Plantando árboles en el desierto

Plantando árboles en el desierto
Una noche una gota de rocío se deslizaba por el pétalo de una flor.

Es algo que pasa todas las noches.

Cultivar vegetales en el desierto, como tal, no es ninguna nueva noticia.

De hecho, no hay más que observar el inmenso mar de plástico que recorre el sureste español, dónde se encuentran las regiones más desérticas de la península.

Sin embargo, las plantaciones en invernaderos convencionales requieren un inmenso gasto de energías, normalmente no renovables, a la vez que también suelen implicar un gran consumo de pesticidas y agua dulce.

Por ese motivo, en un futuro, en el que el cambio climático hiciera incultivables un gran número de zonas del planeta, a la vez que la escasez de combustibles fósiles redujera las posibilidades de recurrir a las técnicas tradicionales, sería necesario buscar alternativas que permitieran adaptar la agricultura a los nuevos cambios, si no queremos que la especie humana se muera de hambre.

Y en un desierto de Australia parecen haber conseguido dar un gran paso en este aspecto, pues en los supermercados del país de los canguros y los koalas ya se están vendiendo los primeros tomates cultivados únicamente a base de agua del mar y luz del Sol.
Pero hace dos décadas alguien se maravilló de esa imagen tan cotidiana. Gracias a eso hoy crecen árboles en el desierto del Sáhara, en Atacama o en Monegros.

Pieter Hoff, un empresario holandés, pensó desde la ventana de su laboratorio de Ámsterdam que lo mismo que la flor se beneficia de la humedad del ambiente él podría inventar algo que recogiera esa humedad en gran escala para que, por ejemplo, crecieran árboles.

En 2010, su invento, el Groasis Waterboxx, fue elegido el mejor del año por la revista Popular Science. El iPad quedó segundo. Una caja de agua permitía que cualquier semilla pudiera crecer en cualquier ambiente, hasta en el más árido.

La apariencia del waterboxx es rudimentaria. Parece una maceta de plástico coronada con un tapa en forma de exprimidor con un ocho en medio. La eficacia, sin embargo, es de casi el 90%.

De cada cien semillas que planta con este sistema solo no sobreviven doce. La instalación también es sencilla y su funcionamiento arranca con tan solo tres litros de agua. El secreto es que maximiza la eficacia mediante el goteo de agua a la tierra y que capta la humedad del ambiente para que la planta crezca. El precio es de diez cajas por 270 dólares (Unos 208 euros).

El revolucionario invento ya ha sido probado en tres continentes. El gobierno de China negocia con el holandés para emprender diferentes proyectos.

También ha llegado a España. Aquí la implementación más ambiciosa del invento se ha hecho en la comarca de Los Monegros, en Aragón, una de las zonas más áridas e inhóspitas del país.

El programa LIFE+, impulsado por la Unión Europea y en el que participa la Universidad de Valladolid, está reforestando con este sistema también áreas de Valladolid, León, Zamora, Zaragoza y Barcelona.

Los beneficios del waterboxx van desde la plácida sombra en un camino a cincuenta grados de temperatura, hasta el reconocimiento social de las mujeres africanas que pueden sembrar árboles, pasando por la recuperación de plantas en peligro de extinción, que por ejemplo, ayudan a fabricar el caucho.

En el caso de los Monegros, por ejemplo, la creación de humedales filtra el agua de los riegos y la limpia de impurezas antes de que desemboquen en el río Flumen.

Hoff recorre el mundo con un par de maletas para vender su producto. Su sueño, declaró a The New York Times, es que algún día cada persona de los países pobres pueda comprarse una caja. “Si fuéramos capaces de plantar dos millones de hectáreas con árboles podríamos resolver muchos de los problemas del mundo”.

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