Francisco Salvá y Campillo, inventor del telégrafo eléctrico

Francisco Salvá y Campillo, inventor del telégrafo eléctrico
Francisco Salvá y Campillo, inventor del telégrafo eléctrico.

Salvá legó hasta su propio cuerpo a la instrucción pública.

Son tan notables las palabras con que expresa este legado en su testamento que ellas solas bastarían para hacer su elogio y manifiestan mejor de lo que yo pudiera con otras su generosidad, la grandeza de su alma, y sus deseos de se útil a la medicina y a los enfermos aun después de su muerte.

 “Si la disección de mi cadáver puede servir de instrucción pública, atendida mi última enfermedad o el modo de mi muerte, quiero absolutamente y mando que lejos de oponerse a ella, le faciliten en mi habitación a los profesores que la pidan, suministrándoles la ropa necesaria para la decencia y la perfección de aquella, permitiéndoles también extraer de mi cadáver las partes que se necesiten para un gabinete patológico y pagando hasta diez y seis duros de mi dinero la preparación necesaria para la conservación de lo que se extrajere, conducente a la instrucción patológica…”

Algunos discípulos y amigos solicitaron que se conservara su corazón para que, colocado en una urnita, permaneciese en perpetua memoria en la Biblioteca, donde se halla depositado entre sus amados libros.

Fragmento de Elogio histórico del Dr. Francisco Salvá, por el Dr. Félix Janer.

Real Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona, 1832.
El doctor Salvá y Campillo, nacido en Barcelona en 1751, no solo fue un médico de gran fama y excelsas cualidades, científico de primer nivel en la práctica médica de su tiempo y físico de insaciable curiosidad.

También fue uno de los primeros meteorólogos científicos y experimentó con la electricidad pero, sobre todo, era un hombre de curiosidad insaciable.

Por ello, el texto con el que abro este artículo no ha sido elegido a la ligera pues con él quiero mostrar que, incluso en su muerte, que tuvo lugar el 13 de febrero de 1828, el bueno de Francisco pretendía contribuir al avance del conocimiento, tal como había hecho en vida en multitud de saberes.

En caso de preguntar por la invención de mayor importancia en la historia de las comunicaciones, con seguridad aparecerán en los primeros puestos de preferencia tecnologías como el teléfono o Internet. Ahora bien, apuesto a que el vetusto telégrafo también aparecería mencionado en esa hipotética encuesta, pero no precisamente ocupando el lugar que merece.

Personalmente, lo colocaría en el primer puesto porque, aunque anticuado y casi olvidado por muchos, fue la primera tecnología de comunicaciones realmente rápida y global.

Las redes de telégrafos ópticos fueron dando paso a la telegrafía eléctrica, al mismo tiempo que se extendían sus redes siguiendo los trazados de las vías del ferrocarril.

Por primera vez en la historia era posible enviar mensajes complejos, e incluso imágenes con aparatos como el pantelégrafo de Caselli, a lejanas tierras.

El telégrafo eléctrico cambió el mundo para siempre y, sin embargo, si se pregunta por su inventor no se obtendrá otra cosa que un gran silencio.

Morse y su código quedaron inmortalizados, como Bell y su teléfono pero, ¿quién inventó el telégrafo?

La respuesta no es sencilla, porque no hubo un solo genio iluminando la mágica idea pero, si hubiera que atender a la primacía sobre la idea, sorprenderá el nombre que aparece.

No fue ni más ni menos que un médico catalán, Francisco Salvá y Campillo quien abrió el camino de la telegrafía eléctrica.

La cadena eléctrica

Que la electricidad podría ser utilizada para enviar mensajes a distancia, es algo que venía rondando la mente de muchos sabios ya desde los siglos XVII y XVIII.

El primer contacto con la electricidad desde el punto de vista experimental llegó de la mano de las máquinas electrostáticas, como la que el alemán Otto von Guericke construyó con una gruesa esfera de azufre que giraba en torno a un eje animado por un manubrio mientras era frotado por un pedazo de piel de gato.

Aquel generador de electricidad estática fue mejorado por el inglés Francis Hauksbee cambiando el azufre por vidrio, descubriendo igualmente diversos fenómenos luminosos asociados con la electricidad.

En 1768 otro inglés, Jesse Ramsden, mejoró el generador electrostático todavía más, con lo que la electricidad pudo contar ya con una máquina generadora capaz de ofrecer a los experimentadores una fuente satisfactoria.

Tal cosa pudo comprobar el holandés Pieter van Musschenbroek, que en un célebre experimento descubrió a costa de sufrir una conmoción por la descarga eléctrica cómo construir primitivos condensadores, o botellas de Leyden, tal y como fueron conocidos aquellos artlugios.

