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La Batalla de Alcatraz

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La Batalla de Alcatraz.

Pese a que funcionó como cárcel apenas tres décadas, le bastaron a la prisión de Alcatraz para convertirse en uno de los establecimientos penitenciarios más famosos del mundo,  y la fama de ser a prueba de fugas.

Acrecentada dicha fama por el hecho de que nadie haya logrado jamás huir con éxito de sus calabozos.

Ninguno de los varios intentos de fuga producidos llegó a buen término para los presos.... Al menos oficialmente.

La más importante de estas tentativas tuvo lugar en 1946 y derivó en un enfrentamiento tan violento que acabó siendo conocida como la Batalla de Alcatraz.
Desde su inauguración, la prisión se caracterizó por acoger entres sus muros a lo más selecto del sistema penitenciario norteamericano.

La prisión de Alcatraz comenzó a funcionar como tal en 1933, construída a partir de un fuerte militar de mediados del siglo XIX que durante la guerra de Secesión había funcionado como lugar de encarcelamiento para soldados confederados.

A Alcatraz sólo iban a parar presos especialmente peligrosos, problemáticos o conocidos.

Aquellos que hubiesen protagonizado fugas, que hubieran agredido a un guarda o a otro preso, que hubieran organizado motines o simplemente tuvieran un comportamiento desafiante o rebelde, tenían muchas papeletas para acabar siendo huéspedes de la Roca.

Aparte de los accesorios habituales en estos lugares (barrotes, vallas, guardias armados, etc.) se unía la ventaja de su situación: un islote en mitad de la bahía de San Francisco, a varios kilómetros de tierra firme, en unas aguas gélidas, con fortísimas corrientes y abundancia de tiburones, todo lo cual hace, en teoría, prácticamente imposible huir a nado.

Su aparente inviolabilidad la convirtió en la cárcel más segura de Norteamérica, adonde fueron a parar algunos de los presos más famosos y peligrosos de la época, incluídos numerosos gangsters como Al Capone, Alvin Karpis o Whitey Bulger. Y aunque hubo hasta catorce intentos de fuga, ninguno tuvo éxito. O quizá si.

Uno de aquellos presos era Bernard Coy, condenado a 25 años de prisión por robar bancos y que había llegado a Alcatraz en 1937.

Coy, inteligente y violento, llevaba tiempo estudiando cuidadosamente a los guardias y sus horarios, planeando su fuga, en la que acabaría involucrando a otros cinco presos: Marvin Hubbard, Joseph Cretzer, Clarence Carnes, Sam Shockley y Miran Thompson.

El 2 de mayo de 1946, después de la comida, mientras la mayoría de los presos y los guardias estaban en los talleres, Coy barría el suelo del Bloque C de celdas cuando Hubbard llamó al guardia del bloque, William Miller, para que le dejara entrar, ya que había terminado su labor limpiando la cocina.

Cuando Miller fue a cachear a Hubbard, buscando objetos robados, Coy aprovechó para atacarlo por la espalda y dejarlo sin sentido.

A continuación, liberaron a Cretzer y Carnes de sus celdas.

El bloque poseía una galería elevada, protegida con barrotes, desde donde guardias armados vigilaban a los presos.

Cuando tuvo lugar el ataque, el guardia de patrulla en dicha galería, Bert Burch, estaba ausente; Coy había controlado minuciosamente los tiempos empleados en sus rondas para comenzar su fuga cuando no estuviera en el bloque.

A continuación, Coy se desnudó, se untó el cuerpo de grasa y trepó por la puerta de una celda hasta alcanzar la galería.

Allí, gracias a un rudimentario dispositivo mecánico que había construido en los talleres, logró separar los barrotes que protegían la galería lo suficiente para poder colarse entre ellos (también llevaba varios días sin apenas comer, para pasar con más facilidad).

Esperó agazapado el retorno de Burt, lo dejó sin sentido y cogió sus armas (un rifle Springfield, una pistola M1911, granadas de gas y varias porras) y sus llaves.

Con las llaves, pasaron al bloque de celdas contiguo, el D.

Allí estaban los presos en régimen de aislamiento. Tras tomar como prisionero a un tercer guardia, Cecil Corwin, liberaron a todos los presos (aunque sólo Shockley y Thompson se unieron a ellos, los demás prefirieron no involucrarse y quedarse en sus celdas) y encerraron en una celda a los guardias que tenían como rehenes.

El plan de los presos era salir al patio de la cárcel y de allí abrirse paso hasta el embarcadero, usando como escudo a los guardias, y hacerse con el control del barco que diariamente, entre las dos y las dos y media, atracaba procedente de San Francisco.

Desafortunadamente para ellos, no fueron capaces de encontrar la llave de la puerta del patio, que no estaba en su lugar correspondiente: Miller, contraviniendo las ordenanzas de la prisión, la llevaba en el bolsillo para no tener que ir a por ella cada vez que tenía que abrir la puerta del patio.

Aprovechando un momento en que no estaba vigilado, la escondió en el baño de la celda donde estaba encerrado.

