Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (B. F)

Jaume Ferran i Clua contra el cólera

La batalla del doctor Jaume Ferran i Clua contra el cólera.

La batalla del doctor Jaume Ferran i Clua contra el cólera.

Y como parece ser ley fatal que todo grande invento ha de tropezar con una oposición proporcionada, moral y materialmente, a su grandeza, el suyo sufrió suerte tan accidentada por los ataques de que lo hicieron víctima la rutina, las bajas pasiones, las envidias y los incalificables atropellos de políticos torpes y mal aconsejados y de unas autoridades desdichadas, que lo llevaron al resultado de que durante treinta años.

 ¡30 años en materias y problemas de tantísima importancia para la Humanidad.

Y en estos tiempos de vida febril en que los lustros parecen siglos, su doctrina y su invento hubieron de permanecer como bajo condenación, retraídos, desacreditados, abandonados, esperando mejores tiempos, hasta que por fin la guerra europea, gracias a la disposición de otros gobiernos y al empleo de otros hombres que no fueran de España, ni los españoles, se pudo hacer nuevo ensayo de aquel invento, reproducir sus efectos, apreciarlos con tranquilidad y honradez y mostrar su valor, proclamándose la grandeza bienhechora de su poder abortivo contra las epidemias.

Y se hubo de hacer más: que fue reconocer que su único autor, así en la preparación como en su empleo, era un médico español. El doctor Jaime Ferrán y Clúa.

Fragmento de la obra Vae Inventoribus Magnis. La odisea de un descubrimiento médico grandioso.

El doctor Ferrán y el cólera morbo asiático en la guerra europea, de Ángel Pulido Fernández, 1921.

El pozo de la muerte

Tiene gracia siniestra que a principios del siglo XX se considerara en la prensa nacional que dos genios de la medicina de la época serían, sin duda, recordados para siempre. Uno de ellos, Ramón y Cajal, ha resistido la prueba.

El otro, Jaume Ferran i Clua, o simplemente Jaime Ferrán como era nombrado, prácticamente ha desaparecido de la historia con mayúsculas.

¿Quién era y por qué se le consideraba como un genio de la medicina?

Bien, para hallar la respuesta hemos de viajar en el tiempo y, para comenzar, saltemos hacia el Londres de 1854.

Fue en ese tiempo cuando la capital británica sufrió un brote de cólera que segó la vida de cerca de siete centenares de ciudadanos en menos de una semana. Todo sucedió en una pequeña porción del Soho.

 ¿Por qué allí? Mientras iban cayendo bajo el designio de la tercera parca, uno tras otro, los pacientes del doctor John Snow, que tenía su consulta cerca del centro de la epidemia, se convertían en marcadores de posición en un plano callejero de Londres.

Snow anotaba cada muerte por cólera e iba creando laboriosamente un mapa de la epidemia.

Era una idea origina y, aunque al principio no se le hizo caso, terminó por demostrar que tenía razón. El mapa era muy claro: la mayor parte de las defunciones se concentraban en tono a Broad Street, donde se identificó una bomba de agua contaminada con aguas fecales. El mapa de Snow convirtió a su autor en toda una celebridad.

Viajemos ahora a Italia, en ese mismo año de 1854. Mientras Snow creaba su mapa, que demostraba que el cólera era una enfermedad infecciosa transmitida por algún tipo de organismo microscópico desconocido, un médico llamado Filipo Pacini lograba aislar al causante de tanto padecimiento.

En efecto, el cólera es una enfermedad causada por una bacteria, la Vibrio cholerae, capaz de originar una muy desagradable infección intestinal que, en muchas ocasiones, se convierte en mortal.

La enfermedad posiblemente llegó a Europa desde la India y, a lo largo del siglo XIX, se manifestó en una serie de epidemias que se extendieron por todo el continente cobrándose la vida de cientos de miles de personas.