A quien no le asustaban las descargas procedentes de botellas de Leyden era al eclesiástico francés Jean Antoine Nollet, que en el siglo XVIII pasó muy buenos ratos divirtiendo a la alta sociedad con descargas eléctricas.

Tal era el éxito de sus espectáculos que llegó el día en que no podía atender las peticiones de tantas personas que deseaban ser “electrizadas”.

Se le ocurrió entonces hacerlo en cadena, haciendo que un grupo numeroso de voluntarios se convirtiera en conductor eléctrico.

Todos los miembros de la cadena sufrieron la conmoción eléctrica aparentemente al instante, llegando a repetirse la experiencia con grupos de monjes e incluso con una compañía de más de doscientos soldados franceses.

Todo aquello era mucho más que un simple divertimento, Nollet tomó buena nota de sus experimentos, que hicieron pensar en cómo utilizar la electricidad para enviar mensajes a distancia de forma veloz.

Pero, ¿cómo hacerlo si las fuentes de energía eléctrica eran las primitivas máquinas electrostáticas?

La llegada de la pila de Volta abrió un nuevo mundo y facilitó la creación del telégrafo eléctrico, competidor del óptico y el acústico, que a partir de ahora mencionaré simplemente como telégrafo, por simplificar.

Varias fueron las propuestas teóricas que comenzaron a publicarse a principios del siglo XX en torno al novísimo telégrafo.

¿Se podría enviar una señal eléctrica en la distancia para transmitir mensajes de forma eficaz? Los experimentos con máquinas electrostáticas eran prometedores pero poco prácticas.

La pila de Volta cambió el panorama hacia 1800, a partir de entonces se podía confiar en tener corriente eléctrica de baja tensión de forma constante, lista para los experimentos.

Así se llegó a la primera máquina telegráfica mínimamente práctica, el ingenio que presentó en 1809 el médico alemán Samuel Thomas von Sömmerring.

Su telégrafo abrió de inmediato el camino a otros experimentadores que crearon con rapidez toda una industria que unió a través del hilo telegráfico a todo el planeta.

Ahora bien, el primitivo telégrafo de Sömmerring tuvo como directo antecesor una máquina que ha caído en un injusto olvido: el primer telégrafo práctico de la historia, ideado y puesto en práctica por Francisco Salvá y Campillo.

El invento no se parecía mucho a lo que comúnmente fueron los telégrafos de décadas posteriores, pero sirvió para inaugurar la era de las comunicaciones eléctricas.

Empleaba cables conductores, uno por cada letra o número a representar en el mensaje que se deseaba enviar.

Cuando la corriente eléctrica llegaba a uno de los extremos de cualquiera de los cables que se correspondían con los caracteres, al estar el receptor sumergido en un contenedor único de vidrio por cada cable, lleno de ácido, comenzaba a burbujear emitiendo hidrógeno.

Puede parecer poco práctico o elegante, pero sin duda era algo ingenioso.

No había bombillas, ni electroimanes, todo estaba por inventar, así que un receptor electroquímico a modo de indicador era lo más adecuado para la época.

El operador iba anotando secuencialmente los tubos que borboteaban, con lo que, uno tras otros, aparecían los caracteres de los mensajes.

Médico, físico e inventor

Salvá y Campillo mostró durante toda su vida una curiosidad insaciable que iba desde la investigación en química, hasta los globos aerostáticos.

Médico célebre en su tiempo, catedrático y miembro de las academias médica y de ciencias de Barcelona, impulsor de la vacuna contra la viruela en España, no dejó de trabajar en cualquier campo que fuera de su interés.

No era algo extraño, a fin de cuentas gran parte de los experimentadores en el campo de la electricidad de su tiempo eran médicos.

Desde temprano contempló la posibilidad de utilizar la electricidad en telegrafía y así lo hizo ver en una memoria presentada en Barcelona en 1795 y en sus experimentos llevados a cabo en ese tiempo.

Nótese la fecha, tan temprana que puede considerarse a Salvá y Campillo como pionero absoluto en el campo de la telegrafía eléctrica.

En su época fue reconocido por su labor médica, mientras que sus aportaciones en el campo de la física experimental, a pesar de llamar la atención, pasaron bastante desapercibidas.

Cierto es que, si se percibe desde el punto de vista de su posible influencia en el devenir histórico de la física y, en concreto, de la tecnología de comunicaciones, no fue muy profunda su huella.

Sin embargo, merece la pena recordar su tesón a la hora de alumbrar una máquina telegráfica práctica, ingenio que, además, no fue su única aportación en materia de invenciones.

Como físico, Salvá y Campillo merece un recuerdo como paciente observador meteorológico.

Durante cuatro décadas, sin descanso, tomó tres veces al día anotaciones de sus instrumentos.

Aquellas observaciones meteorológicas se publicaban en portada del Diario de Barcelona.

