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Los falsos mitos de los celtas



Los falsos mitos sobre los celtas.

La Galia, en conjunto, está dividida en tres partes, de las cuales una la habitan los belgas, otra los aquitanos y la tercera, los que en su propia lengua se llaman Celtas, para otros los Galos.

Los celtas construían menhires, dólmenes y megalitos y combatían desnudos a los romanos.

Los druidas cortaban muérdago y adoraban a la luna bailando bajo su luz en sus templos de grandes piedras.

Realizaban sacrificios humanos y en su ritual de casamiento unían las manos de los felices esposos.

Su música era con gaitas y celebraban el Samhain. Ossian fue el mayor poeta de la Irlanda céltica y Cúchulainn el gran héroe del Ulster. ¿Sabes qué es lo más gracioso?

Que en cada pareja de afirmaciones, hay una cierta y otra falsa. Si no puedes distinguir cuál es cada una, tranquilo y bienvenido al caleidoscopio celta.

Desde las islas británicas y el norte de España, hasta regiones tan lejanas como Transilvania, la costa del mar Negro o la Galatia de la península de Anatolia; los celtas constituyeron un pueblo que entre el segundo milenio y el primer siglo antes de Cristo se repartió por toda Europa.

Los griegos los llamaron keltoi y los romanos bretones, galos, boios, galaicos o celtíberos y fueron asimilados, como tantos otros, tras ser conquistados por sus legiones.

Y es un término, al parecer del arqueólogo, experto en el confuso tema y presidente de la Sociedad Española de Historia de la Arqueología, Gonzalo Ruiz Zapatero, “multivoco, poliédrico, pero que lo usamos con un artículo determinado como si no hubiera manera de equivocarse”.

“Lo que se hace con los celtas”, explica al teléfono desde Madrid, donde es catedrático de Prehistoria en la Complutense, “es sacarlos del tiempo y el espacio”. Por ejemplo, cuando Polibio habla de que peleaban desnudos, o en el ciclo del Ulster, un conjunto de escritos del siglo VIII que recogen las tradiciones míticas orales de dicha región, se describe un tipo de sociedad; “eso puede ser cierto en una época concreta en una zona concreta”.

“¿Pero qué hemos hecho?”, se pregunta retóricamente, “hemos cogido esas referencias y las hemos extendido a todos los celtas y claro, no hay base para pensar que eso ocurría cuando hace referencia Heródoto a celtas más allá de las columnas de Hercules [estrecho de Gibraltar] o las gentes del Danubio.”.

LaAntigüedadysusmitos,ColecciónSigloXXIEl caleidoscopio celta comienza con las descripciones de los romanos y se embrolla de manera inaudita con la llegada de los románticos. Fue un poeta escocés del XVIII, James Macpherson, el culpable de desatar el interés literario por este pueblo al presentar como auténticos unos poemas de su invención basados en la tradición popular oral de su zona, donde se hablaba gaélico. Aseguraba que habían sido escritos por Ossian, un guerrero bardo del siglo III antes de Cristo. El fraude alcanzó gran popularidad en su época, espoleando la recopilación de textos en las lenguas célticas vivas y la música celta, por mucho que las expresiones musicales de la edad de la protohistoria europea sean un absoluto misterio.

En este mismo siglo, un anticuario inglés, William Stukeley, estudió varios conjuntos megalíticos, entre ellos el propio Stonhenge, y escribió una serie de trabajos en los que llegaba a la conclusión, sin ninguna base científica, de que eran templos de los antiguos druidas.

Las ideas de Stuckeley, que populariza el término archidruida e inventa ritos para sus amados clérigos celtas, fluyen por el tiempo hasta convertir a Obelix en un repartidor de menhires y crear en el siglo XX grupos de neodruidas como el que asegura casar a las parejas por un increíble rito celta en Galicia o los que reclaman su derecho religioso a celebrar fechas celtas como el Samhain poniendo en peligro yacimientos arqueológicos.

Todo esto se combina con las investigaciones, completamente serias y rigurosas realizadas por el lingüista galés Edward Lhuyd, sobre el tronco común con el antiguo galo del irlandés, el galés, el bretón y otras lenguas minoritarias; con las referencias a los sacrificios humanos de los druidas, su afición por cortar el muérdago con una hoz de oro en una túnica blanca, su papel como mediadores de conflictos; con las excavaciones arqueológicas de las tumbas principescas de Hallstat y el lago votivo de La Tène… para configurar una identidad celta en el imaginario colectivo.