En ese ambiente y con el agente infeccioso identificado, quedaba encontrar un remedio efectivo y, para ello, hemos de hacer un último viaje, en esta ocasión a un pueblo de Tarragona.

Un laboratorio en casa

El 1 de febrero de 1851, aunque según otras fuentes se anota como fecha el 2 de febrero de 1852, nació en Corbera de Ebro, provincia de Tarragona, el médico que logró hallar la vacuna contra el cólera, además de muchas otras.

Ahora bien, ¿por qué no se le recuerda como a otros grandes de la medicina de finales del siglo XIX? Bien pudiera ser por la propia forma de actuar de Jaume Ferran i Clua, aquel hijo del médico del pueblo que, dotado de una incansable curiosidad hasta el día de su muerte, acaecida en 1929, no dejó de picar acá y allá en todo lo que le interesaba, sin llegar a profundizar realmente en un solo campo y sin mostrar mucho interés en cuidar su propia imagen. Mala idea, sobre todo cuando había tanta fama en juego.

Sin embargo, Jaume fue finalmente reconocido, pero eso no le impidió tener que soportar una travesía del desierto realmente patética.

Jaume realizó sus primeros estudios en Mora de Ebro, Tarragona y Tortosa. En 1873, tras estudiar en la Facultad de Medicina de Barcelona, pasó a ejercer como médico en Pal del Panadés.

Por entonces ya había explorado los campos de la fotografía, la pintura y la electricidad.

Algo hacía que siempre mirara más allá de lo que sus colegas recomendaban, y ese espíritu inconformista con la medicina de su tiempo fue, a la vez, la osada llama de
la que surgieron sus descubrimientos y la que alimentó a sus enemigos.

No tardó en pasar a tener una consulta en Tortosa como médico general y como especialista en oftalmología y electroterapéutica.

Ocupó además en ese tiempo los cargos de médico director de sanidad marítima, director del Hospital Civil y de la Casa Provincial de Expósitos.

Dado el prestigio que iba acumulando en la práctica médica, a pesar de su juventud, fue comisionado en 1884 por el Ayuntamiento de Barcelona para investigar un brote muy grave de cólera en el sur de Francia.

De lo que aprendió en el área de Marsella surgió toda una intención, a saber, el intentar hallar una vacuna contra la terrible enfermedad.

Y, así, empleó todo el dinero que pudo en crear un laboratorio casero lo mejor equipado posible.

No recibió ayuda pública de ningún tipo, pero eso no hizo que se rindiera.

Los aparatos para cultivos bacterianos y los microscopios fueron pagados de su propio bolsillo, arriesgando a veces casi todo el sueldo.

Aprendió por su cuenta las técnicas para desarrollar vacunas de Pasteur, estudió todo lo que la nueva ciencia biológica ofrecía y desarrolló nuevas técnicas que mejoraban la microfotografía.

¿Un loco solitario? Sí, un médico de pueblo, nada más, pero genial a fin de cuentas porque a pesar de no recibir apoyo logró en su modesto laboratorio de Tortosa algo que se venía buscando desde que el cólera llamara a las puertas de Europa hacía ya varias décadas: una vacuna.

Los ahorros y esfuerzos vieron la luz en forma de vacuna anticolérica en el año 1885. Al principio los ensayos los realizó en su propio ser, e incluso contó con amigos y familiares.

 Con el cólera amenazando a la península ibérica en forma de otra gran epidemia, se permitió aplicar la vacuna de Ferran i Clua a gran escala.

Sin embargo, al poco, comenzó a ser criticado y perseguido. Su método cayó en el descrédito y comenzó toda una guerra entre sus partidarios, que eran más bien pocos, y un numeroso grupo de enemigos poderosos. La guerra parecía perdida.

El creador de vacunas

La vacuna contra el cólera fue solo el principio, más tarde llegaron otras. En 1886 mejoró los procedimientos de Pasteur para la aplicación de la vacuna contra la rabia. En 1887 creó una primitiva vacuna contra el tifus y al poco trabajó sobre una para la difteria.

