Los pelos de punta , El miedo

Candace Hilligoss en la película Carnival of Souls
Los pelos de punta.

El miedo, es una emoción primaria que reconocemos gracias a unos cambios fisiológicos relacionados con el sistema nervioso.

Todo el mundo ha experimentado el miedo en algún momento de su vida.

Y es que es una emoción básica para los animales, incluido el hombre.

Su función esta ligada a la supervivencia: cuando un organismo se enfrenta a una amenaza, se activa una reacción de alarma (el miedo) con el fin de prepararse para hacerle frente, huyendo o luchando.

Esta reacción de alarma se origina en el cerebro y desencadena una serie de reacciones fisiológicas con efectos en todo el cuerpo.

Se caracteriza por una intensa sensación que suele ser desagradable provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto.

Según estudios antiguos, este miedo o alarma ,puede deberse a causas evolutivas, para evitar situaciones poco sanas, o animales venenosos ,osea como modo de supervivencia.

El sentido básico y origen del miedo es la protección, por ello se manifiesta en todos los animales. Otorga capacidad adaptativa al poder huir de depredadores y riesgos potenciales.

El mecanismo subyacente a esta emoción y que desencadenará la respuesta endocrina y neurológico reside en el sistema límbico. La amígdala jugará un papel crucial en este.

Cuando percibimos un posible peligro (sombra, movimiento extraño, ruido, etc.) a través de los sentidos, la amígadala se activa. Primero se activa y nos pone en alerta y luego comprueba si el miedo era un peligro real o no.

En el momento que se activa la amígdala y sentimos el miedo se suceden una serie de acontecimientos fisiológicos que son los que caracterizan al miedo: aumento de la presión arterial, de la intensidad del metabolismo celular, incremento de glucosa en sangre, coagulación…

El corazón trabaja a un ritmo mayor del habitual para bombear sangre a los músculos, especialmente los de las extremidades, para preparar al cuerpo para una posible huída o lucha.

El nivel de adrenalina en sangre aumenta y se producen importantes modificaciones faciales: se agrandan los ojos y se dilatan las pupilas para mejorar la visión, la frente se arruga y los labios se estiran horizontalmente. Con esta caracterización facial somos capaces de reconocer el miedo en otros.

En algunas personas esta alarma se activa sin razón aparente, esto es lo que se denomina ataque de pánico. Por otro lado cuando la alarma se activa ante estímulos específicos que no suponen un peligro real para la persona se denomina fobia.

Es común que el ser humano saque de contexto el carácter innato del miedo y lo versione en estados similares sin esa función protectora.

El carácter innato del miedo está actualmente muy discutido, pero es inevitable afirmar que un bebé de meses siente miedo (ruidos fuertes, personas extrañas, objetos que surgen bruscamente, etc.).

Por otro lado, también es cierto que la experiencia puede provocar un aprendizaje del miedo, como es el caso de las fobias o los miedos transmitidos de padres a hijos.

Esta es la base del conflicto entre conductismo (el miedo es aprendido) y psicología profunda (el miedo corresponde a un conflicto básico inconsciente y no resuelto, al que hace referencia).

Ante la percepción de un peligro, la amígdala, centro cerebral que participa en el control y la regulación de las emociones, se activa y envía una orden al hipotálamo, estructura clave en la regulación hormonal y el control fisiológico del organismo.

Ésta, a su vez, activará la respuesta de lucha o huida mediante el sistema nervioso simpático y el sistema adreno-cortical, liberando las “hormonas del estrés”, entre las que se encuentran la adrenalina y la noradrenalina.

Estas hormonas acelerarán el metabolismo y prepararán al cuerpo para afrontar la amenaza detectada y llevar a cabo esfuerzos físicos extremos.

El corazón late más rápido, con el objetivo de llevar más sangre y oxigenar las distintas partes del cuerpo, la respiración se vuelve más rápida y superficial para incrementar la disponibilidad de oxígeno en los distintos órganos, y los músculos de los brazos y piernas se tensarán para salir corriendo o facilitar el enfrentamiento físico con el agente de la amenaza.

De igual forma, las pupilas se dilatan, con el fin de que la retina capte más luz y seamos más capaces de detectar e identificar posibles vías de escape.

Así pues, el miedo es una compleja reacción del organismo para facilitar la supervivencia: es una reacción adaptativa.

