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Una solución duradera al problema de la obesidad

una solución duradera al problema de la obesidad
 Imagen: SteFou! (flickr)
Descubrimiento podría brindar una solución duradera al problema de la obesidad.

Antes se pensaba que las neuronas asociadas con la regulación del apetito se generaban en su totalidad durante el desarrollo del embrión en el útero, por lo que su número se fijaba para toda la vida.

Investigadores de la Universidad de East Anglia han hecho un descubrimiento en neurociencia que podría ofrecer una solución duradera a los trastornos alimentarios como la obesidad.

Pero una investigación publicada en Journal of Neuroscience ha identificado una población de células madre capaces de generar nuevas neuronas reguladores del apetito en el cerebro de roedores jóvenes y adultos.

La obesidad ha alcanzado proporciones epidémicas a nivel mundial. Más de 1.400 millones de adultos en todo el mundo sufren de sobrepeso, y más de quinientos millones son obesos.

Los problemas de salud relacionados con la obesidad incluyen diabetes tipo 2, enfermedades del corazón, artritis y cáncer.

Así, por lo menos 2,8 millones de personas mueren cada año como resultado de tener sobrepeso u obesidad.

Los científicos de la Universidad de East Anglia investigaron la sección del hipotálamo del cerebro – que regula los ciclos de sueño y vigilia, el gasto de energía, el apetito, la sed, la liberación de hormonas y muchas otras funciones biológicas importantes.

El estudio se centró específicamente en las neuronas que regulan el apetito.

Para hacer su descubrimiento, los investigadores utilizaron técnicas de “cartografía de destino genético” – un método que sigue el desarrollo de las células madre y las células derivadas de ellas, a intervalos de interés durante la vida de un animal.

Encontraron que una población de neuronas llamadas ‘tanicitas’ se comportan como células madre, y añaden nuevas neuronas a los circuitos de regulación del apetito del cerebro del ratón, después del nacimiento, y hasta la edad adulta.

Los investigadores dicen que a diferencia de la dieta, este descubrimiento podría ofrecer una solución permanente en la lucha contra la obesidad, ya que la pérdida o mal funcionamiento de las neuronas en el hipotálamo es la causa principal de los trastornos alimentarios, incluyendo a la obesidad.

Añaden que su objetivo a largo plazo es trasladar el descubrimiento a los seres humanos, lo que podría tomar de cinco a 10 años.

El descubrimiento podría dar lugar a una intervención permanente en la infancia para aquellos predispuestos a la obesidad, o más tarde en la vida, a medida que la enfermedad se haga evidente.

Adelgazando con bacterias ( de la forma que nadie querría )

A estas alturas todo el mundo sabe que la obesidad es el camino seguro hacia el infarto, el ictus, el cáncer y todos los demás jinetes del Apocalipsis, pero el único remedio eficaz conocido contra ella —pasar hambre y penalidades— sigue sin gozar de la aceptación fervorosa por la población que los médicos desearían.

Los científicos dan a conocer hoy un posible remedio del futuro inmediato: tragarse las bacterias adecuadas.

En el experimento, que presenta la revista Science, los intestinos los ponen los ratones, pero las bacterias las ponen los humanos.

En concreto, parejas de gemelos humanos que, pese al enorme parecido que tienen entre sí, discrepan en lo más importante a estos efectos: uno está gordo y el otro flaco.

Tras saber esto, la investigación se resume fácilmente: los ratones han sido manipulados para no tener bacterias en el intestino; pues bien: si les metes bacterias intestinales del gemelo gordo, engordan; y si se las metes las del gemelo flaco, adelgazan. Así de simple.

Vanessa Ridaura, Jeffrey Gordon y sus colegas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington en Saint Louis, el CNRS en Marsella, la Universidad de Copenhague y otra media docena de instituciones que han intervenido en el trabajo publicado en Science consideran sus resultados un paso importante hacia las terapias probióticas contra la obesidad.

Aunque muchos lectores tendrán archivado el término probiótico en la misma carpeta mental que el crecepelo de las películas del oeste, la investigación de hoy tiene todos los papeles en regla y es probablemente la primera que puede convertir ese concepto en una estrategia biomédica útil.


Los bacilos del gemelo delgado hicieron adelgazar a los ratones gordos.
Estudios anteriores de secuenciación genómica (lectura de los genes) habían indicado que la obesidad de una persona está influida por la variedad de los genes microbianos que contiene su intestino grueso.

De hecho, el efecto beneficioso de las frutas y verduras se debe, probablemente, a que una dieta rica en fibra estimula la diversidad bacteriana en el tubo digestivo.

El trabajo dirigido por los científicos de Washington va mucho más allá al demostrar directamente que los microbios del intestino humano transmiten —al menos a los ratones— cualidades como el hecho de estar gordo o delgado.

Y el cuidadoso diseño experimental con parejas de gemelos ha permitido empezar a identificar los microbios concretos implicados en el milagro.

Por ejemplo, las bacterias del género bacteroides, un grupo de bacilos gram-negativos, tienen efectos particularmente beneficiosos al proteger a los ratones contra las consecuencias de la acumulación de grasa corporal.

Los investigadores de Washington observaron ya en sus experimentos iniciales que los ratones que recibían los microbios de los gemelos gordos acumulaban más grasa que sus colegas —los que los recibieron de los gemelos delgados—, y ello con independencia de la dieta que tomaban los animales.

Se preguntaron entonces cuáles eran los componentes responsables de ese efecto.


La dieta típica occidental, mucha grasa y poca fibra, no serviría.
Y el siguiente experimento fue lo que el coordinador del trabajo, Jeffrey Gordon, director del Centro de Ciencias Genómicas y Biología de Sistemas de la Universidad de Washington, llama sonoramente “la batalla de los microbiota”.

Consiste en criar juntos ambos tipos de ratones para que se intercambien sus bacterias intestinales. “Los ratones, por expresarlo con delicadeza, se intercambian sus microbios fácilmente”, dice Gordon.

Estos animales, como muchos otros, tienen la costumbre de comerse los unos las heces de los otros.

El resultado fue que, tras solo 10 días de cohabitación coprofágica, los ratones gordos adquirieron los rasgos de sus vecinos flacos.

No solo adelgazaron, sino que sus indicadores metabólicos, que se habían disparado a la zona roja de la escala tras recibir los microbios del gemelo gordo, empezaron a normalizarse, aproximándose a los de los ratones flacos cuyas heces se habían comido.

Así de estimulante es la vida en una comunidad de roedores de laboratorio.

No todo son buenas noticias, sin embargo, porque el efecto protector observado en la anterior “batalla de los microbiota” no se da si los ratones gordos reciben una dieta occidental típica, a base de mucha grasa y poca fibra.

Las bacterias de los gemelos delgados hacen adelgazar a los ratones gordos, pero solo con dietas vulgares que no se conviertan en un festival lipídico.

“Ahora tenemos una estrategia para identificar las interacciones relevantes entre la dieta, la masa corporal y los microbios intestinales”, dice Gordon, “y pensar sobre las cualidades de nuestras dietas insanas que pueden estimular a las bacterias a que hagan el trabajo necesario para mejorar nuestro bienestar”.

Esperemos que la coprofagia no sea el factor determinante.

Fuente: University of East Anglia
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