El Laurel como símbolo de triunfo desde la antigua Grecia

El Laurel como símbolo de triunfo desde la antigua Grecia.

 El Laurel como símbolo de triunfo desde la antigua GreciaSegún la mitología greco-romana, al Dios Apolo le gustaba el laurel porque sus fragantes capullos, de un blanco rosado, le recordaban a una bella ninfa llamada Dafne, cuyo corazón había tratado de conquistar.

La había visto en el bosque persiguiendo al veloz ciervo y sus más tiernas palabras no lograron convencerla o conmoverla, porque Cupido había traspasado el corazón de Dafne, con una de sus flechas de plomo, de modo que la ninfa, no sentía amor por nadie.

Pero no era fácil desalentar a Apolo, cuanto más huía de él la doncella, más audaz se volvía el Dios.

Cierto día la persiguió incansablemente decidido a hacerla su esposa, aunque Dafne era veloz no podía vencer en semejante carrera.

El Dios corría cada vez con mayor fuerza, a lo que Dafne imploró a Diana que la salvara, porque la propia Diosa era virginal.

La plegaria obtuvo una extraña respuesta, de pronto la doncella no pudo seguir corriendo, sus pies quedaron enrraizados en la tierra, alrededor de su esbelto cuerpo crecía la corteza de un árbol y en el propio instante en que alzó los brazos, éstos se trocaron en ramas.

Todo su suave cabello se convirtió en las relucientes hojas de laurel y su bello rostro en rosados capullos.

Apolo retrocedió asombrado al ver lo sucedido, luego entendió lo ocurrido y comprendió el valor y la virtud de Dafne. Enseguida abrazó aquel árbol pleno de gracia y exclamó:

"¡Oh,! amor mío, si yo que soy Dios, lo único que pude conseguir fue unas hojas de laurel, de ahora en adelante, serás el árbol a quien más honrarán sobre la tierra.

  El Laurel como símbolo de triunfo desde la antigua Grecia

Con tus hojas harán guirnaldas para coronar la cabeza de los gloriosos vencedores y el propio Apolo las usará para ceñir su frente".

El uso de las hojas de Laurel para ceñir la cabeza de los triunfadores, nos viene de la antigua Grecia; así vemos a los vencedores en las carreras que se efectuaban en Olimpia (origen de las olimpíadas), coronados con hojas de laurel en sus frentes.

El pueblo romano al conquistar Grecia, adoptó esta costumbre y es así como los césares lo usaban, y a los jefes victoriosos al entrar a Roma, los coronaban con siete hojas de laurel.

Esta costumbre llegó hasta nuestros días y es por ello que los oficiales almirantes y generales, así como los oficiales superiores, llevan en la visera hojas de laurel.

Las siete hojas de laurel que portan los oficiales superiores a cada lado de la visera de la gorra, viene en remembranza a las siete colinas que rodean a Roma: Quirinal, Palatino, Viminal; Campidoglio, Esquilino, Celio y Aventino. Los almirantes y generales usan catorce a cada lado por ser doblemente coronados.

Pero lo más importante de las hojas de laurel, es el mensaje implícito que envía a todo aquel que las porta y proviene de lo siguiente: en la Roma Imperial cuando el César le comunicaba a un comandante de tropas doblegar cierta y determinada región, éste tenía la libertad de aceptar o no la misión encomendada antes de cruzar el río Rubicón, río que señalaba en aquellos tiempos el límite entre Italia y las Galias.

Una vez pasado el río, no podía dar vuelta atrás, de allí el famoso refrán "Alea iacta est", cuya traducción en italiano es "il dado tratto e" y en español sería "el dado está lanzado", lo cual quiere decir que la decisión ha sido tomada y no hay más nada que hacer sino seguir adelante.

Cuando este comandante regresaba a Roma victorioso, para poder cruzar nuevamente el río debía tener la autorización del César, quien mandaba con un esclavo la autorización correspondiente, teniendo éste la misión de colocarse detrás del comandante sobre su carro de combate y llevar una corona de laureles, siete a cada lado sobre la cabeza del mismo, para que cuando éste entrara a Roma, mientras era vitoreado por el pueblo le repitiera constantemente al oído las siguientes palabras "toda gloria es pasajera".

Con el fin de recordarle que sólo existe un César, considerado Dios para la época y que él era un simple mortal, además para que no se ensoberbeciera por el éxito alcanzado.

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