¿Qué nos dicen realmente las etiquetas ?

Qué nos dicen realmente las etiquetas
¿Qué nos dicen las etiquetas de los empaques de comida?

Los productos alimenticios ofrecen etiquetas con información sobre ingredientes y calidad nutricional.

Pero esa información no siempre es tan clara como parece y requiere orientación al consumidor.

En esta nota, algunos datos útiles y un avance sobre las nuevas exigencias obligatorias desde el inicio del 2014.

Pronto habrá nuevas disposiciones con respecto a qué información nutricional deberán contener los envases de los alimentos. Foto: CePro-EXACTAS

El contacto más directo que el consumidor tiene con un alimento envasado es su etiqueta o rótulo, cuyo objetivo es informar y orientar la decisión de compra.

Sin embargo, en muchos casos la falta de conocimiento lleva a la confusión, por lo que es importante conocer qué elementos se encuentran en las etiquetas y a cuáles se debe prestar más atención.

Por disposición del Código Alimentario Argentino (CAA), que incorpora lo consensuado a nivel MERCOSUR, el rotulado de un alimento debe detallar su denominación de venta, la lista de ingredientes de mayor a menor; los contenidos netos, la identificación del origen, la fecha de duración, el número de lote, las instrucciones de uso, y el nombre del importador en el caso de alimentos importados.

Otro aspecto es el que corresponde a la información nutricional, en la que se describe el valor energético del producto y algunos de sus nutrientes de manera obligatoria, y la declaración de propiedades nutricionales, que se hace de manera opcional cuando se permite de acuerdo a su composición.

El rotulado nutricional obligatorio debe especificar el valor energético total de la porción y, en cantidad, los carbohidratos, las proteínas, las grasas totales, las saturadas, las grasas trans, la fibra alimentaria y el sodio. En caso de que la porción del producto aporte vitaminas y minerales en un porcentaje mayor al 5% de lo requerido por la Ingesta Diaria Recomendada, pueden especificarse, pero no es obligatorio.

En la etiqueta, la porción está expresada en unidades métricas y, además, para facilitar la medición en la vida diaria, también se expresa en medidas caseras, como una taza de té, una cuchara sopera, una taza de té, un vaso, un plato hondo o playo. Los organismos de salud destacan como importante que cuando se consume un alimento se tengan en cuenta esas medidas orientativas para saber cuánta energía se está consumiendo, de acuerdo a los valores enumerados.
Un margen de tolerancia amplio

Si bien los nutrientes deben estar especificados, el propio CAA detalla que el margen de tolerancia de los valores que se enumeran en el rotulado nutricional es 20%, en más o en menos. Esto significa que el aporte nutricional y calórico puede variar con ese margen de error, debido a que algunos ingredientes pueden diferir en su composición.

El valor energético de un alimento se deduce de la suma de los carbohidratos, las proteínas y las grasas, por lo que es necesario tener en cuenta que esas medidas pueden variar en un 20%, en más o en menos.

 “Otros países tienen distintos criterios para establecer las tolerancias permitidas de los valores que se informan en la tabla del rotulado”, explica la Doctora Margarita Olivera Carrión, adjunta de la Cátedra de Bromatología en la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires y docente de Legislación Alimentaria de la Licenciatura en Ciencia y Tecnología de Alimentos.
Cambios en CLAIMS

Otro de los temas a tener en cuenta es cuando un alimento presenta declaraciones de propiedades nutricionales, conocidas comúnmente por su nombre en inglés Claims, como ser “0 calorías“, “sin sal agregada”, “fuente de”, “alto contenido”. Así por ejemplo, si un alimento declara ser “reducido en calorías” o “light” no significa que todos los ingredientes que componen ese producto hayan variado, ya que con una reducción de 25% en el aporte energético, un alimento puede ser considerado reducido en calorías.

“Se reduce la cuarta parte, pero no quiere decir que el resto de los ingredientes se hayan modificado. Puede ser que un alimento sea reducido en calorías y que tenga altos niveles de sodio, y grasas saturadas.

Es un tema que se está discutiendo mucho a nivel internacional, el denominado ‘Perfil Nutricional del Alimento’.

Por ejemplo, que un alimento diga que es reducido en calorías pero es altísimo en sodio, no tendría que pasar. Porque es positivo en una cosa pero negativo en otra”.

Una Resolución de MERCOSUR, aprobada en enero de 2012 y que entrará en vigencia en nuestro país en enero de 2014, establece los parámetros que los productos deben cumplir para que una empresa pueda utilizar Claims en sus etiquetas.

A partir de la implementación de esta resolución, los Claims se expresarán también por porción, igual que la tabla nutricional. “Cualquiera de estas modificaciones implica decisiones de las autoridades sanitarias de los países, acorde a los conocimientos científicos disponibles.

Por otro lado, un cambio de todas las etiquetas es un gasto grande para las industrias”, aclara Olivera Carrión.

Otro de los cambios que dispone la nueva resolución, es la disminución de la cantidad máxima de sodio que puede que tener un alimento para que pueda llevar el Claim “bajo en sodio”, que pasará de 120mg a 80mg. Si bien el Claim es siempre voluntario, si un alimento lo presenta tiene que cumplir determinadas exigencias.

Que sea voluntario no significa que pueda decir cualquier cosa. Si lo dice tiene que atenerse a las especificaciones que se le exigen”, explica la especialista. En este sentido si, por ejemplo, un producto declara ser “reducido en azúcares” pero no en calorías, debe aclarar: “este no es un producto bajo o reducido en valor energético”.

