De la boca al corazón

La boca y el corazón
Podría parecer que los dientes y el corazón no tienen nada que ver.

Al fin de cuentas, sacarle los dientes a alguien no es lo mismo que recibirle con el corazón en la mano.

Sin embargo, estudios recientes indican que la salud bucal tiene que ver con la salud cardiaca más de lo que parece.

Será de muchos conocido que la arteriosclerosis es una enfermedad cardiovascular, una enfermedad de las arterias causada por depósitos grasos en la pared de las mismas.

Estos depósitos puede disminuir el flujo de la sangre que atraviesas las arterias.

Si el paso de la sangre llegara a detenerse, se interrumpiría el riego sanguíneo por el órgano o tejido que esa arteria irrigara, con la consiguiente muerte de, al menos, una parte de las células de ese órgano, que se verían privadas de oxígeno y nutrientes.

Si este órgano es vital, como el corazón o el cerebro (el segundo órgano preferido de Woody Allen), puede sobrevenir la muerte.

Sin embargo, la arteriosclerosis no está causada sólo por depósitos de grasa.

En el depósito de grasa se acumulan también células inflamatorias, células que normalmente luchan contra las infecciones bacterianas. Son los macrófagos, que se han transformado en otra cosa: se han transformado en las llamadas células espumosas, aunque no es espuma lo que contengan en su interior, sino enormes cantidades de grasa que se suman al depósito.

Debido a la presencia de células inflamatorias en los depósitos grasos que causan la arteriosclerosis, se cree hoy que esta enfermedad es, en realidad, un proceso inflamatorio. El daño a las arterias es causado por la inflamación crónica que supone esta enfermedad.

Normalmente, los procesos inflamatorios se producen como respuesta a las infecciones. Por esta razón, se ha comenzado a estudiar si las enfermedades infecciosas y la arteriosclerosis están relacionadas.

En uno de los estudios más recientes, los investigadores analizan si existe una relación entre la presencia de bacterias causantes de enfermedades dentales y el riesgo cardiovascular.

Para llevarlo a cabo, se estudiaron 657 personas sanas, y con dientes, de edades comprendidas entre 9 y 69 años y sin historia previa de enfermedad cardiovascular.

La población estudiada provino de cinco regiones concretas del norte de Manhattan, zonas en las que no existen diferencias importantes en cuanto a la calidad de la asistencia sanitaria que las personas reciben.

De este modo, los investigadores se aseguraban lo más posible de que las diferencias entre los pacientes no fueran debidas a diferencias sociosanitarias importantes y que todos tuvieran un estado de salud más o menos homogéneo.

A estas personas se les hizo un cultivo de bacterias extraídas de sus encías, bacterias que fueron caracterizadas por técnicas moleculares.

Se comprobó que la mayoría de las bacterias correspondían a once especies diferentes, de las cuales cuatro estaban involucradas en problemas bucales y siete, no.

Pero ¿cómo puede saberse si tener bacterias patógenas en la boca es un factor de riesgo cardiovascular en personas que aún no han desarrollado enfermedad cardiovascular alguna?

Evidentemente, se puede esperar a ver qué sucede en esa población de personas sobre las causas de mortalidad.

Por ejemplo, se puede esperar a ver si las que tienen bacterias patógenas se mueren más frecuentemente por infarto de miocardio o por derrame cerebral que las que no tienen.

O se puede intentar comprobar si existe una relación entre el contenido de bacterias patógenas en la boca y otra cosa que se sepa fiablemente que está relacionada con el riesgo cardiovascular.

Esto último fue lo que decidieron hacer en este estudio. Los investigadores eligieron comprobar si existía una relación entre las bacterias y el espesor de la pared de la arteria carótida, la que sube por el cuello hacia la cabeza. Se sabe muy bien que cuanto más espesa es la pared de esa arteria, se sufre mayor riesgo de enfermedad cardiovascular.

Además, el espesor de la carótida puede medirse sin problemas, y sin cortar el cuello a nadie, mediante una técnica de barrido con ultrasonidos.

Lo que los investigadores encontraron fue que cuanto mayor era el contenido de las cuatro bacterias patógenas de la boca, mayor era el grosor de la arteria carótida. Esta relación sucedía con las bacterias patógenas, pero no con las no patógenas.

Es decir, el contenido en la boca de bacterias no patógenas parecía ser irrelevante. Sólo el contenido de bacterias patógenas se relacionaba de manera directa con el grosor de la carótida.

¿Quiere esto decir que las bacterias patógenas bucales son la causa del incremento del grosor de la arteria carótida? Bien, no podemos afirmar que esto sea cierto, puesto que no sabemos qué ocurre antes, si la infección bacteriana o el incremento de grosor de la arteria.

Podría suceder, por ejemplo, que el grosor de la carótida reflejara un peor estado de salud que potenciara que las bacterias patógenas colonizaran la boca.

Para saber si el contenido en bacterias patógenas puede constituir un riesgo cardiovascular, se hace necesario seguir la historia clínica de los sujetos de estudio y comprobar si experimentan mayor mortalidad cardiovascular.

También se hace necesario un programa profiláctico para eliminar las bacterias patógenas de la boca de aquellos individuos que las poseen y comprobar si así disminuye la mortalidad cardiovascular.

En resumen, que como para casi cualquier programa de investigación serio, son necesarios años de pacientes estudios con pacientes y sujetos sanos antes de poder averiguarlo a ciencia cierta.

Pero averiguarlo es muy importante. Las implicaciones para la salud de la población pueden ser substanciales.

Puesto que las infecciones bucales son muy comunes, incluso si este factor sólo incrementa el riesgo de problemas cardiovasculares en un porcentaje no muy alto, el impacto en la salud de la población sería aún grande.

De ser así, deberían establecerse programas de salud bucal que, sin duda, impactarían en un menor costo para la sanidad en general, puesto que disminuirían el riesgo de enfermedades cardiovasculares.

Esto sería quizás lo que, por fin, convencería a las autoridades sanitarias a dar luz verde a que la Seguridad Social cubra los gastos dentales.

Si, a la postre, sale más barato que no hacerlo, tengan por seguro que sucederá.

Esperemos que no haya que esperar mucho para saber si cuidar la boca es la manera más barata de cuidar el corazón.

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Publicado por Jorge Laborda en Quilo de Ciencia
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