Sin embargo, en ocasiones esta respuesta de alarma se desencadena sin que exista un peligro real, o, al menos, un peligro al que se pueda hacer frente a través de la huida o la lucha.

Por ejemplo, ante la posibilidad de ser víctima de un ERE en la empresa en que trabajamos (¡ah, la crisis…!) o ante situaciones de estrés sostenido.

Al igual que antes, esta alarma conllevará la aparición de los cambios corporales explicados antes. Sin embargo, al no existir un lugar al que podamos huir o algo concreto que podamos combatir, estos cambios fisiológicos no nos reportarán ningún beneficio -no servirán para nada-, y llamarán nuestra atención poderosamente.

Nos volveremos así conscientes de que el corazón nos late muy rápido, de que estamos respirando de una forma superficial, temblando – fruto de una tensión muscular excesiva -, que estamos mareados (la respiración rápida y superficial provoca una hiperventilación, es decir, un exceso de oxigenación, que literalmente nos coloca).

En ocasiones, también sentiremos unas ganas irrefrenables de salir de donde nos encontramos y huir.

Ante estas sensaciones inesperadas y no explicadas, buscaremos el significado de los cambios que estamos experimentando -¿que me está pasando?-.

De la interpretación que hagamos de estas sensaciones dependerá que se prolongue e intensifique este miedo o no.

En ocasiones, estos síntomas son interpretados como señales de que algo va mal en nuestro cuerpo. Así, la elevada frecuencia cardiaca puede tomarse como un signo de que padecemos un problema cardíaco y la posibilidad de sufrir un infarto.

La respiración rápida y superficial también puede ser interpretada como una señal de que nos falta el aire y, por tanto, que existe la posibilidad de nos ahoguemos (cuando en realidad estamos incrementando el oxígeno presente en nuestro organismo).

El mareo provocado por esta hiperventilación puede ser tomado como la señal de un desmayo inminente.

Al pensar en estas sensaciones como signos de que algo no va bien, nuestro cerebro concluye, erróneamente, que efectivamente existe un peligro – el temido infarto, la muerte por asfixia, el desmayo inevitable – aun cuando éste es solamente hipotético, ya que no ha pasado ni sabemos si ocurrirá, al basarnos solo en las sensaciones físicas que experimentamos.

Y como hemos visto antes, la percepción de un peligro hará que la amígdala active la respuesta de alarma, intensificando la liberación de estas hormonas en el sistema y potenciando estos cambios corporales, los mismos que son percibidos como peligrosos y nos dan miedo.

De esta forma se cierra un círculo vicioso, prolongando e incrementando la reacción de miedo o ansiedad, y una reacción normal y adaptativa se acaba convirtiendo en lo que en psicopatología se conoce como un ataque de pánico, o como suele llamarse, una crisis de ansiedad.

Los pelos de punta , El miedo

El miedo aprendido


Todo el mundo conoce el famoso experimento de condicionamiento clásico del perro de Pavlov, que explica de forma básica como se puede condicionar una conducta a un estímulo inicialmente neutro. Watson y Reyner en 1920 realizaron un experimento no tan conocido pero de una gran importancia, ya que fue el primer modelo que explica la emoción humana como resultado de un condicionamiento clásico.

El experimento se realizó con un niño de once meses conocido como “el pequeño Alberto”.

Alberto jugaba con una rata blanca y no mostraba conducta alguna de temor hacia el animal, tratándose así la rata de un estímulo neutro que no produce ningún tipo de respuesta. 

Por otro lado si el pequeño escuchaba un ruido fuerte, lloraba y se alejaba en dirección contraria, por lo que este ruido sería un estímulo incondicionado, natural del bebé, que producía miedo o aversión.

Durante el experimento, cada vez que Alberto se acercaba a la rata blanca hacían sonar un ruido fuerte, uniendo así el estímulo incondicionado al neutro. 

Tras 7 repeticiones, Alberto había adquirido un temor condicionado a la rata blanca, un miedo aprendido, que se extendió de forma autónoma (sin que los científicos influyeran en ello) a objetos o animales de piel blanca, produciéndose siempre la respuesta condicionada de miedo o aversión.

Este aprendizaje del miedo es posible en humanos mediante aprendizaje vicario, es decir, por observación de otro. Además es posible incluso por instrucción verbal.

En estudios sobre los tipos de aprendizaje del miedo se han hecho informes retrospectivos en los que se pregunta a los participantes si recuerdan cómo, cuándo o a qué atribuyen sus miedos y fobias, como resultado se obtiene que la mayoría de las fobias han sido aprendidas por experiencia traumática tal y como explica el modelo de Watson y Rayner.