También creó una vacuna contra la tuberculosis pero, a pesar de tanto esfuerzo, su trabajo se mantenía en su mayoría en la oscuridad y prácticamente no se le hacía caso lejos de su entorno.

A pesar de que la fama de la vacuna contra el cólera le llevó a la fama en toda Europa, la alegría duró muy poco.

El procedimiento de Jaume fue puesto en duda y considerado peligroso, hasta tal punto que el gobierno le prohibió continuar con el mismo.

Como bien comenté al principio de este artículo, la cosa tenía su gracia siniestra, pues después de muchos años sin ser reconocido y cuando muchas variantes de su técnica se estaban empleando en todo el continente, llegó un primer aplauso oficial en forma de premio otorgado por la Academia de Ciencias de París en 1907. 

Se deseaba reconocer así el trabajo de Jaume como pionero indiscutible de la inmunización preventiva contra el cólera.

Nuevamente, tiene gracia que, pasados tantos años, el propio Ramón y Cajal, al principio con opinión negativa, reconociera con el cambio de siglo el trabajo de Jaume.

¿Acaso Ferran i Clua hubiera llegado más lejos de haber insistido en ahondar en su propio descubrimiento? Muy posiblemente, pues muchos trabajos de importancia aparecieron en ese tiempo en Europa y América basándose en su trabajo seminal.

Pero Jaume, disperso como siempre en abrir puertas y dejarlas de par en par, iba saltando entre ideas geniales sin profundizar mucho en ellas.

Por otra parte, la medicina francesa, que era poco menos que le élite indiscutible de su tiempo, no veía con muy buenos ojos al médico de pueblo que era capaz de lograr proezas sin apenas medios en un laboratorio de segunda fila.

Y, sobre todo, no caía bien cuando Jaume presenta ante sus ojos su método supraintensivo de vacunación antirrábica, más eficaz y sencillo que el ideado por Pasteur. La carrera entre el método intensivo de Pasteur y el supraintensivo de Ferran i Clua era como una guerra contra gigantes.

En ocasiones, algunas personas inmunizadas contra la rabia fallecían y ese hecho se convirtió a la vez en motivo de ataque contra el método y en acicate para mejorarlo.

Se pretendió cerrar el Laboratorio Microbiológico Municipal de Barcelona, del que había llegado a ser director, para dejar así a Jaume aislado por completo. Sin embargo, ninguna amenaza le frenó. Continuó mejorando su vacuna antirrábica, estudió los trabajos de Koch sobre la tuberculosis y logró hallar la vacuna anti-Alfa contra ese mal.

Los ataques continuaban a pesar de todo y en 1905, dos años antes de que la Academia de Ciencias de París empezara a reconocer sus esfuerzos, Jaume fue apartado por completo del Laboratorio Bacteriológico Municipal de Barcelona.

Ya sólo le quedaba su humilde laboratorio casero y ninguna otra ayuda que la de sus amigos y discípulos, que no eran muchos.

Y, otra vez, tal y como sucedió con su vacuna contra el cólera, sus métodos para hallar vacunas contra la tuberculosis fueron estudiados por otros que los aplicaron con éxito.

Llegaron entonces los premios, los reconocimientos y los aplausos, pero a Jaume seguían sin hacerle mucho caso, era algo así como un viejo profesor querido y respetado, al fin.

Sí, se le oía, pero no se le escuchaba, como una vaca sagrada, publicó decenas de libros y artículos científicos, quedando la mayor parte de ellos arrinconados en el más silencioso de los olvidos.

A su muerte, los homenajes fueron muchos, pero su figura se fue apagando con rapidez y hoy día apenas se recuerda el brillo que tuvo o, más bien, pudo llegar a tener si hubiera contado con apoyos y medios adecuados.

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