Las Cruzadas : las 8 principales campañas (parte 3 )

La III Cruzada (1189-1192) La III Cruzada (1189-1192) fue una consecuencia directa de la toma de Jerusalén (1187) por Saladino. Dirigida por Ricardo Corazón de Léon, Felipe II Augusto de Francia y Federico III de Alemania, no alcanzó sus objetivos, aunque Ricardo tomaría Chipre (1191) para cederla luego al Rey de Jerusalén, y junto a Felipe Augusto, Acre (1191)

La Tercera Cruzada fue un intento europeo de recuperar Tierra Santa del poder de Saladino. Se llevó a cabo entre 1189 y 1192 d.C. Es conocida también como la Cruzada de los Reyes.

Tras el fracaso de la Segunda Cruzada, Nur ad-Din se hizo con el control de Damasco y unificó Siria.

Con la finalidad de extender su poder, Nur ad-Din puso los ojos en la dinastía fatimí de Egipto. En 1163, su general de más confianza, Shirkuh, emprendió una expedición militar hacia el Nilo. Acompañaba al general su joven sobrino, Saladino.

Cuando las tropas de Shirkuh acamparon frente a El Cairo, el sultán de Egipto, Shawar pidió ayuda al rey Amalarico I de Jerusalén. En respuesta, Amalarico envió un ejército a Egipto y atacó las tropas de Shirkuh en Bilbeis, en 1164.
En 1167, Nur ad-Din envió de nuevo a Shirkuh a conquistar a los fatimíes. Shawar optó de nuevo por pedir ayuda a Amalarico para defender su territorio. Las fuerzas combinadas de egipcios y cristianos persiguieron a Shirkuh hasta que se retiró a Alejandría.

Saladino

Shawar fue ejecutado por sus traicioneras alianzas con los cristianos y fue sucedido por Shirkuh como visir de Egipto. En 1169, Shirkuh murió inesperadamente tras sólo unas semanas en el poder.

El sucesor de Shirkuh fue su sobrino, Salah ad-Din Yusuf, más conocido como Saladino. Nur ad-Din murió en 1174, dejando el nuevo imperio a su hijo de once años, As-Salih. Se decidió que el único hombre capaz de conducir la yihad contra los cruzados era Saladino, que se convirtió en sultán tanto de Egipto como de Siria, y fundó la dinastía ayyubí.

Amalarico murió también en 1174, y fue sucedido como rey de Jerusalén por su hijo de trece años, Balduino IV, quien firmó un acuerdo con Saladino para permitir el libre comercio entre los territorios musulmanes y cristianos.

En 1176, Reinaldo de Châtillon fue liberado de su prisión, y comenzó a atacar caravanas por toda la región. Extendió su piratería hasta el Mar Muerto, enviando sus galeras no sólo a abordar barcos, sino incluso a asaltar la misma ciudad de La Meca. Sus actos irritaron profundamente a los musulmanes, convirtiendo a Reinaldo en el hombre más odiado del Oriente Próximo.

 Reinaldo de Châtillon

Reinaldo de Châtillon

Balduino IV murió en 1185, y la corona pasó a su sobrino de cinco años, Balduino V, con Raimundo III de Trípoli como regente. Al año siguiente, Balduino falleció repentinamente, y la princesa Sibila, hermana de Balduino IV y madre de Balduino V, se hizo coronar reina, y a su marido, Guy de Lusignan, rey.

Por entonces, Reinaldo, una vez más, atacó una rica caravana, y encerró en su prisión a los viajeros. Saladino exigió que los prisioneros fuesen liberados. El recientemente coronado rey Guy ordenó a Reinaldo que cumpliese las demandas de Saladino, pero Reinaldo rehusó obedecer las órdenes del rey.

Fue este último ultraje de Reinaldo el que decidió a Saladino a atacar la ciudad de Tiberiades, en 1187. Raimundo aconsejó paciencia, pero el rey Guy, aconsejado por Reinaldo, llevó sus tropas a los Cuernos de Hattin, en las cercanías de Tiberiades.

El ejército cruzado, sediento y desmoralizado, fue masacrado en la batalla que siguió, en la cual según la tradición se perdió la Santa Vera Cruz, que portaban los cruzados; el rey Guy y Reinaldo fueron llevados a la tienda de Saladino.

 Saladino ordenó decapitar a Reinaldo

Saladino ordenó decapitar a Reinaldo por sus pasadas traiciones. Con respecto a Guy, fue enviado a Damasco y finalmente liberado, siendo uno de los pocos cruzados cautivos que escaparon a la ejecución.

Al final del año, Saladino había conquistado Acre y Jerusalén. El Papa Urbano III, según se dice, sufrió un colapso al oír la noticia, y murió poco después.

 Papa Gregorio VIII

Papa Gregorio VIII

El nuevo Papa, Gregorio VIII proclamó que la pérdida de Jerusalén era un castigo divino por los pecados de los cristianos de Europa. Surgió un clamor por una nueva cruzada para reconquistar los Santos Lugares.

El anciano emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico I Barbarroja, respondió inmediatamente a la llamada y fue el primer rey en partir hacia Tierra Santa, en mayo de 1189, con un ejército tan numeroso que no pudo ser transportado por el Mar Mediterráneo, y tuvo que atravesar a pie Asia Menor. Junto con los ejércitos de Barbarroja, también avanzaron hacia Bizancio soldados húngaros bajo el comando del príncipe Géza, hermano menor del rey Bela III de Hungría.

El emperador bizantino Isaac II Ángelo firmó una alianza secreta con Saladino para impedir el avance de Federico a cambio de la seguridad de su imperio. El 18 de mayo de 1190, el ejército alemán capturó Konya, capital del Sultanato de Rüm. El 10 de junio de ese mismo año, al atravesar el río Saleph, Federico cayó de su caballo y se ahogó por la pesada armadura.

Su hijo Federico VI llevó a su ejército a Antioquía, y dio sepultura a su padre en la iglesia de San Pedro de dicha ciudad. En Antioquía, muchos de los supervivientes del ejército alemán murieron de peste bubónica.