Este modelo se corresponde y es la base de la corriente conductista que pretende explicar la emoción, sin embargo, no siempre pudo ser replicado y hay algunos factores que no tiene en cuenta. 

Cada vez más los nuevos modelos para explicar las emociones conceden más importancia a los factores centrales (pensamiento, memoria…) de forma que las emociones están controladas centralmente. 

En cualquier caso, el modelo conductista ha servido como base empírica para el desarrollo posterior de técnicas de eliminación de fobias, ansiedad y miedos en psicología.

Los pelos de punta , El miedo

¿Por qué algunas personas no sienten miedo?

Ciertas sensaciones, como por ejemplo el miedo, se experimentan por primera vez cuando tomamos consciencia de los cambios que éstas provocan en nuestro cuerpo.

Numerosos estudios afirman que la amígdala, un conjunto de núcleos neuronales situado en el centro del cerebro, es un elemento fundamental en la percepción del miedo. 

Esta creencia ha ido siempre respaldada por la cantidad de casos en los que personas con lesiones o enfermedades cerebrales, pierden la capacidad funcional de la amígdala, y al mismo tiempo la capacidad de sentir miedo.

Sin embargo, en 2013 un estudio publicado en Nature demostró que la actividad de la amígdala no es esencial para todos los tipos de miedo. 

A esta conclusión llegaron Justin Feinstein (de la Universidad de Iowa) y sus colegas, cuando lograron asustar a tres sujetos (dos hermanas gemelas y una mujer, todas ellas con disfunción en los circuitos de la amígdala), que admitían no haber experimentado nunca antes la sensación del miedo. 

El equipo de investigadores les hizo estremecerse por temor a asfixiarse, al hacerles inhalar dióxido de carbono de manera directa.


Sentir miedo, ¿una función puramente cerebral?

Existe una teoría que defiende que los sentimientos no son generados por el cerebro como tal, sino que surgen al percatarnos de las distintas sensaciones que se producen en el organismo. 

Cuando vemos una araña, por ejemplo, no sentimos miedo porque se estén activando los centros emocionales del cerebro que desencadenan la percepción de éste. 

Lo que ocurre en realidad es que el cerebro analiza la situación y libera hormonas que aceleran el ritmo cardíaco y hacen que comiencen a sudarnos las palmas de las manos. 

Es nuestra percepción de todos estos cambios lo que nuestro cuerpo interpreta como miedo.

En un nuevo estudio dirigido por Sahib Khalsa, uno de los investigadores que trabajó con Feinstein, se les dio a un grupo de voluntarios con normal funcionamiento de la amígdala y también a varios de estos gemelos “sin miedo”, altas dosis de un fármaco de acción idéntica a la de la adrenalina, causando dificultad para respirar y palpitaciones cada vez más rápidas. 

Cuando se pidió a los sujetos que evaluasen la percepción de estos cambios físicos en una escala de 0 a 10, todos manifestaron sensación de ahogo, aunque sólo unos pocos experimentaron ataques de pánico debido al aumento de la frecuencia cardíaca. 

De hecho, una gemela calificó su nivel de apreciación con un 10, mientras que su hermana lo hizo con una puntuación cercana a 0. 


Los cambios del cuerpo definen nuestras emociones

Los resultados del experimento indican que además del de la amígdala, existen otros mecanismos implicados en el miedo y la ansiedad, y apoyan la teoría de que ciertos tipos de emociones sólo pueden experimentarse una vez que somos conscientes de los cambios que se producen en el propio cuerpo.

No obstante, el hecho de que a pesar de que ambas gemelas tuvieran la amígdala dañada (debido a una rara condición genética), éstas presentasen distintas respuestas en cuanto a la percepción, lleva a pensar que el ambiente también desempeña un papel clave a la hora de interpretar ciertas emociones, y que el pánico extremo funciona de manera distinta al miedo normal.

El estudio del comportamiento cerebral en estas personas incapaces de sentir miedo podría ser interesante para identificar otros mecanismos emocionales en el cerebro. 

Además, podría conducir a nuevas dianas para el tratamiento de ciertos trastornos, puesto que los individuos con dificultad para percibir sus funciones corporales son más propensos a la ansiedad y a la depresión.

