moas gigantes ostentan el récord de ser las aves de mayor tamaño que hayan existido sobre la faz de la tierra.

De estas aves no voladoras había nueve especies, la mayor de las cuales medía 3,6 metros y pesaba 230 kg.

Este evento de extinción sucedió en tiempos históricos una vez que un grupo de polinesios dio con las islas que hoy denominamos Nueva Zelanda.



Los moas descendían de aves voladoras de tamaño medio o pequeño que llegaron a Nueva Zelanda y se adaptaron a la vida terrestre, perdiendo completamente tanto las alas (algo insólito, ya que incluso aves no voladoras como los avestruces o los emús conservan alas vestigiales) como la quilla (esa prolongación ósea del esternón que sirve de anclaje a los músculos del vuelo).

Además, como les pasa a otras especies en situación de aislamiento, sufrieron el llamado gigantismo insular, un proceso de adaptación que les llevó a aumentar de tamaño de manera espectacular hasta alcanzar las enormes proporciones que las caracterizaban.

En las islas, además, no había mamíferos, ni otros predadores que pusieran en peligro sus puestas, con lo que construían sus nidos sin apenas protección entre la maleza que habitaban.

Sus principales depredadores eran las grandes aves rapaces, entre ellas el águila de Haast (Harpagornis moorei), la mayor ave rapaz de que se tiene noticia, que llegaba a superar los tres metros de envergadura.

Se estima que había unos 58.000 moas cuando el ser humano llegó allí alrededor del año 1300.

Hoy en día, los parientes vivos más cercanos de los moas son los tinamúes (familiaTinamidae) que viven en América, si bien se trata de aves corredoras de pequeño tamaño.

Pero, ¿cuánta gente hizo falta para provocar esta extinción? Según un estudio reciente bastaron unas 2500 personas.

Esta es la conclusión a la que un equipo internacional de investigadores ha llegado recientemente y que ya se sospechaba con anterioridad.

Población humana y la extinción de los moas

Estos investigadores calcularon que la actividad de los polinesios llegados a estas islas provocó la extinción de los moas en menos de un siglo pese a la escasa población humana.

Durante el pico de caza de los moas, los polinesios asentados en las islas eran de sólo 1500 y tocaban a una persona por cada 100 km cuadrados, una de las densidades de población más bajas de la era preindustrial.

Calcularon, además, que la población llegó a los 2500 habitantes cuando los moas se extinguieron, pero los moas ya eran muy escasos décadas antes.

Estiman que la población humana durante el periodo de caza de los moas es más determinante que la población fundacional para saber cuánto tiempo se necesito para exterminar los moas con la caza y destrucción del medio.

Para determinar el periodo crítico de la caza del moa los investigadores buscaron el momento final en que dejaron de comer moas junto a nuevas estimaciones sobre cuando empezaron a hacerlo.

En su modelo usaron una población fundacional de 400 individuos (de ellos 170 o 230 mujeres) y aplicaron un modelo de crecimiento poblacional para así alcanzar las poblaciones históricas y actuales.

Esto les permitió saber la población en el periodo de caza de estas aves.

Los análisis realizados además consideran que la disponibilidad en época de moas y focas permitió a los polinesios tener una dieta generosa que provocaría una expansión de su población.

Para saber cuándo empezaron a cazar, los investigadores usaron análisis estadísticos basados en análisis de carbono-14 de 93 muestras de restos de cáscaras de huevos de moa, restos de huevos encontrados en excavaciones arqueológicas en la isla del Sur.

Esto indicaría que se empezó con la caza de moas en el año 1314, justo después de una importante erupción del volcán Tarawera. Por debajo de la capa de cenizas de esta erupción no hay restos arqueológicos de asentamientos humanos.

Por el otro lado, 270 muestras datadas con radiocarbono de origen no arqueológico indican que los moas se extinguieron primero en los lugares más accesibles de las tierras bajas del este a finales del siglo XIV, sólo unos 70 u 80 años de empezar a cazarlos.

El resto de los moas sólo pudieron sobrevivir durante 20 años más.

Los investigadores señalan que, aunque se ha puesto en duda que los humanos provocaran la extinción de la megafauna a lo largo de todo el mundo debido a su baja población, este resultado indica que basta una población humana pequeña para extinguir completamente especies de animales grandes.

Todo parece indicar que los mamuts y perezosos gigantes de América, los marsupiales gigantes de Australia y los moas, águilas y gansos gigantes de Nueva Zelanda fueron llevados a la extinción por los humanos, incluso cuando la gente no era numerosa.

No fueron las más pesadas, eso si; tal honor les cupo a las aves elefante (familia Aepyornithidae) de Madagascar, que llegaban a alcanzar la media tonelada, aunque "sólo" medían tres metros de altura. 

Fueron el fruto de millones de años de evolución... que se fueron al traste cuando en su camino se cruzó ese insaciable depredador llamado hombre.

La familia Dinornithidae estaba compuesta por seis géneros Megalapteryx.

Anomalopteryx,Euryapteryx, Emeus, Pachyornis y Dinornis), de los que se conocen un total de once especies, todas ellas endémicas de Nueva Zelanda y, lamentablemente, extintas ya.

Algunas eran del tamaño de gallinas y otras superaban el metro y medio de altura. pero entre todas destacaba el género Dinornis, cuyas dos especies eran llamadas con toda propiedad moas gigantes.

Cada una de estas dos especies se encontraba exclusivamente en una de las islas principales del archipiélago de Nueva Zelanda: la Dinornis novaezealandiae o moa gigante de la isla Norte y la Dinornis robustus o moa gigante de la isla Sur.

El moa de la isla Norte era algo menor que el de la isla Sur, ya que alcanzaba alrededor de los tres metros de altura, frente a los más de 3'5 que alcanzaba su pariente sureño. 

Por lo demás, sus características eran muy parecidas; se trataba de aves que habitaban en zonas de bosque o matorral, vegetarianas (se alimentaban de frutas y semillas, principalmente) y que presentaban un notable dimorfismo sexual: las hembras eran bastante mayores que los machos, hasta el punto de que se creyó que eran especies diferentes hasta hace relativamente poco tiempo, cuando se pudieron hacer estudios genéticos de los restos que se conservan.

La perfecta adaptación al medio, que les había permitido mantener una población estable durante miles de años, se vino abajo cuando a partir del siglo XIII empezaron a llegar los primeros colonizadores polinesios a las islas.

Estos pronto empezaron a cazar a los moas como alimento y a comerse sus enormes huevos.

Desgraciadamente, como muchas otras especies de gran tamaño, su tasa reproductiva era muy baja; ponían pocos huevos a lo largo de su vida y alcanzaban su madurez sexual a una edad avanzada, en torno a los diez años.

La caza intensiva y la destrucción de sus hábitats naturales para aprovecharlos como tierra de cultivo redujeron sus poblaciones hasta provocar su extinción en torno al año 1400.

Privada de sus principales presas, el águila de Haast desapareció mas o menos por la misma época.

No obstante, se especula con que pudieron quedar poblaciones aisladas que sobrevivieron durante varios siglos más.

El excelente estado de conservación de algunos restos encontrados y los testimonios de algunos de los marineros de la tripulación del capitán inglés James Cook (que exploró Australia, Nueva Zelanda y las islas del Pacífico Sur en varios viajes en la segunda mitad del siglo XVIII), que mencionan el avistamiento de aves de gran tamaño que muy bien pudieron ser moas, parecen respaldar dicha hipótesis.

El mismo destino corrieron las aves elefante: la caza intensiva y la deforestación de sus hábitats provocaron su extinción en torno al siglo XVIII.

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