 Felipe II Augusto  
Felipe II Augusto

Enrique II de Inglaterra y Felipe II Augusto de Francia acordaron una tregua en la guerra que les enfrentaba, e impusieron a un "diezmo de Saladino" para financiar la cruzada.

En Gran Bretaña, Balduino de Exeter, arzobispo de Canterbury, viajó a Gales, donde convenció a 3.000 guerreros de que tomaran la cruz. Enrique II de Inglaterra murió el 6 de julio de 1189. Ricardo I (más conocido como "Corazón de León")

Heredó la corona y de inmediato comenzó a recaudar fondos para la cruzada. En julio de 1190, Ricardo partió por tierra desde Marsella en dirección a Sicilia.

Felipe II Augusto, que viajó por mar, llegó a Mesina, capital del reino de Sicilia, el 14 de septiembre. Ricardo y Felipe pasaron el invierno en Sicilia: Felipe zarpó el 30 de marzo y Ricardo el 10 de abril de 1191.

La flota francesa llegó sin contratiempos a Tiro, donde Felipe fue recibido por su primo, Conrado de Montferrato.

 La armada de Ricardo, en cambio, fue sorprendida por una violenta tormenta poco después de zarpar de Sicilia.

La armada de Ricardo, en cambio, fue sorprendida por una violenta tormenta poco después de zarpar de Sicilia.

Uno de sus barcos, en el que se transportaban grandes riquezas, se perdió en la tormenta, y otros tres, entre ellos en el que viajaban Juana Plantagenet, hermana de Ricardo, y Berenguela de Navarra, prometida del rey, debieron desviarse a Chipre. Pronto se supo que el emperador de Chipre Isaac Ducas Comneno se había incautado de las riquezas que el barco transportaba. Ricardo llegó a Limassol el 6 de mayo de 1191 y se entrevistó con Isaac, quien accedió a devolverle sus pertenencias y enviar a 500 de sus soldados a Tierra Santa.

De regreso en su fortaleza de Famagusta, Isaac rompió su juramento y ordenó a Ricardo que abandonase la isla. La arrogancia de Isaac empujó a Ricardo a apoderarse de su reino, lo que logró en pocos días. A finales de mayo, toda la isla estaba en manos de Ricardo.

Batalla de Acre

 El rey Guy había sido excarcelado por Saladino en 1189

El rey Guy había sido excarcelado por Saladino en 1189. Al recobrar su libertad, intentó tomar el mando de las fuerzas cristianas en Tiro, pero Conrado de Montferrato había tomado el poder tras su exitosa defensa de la ciudad frente a los musulmanes.

Conrado negó refugio a Sibila y a Guy, y éstos acamparon fuera de los muros de la ciudad durante meses.

Y pronto Guido se unió a una vanguardia de la recientemente llegada tercera cruzada. La reina lo siguió, pero murió de una epidemia junto con sus hijas. Según acuerdo de los miembros sobrevivientes del Consejo del Reino de Jerusalén, con la muerte de Sibila, Guy perdió su autoridad como rey consorte y la corona pasó a Isabel, hija de Amalarico I de Jerusalén y de su segunda mujer María Comneno, una nieta del Emperador bizantino Manuel I Comneno.

En 1191 Guido dejó Acre con una pequeña flota y llegó al puerto de Limassol, en Chipre. Buscaba apoyo de Ricardo I de Inglaterra, del cual había sido vasallo previamente en Francia.

Juró lealtad al rey Ricardo y asistió al casamiento y ceremonia de Ricardo con Berenguela de Navarra. Participó en la campaña contra Isaac Comneno de Chipre e impresionó a Ricardo de tal manera que Guy se convirtió en el favorito de Ricardo para ser rey de Jerusalén.

Conrado de Monferrato

Conrado de Monferrato había reunido un ejército para asediar la ciudad de Acre, contando con la ayuda del recién llegado ejército francés de Felipe II, aunque no era todavía lo suficientemente numeroso como para contrarrestar las fuerzas de Saladino.

Ricardo desembarcó en Acre el 8 de junio de 1191, e inmediatamente comenzó a supervisar la construcción de armas de asedio para asaltar Acre, que fue capturada el 12 de julio.

Ricardo, Felipe y Leopoldo V, quien dirigía lo que quedaba del ejército de Federico Barbarroja, iniciaron una disputa sobre el botín de la recién conquistada ciudad. Leopoldo consideraba que merecía una parte semejante en el reparto por sus esfuerzos en la batalla, pero Ricardo quitó de la ciudad el estandarte alemán, que arrojó al foso.

Entretanto, Ricardo y Felipe discutían sobre qué candidato tenía más derechos al trono de Acre. Ricardo defendía la candidatura de Guy, mientras que Felipe era partidario de Conrado, a quien correspondía por derecho de su esposa Isabel.

Se decidió que Guy continuaría reinando, pero que Conrado le heredaría a su muerte. Molestos con Ricardo, Felipe y Leopoldo dejaron la ciudad con sus tropas en agosto de ese año. Felipe regresó a Francia, lo cual fue considerado por los ingleses una deserción.

 Ricardo Corazón de León
Ricardo Corazón de León

Ricardo I de Inglaterra nació en el Palacio de Beaumont, Oxford, el 8 de septiembre de 1157 y falleció en Châlus, Limousin, Francia el 6 de abril de 1199. Conocido como Ricardo Corazón de León, fue rey de Inglaterra entre 1189 y 1199, siendo el tercer hijo del rey Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania.

En su época, el trovador Bertran de Born lo apodó “Òc e non” (‘sí y no’). Durante su reinado, solo visitó Inglaterra en dos ocasiones: las correspondientes a sus dos coronaciones. En total, no llegaron a seis los meses que pisó su suelo como rey. Tomó parte en la Tercera Cruzada, con campañas en Sicilia y Chipre en el camino y, posteriormente, pasó un período arrestado por Leopoldo V, duque de Austria.