10 fobias raras y sorprendentes

1. Pogonofobia

Las personas que padezcan esta fobia no deben pasarlo muy bien en un festival de música indie, pues se trata del miedo irracional a las barbas. Y bueno, tampoco es necesario que se vayan tan lejos. Imaginad lo que debe ser para ellos ir a la iglesia, rodeados de imágenes de Jesucristo por todas partes. ¿Y a una convención de moteros? ¡Terrible!


2. Tetrafobia

Del mismo modo que existen casi tantas fobias como colores, también las hay para muchos números. En este caso hablamos de la fobia al número cuatro, algo que puede sonar totalmente ilógico hasta que sabemos que se trata de un trastorno típico de China, en cuyo idioma la pronunciación de este número suena de una forma muy similar a la palabra “muerte“.

Mmmm… a lo mejor los cuatro jinetes del apocalipsis eran chino, ¿quién sabe?


3. Eufobia


Ojo a ésta, porque es de las más curiosas de la lista. Se trata de la fobia a las buenas noticias y las personas que la padecen se sienten ansiosas e intranquilas con la sola mención de una buena nueva.

Pensarlo resulta gracioso, pero debe ser horrible pasarse la vida esperando que todas las noticias sean negativas para no tener que pasarlo mal. Eso sí, las facturas de la luz y el agua seguro que no les suponen ningún trauma.


4. Crematofobia


Ésta es otra de esas fobias cuya existencia resulta inconcebible. Se trata de la fobia al dinero y las riquezas en general y en realidad se trata de algo complejo, pues se suele dar en tiempos de crisis económicas, cuando cuesta tanto ganar dinero que al final se convierte en algo traumático, cuya apariencia acaba desestabilizando el equilibrio emocional de quién la padece.

5. Hexakosioihexekontahexafobia

No, no se me acaba de pasear el gato por encima del teclado, realmente estoy hablando de una fobia real, a la par que impronunciable.

De nuevo hace referencia a un número, pues se trata de un miedo irracional al 666; algo que, como imaginaréis, se debe a su asociación con lo diabólico.

Las personas que la padecen no pueden ver este número en letreros, libros o cualquier otro lugar, pues se sienten intranquilos y deben huir a toda prisa.


6. Antrofobia

La primavera a veces es un fastidio por aquello de la astenia y la alergia, pero el visionado de las flores y los campos verdes a veces lo compensa con creces.

Pues para los antrofóbicos no hace más que empeorarlo todo, ya que sienten un miedo terrible a las flores, sean las que sean, sintiéndose ansiosos y angustiados sólo con el simple hecho de verlas.

7. Anablefobia

¿Habéis visto ya la lluvia de estrellas de las Perseidas de este año? Si hay algún anablefóbico por ahí seguro que se ha puesto nervioso con sólo pensarlo, pues se trata de personas que sienten un gran miedo a mirar hacia arriba, así que no pueden observar ni estrellas, ni nubes, ni copas de los árboles, ni nada que se le parezca.

¿Es un pájaro? ¿Un avión? ¿Superman? A ellos les da igual, con tal de no mirar para arriba…

8. Turofobia

No debemos confundir esta fobia con la intolerancia a la lactosa o al queso, pues ambas son patologías que impiden digerir algunos componentes del queso.

La turofobia no tiene nada que ver con todo eso, pues simplemente es un miedo irracional al sabor, el olor e incluso el visionado del queso. Suele provenir de un trauma de la infancia y en ocasiones puede hacer muy complicados los banquetes multitudinarios.


9. Baropfobia
La baropfobia es el miedo a la gravedad, que puede manifestarse de dos formas totalmente opuestas, bien a través de temor a ser aplastado por al gravedad, o bien por el miedo a que ésta desaparezca y quedemos flotando en el espacio.


10. Bromidrosifobia

Esta fobia consiste en el miedo incontenible a los olores y las fragancias corporales, tanto agradables como desagradables. Las personas que la padecen muestran una gran ansiedad al percibir estos olores en los demás o incluso en sí mismos, así que imaginad cómo deben sentirse dentro de cualquier transporte público en hora punta.

Todas estas fobias pueden tener más o menos gravedad, por lo que pueden ir desde un poco de malestar ante ciertos estímulos hasta una gran angustia que interfiere en el desarrollo correcto de su día a día, haciendo necesaria una visita al psicólogo. ¿Qué opináis? ¿Conocéis alguna otra que os parezca interesante para una futura lista?

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