Robert Condit y su vuelo a Venus

Robert Condit y su vuelo a Venus
Robert Condit en su nave 1928. Biblioteca Nacional.
El vuelo al planeta Venus de Robert Condit (1928)

Cuando los viajes al espacio no eran sino algo que sólo se podía contemplar en coloridas revistas de ciencia ficción y en los cálculos de algunos apasionados visionarios, surgieron algunos aventureros, con más ilusión que cerebro, que quisieron saltar por encima de las dificultades y salir pitando hacia nuestros planetas vecinos.

Hubo varios de estos locuelos allá por los años veinte del siglo pasado pero, por lo general, no pasaban de decir un montón de bobadas y no iban más allá.

El caso de Robert Condit es especial porque, contra todo pronóstico, tuvo las narices y la inconsciencia de construir un cohete y probarlo él mismo.

En 1928, apenas un año después de que Charles Lindbergh cruzara el Atlántico en solitario, muchos aventureros intentaron gestas que superaran tal hazaña. Podía intentarse un vuelo de larga distancia, una travesía por el Pacífico, es más, incluso algunos imaginaban volar hacia la Luna pero, mirando más allá incluso, un chaval de Baltimore no hacía más que soñar con el planeta Venus.

No dudo que alguno de sus parientes o vecinos le intentaran disuadir de aquella locura, pero no parece que hiciera mucho caso.

La idea era muy sencilla, a saber, nada como montar un sencillo cohete y volar a Venus para, luego, regresar tranquilamente. Los cálculos de Condit no resistirían ni el escrutinio de un párvulo pero eso no le importaba al futuro héroe de la astronáutica, aunque sus conocidos decían que era un “genio de las matemáticas”.

Tras construir su nave espacial, llega el gran día. Agosto de 1928, Baltimore, costa oriental de los Estados Unidos. Robert Condit se acomoda en la estrecha cabina que corona una especie de gran bala-cohete de poco más de siete metros de altura en cuyos depósitos de combustible se hallaban nada menos que cerca de doscientos litros de gasolina.

Todo esto, como si se tratara de una escena propia de un sueño, o de una pesadilla, ocurría en una acera pública al lado de la casa de Condit en la avenida Morling. Varios amigos y familiares ayudaron a Condit en esta aventura. La nave espacial iba a dirigirse a Venus, como si fuera un destino que estuviera a la vuelta de la esquina.

Estaba dotada de un escudo de placas de hierro y tela. En la base, ocho prominentes tubos de acero estaban listos para que unas bujías prendieran la mezcla de gasolina y aire que saldría a presión gracias a una pequeña bomba.

Vale, llega el momento de una pequeña pausa. Como puede imaginarse, la cosa no tenía ni pies ni cabeza, pero lo más problemático era que los protagonistas no eran niños, ni mucho menos.

Es más, no eran tontos ni individuos marginales. Rondaban la treintena y vivían en un barrio de clase media, contaban con empleos, familia y responsabilidades. Pero la fiebre Lindbergh les hizo soñar más allá de lo que un mínimo de razón aconsejaba.

Durante meses, el equipo de desarrollo del cohete a Venus invirtió cientos de dólares de sus ahorros personales en hacer cálculos, comprar materiales y montarlo todo en un taller. La decisión de volar a Venus se tomó por “lógica”.

Veamos, el planeta Marte era su destino original, pero estaba demasiado lejos. La Luna era más sencilla de alcanzar, pero no tenía interés para ellos. Querían viajar a un planeta como la Tierra, y Venus era lo más parecido que podían encontrar.

Creían que no había ya ningún detalle por cerrar. La nave se había dotado de una capa de pintura que lo hacía hermético, también contaba con depósito de oxígeno para que Condit pudiera respirar en el espacio, comida comprimida en forma de tabletas, pequeños tanques de agua y un fuerte aislante térmico en la cabina, además de algunas linternas y un kit de primeros auxilios.

El vuelo sería balístico, los cálculos les permitirían disparar el cohete y olvidarse de navegación y guiado, todo parecía perfecto.

Retomemos la cuenta atrás. La bomba de gasolina comienza a funcionar, el piloto está acomodado en la nave, la gasolina se mezcla con el aire y sale a presión pulverizada a través de los tubos de acero posteriores.

Las bujías prenden la mezcla y…
 
Nueva pausa...

Cabe decir que la escena no se desarrolló en solitario. A una distancia prudencial, un gran número de personas de todo Baltimore estaban contemplando el momento histórico.

 La prensa se había hecho eco de ello y la atención era muy alta pero, ¡sorpresa! casi nadie había intentado disuadir a aquellos suicidas.

Bien, tras ocho meses de construcción y con todo previsto, saltó la chispa de las bujías. El cohete explotó, una gigantesca bola de fuego se alzó por las alturas mientras fragmentos de la nave venusina caían por doquier haciendo que la gente huyera. Milagrosamente, Robert Condit sobrevivió.

Al parecer, no tuvo intención de volver a probar suerte con otra nave. Hoy, no muy lejos del lugar en el que se desarrolló la aventura, un restaurante llamado Rocket to Venus, ha tomado ese nombre en recuerdo de aquellos soñadores del espacio.

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