Tras la conquista de Acre, Ricardo decidió marchar contra la ciudad de Jaffa, desde donde podría lanzar un ataque contra Jerusalén. El 7 de septiembre de 1191, en Arsuf, unos 45 km al norte de Jaffa, Saladino atacó al ejército de Ricardo. Ricardo, con ayuda de los Caballeros Hospitalarios y de los Templarios, ganó la batalla. Tras su victoria, Ricardo se apoderó de la ciudad de Jaffa, donde estableció su cuartel general. Ofreció a Saladino iniciar la negociación de un tratado de paz.

El sultán envió a su hermano, al-Adil, llamado Saphadin, a entrevistarse con Ricardo. Las dos partes no fueron capaces de llegar a un acuerdo, y Ricardo marchó hacia Ascalón. Llamó en su ayuda a Conrado de Montferrato, quien rehusó seguirle, reprochándole haber tomado partido por Guy de Lusignan.

Poco después Conrado fue asesinado e Isabel se casó con Enrique II de Champaña. Cuando éste murió, en 1197, Isabel contrajo matrimonio con el hermano de Guy, Amalarico. Mientras tanto, Guy fue compensado por la pérdida de su reino comprándole Chipre a Ricardo, que había conquistado la isla camino de Palestina.

Guy falleció en 1194, pero los descendientes de los Lusignan continuaron gobernando el Reino de Chipre hasta 1474. Guy fue sepultado en la iglesia de la Orden del Temple en Nicosia.

En julio de 1192, Saladino lanzó un repentino ataque contra Jaffa y recuperó la ciudad, pero muy pocos días después volvió a ser conquistada por Ricardo.

El 5 de agosto se libró una batalla entre Ricardo y Saladino, en la que el rey inglés resultó vencedor.

El 2 de septiembre ambos firmaron un tratado de paz según el cual Jerusalén permanecería bajo control musulmán, pero se concedía a los cristianos el derecho de peregrinar libremente a Jerusalén.

Ricardo abandonó Tierra Santa el 9 de octubre, después de haber combatido allí durante dieciséis meses. Al pasar cerca de Viena, Ricardo fue hecho prisionero por orden del duque Leopoldo de Austria, cuyo estandarte Ricardo había arrojado al foso en Acre.

Más tarde pasó a poder del emperador Enrique VI, que lo tuvo cautivo durante un año, y no lo puso en libertad hasta marzo de 1194, previo pago de la enorme suma de 150.000 marcos.

El resto de su reinado lo pasó guerreando contra Francia, y murió a consecuencia de una herida de flecha, en 1199, a los 42 años.

Saladino murió poco después de la partida de Ricardo, el 3 de marzo de 1193, teniendo como única posesión una moneda de oro y 47 de plata, pues había repartido el resto de su patrimonio entre sus súbditos.

El fracaso de la Tercera Cruzada provocó que se predicase la Cuarta, que se desvió hasta Constantinopla.



La IV Cruzada (1202-1204), inspirada por Inocencio III ya contra Egipto, terminó desviándose hacia el Imperio Bizantino por la intervención de los venecianos, que la utilizaron en su propio beneficio.

Tras la toma y saqueo de Constantinopla (1204) se constituyó sobre el viejo Bizancio el Imperio Latino de Occidente, organizado feudalmente y con una autoridad muy débil.

 Desapareció en 1291 ante la reacción bizantina que constituyeron el llamado Imperio de Nicea, al tiempo que Génova sustituía a Venecia en el control del comercio bizantino.

La Cuarta Cruzada, entre 1202 y 1204 d.C, fue organizada para reconquistar Tierra Santa, pero varió su rumbo terminando con la conquista y el saqueo de Constantinopla, capital del Imperio Bizantino.

 La Tercera Cruzada no había logrado recuperar Jerusalén

La Tercera Cruzada no había logrado recuperar Jerusalén, que continuaba bajo dominio musulmán. El tratado que Ricardo “Corazón de León” y Saladino habían firmado en 1192 dejaba en poder de los cristianos sólo una estrecha franja costera desde Tiro hasta Jaffa, aunque aseguraba la seguridad de los peregrinos cristianos que viajasen a Jerusalén.

El Papa Inocencio III, deseoso de establecer la autoridad de la Santa Sede en todo el orbe cristiano, tenía un gran interés por los asuntos de los estados cristianos de Oriente.

Por otro lado, en la última década del siglo XII había ido intensificándose la rivalidad entre Enrique VI de Alemania y el emperador bizantino Isaac II Ángelo. La anterior expedición alemana, guiada por Federico I Barbarroja, se había deshecho a causa de la muerte del emperador. Enrique, su hijo y sucesor, exigía de Bizancio la entrega de la región de los Balcanes y el pago de los daños sufridos por la expedición de Barbarroja. Su política en Oriente, aceptando los juramentos de vasallaje de los reyes de Armenia y de Chipre, era de deliberada hostilidad contra Bizancio.

Es posible que Enrique tuviera ya en mente la posibilidad de dirigir una nueva cruzada contra Constantinopla. Sin embargo, falleció en 1197, en Mesina, a la edad de 32 años. Su sucesor en el trono alemán, Felipe de Suabia, tenía además intereses personales en Bizancio, ya que estaba casado con Irene Angelina, hija del emperador Isaac II Ángelo, que fue depuesto en 1195 por su hermano.

La ciudad-estado de Venecia, principal potencia marítima en el Mediterráneo oriental, tenía fuertes intereses comerciales en los territorios bizantinos, y muy especialmente en la capital, Constantinopla. Desde finales del siglo XII gozaban de privilegios especiales para comerciar en el Imperio Bizantino, pero en 1171 el emperador Manuel I Comneno ordenó la detención de los comerciantes venecianos y la confiscación de sus bienes, lo cual provocó una suspensión de la actividad comercial entre Venecia y Bizancio que se prolongó por espacio de quince años.

En 1185, Venecia acordó la reanudación de las relaciones comerciales con el emperador Andrónico I Comneno, así como el pago de una cantidad económica en concepto de compensación por las propiedades confiscadas en 1171, que nunca llegó a hacerse efectivo. Bizancio, además, explotaba en beneficio propio la rivalidad comercial de Venecia con otras ciudades-estado italianas, como Génova y Pisa.

El objetivo de Venecia, por lo tanto, era asegurarse la supremacía comercial en Oriente, desplazando definitivamente a sus rivales.

