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¿Convertir el desierto del Sahara en un mar ?

Convertir el desierto del Sahara en un maLa idea de convertir el desierto del Sahara, o al menos una parte del mismo, en un floreciente mar, ha venido martilleando las fantasiosas mentes de algunas personas durante mucho tiempo.

He aquí, por ejemplo, la curiosa idea de cierto ingeniero que planteó, con toda seriedad por su parte, esta loca idea que tuvo mucho eco en su tiempo.

El texto apareció el 29 de noviembre de 1912 en La Industria Nacional…Fotografía de Luca Galuzzi. (CC-By).

Colosal proyecto de un Ingeniero vasco. Según dicen las revistas que se ocupan de asuntos científicos, ha causado gran sensación un proyecto ideado por un ingeniero de origen vasco, el Sr. Etchegoyen, según el cual, seria realizable convertir el desierto de Sahara en un mar.

Según ese Ingeniero, la cuarta parte de la superficie del desierto se halla por debajo del nivel del mar, y la apertura de un canal de unas 50 millas de largo en la costa del Norte de África, abriría paso a las aguas marinas hasta inundar el desierto, donde se formaría un mar tan grande como la mitad del Mediterráneo.

La construcción de ese canal, agrega, no presentaría dificultades mecánicas, puesto que la tierra en aquella parte de la costa consiste en formaciones de arena y roca blanda.

Las ventajas, dice, serían inmensas. Las partes elevadas del desierto, al formarse el mar de Sahara, se convertirían en islas que llegarían a ser tan fértiles como las tierras de Europa, pues hoy su aridez es debida a la falta de agua.

Allí hallarían habitación y sustento millones de personas que hoy luchan penosamente por la existencia en varios países. Las brisas del nuevo mar, que reemplazaría al simún del desierto, templarían el clima del Norte de África, produciendo una temperatura tan agradable como la de Natal.

Y claro está que haciéndose dueña Francia del nuevo mar y de sus islas, aumentaría prodigiosamente el territorio de sus posesiones africanas y tendría vasto espacio donde establecer nuevas colonias y crear nuevas líneas de vapores para extender su comercio por el proyectado mar.

Estas aseveraciones del profesor Etchegoyen, han dado pie a muchos comentarios y discusiones, unos en pro y otros en contra.

No han faltado meteorólogos que han salido al paso, horrorizados ante la perspectiva de los serios trastornos que traería a Europa la realización de semejante proyecto.

Según ellos, si se volvía templada la zona tropical del África, tal variación sufriría el clima de Europa, que de templado se convertiría en frío en la parte meridional, y por lo que toca a los países del Norte, como Inglaterra, Dinamarca Suecia y Noruega, quedarían cubiertos de nieves perpetuas y sus habitantes se verían forzados a emigrar o hacer la vida de esquimales.

Por su parte, varios geógrafos combaten la idea, alegando que, con el trasiego de tantos billones de toneladas de agua de un punto a otro, se alteraría el equilibrio de la Tierra, cambiando de posición el eje del globo.

Pescando en el desierto

Parte dos ....Pescando en el desierto

“No fue sencillo convencer a la gente de que criar peces en el desierto tenía sentido”, es probablemente la frase que más veces ha tenido que repetir en los 30 últimos años Samuel Appelbaum.

 Profesor universitario y científico, este hombre menudo y de palabra ágil, es el culpable del asombroso desarrollo de la cría de pescado en el desierto israelí.

Con sobrada experiencia en este campo, Appelbaum fue el primero en acuñar el de término “acuacultura”, allá por la década de los 80, cuando junto a un grupo de investigadores empezó a estudiar diversas técnicas para ver cómo se podían mejorar las condiciones de vida en tierras áridas y semiáridas.

En ese sentido, no es ninguna casualidad que fuese en Israel donde comenzase a llevarse a cabo este proyecto: “Con poca tierra fértil y escasa agua, no nos quedaban muchas opciones más que investigar cómo lograrlo”, explica el científico.

Dichas investigaciones concluyeron en que el agua salobre de los acuíferos subterráneos del desierto era perfecta para la crianza de peces de aguas templadas.

