La primera expedición científica de la historia

La primera expedición científica de la historia
Un enviado de Felipe II partió en 1570 hacia América para aprender los remedios medicinales centenarios, experimentarlos con los indios como cobayas humanas y explotarlos en Europa.

Fue “un Galileo Galilei de las ciencias naturales”, “un Hernán Cortés científico”, y sin embargo hoy no lo conocen ni en su pueblo, ni en España, ni mucho menos en el resto del mundo.

Francisco Hernández, nacido en La Puebla de Montalbán (Toledo) en 1517, zarpó desde el puerto de Sevilla en 1570 para acometer la primera expedición científica de la historia.

Por primera vez un rey no enviaba sus barcos para matar o expoliar, sino para “hacer la historia de las cosas naturales” de tierras remotas.

Y Hernández regresó de América siete años después con mil folios de texto en latín acompañados de 2.000 fabulosas ilustraciones, con descripciones de unas 3.000 plantas y más de 500 animales.

Su obra era de tal magnitud que el rey Felipe II decoró sus aposentos con sus láminas a todo color y la mismísima Accademia dei Lincei, la de Galileo Galilei, empleó 20 años para editarla, entre 1630 y 1651. Hernández se convirtió en una gloria de la ciencia durante los siglos XVI y XVII.

Y sin embargo hoy apenas una placa polvorienta le recuerda en la plaza de su pueblo, en la que los mozos se dedican a saltar a las vaquillas bravas en las fiestas del Cristo de la Caridad.

“Es sorprendente que Francisco Hernández se haya perdido en la memoria”, lamenta José Pardo, un historiador que lleva 20 años rastreando archivos en busca de huellas del expedicionario español.

Los documentos dicen que Hernández estudió Medicina en Alcalá de Henares y se curtió en los hospitales del extremeño Monasterio de Guadalupe, un lugar al que llegaban personas desahuciadas y que se convirtió en una fábrica de cirujanos expertos para la Corte y para el Ejército del rey.

Era una época en la que los enfermos procuraban no acudir a los hospitales, convertidos en auténticos centros de experimentación y fuente de cadáveres para disecciones, como recuerda Pardo.

El colorante de las cochinillas

Gracias a la destreza conseguida hundiendo sus manos en las vísceras de pordioseros moribundos, Hernández llegó a ser médico de Felipe II, entonces uno de los amos del planeta: era rey de España, de Sicilia, de Inglaterra, duque de Milán, soberano de los Países Bajos y Duque de Borgoña, además de señor de las Indias, los territorios americanos.

Y en palacio el toledano se hizo amigo de lumbreras del conocimiento como el médico belga Andrés Vesalio, padre de la anatomía moderna, y el arquitecto Juan de Herrera, autor del Monasterio de El Escorial.

Pronto quedó claro que Hernández era la persona adecuada para viajar a América con el título de Protomédico General de las Indias y la misión de recopilar sus ansiados remedios terapéuticos.

 “Os habéis de informar dondequiera que llegáredes de todos los médicos, cirujanos, herbolarios e indios y de otras personas curiosas en esta facultad y que os pareciere podrán entender y saber algo, y tomar relación generalmente de ellos de todas las yerbas, árboles y plantas medicinales que hubiere en la provincia donde os hallárades”, le encomendaba el Consejo de Indias en nombre de Felipe II.

La intención del monarca no era aumentar el conocimiento de la humanidad, sino llenar sus arcas de monedas de oro.

Hernández se llevó de América la chumbera, un género de cactus en los que se alojan las cochinillas, los insectos de los que se obtiene un pigmento rojo natural muy cotizado en la época.

El colorante de origen repugnante es el actual E-120, habitual en pintalabios carmín, mermeladas, yogures y refrescos.

El protomédico de Felipe II también recolectó la raíz de Michoacán, un purgante fantástico que se extendió por Europa gracias a sus propiedades para vaciar las tripas, y otros cientos de plantas medicinales.
A punto de morir

“Hernández fue un Galileo Galilei de las ciencias naturales, pero hay que dejar claro que fue el transmisor del saber que tenían los indios, que sin ellos no habría podido cumplir su misión”, remarca Pardo, investigador de la Institución Milá y Fontanals (CSIC) y poco amigo de convertir en “santos laicos” a los grandes personajes de la historia de la ciencia. Hernández preguntaba sus secretos a los sacerdotes locales del Virreinato de Nueva España e iba acompañado de un séquito de indios que pintaban las plantas al detalle y tomaban notas.