En 1198, el nuevo Papa, Inocencio III comenzó a predicar una nueva cruzada. Su llamada, sin embargo, tuvo poco éxito entre los monarcas europeos.

Los alemanes estaban enfrentados al poder papal, en tanto que Francia e Inglaterra se encontraban combatiendo entre sí. Sin embargo, gracias a las encendidas prédicas de Fulco de Neuilly, se organizó finalmente un ejército cruzado en un torneo organizado en Ecri-sur-Aisne (Francia) por el conde Tibaldo de Champaña en noviembre de 1199.

Teobaldo fue nombrado jefe de este ejército, del que también formaban parte Balduino IX de Henao, conde de Flandes, y su hermano Enrique; Luis, conde de Blois, Godofredo III de La Perche, Simón IV de Montfort, Enguerrando de Boves, Reinaldo de Dampierre y Godofredo de Villehardouin, entre otros muchos señores del norte de Francia y de los Países Bajos.

Más tarde se añadieron a la empresa algunos caballeros alemanes y varios nobles del norte de Italia, como Bonifacio, marqués de Monferrato.

La expedición se encontró con el problema de transporte, pues carecía de una flota para trasladarse a Oriente y la ruta terrestre era poco menos que imposible a causa de la decadencia del poder bizantino en los Balcanes. Se decidió que se haría un desembarco en Egipto, desde donde se avanzaría por tierra hasta Jerusalén.

En 1201 murió Tibaldo de Champaña, y los cruzados eligieron como nuevo jefe de la expedición a Bonifacio de Monferrato. Éste, firme partidario de los Hohenstaufen, conoció en la corte de Felipe de Suabia a Alejo, hijo del depuesto emperador Isaac II Ángelo, quien deseaba contar con la ayuda de los cruzados para recuperar el trono imperial, que le correspondía por herencia.

Entretanto, los cruzados enviaron mensajeros a Venecia, Génova y otras ciudades para contratar el transporte de la expedición. Finalmente se llegó a un acuerdo con Venecia, en abril de 1201, por el cual la República se obligaba a hacerse cargo del transporte hasta Egipto de un ejército de 33.500 cruzados (junto con 4.500 caballos), a cambio de 85.000 marcos de plata.

Cuando llegó el momento de embarcar, en junio de 1202, los cruzados, cuyo ejército era menos numeroso de lo que habían previsto, no pudieron reunir la suma acordada. Venecia se negó a transportar al ejército a menos que se pagase íntegra la cantidad acordada. Los cruzados pasaron el verano acampados en la isla de San Nicolás de Lido, sin poder zarpar, hasta que finalmente Bonifacio de Monferrato pudo llegar a un acuerdo con Venecia.

Los venecianos estaban enfrentados con el rey de Emérico de Hungría por la posesión de Dalmacia. Considerándola estratégica, la Republica de Venecia siempre intentó extender sus influencias sobre esa región.

Su propuesta fue permitir el aplazamiento del pago de la cantidad que se les adeudaba a cambio de que los cruzados les ayudasen a conquistar la ciudad de Zara. Bonifacio de Monferrato y el dux Enrico Dandolo se pusieron de acuerdo.

A pesar del desagrado del Papa, que desautorizó esta expedición, la flota zarpó de Venecia el 8 de noviembre de 1202, y, dos días después, los cruzados atacaban Zara, que fue conquistada el día 15 del mismo mes. El Papa excomulgó a todos los expedicionarios, aunque más adelante rectificó y perdonó a los cruzados, manteniendo la excomunión sólo para los venecianos.

Mientras el ejército cruzado invernaba en Zara, llegó un mensajero de Felipe de Suabia, portador de una oferta del pretendiente al trono bizantino, Alejo. Si el ejército cruzado se desviaba hasta Constantinopla y le ayudaba a reconquistar su trono, Alejo no sólo estaba dispuesto a garantizar el pago de la deuda que los cruzados habían contraído con Venecia, sino que además se comprometía a aportar a la cruzada un contingente de 10.000 soldados, así como fondos y provisiones para emprender la conquista de Egipto.

Tanto Monferrato como Dandolo aceptaron el cambio de planes. Algunos cruzados se opusieron, arguyendo que si habían emprendido la cruzada era para luchar contra los musulmanes: abandonaron el ejército y se embarcaron hacia Siria.

La mayoría, sin embargo, optó por continuar.

En abril llegó Alejo a Zara, y pocos días después la flota emprendió de nuevo el viaje. El 24 de junio de 1203 el ejército cruzado se encontraba ante Constantinopla.

Los cruzados en Constantinopla

Tras atacar sin éxito las ciudades de Calcedonia y Crisópolis, en la costa asiática del Bósforo, el ejército cruzado desembarcó en Gálata, al otro lado del Cuerno de Oro. Sus primeros intentos de conquistar Constantinopla no tuvieron fruto, pero el 17 de julio los venecianos lograron abrir una brecha en las murallas.

Creyendo inminente la caída de la ciudad, el emperador Alejo III decidió huir, llevándose consigo a su hija favorita y una bolsa llena de piedras preciosas, y refugiarse en la ciudad tracia de Mosynópolis.

Los dignatarios imperiales, para resolver la situación, sacaron de la cárcel al depuesto emperador Isaac II Ángelo, padre de Alejo y lo restauraron en el trono.

Tras unos días de negociaciones, llegaron a un acuerdo con los cruzados por el cual Isaac y Alejo serían nombrados co-emperadores. Alejo IV fue coronado el 1 de agosto de 1203 en la iglesia de Santa Sofía.

Para intentar cumplir las promesas que había hecho a venecianos y cruzados, Alejo estableció nuevos impuestos. Se había comprometido también a conseguir que el clero ortodoxo aceptase la supremacía de Roma y adoptase el rito latino, pero se encontró con una fuerte resistencia. Confiscó algunos objetos eclesiásticos de plata para pagar a los venecianos, pero no era suficiente.

Durante el resto del año 1203, la situación fue volviéndose más y más tensa: por un lado, los cruzados estaban impacientes por ver cumplidas las promesas de Alejo; por otro, sus súbditos estaban cada vez más descontentos con el nuevo emperador. A esto se sumaban los frecuentes enfrentamientos callejeros entre cruzados y bizantinos.

