Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (B. F)

Los fabricantes de herramientas son raros , la paradoja de Fermi

El camino que ha seguido la vida desde las primeras células eucariotas hasta los animales actuales ha sido largo y difícil.

Puede que en estos obstáculos resida precisamente la solución a la paradoja de Fermi.

Pero supongamos, por un momento, que una vez hayan aparecido las eucariotas, lo demás viene rodado; con el suficiente tiempo, la vida animal acabará surgiendo inevitablemente.

¿Significa esto que se desarrollará inevitablemente una especie capaz de construir radiotelescopios?

Solemos identificar a la especie humana por una característica: la fabricación y uso de herramientas.

Si el ser humano es la única especie capaz de llevar a cabo esta hazaña, quizá hayamos resuelto la paradoja de Fermi.
Sin embargo, existen pegas: muchas especies utilizan herramientas y unas pocas las fabrican.

Así, hay pájaros que emplean pajitas o cañas con el fin de extraer gusanos de oquedades en troncos de árbol; las nutrias emplean piedras apoyadas en su pecho para romper y abrir moluscos; algunas aves dejan caer pequeñas rocas con las que golpean y rompen cáscaras de huevos, alimentándose de su nutritivo contenido.

Cierto es que estas habilidades no son lo que llamaríamos en rigor uso de herramientas, ya que son más bien comportamientos muy específicos y especializados, repetitivos.

Si modificásemos el problema a resolver, los mismos animales, casi con seguridad, no serían capaces de resolverlo.

Otros ejemplos más sofisticados los constituyen los primates, aunque entre ellos también hay muy pocos casos de empleo “real” de herramientas.

Aparte de los grandes simios, el único primate es el mono capuchino.

Sin embargo, estos animales no entienden en absoluto los principios de lo que hacen, tan sólo llevan a cabo ensayos de prueba y error.

De todos los animales, puede que sea el chimpancé el que más se aproxima a un uso creativo de herramientas: piedras que emplean a modo de martillo para abrir frutos con cáscaras duras y que, incluso, llevan consigo cuando van de expedición en busca de alimento, es decir, sus decisiones y comportamientos parecen obedecer a un plan previo.

Algo similar hacen con cañas de distintas longitudes para alimentarse de hormigas; se fabrican paraguas y esponjas con distintas plantas e incluso se conocen casos de algún bonobo en cautividad que llegó a fabricar piedras con filo que utilizaba a modo de rudimentarios cuchillos con los que cortaba cuerdas y otros objetos.

Lástima que fueran adiestrados y entrenados por humanos.

¿Qué conclusión podemos extraer de todo lo anterior?

El uso de herramientas no es tanto un indicador de la inteligencia natural de un animal como un reflejo de ciertas habilidades manuales y sus adaptaciones evolutivas a la hora de ocupar un nicho concreto.

Algunos animales, como los camellos, las vacas y otros nunca serán capaces de usar herramientas, seguramente porque no pueden, ni más ni menos.

Nuestra especie es afortunada. Somos excelentes fabricantes de herramientas porque disponemos de las capacidades manipulativas necesarias y requeridas para ser excelentes fabricantes de herramientas.

Si combinamos esto con nuestro lenguaje y nuestra habilidad social, entenderemos por qué nuestro uso de herramientas es tan diferente del que poseen otras especies.

No somos mejores fabricantes de herramientas por ser más inteligentes, sino que somos más inteligentes porque hemos sido capaces de fabricar y usar herramientas.

La pregunta que surge, entonces, es: ¿cuál es la probabilidad de que una especie extraterrestre siga la misma trayectoria evolutiva que nosotros?

Por supuesto, un alienígena puede no necesitar manos con cinco dedos para construir un radiotelescopio; el curso de la evolución no tiene por qué haber sido idéntico.

En cambio, para desarrollar una tecnología avanzada sí necesitará alguna clase de habilidad manual de precisión (ya posea manos, garras, tentáculos o cualquier otro tipo de apéndices) combinada con otras características tales como una visión estereoscópica o similar, por ejemplo.

No tenemos forma de saber cómo de probable o improbable sería una evolución así, pero parece difícil creer que ninguna otra especie distinta a la nuestra haya sido capaz de llegar al punto de fabricar y usar herramientas de cierta precisión.

Incluso reconociendo que estas aptitudes fuesen imprescindibles a la hora de que una civilización extraterrestre pudiese comunicarse con nosotros, parece seguro que esto no puede constituir por sí solo una explicación a la paradoja de Fermi.

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