Hernández convirtió un hospital de México en un centro de experimentación con indios

El protomédico respetaba el saber ancestral e incluso mantuvo el nombre original de la plantas en idioma náhuatl pero, con espíritu científico, intentó comprobar si lo que le contaban era cierto.

Y estuvo a punto de morir probando él mismo algunos remedios naturales. Además, entre 1574 y 1577 convirtió las 200 camas del Hospital Real de Naturales, en México, en un centro de experimentación con indios.

 “Hoy nos parece una aberración ética, pero en la época era bastante habitual”, matiza Pardo.

“Hernández quiso ser para Felipe II lo mismo que fue Plinio el Viejo para el emperador romano”, explica el historiador.

No es una exageración, sino que el propio Hernández se comparaba en sus escritos con Plinio, autor en el siglo I de una brutal enciclopedia de 37 libros, Naturalis Historia, que compendiaba el saber de la época.

Ni un día de salud

Felipe II le había encargado una misión que hoy se consideraría espionaje industrial, pero Francisco Hernández quería ir mucho más allá y dejar un legado a toda la humanidad.

“Siempre pensó que su obra iba a ser de libre acceso para el público, como un antimonopolio farmacéutico”, sostiene Miguel Figueroa-Saavedra, profesor de lenguas indígenas en la Universidad Veracruzana, en México.

Gallina de Indias dibujada a partir de los manuscritos de Hernández / Jaime H. Pomar

Pero, lejos de ser de libre acceso, la obra de Hernández está hoy sepultada y olvidada. Sus documentos parecen malditos. Desde que el protomédico regresó a España, “no tuvo ni un día de salud”, como informaron sus hijos al rey, así que no pudo impulsar la publicación de su obra.

Sus manuscritos fueron entregados al médico napolitano Nardo Antonio Rechi, que los recopiló bajo el explícito e interminable nombre de Cuatro libros sobre temas médicos de la Nueva España, recogidos por mandato de Felipe II, rey invicto de las Españas y de las Indias, por Francisco Hernández, primer doctor del Nuevo Mundo, y organizados por el doctor Nardo Antonio Recchi, médico de su misma Majestad.

Sin embargo, esta obra tampoco se llegó a publicar nunca y los manuscritos originales de Hernández ardieron el 7 de junio de 1671 en un incendio en la biblioteca del Monasterio de El Escorial.

El trabajo de siete años de investigación se convirtió en humo junto con 5.000 códices, entre ellos un manuscrito griego con las obras de Dioscórides, otro médico recopilador de plantas medicinales.

Por suerte, 20 años antes, la Accademia dei Lincei, sede de la Revolución Científica con Galileo a la cabeza, había editado en Roma la obra, con el título de Tesoro de las cosas medicinales de Nueva España.
La Guerra Fría del siglo XVI

“Hernández fue un Hernán Cortés científico. Si hubiera nacido en Alemania, Inglaterra o Francia, sería célebre”, opina Figueroa-Saavedra, en una visión compartida por el historiador José Pardo.

Durante los siglos XIX y XX, estos países escribieron la historia de la ciencia, barriendo para casa.

Y, antes, la obra del protomédico español se topó con el cisma de la Iglesia católica tras la Reforma Protestante en el siglo XVI. “Era como la Guerra Fría, con dos mundos y dos comunidades científicas completamente separadas: la católica y la protestante”, señala Pardo.

Quemados sus manuscritos e ignorado, Hernández permaneció en el olvido hasta 1960, cuando un médico español que llegó a México huyendo del dictador Francisco Franco, Germán Somolinos, se empeñó en recuperar sus obras completas. Son 10 volúmenes hoy inencontrables, editados por la Universidad Nacional de México.

Rafael Morón lucha contra esa especie de maldición que persigue a Hernández. Es presidente de la Asociación Cultural Las Cumbres de Montalbán, de La Puebla de Montalbán, y ha convencido a la Diputación de Toledo para que digitalice las obras completas editadas en México.

Han tardado dos años en hacerlo y hoy por fin se presentan en un acto en el pueblo, también cuna de Fernando de Rojas, autor de La Celestina.

Sin embargo, hay un problema, como admite Morón: se han digitalizado sin negociar el copyright, propiedad de la Universidad Nacional de México.

Así que la digitalización no se puede poner a disposición de todo el mundo en internet. La obra maldita de Francisco Hernández seguirá, por el momento, sepultada.

*En una primera versión de este reportaje se indicaba por error que el médico belga Andrés Vesalio fue condenado a la hoguera, una leyenda repetida en varias de sus biografías.

 ¡Gracias! Fuente : http://esmateria.com