El yerno de Alejo III, llamado Alejo Ducas, se convirtió en el líder de los descontentos, y organizó, en enero de 1204, un tumulto que no tuvo consecuencias. En febrero, los cruzados dieron un ultimátum a Alejo IV, quien se confesó impotente para cumplir sus promesas. Estalló una sublevación que entronizó a Alejo V Ducas. Alejo IV fue estrangulado en una mazmorra, y su padre Isaac II murió poco después en prisión.

Conquista de Constantinopla
Decididos a recuperar la ciudad por la fuerza y a colocar en el trono a un emperador latino, los cruzados no lograban sin embargo ponerse de acuerdo acerca de quién sería el mejor candidato de entre ellos a ocupar el trono imperial. Bonifacio, el jefe de la expedición, no estaba bien visto por los venecianos. Finalmente se decidió que se formaría un comité electoral, compuesto de seis delegados francos y seis venecianos, que elegiría al emperador.

 Atacaron por primera vez la ciudad el 6 de abril de 1204

Atacaron por primera vez la ciudad el 6 de abril de 1204, pero fueron rechazados con un gran número de bajas. Seis días después reiniciaron el ataque. Los cruzados consiguieron abrir una brecha en la muralla en el barrio de Blanquerna.

Al mismo tiempo, se produjo un incendio en la ciudad, y la defensa bizantina se desmoronó.

Los cruzados y los venecianos entraron en la ciudad. El saqueo de la ciudad fue terrible. Miles de cristianos fueron asesinados por los cruzados.

Desvalijaron y destruyeron mansiones, palacios, iglesias y la propia basílica de Santa Sofía. Europa occidental recibió un aluvión de obras de arte y reliquias sin precedentes, producto de este saqueo.

Alejo V huyó a Mosynópolis, donde un año antes se había refugiado su suegro, Alejo III. Los nobles ofrecieron la corona a Consatantino Lascaris.

Constantino XI Lascaris fue coronado en la basílica de Santa Sofía, pero poco después tuvo que huir con su familia, el patriarca de Constantinopla y varios nobles a la ciudad de Nicea en Bitinia, al comprender que la situación en Constantinopla resultaba insostenible. Teodoro sustituyó poco después a su hermano Constantino en el trono con el nombre de Teodoro I Lascaris.

Finalmente, se restableció el orden y se procedió a un reparto ordenado del botín según lo que se había pactado previamente: tres octavas partes para los cruzados, otras tres octavas para los venecianos, y un cuarto para el futuro emperador.

Con ello llegaba a su fin el Imperio Bizantino, que se desmembró en una serie de Estados, algunos latinos y otros griegos. De éstos, el llamado Imperio de Nicea conseguiría restaurar una sombra del Imperio Bizantino en 1261.

 Los cruzados establecieron el llamado Imperio Latino

Los cruzados establecieron el llamado Imperio Latino, organizado feudalmente y con una autoridad muy débil sobre la mayoría de los territorios que supuestamente controlaba.

El Imperio Latino reclamó todas las tierras controladas por el Imperio Bizantino en el momento en que Constantinopla fue conquistada y ejercieron control sobre áreas de Grecia (los Estados Cruzados:

 El Reino de Tesalónica, el Principado de Acaya y el Ducado de Atenas). Sin embargo, la mayoría del territorio permaneció en manos de estados rivales dirigidos por aristócratas del antiguo imperio, como el Despotado de Epiro, el Imperio de Nicea y el Imperio de Trebisonda.

 Balduino I de Constantinopla

Balduino I de Constantinopla

A pesar de las pretensiones de Bonifacio de Montferrato, el comité eligió emperador a Balduino IX de Flandes, primer monarca del Imperio Latino, coronado como Balduino I de Constantinopla. Los cruzados nombrado este evento como "Partitio terrarum imperii Romanie" (partición del Imperio Romano de Oriente).

Los parientes de Balduino lucharon durante muchos años por sus dominios. El Imperio Latino finalizó el 25 de julio de 1261 cuando Miguel VIII Paleólogo reconquistó Constantinopla, derrocando al último emperador latino Balduino II.

Los herederos de Balduino II siguieron utilizando el título de Emperador de Constantinopla durante un siglo, y se configuraron como teóricos herederos de varios estados latinos en el mar Egeo.

La Cuarta Cruzada asestó un doble golpe a los Estados francos de Palestina. Por un lado, les privó de refuerzos militares. Por otro, al crear un polo de atracción en Constantinopla para los caballeros latinos, produjo la emigración de muchos que estaban en Tierra Santa hacia el Imperio Latino, abandonando los Estados francos.



La V Cruzada (1217-1221), dirigida por Andrés II de Hungría y Juan de Brienne, tuvo como objetivo el sultanato de Egipto y terminó en un rotundo fracaso.

La Quinta Cruzada, entre 1217 y 1221 d.C., fue un intento de retomar Jerusalén y el resto de Tierra Santa derrotando en primer lugar al poderoso estado Ayubí de Egipto. Los ejércitos cruzados estaban compuestos por las enormes fuerzas militares del rey Andrés II de Hungría y por los batallones del príncipe austríaco Leopoldo IV de Austria.

 Andrés II de Hungría

Andrés II de Hungría

A consecuencia de varias guerras entre el Reino de Hungría y el Imperio Bizantino, el trato final de paz establecido incluyó que el joven principe Béla, el hermano menor del rey Esteban III de Hungría se criase en al corte del emperador Manuel I Comneno.

Educado en Bizancio, el jóven príncipe regresó a Hungría tras la muerte de su hermano mayor para ocupar el trono como Béla III de Hungría en el 1173.

El rey húngaro recibió a los ejércitos del emperador Federico I Barbarroja en 1188 que viajaban a la Tercera Cruzada, y posteriormente Bela III realizó una solemne promesa cerca de 1195 que él mismo viajaría a Tierra Santa a luchar contra los infieles.

Sin embargo, el rey falleció sin cumplir su promesa, ante lo cual su hijo menor Andrés, decidió tomar la cruz en nombre de su padre.