Los presos finalmente la encontraron, pero descubrieron que la cerradura estaba atascada por haber intentado abrirla con otras llaves.

Estaban atrapados sin salida. Mientras, varios guardias que iban accediendo al bloque caían en sus manos, hasta sumar nueve rehenes, en dos celdas.

Los presos no tenían salida ni sabían qué hacer. En una muestra de su desesperación, Coy disparó contra los guardias de las torres de vigilancia, hiriendo a uno.

Cuando el director adjunto Ed Miller fue a investigar qué estaba pasando, Coy lo recibió a tiros, sin herirlo.

De inmediato se dio la alarma. Cretzer, enfurecido y frustrado, disparó contra los rehenes, hiriendo a cinco (William Miller moriría a causa de sus heridas). Carnes, Shockley y Thompson volvieron a sus celdas, mientras Coy, Hubbard y Cretzer decidieron resistir.

Un guardia llamado Ernie Lageson, por si acaso morían todos, apuntó disimuladamente los nombres de los amotinados rodeando con un círculo el nombre de los líderes de la revuelta.

A eso de las seis, un grupo de guardias armados trató de retomar el control de los bloque entrando por la galería de vigilancia, pero fueron recibidos a tiros; un guardia llamado Harry Stites murió y otros cuatro resultaron heridos.

Esto llevó al alcaide Johnson a ordenar cortar la electricidad de las celdas y pedir ayuda.

La ayuda no tardó en llegar: dos pelotones de marines a las órdenes del general Joe Stilwell.

Además, todos los guardias que estaban de permiso fueron llamados inmediatamente a sus puestos y varios barcos de los Guardacostas comenzaron a patrullar las aguas cercanas a la isla.

Una nueva incursión de un grupo de guardias tuvo lugar a las ocho de la noche, en plena oscuridad. Lograron descubrir el paradero de los rehenes y cerrar la puerta que comunicaba los bloques C y D, antes de que los presos abrieran fuego contra ellos (otro guardia resultó herido).

Una vez se hubieron retirado, los marines lanzaron un ataque contra el Bloque D, creyendo erróneamente que uno o varios de los amotinados armados se habían refugiado allí.

El ataque fue brutal, usando morteros, granadas de mano y armas de gran calibre.

Los presos de aislamiento tuvieron que refugiarse en sus celdas, escondidos bajo sus colchones, hasta que uno de ellos, Robert Stroud, el famoso "hombre de Alcatraz", logró con gran riesgo advertir a las autoridades de que ninguno de los cabecillas de la fuga estaban allí.

Al día siguiente, el ataque se centró en el Bloque C, procurando alejar el fuego de las celdas de los rehenes. A eso del mediodía, los presos llamaron al alcaide Johnson, pidiendo negociar una tregua; Johnson les respondió que sólo aceptaría su rendición.

El incesante tiroteo, respondido desde el interior, continuó hasta las nueve de la noche.

Una de las técnicas usadas por los marines, aprendida durante la guerra en el Pacífico en su lucha contra la resistencia japonesa, consistía en practicar agujeros en el techo del bloque por donde descolgaban granadas atadas con un cordel, para hacerlas estallar en el suelo cerca de donde creían se refugiaban los presos, tratando de acorralarlos en un pasillo de servicio.

A la mañana siguiente, grupos de guardias armados hicieron incursiones a través de la galería, sin hallar resistencia.

A eso de las 9:40, finalmente, entraron en el bloque y hallaron los cuerpos de Coy (vestido con un uniforme de guardia), Hubbard y Cretzer, muertos por efecto de las balas y la metralla.

El resultado final fue de dos guardias y tres presos muertos, además de 12 heridos (once guardias y un preso no implicado en el motín).

Shockley, Thompson y Carnes fueron juzgados como cómplices por las muertes de los dos guardias y condenados a muerte, aunque a Carnes se le conmutó la pena por una de 99 años porque los guardias que habían sido rehenes testificaron que se había negado a hacerles daño (saldría en libertad en 1973).

Shockley y Thompson fueron ejecutados en la cámara de gas el 3 de diciembre de 1948, en la prisión de San Quintín.

Los bloques C y D tardaron meses en volver a acoger prisioneros.

En 1937, dos prisioneros, Ralph Roe y Theodore Cole, lograron huir de la isla. Jamás se volvió a saber de ellos, y se les consideró ahogados. Y en 1962 tuvo lugar la fuga más famosa de la historia de Alcatraz, que incluso fué llevada al cine en un filme de 1979 dirigido por Don Siegel y protagonizado por Clint Eastwood.

En enero de 1960 llegó a la isla Fran Morris, un peligroso atracador de bancos, que llevaba desde los trece años entrando y saliendo de distintos correccionales y cárceles.

También era un hombre inteligente, con un coeficiente de inteligencia muy superior a la media. Allí se encontró con un viejo conocido, Allen West, que llevaba en la isla desde 1957.