En 1827, una año antes de su fallecimiento, el voluntarioso médico tuvo de abandonar esa metódica tarea al comenzarle a fallarle las fuerzas.

Tiempo tuvo de publicar algunas tablas de observaciones, consideradas de las primeras realizadas de forma científica en España.

A través de diversas memorias que leyó en la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, Salvá y Campillo fue desgranando los estudios a los que iba dedicando su tiempo, además de a la materia médica propiamente dicha.

Así, presentó estudios experimentales diversos sobre electricidad, construcción de instrumentos científicos, sobre todo meteorológicos, e investigaciones acerca de los rayos y las tormentas.

El médico, y también físico experimental, también era un curioso de las máquinas, y esto es algo muy poco conocido al margen de sus aventuras con el telégrafo.

Salvá y Campillo inventó, junto con varios colegas, una máquina para agramar, esto es, un ingenio capaz de machacar el cáñamo o el lino de forma industrial para separar las fibras del tallo.

Junto con un amigo, el doctor Francisco Sanponts, inventó un hornillo portátil. Igualmente creó un nuevo tipo de barómetro, también portátil, y un higrómetro.

Desarrolló máquinas para preparar aguas sulfurosas artificiales, un curioso sistema para transporte de cargas pesadas y hasta un proyecto de submarino dotado de novísimos métodos para facilitar la respiración de la tripulación. Pero, si en algo fue pionero Salvá y Campillo, fue en telegrafía.

Bien merecería ser reconocido hoy día como inventor del telégrafo eléctrico, ingenio que no sólo inventó, experimentó y demostró, sino que fue perfeccionándolo con diversas mejoras.

Presentó proyectos para unir las ciudades de Barcelona y Mataró con un haz de cables eléctricos aislados con resina, tantos como letras, alimentados con descargas procedentes de botellas de Leyden o similares, posteriormente pilas voltaicas.

Mientras en Europa y América se teorizaba con la posibilidad de este tipo de telégrafo, Salvá y Campillo ya estaba experimentando e imaginando redes de comunicaciones con Mallorca a través de un cable submarino de 22 alambres hundido en el lecho o con Madrid a través de hilos subterráneos o colgantes.

Y a punto estuvieron de convertirse los experimentos que llevaría más tarde a cabo en la Corte en algo más contundente, tal y como aparece en la Gaceta de Madrid del 25 de noviembre de 1796:

El Príncipe de la Paz [se refiere al valido Manuel Godoy] sabiendo que D. Francisco Salvá había leído en la Academia de Ciencias una memoria sobre la aplicación de la electricidad a la telegrafía, presentando al mismo tiempo un telégrafo eléctrico de su invención, quiso examinarlo y, admirado de la prontitud y facilidad con que funciona, lo enseñó al Rey y a la Corte, haciéndolo él mismo maniobrar.

El telégrafo que presentó en a principios del siglo XIX ya empleaba pilas voltaicas y era la máquina de su tipo más avanzada jamás vista.

Según describe Antonio Suárez Saavedra en su Tratado de Telegrafía, edición de 1882:

En la sesión de la Academia de Ciencias de Barcelona del 14 de mayo de 1800, leyó el socio Don Francisco Salvá y Campillo una memoria titulada “El galvanismo y sus aplicaciones a la telegrafía”. (…) Refiere los experimentos hechos al efecto en su casa, tendiendo por la azotea y jardín de aquella doscientas canas catalanas de alampe [unos 310 metros]) atados los extremos a aisladores de vidrio barnizados, notando las convulsiones de una rana a pesar de la distancia. (…)

Salvá empleaba como agente motor la electricidad desarrollada por un gran número de ranas.

Nadie había tratado, antes que el ilustre médico español, de la aplicación de la electricidad dinámica a la telegrafía. (…)

Además, nadie, absolutamente nadie, le precedió en la aplicación del dócil fluído electro-dinámico a las comunicaciones a distancia, único sistema seguido en la telegrafía moderna.

En 1804, cuando apenas se había divulgado por Europa la invención de la pila de Volta, Don Francisco Salvá y Campillo leyó en la sesión del 22 de febrero de la Academia de Ciencias de Barcelona un estudio [en el que propone el uso de la pila voltaica] y en cuanto al medio de recibir las señales emitidas con las corrientes voltaicas, duda Salvá el fijar definitivamente uno, pues aunque admite al efecto las contracciones de las ranas, muéstrese inclinado también a valerse para el objeto de la descomposición del agua.

Por desgracia, las aventuras del médico barcelonés cayeron en el más profundo de los olvidos y no se difundieron por Europa.

Tal y como se afirmó en el homenaje que se rindió a la figura de Salvá y Campillo en la Real Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona el 30 de diciembre de 1900:

Si Salvá hubiese nacido en la Gran Bretaña, sus descubrimientos se hubieran esculpido en letras de oro.


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