Estos “celtas populares”, como los define Ruiz Zapatero en contraposición a los “académicos”, son “los más poderosos en la medida que esas imágenes que trasmiten son las que más llegan a la gente ya que nadie se compra una monografía sobre la segunda edad del Hierro en Europa pero si un libro que se titule ‘Los Celtas’”.

No por única vez en la entrevista, carga contra los “productos podridos” que suponen “esos volúmenes que quieren parecer científicos y no lo son, compuestos por medias verdades y trozos de mito mezclados con alguna investigación reciente”.

Este arqueólogo entona el ‘mea culpa’ al no ser los académicos capaces de “escribir un libro sobre los celtas que sea comprensible para cualquier persona”.


Los celtas académicos

“Es un error pensar en las culturas o sociedades de la antigüedad en los mismos términos que lo hacemos en las del presente”, advierte desde A Coruña el joven arqueólogo Xosé-Lois Armada, “se habla de los celtas como pensando en individuos con unos rasgos raciales determinados, como si tuvieran un carné de identidad celta, pero en realidad estamos hablando de unas raíces prehistóricas que son dinámicas y se entremezclan entre sí durante un montón de siglos”.

“No se puede establecer un prototipo de celta y diferenciar con una línea clara”, sentencia.

Galicia puede ser un gran ejemplo. Durante la conversación telefónica, Armada evita riéndose la pregunta “¿celtas o castreños?” para referirse a los habitantes de ese primer milenio antes de Cristo, aunque aclara que no es un escéptico con su existencia como algunos arqueólogos, principalmente de las corrientes británicas y algún gallego, que llegan a eliminarlos del continuo de la historia.

“Esta muy claro que los celtas aparecen en la antigüedad, donde son nombrados en las inscripciones y en las fuentes grecolatinas”, asegura, “creo que las cuestiones fundamentales en debate son explicar la extensión de un conjunto de lenguas en un espacio geográfico tan amplio y hasta qué punto la unidad lingüística implica una unidad cultural de creencias”.

“Hay elementos comunes de tipo ideológico, sociedades guerreras, el concepto del honor, la guerra y la adquisición de poder, unas lenguas con un entronque común que hemos llamado celta”, y se pregunta retóricamente otra vez Ruiz Zapatero, “pero ¿creer qué las ‘sociedades celtas’ que vivían en los Balcanes eran como los celtíberos de la meseta o los britanos del sur de Inglaterra?”. “No hay que ser un experto para darse cuenta de que esto no es así”.

En la propia cultura de los castros gallegos hay variaciones en escasos 300 kilómetros. Mientras que durante años se habló de unas sociedades homogéneas en toda Galicia, con un cultura castreña uniforme que duraba un milenio, los últimos años de investigación arrojan diferencias entre las Rías Baixas, donde las poblaciones estaban más concentradas y hay varias concentraciones urbanas fortificadas (oppida); y las comunidades del interior o la costa de Lugo, donde el nivel de concentración poblacional y de integración territorial parece menor.

Armada considera muy sugerente una nueva teoría, defendida por profesores británicos como Barry Cunliffe, que habla de los “celtas atlánticos”con la hipótesis de que su expansión por Europa ocurrió desde el Atlántico hacía el interior Europa, dando la vuelta a la imagen tradicional de la inmigración celta.

Una de sus bases es que el lusitano, sobre cuya inclusión en el tronco de lenguas celtas hay un eterno debate, sería un habla arcaica de un conjunto que se extendería de oeste a este.

Armada hizo su tesis doctoral sobre los elementos metálicos del banquete ritual entre las poblaciones del primer milenio a.C. en la fachada atlántica y la Meseta Norte, señalando las semejanzas que muestran estos objetos durante el Bronce Final, lo cual constituye para él un indicio de códigos simbólicos compartidos y de contactos a lo largo del área atlántica. Para Ruiz Zapatero, esta nueva idea tiene el problema de cómo encaja en ella todas las fuentes clásicas y las excavaciones de Hastallt y La Tène.

Y exclama, dando otro giro al caleidoscopio:

-¡Es qué no coinciden para nada!

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