Y poco después, llegaban al penal otros dos antiguos camaradas, los hermanos Anglin, John (trasladado en octubre) y Clarence (trasladado en enero de 1961), dos presos no especialmente peligrosos, pero si incómodos: habían logrado escaparse de las dos últimas cárceles donde habían estado encerrados.

Los cuatro habían coincidido años atrás en la cárcel de Atlanta, y no tardaron en empezar a maquinar un modo de huir de la en teoría inexpugnable cárcel.

No tardaron en descubrir que detrás de la pared de sus celdas discurría un pasillo de mantenimiento que se comunicaba con sus habitáculos a través de los huecos de ventilación. También se dieron cuenta de que el hormigón de las paredes estaba envejecido y debilitado.

Con herramientas improvisadas, como cucharillas y cortaúñas, consiguieron extraer las rejillas de los respiraderos para irlos ensanchando poco a poco hasta que tuvieron el tamaño necesario que permitiese el paso de un hombre.

Pero no sólo eso; con el cemento que arrancaban de la pared y otros materiales construyeron falsas cabezas, pintadas y adornadas con pelo natural, para colocar en sus camas y hacer pensar a los guardas que permanecían dormidos en sus celdas.

Además también construyeron una primitiva balsa salvavidas, con bolsas de basura y otros materiales, para ayudarles en su travesía.

La madrugada del 11 al 12 de junio de 1962 los presos pusieron en práctica su plan. No todos: West fué incapaz de atravesar a tiempo su respiradero y cuando pudo salir de la celda, los demás ya se habían ido, con lo que tuvo que quedarse en su celda.

Por lo que se cree, los tres fugitivos llegaron al tejado a través del pasillo, se descolgaron por las cañerías de desagüe y salieron del recinto saltando varias vallas y cercas de bastante altura. Luego se echaron al mar... y desaparecieron.

En cuanto se supo de su huída, se dió la alarma a toda la zona. El FBI lanzó una de las mayores operaciones de búsqueda de su historia, pero no consiguió hallar nada.

Sólo se hallaron algunas pertenencias de los Anglin y frangmentos de lo que podía ser la balsa en un islote a unos tres kilómetros de Alcatraz, llamado del Ángel.

Ni cuerpos, ni señal alguna de los fugitivos. Pasadas unas semanas, se cesó de buscarlos y el 31 de diciembre de 1979 el FBI cerró el caso de manera oficial, concluyendo que "no hay indicio creíble de que los huídos estaban todavía vivos". S

in embargo, los U. S. Marshalls siguen investigando el caso, que permanecerá abierto, al menos, hasta que los huidos cumplan 100 años.

¿Qué pasó realmente con los tres fugitivos? ¿Consiguieron fugarse o se ahogaron?

Hay datos en contra y a favor. En contra, además de las notorias dificultades de la huída, está el hecho de que no se ha tenido noticia de ninguno de los tres a lo largo de estos años. Resulta difícil de creer que tres delincuentes habituales hayan podido esconder su rastro de manera tan eficiente.

Morris no tenía familia, pero los Anglin si, y aunque dicen creer que siguen vivos, nunca han admitido que se hayan puesto en contacto con ellos. Además, existe el testimonio de la tripulación de un carguero noruego que, semanas después de la huída, avistó un cadáver flotando en la bahía de San Francisco, cuyos rasgos coincidían con los de Morris.

¿Indicios a favor? Pocos y circunstanciales. Además de testigos que afirman haber visto a los huídos (sin ninguna prueba física y de dudosa credibilidad), la familia Anglin cuenta que, tras la fuga, la madre de los huídos recibía siempre en su cumpleaños un ramo de flores enviado de manera anónima.

Diversas reconstrucciones y documentales sobre la escapada refrendan que pudieron llegar a tierra firme, y que esa misma noche se denunció el robo de un coche cerca de la costa, que pudo haber sido utilizado por los fugitivos.

Un dato curioso lo aporta el conocido programa MythBusters: el lugar más probable al que habrían llegado los presos es el entorno del cabo de Marin, desde donde la corriente podría haber llevado los restos de la balsa al islote del Ángel, donde aparecieron.

La prisión de Alcatraz se clausuró al año siguiente de la huída de Morris y los Anglin.

Algunos dijeron que era por haber perdido su fama de "a prueba de fugas". La realidad es mucho más prosaica: el coste del presidio era demasiado alto.

Cada preso de Alcatraz costaba al gobierno norteamericano el doble de lo que costaban los presos de otras cárceles, y además, el desgaste y la corrosión de sus instalaciones, provocadas por el clima y el salitre, hacían que la cárcel requiriera una serie de elevadas inversiones para su mantenimiento. Por eso la cárcel se cerró y los presos fueron distribuídos por otros penales.

En 1969, un grupo de indios norteamericanos la ocuparon y permanecieron en ella 18 meses, reivindicando que la propiedad de la isla les fuera devuelta.

En 1972 pasó a formar parte del Parque Nacional Golden Gate, en 1976 fué nombrada "Lugar Histórico Nacional" y hoy en día es una de las principales atracciones turísticas de San Francisco y recibe miles de visitas al año.


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