Te escucho mas no te entiendo

Te escucho con toda mi atención, pero no te entiendoHay algunas palabras a las que el uso popular ha añadido una acepción incorrecta que casi nos parece válida, pero que no lo es si queremos hablar y escribir con propiedad y mimar un poco nuestra vapuleada lengua.

¿Han oído la canción de Bob Esponja? ¡Qué pregunta! Os recuerdo por aquí cómo comienza la letra:

—¿Están listos, chicos?

—¡Sí, capitán, estamos listos!

—¡No los escucho!

—¡Sí, capitán, estamos listos!

Como el pirata que introduce la canción de Bob, cada vez hay más personas que utilizan el verbo “escuchar” como sinónimo de “entender” u “oír”. ¿Que no hay buena cobertura? “No te escucho”. ¿Que hay mucho ruido en el bar? “No te escucho”. ¿Que la tele está demasiado baja? “No se escucha nada”.

Pero la realidad es que “escuchar” significa “prestar atención a lo que se oye”. Así que decir a alguien “no te escucho” es correcto, sí, pero cuando lo que queremos decir es que no tenemos ninguna intención de atender a sus palabras. Vamos, el clásico “habla, chucho, que no te escucho”. Ahí está bien utilizado el verbo: nos tapamos los oídos conscientemente porque no queremos prestar atención a lo que dice la otra persona. No la escuchamos.

Otro ejemplo correcto: “ya no te está escuchando, se ha concentrado otra vez en su libro”. La persona que ha dejado de atenderte para ponerse a leer seguramente sigue oyendo los sonidos que emites, pero no se está enterando de nada porque ya no te escucha.

Sin embargo, en los ejemplos citados más arriba (cortes en la línea de teléfono, entorno ruidoso, volumen de un dispositivo demasiado bajo…), los receptores pueden estar escuchando con toda su atención (así suele ser). Pero, para su consternación, no oyen o no entienden lo que se les dice. En esos casos, lo correcto es que digan “no te oigo” o “no se entiende nada con ese volumen tan bajo”, pero nunca “no te escucho”.

Para comprender mejor la diferencia entre oír y escuchar, podemos pensar en los matices de significado de los verbos “ver”, “mirar” y “observar”: los dos últimos implican atención.

Los ejemplos de palabras o expresiones mal utilizadas son numerosos:

No es exacto utilizar “al contrario” cuando en realidad no se está hablando de cosas contrarias. Por ejemplo, en la frase “Marta fue vestida de rojo, al contrario que Eva, que eligió el negro”*.

El rojo no es lo contrario del negro, por lo que deberíamos escribir “a diferencia de”, y reservar la expresión “al contrario” para cuando enfrentemos dos partes que sean, en efecto, opuestas: “Juan es muy alto, al contrario que Pedro, que es especialmente bajo”.

A menudo vemos empleada la palabra “bizarro” como sinónimo de chabacano, grosero o, en el mejor de los casos, raro; cuando en realidad lo único que quiere decir es valiente o generoso.

Tampoco es correcto decir “me pertenecen diez días de vacaciones”*, lo adecuado es poner “me corresponden”. Seguro que a los lectores les vienen a la cabeza muchos ejemplos más de palabras mal empleadas.

Decir exactamente lo que se quiere decir parece fácil, pero puede complicarse si nos dejamos llevar por lo que “dice la gente” o si no nos paramos a hacer consultas cuando tenemos dudas.

Somos libres de seguir diciendo “no te escucho” cuando no entendamos bien a alguien. Pero que no nos extrañe que nuestro interlocutor cuelgue ofendido el teléfono o dé media vuelta después de nuestra manifestación explícita de que no tenemos interés en atender a sus palabras.

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