“De cualquier manera, es conveniente tener en cuenta que el rotulado nutricional obligatorio y los Claims, deben ser considerados herramientas de salud pública, dispuestas para facilitarle al consumidor la correcta selección de los alimentos dentro de un plan de alimentación saludable.

Para cumplir estos objetivos, esas herramientas deberían ser acompañadas por el uso responsable de parte de las empresas, así como de campañas de educación a los consumidores”, concluye Olivera Carrión.


Usos y abusos del lenguaje de la publicidad en alimentos.



Preguntarnos qué es lo que consumimos (si el producto o si el mensaje de ventas) nos permitirá tomar mayor conciencia de nuestros hábitos de compra.


El lenguaje de la publicidad no es ni por mucho neutral: está pensado para fijar o introducir realidades en la mente de los consumidores, realidades que pueden o no estar directamente relacionadas con los beneficios de los productos.

El auge de los productos naturales, orgánicos, sin conservadores, sin GMOs, así como el ala de la tecno-comida, la nanonutrición y todos sus derivados ha producido, desde principios de los 90, un lenguaje de publicidad que ha dado a ciertas palabras un sentido que puede confundir a los consumidores.

Órganos de gobierno como la FDA en Estados Unidos o la Cofepris en México son los responsables de vigilar que el lenguaje de la publicidad acerque efectivamente a los consumidores a los beneficios que las marcas reportan para sus productos, además de vigilar que tales beneficios sean reales.

En el libro Food Politics: How the Food Industry Influences Nutrition and Health, Marion Nestle (no relacionada al parecer con el gigante suizo, Nestlé) evalúa no solamente el lenguaje de la publicidad para alimentos procesados, sino también cómo esos lenguajes van dado forma a realidades confusas en la percepción de los consumidores.

El valor de la comida, para Nestle, “se ve reducido a un simple ingrediente funcional”, una lógica que nos hace creer que un producto sirve para perseguir un sólo fin nutricional, creando incluso una lógica suplementaria en la economía calórica.

Durante los 90, por ejemplo, con el auge de las bebidas carbonatadas “light”, la gente comenzó a sustituir determinadas proporciones calóricas por otras. La periodista Michelle Stacey escribió sobre la economía calórica que “la primera razón para la existencia de la soda de dieta es para compensar por otros pecados –es una ecuación, una transacción numérica, y tal vez un pequeño juego que jugamos con nosotros mismos.”

¿Bacterias en beneficio de la salud?

Otro nicho utilizado por el lenguaje de la publicidad es el de los productos que están en la frontera entre los alimentos y la medicina. Yakult, por ejemplo, se comercializa desde hace décadas con la bandera del lactobacilo casei Shirota, nombre que recibe del científico japonés que aisló la bacteria presente en Yakult (que al parecer ayuda a prevenir enfermedades y a fortalecer la flora intestinal) e inventó el producto. Incluso las porciones de Yakult se comercializan en porciones individuales, como si de una dosis diaria de medicamento se tratara.

Productos como este o como Activia de Danone, otro yogurt probiótico, son consumidos enteramente por la creencia en sus probables beneficios para la flora intestinal o para la digestión, más allá de su sabor u otras características presentes en la comercialización de la comida.

La última tendencia en la ingeniería de alimentos involucra la nanotecnología (todo aquello que mida menos de un billonésimo de metro), encapsulando nutrientes de un tipo de comida en otra, o “mejorando” las características naturales de los alimentos.

Pero habría qué preguntarse qué tanto la nanotecnología actúa en beneficio de la salud de los consumidores y qué tanto en realidad beneficia los procesos de producción de los alimentos procesados, permitiendo que un tipo de comida con ciertos beneficios naturales se promueva como la punta de lanza de la nutrición.

Algunos de estos corto-circuitos cognitivos en la comida se dan por ejemplo en la publicidad para niños.

Los Froot Loops Marshmallow de Kellog se anuncian como una “buena fuente de vitamina D”, a pesar de que contienen 48% de azúcar.

No sólo las enormes etiquetas al frente de los productos crean la percepción de que un alimento puede ser más nutritivo de lo que realmente es: la tabla de contenidos nutricionales, presente por ley en todos los alimentos comercializados a través de tiendas de conveniencia y aprobados por las instancias de salud de los distintos países, también fallan en aportar una correcta interpretación de los contenidos nutrimentales de la comida, por un lado, y sobre la forma en que se producen, por otro.

Consumo de percepción

El lenguaje de la publicidad también genera expectativas incorrectas sobre lo que un producto ofrece. Por ejemplo, la marca Vitaminwater se promociona como una bebida de alta tecnología para un mercado de ejecutivos y deportistas de alto rendimiento. Su fórmula consiste en añadir algunas vitaminas y minerales para vender agua al doble del precio comercial del agua embotellada sin estos añadidos, sin contar los 32 gramos de azúcar extra por botella.

La marca, propiedad de Coca-Cola, añade también una expectativa suplementaria al diferenciar los subproductos de Vitaminwater como “Revive”, “Energy”, “Focus” o “Defense”, acompañado de una leyenda de ventas que preconiza los beneficios que uno podría esperar de la bebida (tener mayor energía, ayudar al sistema inmunológico, etc.)

Al final de lo que se trata es de hacer de nuestros hábitos de consumo un asunto de decisión basada en información.

El lenguaje de la publicidad apela sobre todo a las decisiones de compra espontáneas; pero si ponemos un poco más de atención en las motivaciones de nuestro consumo tal vez logremos cuestionar nuestro lugar como mercado meta de las marcas y empezar a responsabilizarnos más directamente de nuestros hábitos de compra.

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