De policías y presos ¿Yo soy mis circunstancias?

Yo soy mis circunstancias
Todos tenemos una personalidad más o menos definida que marca nuestro estilo de conducta.

Hay quienes son más extrovertidos, alegres o nerviosos, y los hay más reservados, tranquilos o callados.

Algunos tienden a responder con energía o incluso agresividad ante los problemas, mientas que otros buscan de forma natural la calma y evitan los enfrentamientos.

Somos personas de acción o de reflexión, sociales o solitarios, de carácter variable o estable.

Esa personalidad, siempre sin olvidar la influencia de los genes y la biología, se forma esencialmente en los primeros años de vida.

También sabemos que nuestro comportamiento no es exactamente igual en todas las situaciones.

Dependiendo de con quién estemos, en qué lugar o incluso en qué hora del día, es perfectamente normal que actuemos de forma diferente.

Ahora bien, esa variabilidad tiene claros límites, de forma que quien no es agresivo nunca recurrirá a la violencia, salvo quizás en situaciones extremas. Nuestra conducta es estable y no cambia con tanta facilidad… ¿o sí?

En el año 1971, Philip Zimbardo, profesor de psicología de la Universidad de Stanford, realizó un experimento que se ha convertido en un clásico de la psicología.

Buscaba valorar en qué medida el comportamiento de las personas está determinado por la situación que viven y el rol que asumen en esa situación.

Para ello, diseñó el llamado experimento de la cárcel de Stanford. Construyó un decorado que simulaba una cárcel real, y buscó un grupo de voluntarios a los que dividió aleatoriamente en dos grupos: policías y prisioneros.

Todas eran personas normales, y de hecho se puso especial cuidado en descartar a quienes tuvieran cualquier tipo de problema psicológico, historial delictivo o de abuso de drogas.

Con el fin de lograr la mayor verosimilitud y realismo posible, el primer día del experimento se contó con la ayuda de agentes reales de policía que fueron hasta las casas de los voluntarios a los que se les había asignado el rol de prisioneros, para detenerles tras leerles sus derechos. Una vez en comisaría, se les fichó y se les tapó los ojos, y después fueron trasladados a la cárcel simulada.

Esa cárcel estaba custodiada por los participantes que asumían el papel de policías, vestidos de uniforme, con porras y gafas oscuras con el fin de que no se les viera los ojos.

Los presos fueron tratados como tales: se les aplicó un tratamiento antiparásitos, se les rapó el pelo y se les vistió con ropa de presidiario, incluyendo un número identificativo cosido en la ropa y una pesada cadena atada a los tobillos.

Con todo ello se buscaba definir el papel de cada colectivo, lo que se complementaba con hábitos que marcaban aún más los roles.

Por ejemplo, se despertaba bruscamente a los reclusos en plena madrugada, con el fin de llevar a cabo un recuento (por medio de sus números identificativos) y que a su vez hacía que los guardas aprendieran formas de imponer control sobre los reclusos.

A medida que fueron pasando los días, el comportamiento de cada grupo se fue haciendo cada vez más extremo.

Los policías fueron aumentando poco a poco el control sobre los presos, recurriendo entre otras técnicas a gritos y amenazas.

Los presos, por su parte, se mostraban sumisos en un primer momento, para enseguida empezar a actuar con rebeldía y a enfrentarse a los policías.

Ya al segundo día, un grupo de presos organizó un motín que fue contundentemente reprimido por los policías, quienes aislaron a los cabecillas de la rebelión y empezaron a ofrecer al resto recompensas por no colaborar con el motín (por ejemplo, se les permitió lavarse y se les ofreció una comida especial ante la presencia de los otros reclusos, que temporalmente estaban castigados sin comer).

Pero el experimento se fue poco a poco yendo de las manos. La conducta de los policías era cada vez más peligrosa y humillante.

Utilizaban el derecho de ir al lavabo como castigo o recompensa, obligaban a los prisioneros a limpiar los retretes con las manos desnudas o se les forzaba a dormir sin ropa en el suelo de hormigón, según hubiese sido su comportamiento.

Todas estas vejaciones eran aún peores por las noches, cuando los policías pensaban que los investigadores no observaban.

Por su parte, los presidiarios buscaban la manera de engañar y de escaparse de la cárcel, y la situación era tal que empezaron a sufrir problemas de salud: insomnio, ataques de ansiedad e incluso brotes transitorios de locura.

El propio Zimbardo, como el mismo reconoció tiempo después, acabó por olvidar cuál era el verdadero objetivo del estudio y por obcecarse en que la cárcel simulada funcionase como una cárcel real.

Pero finalmente tuvo que ceder ante la evidencia y, aunque el experimento tenía una duración prevista de dos semanas, lo finalizó a los seis días.

Más allá de las controvertidas cuestiones éticas que suscita una investigación como esta, lo que parece quedar claro es que la situación y el rol de cada persona marcan de forma poderosa su comportamiento.

Todos eran persona normales, pero el policía, por el mero hecho de serlo, actuaba de forma más agresiva y autoritaria; y el preso, dejándose llevar por su papel y por el contexto, mostraba sumisión o rebeldía según las ocasiones, pero siempre asumiendo su rol.

De esta forma, se pone de manifiesto el peso de la atribución situacional de la conducta, frente a la atribución disposicional.

Dicho de otra forma, la que guía nuestra conducta es la situación concreta que vivimos, y no tanto nuestras características personales. Una idea algo inquietante, y muy similar a lo que Milgram también demostró.




El Experimento Tuskegee , crimen contra la humanidad (1932-1972)

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