Pero desde luego las intenciones de Andrés II de Hungría estaban claras, pues había tomado como esposa en 1215 a Yolanda de Courtenay, hija del emperador Pedro II de Courtenay del Imperio Latino, el Estado Cruzado establecido en Constantinopla después de la desastrosa Cuarta Cruzada.

Andrés tenía la esperanza de hacer valer sus derechos a través de su esposa sobre el trono del Imperio Latino por lo que en 1218 comenzó a prepararse para la cruzada.

El 11 de febrero de 1217 el Papa Honorio III sancionó la protección legal para los cruzados y bendijo la empresa que planificaba Andrés, que coincidía muy oportunamente con el vencimiento del pacto de paz de cinco años que había firmado el rey Juan de Brienne de Jerusalén con el sultán al-Ádil.

El rey Andrés II escogió la ruta por mar para llegar a la Tierra Santa, aunque por sus planes relacionados con Bizancio consideró por un tiempo una ruta por vía terrestre.
 
Andrés II había pedido créditos a grandes Casas comerciales de Italia para financiar su empresa cruzada, e igualmente también sacrificó la propia ciudad de Zara que había sido ocupada por los ejércitos venecianos de la Cuarta Cruzada, cediéndola a los italianos para transportar a sus soldados en sus barcos. Se estima que la cantidad de soldados rondaba los 30 mil, lo que rebasaría a todos las fuerzas cruzadas antes enviadas a Tierra Santa.

 Leopoldo VI de Austria

Leopoldo VI de Austria

El rey húngaro había coordinado la empresa con el duque Leopoldo VI de Austria, y esperaba ensamblar una fuerza combinada con los dos ejércitos como jamás se había visto.

Las fuerzas húngaras y austríacas se agruparon en Split, desde donde primero partieron los germánicos y tras 16 días de viaje arribaron a la ciudad del Acre. Los húngaros partieron después y arribaron cerca de octubre. Ya en el Acre fueron recibidos por Raúl de Merencourt, el patriarca latino de Jerusalén.

El primer consejo de guerra se reunió en la tienda real de Andrés II y contó con la presencia de Leopoldo VI, Hugo I de Chipre, príncipe Bohemundo IV de Antioquía, los tres maestres de la Orden Teutónica y el rey Juan de de Brienne (imagen de abajo), rey consorte de Jerusalén, casado con la reina María de Montferrato, hija de Conrado e Isabel.

 Los ejércitos cruzados se dirigieron al Sur

Los ejércitos cruzados se dirigieron al Sur hacia la cadena montañosa junto al Acre y fijaron un campamento en las afueras de Riccardana, pues las primeras expediciones partieron en busca de provisiones para mantener el enorme ejército.

El 3 de noviembre el patriarca latino Raúl y el obispo Jacobo Vitry de Acre se presentaron en persona frente al rey húngaro y el duque austríaco trayendo con ellos un pedazo de la Vera Cruz la cual se había perdido después de la Batalla de los Cuernos de Hattin en 1187. Ambos monarcas caminaron descalzos hasta la santa reliquia y se arrodillaron ante ella besándola en señal de adoración.

Al-Muazzam, hijo del sultán al-Ádil vigilaba a los cruzados desde cerca, sin embargo su padre no le permitió atacarlos, quizás porque sobreestimaban a las fuerzas cristianas. El 4 de noviembre las fuerzas cristianas avanzaron para explorar las cercanías del castillo sobre el Monte Tabor y el 10 de noviembre ya habían cruzado el Mar de Galilea cubriendo las orillas nortes del Río Jordán en varias direcciones.

Posteriormente cruzaron por el vado de Jacobo y comenzaron su trayecto de regreso hacia el Acre. Mientras avanzaban tomaron varios asentamientos y enormes botines.

En 1218 llegó un nuevo ejército al mando de Oliver de Colonia, que junto con Leopoldo VI y Juan de Brienne, decidió atacar finalmente el puerto egipcio de Damietta. El sitio fue largo y duro, y costó la vida de muchos cruzados y musulmanes, entre ellos el propio Sultán al-Ádil, pero finalmente se logró tomar la plaza en 1219. Acto seguido, comenzaron las disputas entre los cristianos por el control de la ciudad.

Estas disputas y la falta de ayuda por parte del emperador alemán, retrasaron la continuación de la campaña hasta 1221, año en que los cruzados marchan al sur hacia El Cairo. Para entonces, el nuevo Sultán al-Kamil había reorganizado sus fuerzas, lo que, unido a las inundaciones del Nilo que diezmaron al ejército cruzado en su marcha hacia el Sur, acabó con la definitiva derrota cristiana y su posterior rendición.

Los términos de esta rendición supusieron la vuelta de Damietta a manos de Al-Kamil, quien aceptó un acuerdo de paz de ocho años de duración. Fue por tanto una cruzada inútil, que apenas alteró el equilibrio de poder entre cristianos y musulmanes.



La VI Cruzada (1228-1229) fue la más extraña de todas, dirigida por un soberano excomulgado, Federico II de Alemania, alcanzó unos objetivos sorprendentes para la época: el condominio confesional de Jerusalén, Belén y Nazareth (1299), status que sin embargo duraría pocos años.

La Sexta Cruzada comenzó en 1228, tan sólo siete años después del fracaso de la Quinta Cruzada, y fue un nuevo intento de recuperar Jerusalén.

El emperador Federico II había intervenido en la Quinta Cruzada, enviando tropas alemanas, pero sin llegar a liderarlas personalmente, pues necesitaba consolidar su posición en Alemania e Italia antes de embarcarse en una aventura como la Cruzada. No obstante, prometió tomar la cruz después de su coronación como emperador en 1220 por el Papa Honorio III.

En 1225 Federico se casó con Yolanda de Jerusalén (también llamada Isabela), hija de Juan de Brienne (rey nominal del Reino de Jerusalén) y María de Montferrato, por lo tanto Federico tenía aspiraciones al trono de dicho reino, o lo que es lo mismo, tenía una razón poderosa para intentar recuperar Jerusalén.


