Castigo físico tiene más desventajas que beneficios

Castigo físico tiene más desventajas que beneficios
¿Un cachete a tiempo…?

Todos hemos tenido que aguantar en alguna ocasión al típico niño insoportable que se comporta de forma caprichosa y exigente, grita sin respeto por nada y altera a todo el que le rodea.

Y mucha gente piensa que, con un bofetón a tiempo, esas tonterías se habrían evitado.

El argumento se basa también en la experiencia propia, ya que quizás muchos de los que hoy somos adultos hemos podido recibir en propia carne castigos físicos que, vistos con el tiempo, nos pueden parecer adecuados y pedagógicos, además de no suponer mayores consecuencias.

 “Mis padres me dieron un buen azote en su momento, y mírame, ahora no tengo ningún trauma”.

El debate es antiguo, pero, a decir verdad, existe sólo en la calle.

Los expertos en educación tienen claro, desde hace tiempo, que el castigo físico tiene más desventajas que beneficios.

Para empezar, la realidad es que casi ningún adulto pega a su hijo con verdadera voluntad pedagógica, midiendo la intención y las consecuencias y valorando el efecto educativo.  

Más bien es el resultado de una situación frustrante en la que nuestros recursos como padres se han agotado, y optamos por el castigo físico como última opción y a modo de desahogo.

Además, el mensaje que recibe el niño no es precisamente el que pretendemos (esto es, que existen límites y consecuencias frente a su mal comportamiento), sino uno muy diferente: que la violencia es un método válido para lograr lo que deseamos.

Sin embargo, hoy no nos vamos a detener en analizar esos argumentos.

Parémonos en la cuestión de si ese bofetón, siempre que no sea exagerado ni muy repetido (lo que ya se convertiría en maltrato), tiene o no realmente consecuencias negativas a largo plazo.

La Universidad de Manitoba (Canadá) ha llevado a cabo varias investigaciones sobre el tema, el último un estudio con cerca de 34.000 adultos en los que se valoraba el nivel de incidencia de problemas psicológicos como el abuso de alcohol, la ansiedad o la depresión, y se ponía en relación con el grado en que, en su infancia, hubiesen sido educados con castigo físico (empujones, bofetadas o golpes, siempre como decimos sin llegar a constituir abuso o maltrato físico).

Pues bien, aquellas personas que indicaban haber sufrido castigo físico con cierta frecuencia (es decir, que no se trata de un azote esporádico sino del uso del castigo físico como estrategia educativa), padecían más problemas de salud mental.

Lo cierto es que el efecto no era muy elevado, ya que estamos hablando de cerca de un 7% de diferencia, pero sí era significativo.

Estudios anteriores habían demostrado también una relación entre el castigo físico y otros factores como una mayor agresividad de adulto, peores habilidades sociales e incluso un menor cociente intelectual.

La discusión podría estar en qué medida el bofetón y el azote empiezan a ser realmente dañinos, y hasta dónde no tienen mayores consecuencias y quizás podrían ser incluso pedagógicamente útiles.

Pero la realidad es que los padres que consideran útil el castigo físico tienden a aplicarlo con cierta frecuencia, ya que lo ven como algo necesario.

Además, es muy dudoso que un azote concreto y puntual tenga utilidad, ya que los patrones educativos deben ser estables y coherentes para ser eficaces.

 En este tema, por lo tanto, no parece existir un punto medio de equilibrio.

También es cierto que estas investigaciones cuentan con ciertas limitaciones metodológicas que obligan a tomar sus conclusiones con reserva.

Por ejemplo, depender de la memoria del adulto para recordar sus experiencias infantiles, o la no siempre disponible información relativa a los antecedentes de patología mental en la familia (lo que podría introducir sesgos en los resultados), son factores que hacen necesarios más estudios al respecto.

En todo caso, todos los datos disponibles apuntan en la misma dirección: el castigo físico sí parece tener consecuencias negativas.

Si a eso le sumamos que no hay ni un sólo estudio en el que se demuestren resultados positivos del castigo físico, la conclusión parece clara.

Como dicen los autores del estudio de Manitoba, “los niños necesitan disciplina, pero no debería tener que ver con la fuerza física”.

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