A cientos de metros de profundidad, protegida de cualquier tipo de contaminante y con una décima parte menos de solución salina que el agua del mar, el agua subterránea casaba con la idea de comenzar a producir piscifactorías en pleno desierto del Néguev.

Sin embargo, conseguir los medios para las “granjas de pescado” y el interés del resto de la comunidad científica no fue tan sencillo.

“Casi fue más difícil acabar con la mala reputación de que la tierra árida no es fértil, que llevar a cabo el proceso una vez finalizada la investigación. Incluso hoy, mucha gente sigue sin entender cómo se puede producir pescado en el desierto.

Hay que cambiar esa filosofía”, dice Appelbaum, que ve en esta técnica una posible vía de desarrollo para naciones en vías de desarrollo. Por el momento, países como China, Australia o Tanzania ya han copiado modelo.

Sin embargo, las bondades del agua subterránea del desierto israelí no acaban ahí. Mucho más barata y fácil de conseguir, es especialmente útil como fertilizante para cultivos.

Después de haber sido utilizada en las granjas, es reciclada para irrigar muchos de los campos trabajados por los agricultores locales, creando de este modo una importante cadena humana donde no solo los productores de peces son los favorecidos.

Además de un uso mucho más racional del agua, también se ha conseguido una importante reducción en la utilización de fertilizantes químicos. Si bien los agricultores tomaron la iniciativa con cierto escepticismo, los resultados no tardaron no llegar. De hecho, en la actualidad, muchos de los productos como espárragos o tomates cherry que se consumen en Europa durante el invierno provienen de estas granjas.

Con respecto a los posibles daños medioambientales que estas granjas puedan causar en el complejo –y rico- ecosistema del desierto, Appelbaum no se muestra especialmente preocupado: “hemos tratado de minimizar el impacto todo lo posible.

Sin embargo, todo tipo de avance, todo tipo de esfuerzo tecnológico supone modificar el entorno donde se lleva a cabo.

 Decir lo contrario, sería mentir. De cualquier manera, en el caso que nos ocupa, el perjuicio medioambiental ha sido mínimo y casi podríamos hablar de total armonía entre ambas cosas.

Y no ya sólo por las dimensiones del proyecto, sino sobre todo por las características ecológicas del desierto, que se adaptan perfectamente a los requerimientos necesarios para la construcción y desarrollo de las granjas.

Si hubiésemos estado en un bosque de hayas, la cosa probablemente hubiese sido bien distinta”, zanja con humor.

Cabe destacar que lo que empezó siendo un proyecto científico se está convirtiendo en un lucrativo negocio.

De momento, son dos los grandes productores en Israel, con una producción de alrededor de 200 toneladas anuales de pescado comestible como el róbalo o el salmonete, así como una menor producción de peces de tipo ornamental o de acuario.

Sin embargo, parece que el modelo se expande y ya hay más de una decena de granjas en los desiertos del Néguev y Aravá que están empezando a producir en los mismos términos que las anteriores.

Al contrario que el resto de la industria alimentaria, en clara caída por la crisis económica, estas productoras se han beneficiado de un importante aumento en el consumo de pescado.

Bien por motivos de salud, bien por el descenso de la venta de carnes rojas tras los escándalos que han afectado a esta industria durante los últimos meses, las granjas de pescado son a día de hoy de los pocos negocios que no solo se mantienen en pie sino que demuestran un  crecimiento sólido.

“Nuestra experiencia debería animar a muchos países y agricultores de zonas remotas. Con una inversión inicial no excesivamente alta, se pueden conseguir excelentes resultados.

Solo el mercado internacional de peces ornamentales movió el pasado año unos 10.000 millones de dólares, que no está nada mal”, remata Appelbaum.

En ese sentido, el único problema con el que se tendrían que enfrentar estas granjas en el futuro es la posibilidad de que se agoten los acuíferos subterráneos.

De momento, y según un estudio reciente, estos manantiales disponen de miles de millones de metros cúbicos de agua, lo que permitiría seguir desarrollando la cría de pescado en el desierto durante al menos unos 50 años más. Antes de que se acabe, todo parece indicar que el agua desalinizada del mar y avances tecnológicos será la próxima respuesta de los científicos a la cría de peces en el desierto israelí.

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1 Fuente: Biblioteca Nacional de España.
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