 En 1225 Federico se casó con Yolanda de Jerusalén

Papa Gregorio IX

En 1227, siendo ya Papa Gregorio IX, Federico y su ejército partieron de Brindisi hacia Siria, pero una epidemia les obligó a volver a Italia. Esto le dio a Gregorio la excusa para excomulgar, por romper sus votos de cruzado, a Federico, que llevaba años luchando por consolidar el poder imperial en Italia a expensas del Papado.

Tras varios intentos de negociación con el Papa, Federico decidió embarcarse nuevamente hacia Siria en 1228 a pesar de la excomunión, llegando a Acre en septiembre. Una vez allí pronto se vio atrapado por la complicada política del Oriente Próximo. Por un lado entre los propios cristianos muchos veían en esta nueva Cruzada un intento de extender el poder imperial.

Se produjo por tanto en Tierra Santa una continuación de la lucha mantenida en Europa entre los defensores del Papado (güelfos), y los del Imperio (gibelinos). Del otro lado, los musulmanes tenían sus propias luchas internas, por lo que el Sultán al-Kamil firmó un tratado con Federico para unirse contra su enemigo al-Naser.

A cambio, el emperador podría obtener varios territorios, entre ellos Jerusalén exceptuando la Cúpula de la Roca, sagrada para el Islam, y una tregua de 10 años.

A pesar de la oposición papal a este acuerdo, Federico se coronó Rey de Jerusalén, si bien legalmente actuaba como regente de su hijo Conrado IV de Alemania, Rey de Jerusalén como Conrado II, nieto de Juan de Brienne.

La partida de Jerusalén de Federico, acosado por graves problemas en Europa y la expiración de la tregua en 1239 supondría el final de la breve recuperación de Jerusalén por parte de los cruzados.

La Ciudad Santa, reconquistada por los musulmanes en 1244 no volvería a estar en manos de cristianos. No obstante, Federico había sentado un precedente: la Cruzada podía tener éxito aun sin apoyo papal. A partir de ese momento los reyes europeos podían, por iniciativa propia, tomar la Cruz, como hicieron Luis IX de Francia y Eduardo I de Inglaterra.



La VII Cruzada (1248-1254) fue liderada por Luis IX de Francia. En 1254 se agotron los recursos económicos de Luis, por lo que abandonó la causa. Con su retorno a su tierra, concluyó la cruzada con un fracaso para los europeos.

La Séptima Cruzada fue liderada por Luis IX de Francia entre 1248 y 1254. En 1244 los musulmanes retomaron Jerusalén tras la tregua de diez años que siguió a la Sexta Cruzada. Este hecho no supuso el gran impacto que en ocasiones anteriores, debido a que Occidente ya había visto como Jerusalén cambiaba de manos en diversas ocasiones.

 Luis IX (San Luis)

Luis IX (San Luis)

La llamada a la cruzada, por tanto, no fue inmediata ni generalizada. Los monarcas europeos estaban ocupados en sus asuntos internos, y sólo el rey de Francia, Luis IX (San Luis), declaró su intención de tomar la cruz en 1245: Luis IX asistió al Concilio Ecuménico latino de Lyon I, convocado en 1245 y presidido por el Papa Inocencio IV, donde, además de deponer y excomulgar al emperador Federico II se convocó una cruzada y de la que se designó que estaría al mando de Luis IX.

En aquella época, Francia era posiblemente el estado más fuerte de Europa, y tras tres años recolectando fondos, un poderoso ejército, estimado en unos veinte mil hombres fuertemente armados, partió de los puertos de Marsella y Aigues-Mortes en 1248.

Fueron en primer lugar a Chipre, donde pasaron el invierno negociando con las distintas potencias locales. Finalmente, decidieron que su objetivo sería Egipto por considerar que sería una buena base desde la que atacar Jerusalén y aseguraría el suministro de grano para alimentar a los cruzados.

Al igual que en la Quinta Cruzada, el ataque se centraría en primer lugar en la ciudad de Damietta, que ofreció poca resistencia a los europeos. No obstante, las inundaciones del Nilo volvieron a intervenir en contra de los occidentales, obligándoles a permanecer en la ciudad durante unos seis meses.

  Luis marchó hacia El Cairo

En noviembre, Luis marchó hacia El Cairo. En ésta época murió el sultán ayubí de Egipto, as-Salih Ayyub. Una fuerza liderada por Roberto I de Artois y los caballeros templarios atacaron el campamento egipcio, pero fueron derrotados y Roberto murió.

Al mismo tiempo, la fuerza principal liderada por Luis era atacada y derrotada por el general mameluco Baibars.

Tras un nuevo fracaso en el asedio de al-Mansourah, Luis decidió regresar a Damietta, pero fue tomado prisionero en el camino y cayó enfermo de disentería.

En mayo, tras el pago del rescate, fue liberado, e inmediatamente abandonó Egipto dirigiéndose a Acre, capital del Reino de Jerusalén (o lo que quedaba de él). Mientras estaba allí, una revuelta en Egipto puso en el poder a una dinastía mameluca, iniciada en la persona de Turan shah.

En Acre, Luis se dedicó reconstruir las ciudades cruzadas y a pactar con los mamelucos e intentar hacerlo con los mongoles la nueva fuerza que había irrumpido con tremenda fuerza en el Oriente Medio.

En 1254 se agotaron los recursos económicos de Luis por lo cual abandono su causa; además se requería su presencia en Francia, pues su madre y regente Blanca de Castilla había muerto recientemente.

Con el retorno del rey a sus tierras, la cruzada concluyó en un fracaso para los europeos, sin embargo el prestigió de Luis aumentó. Más tarde protagonizaría un nuevo intento de retomar Tierra Santa (Octava Cruzada) que acabaría también en fracaso.


La VIII cruzada (1271) también fue iniciativa de Luis IX. Dirigida contra Túnez concluyó con la muerte de San Luis ante la ciudad sitiada.

Entre los años 1265 y 1268, los egipcios mamelucos conquistaron una serie de territorios cristianos en el litoral de Palestina y del Líbano, como Haifa o Antioquía, además de Galilea y de Armenia.

El Oriente Medio vivía una época de anarquía entre las órdenes religiosas que deberían defenderlo, así como entre comerciantes genoveses y venecianos.

El rey de Francia Luis IX (San Luis), retomó entonces el espíritu de las cruzadas y lanzó una nueva iniciativa armada, la Octava Cruzada, en 1270, aunque sin gran repercusión en Europa.

Los objetivos eran ahora diferentes de los proyectos anteriores: geográficamente, el teatro de operaciones no era el Levante si no Túnez, y el propósito más que militar, era la conversión del emir de la misma ciudad norteafricana.

Luis IX partió inicialmente para Egipto, donde gobernaba la nueva dinastía mameluca con el sultán Baibars. Se dirigió después para Túnez, con la esperanza de convertir al emir de la ciudad y al sultán al cristianismo.

El emir Maomé lo recibió con las armas. La expedición de San Luis terminó como casi todas las otras expediciones, en una tragedia. No llegaron siquiera a tener oportunidad de combatir, apenas desembarcaron las fuerzas francesas en Túnez, fueron acometidas por una peste que asolaba la región, segando incontables vidas entre los cristianos, entre ellos San Luis y uno de sus hijos.

El hijo del rey, Felipe el Audaz, firmó un tratado de paz con el sultán y volvió a Europa.

Entre 1271-1272 tuvo lugar una nueva campaña militar, que a veces se la considera como la Novena Cruzada, considerada como la última gran campaña militar medieval a la Tierra Santa.

Algunos meses después de finalizada la campaña contra Túnez, el príncipe Eduardo de Inglaterra, después Eduardo I, comandó sus seguidores hasta Acre aunque sin resultados.

En 1268 Baybars, un sultán mameluco de Egipto, redujo el Reino de Jerusalén, el más importante Estado cristiano establecido por los cruzados, a una pequeña franja de tierra entre Sidón y Acre. La paz era mantenida por los esfuerzos del rey Eduardo I, apoyado por el Papa Nicolás IV. El equilibrio que mantenía la región bajo control era frágil.

Ese equilibrio se desmoronó cuando un grupo de soldados italianos católicos degollaron a un grupo de campesinos musulmanes y en su confusión también dieron cuenta cristianos sirios.

Cuando la historia de la matanza llegó a los oídos del sultán egipcio al-Ashraf Jalil, él inmediatamente exigió la cabeza de los asesinos. Cogida en medio de la disputa por la sucesión del trono de Jerusalén, Acre dijo no al sultán, pese a que los más prudentes aconsejaron la entrega de los culpables.

En abril de 1291, la ciudad se despertó cercada por miles de soldados musulmanes. La cristiandad corrió en socorro de uno de sus puntos más estratégicos en la Tierra Santa. Caballeros hospitalarios, teutónicos y templarios, sumados a las tropas inglesas e italianas, partieron para defender el puerto de Acre. El 18 de mayo, las fuerzas turcas y egipcias tomaron finalmente la ciudad. Caía el último bastión de los europeos en Tierra Santa. La historia de las cruzadas terminó como había empezado, con una gran matanza, en este caso por parte de los musulmanes. Los habitantes de la ciudad que sobrevivieron al saqueo fueron reducidos a la esclavitud.

Aunque algunos papas intentaron predicar nuevas cruzadas, ya no se organizaron más y los cruzados evacuaron sus últimas posesiones en Tiro, Sidón y Beirut tras la caída de San Juan de Acre.

Así, el Reino de Jerusalén desapareció de la Tierra Santa, pero los reyes de Chipre durante décadas urdieron planes para volver a Tierra Santa, planes que nunca se llevaron a cabo. Durante los siglos siguientes y hasta la fecha, una gran cantidad de monarcas europeos han utilizado el título de Reyes de Jerusalén.

Consecuencias

Las Cruzadas influyeron en múltiples aspectos de la vida medieval, aunque, en general, no cumplieron los objetivos esperados. Casi todas las expediciones militares sufrieron importantes derrotas. Jerusalén se perdería en 1187 y lo que quedó de las posiciones cristianas tras la III Cruzada hasta su definitiva pérdida en el siglo XIII (San Juan de Acre -1291) se limitaba a una estrecha franja litoral cuya pérdida era cuestión de tiempo.

Además, los señores de Occidente llevaron sus diferencias tanto a las propias Cruzadas (Luis VII de Francia y Conrado III en la II Cruzada; Ricardo Corazón de León y Felipe II Augusto en la III) como a los estados cristianos fundados en Tierra Santa, dónde los intereses de los diferentes grupos dieron lugar a numerosos conflictos.

En el intento de reensamblar las cristiandades latina y griega, no sólo falló la Cruzada, sino que acentuó el odio y la diferencia entre ellas, convirtiéndose en causa última de la ruptura definitiva entre Roma y Bizancio. Cierto es que Bizancio pidió ayuda a Occidente, pero al modo tradicional, pequeños grupos de soldados que le ayudasen a recobrar las provincias perdidas, no con grandes ejércitos poco dispuestos a someterse a la disciplina de los mandos bizantinos, o que se convirtieran en poderes independientes en las tierras que ocupasen o en la propia Constantinopla, como ocurrió en la IV Cruzada.

Historiadores como Ana Comneno o Guillermo de Tiro nos han dejado testimonios del impacto del paso de los cruzados por las tierras bizantinas y el choque entre la brutalidad de costumbres de los occidentales y el refinamiento cultural bizantino.

Por último, y a pesar de los réditos políticos que las Cruzadas tuvieron para el Papado como director de la política exterior europea, pronto se encontró Roma con voces que criticaban su uso como instrumento al servicio de los intereses papales, sobre todo desde que no se limitaron a los musulmanes, y se dirigieron también contra los disidentes religiosos o los enemigos políticos.

Las Cruzadas ... 8 principales campañas (parte 2 )


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Bibliografia y fuentes
- Runcimann. A.: Historia de las Cruzadas. Volúmenes I, II, III.
- Medievo. Volumen IV. Enciclopedia Historia Universal. Ediciciones Nájera . 1990.
- Enciclopedia multimedia Encarta 97.
-Historia de las Cruzadas de Steven Runciman, de Alianza Editorial, 2.008

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