El curioso capricho de Diocleciano

El curioso capricho de Diocleciano
Del capricho de Diocleciano.

Viajemos a un rincón de la actual Serbia hacia el mes de julio del año 285.

Ese tiempo y ese lugar fueron testigos de las batallas que enfrentaron a dos pretendientes a la corona imperial romana, proclamados por sus respectivos soldados.

De un lado, Carino, con un potente ejército pero con menor experiencia y, para su desgracia, cierto desprecio hacia el senado y a sus propios soldados, cosa que le pasó terrible factura.

Frente a él aparecía el disciplinado ejército de Dicleciano, un experimentado oficial que había escalado a lo más alto partiendo prácticamente de la nada.

El Imperio Romano llevaba años hundido en la anarquía militar. Efímeros emperadores surgían cada poco en las provincias, apoyados por sus propias legiones, en un continuo juego de guerras civiles que amenazaba con acabar con Roma en pocos años.

Pero no, todavía faltaba más de un siglo para que desapareciera el imperio occidental y fue Diocleciano quien golpeó con fuerza para hacer retornar el orden, tras vencer en la batalla del Margus.

Grabado de 1764 obra de Robert Adam sobre las ruinas del palacio de Diocleciano en Dalmacia.

Carino fue traicionado por sus propios soldados, que le pagaron con su misma moneda asesinándolo. Victorioso, el nuevo emperador, Diocleciano, comenzó un amplio programa de reformas que tuvieron gran éxito, aunque también cometió graves errores.

Uno de ellos fue la despiadada persecución a los cristianos, algo que no le salió muy bien y que tuvo un curioso final cuando el cristianismo ganó fuerza sin fin hasta que bajo Constantino se convirtió en la religión principal de Imperio.

Su reformas políticas y económicas fueron más exitosas, aunque también cometió ahí algunos errores, pero no se tata aquí de comentar los detalles de un reinado lleno de fascinantes giros.

El capricho que menciono en el título de este post era un palacio, claro que, llamarlo así es poco menos que un insulto porque, en realidad, era toda una ciudad.

Diocleciano era un soldado, por eso, a pesar de llevar ya en el poder cerca de dos décadas, seguía preguntándose qué hacía en Roma, lugar que apenas había pisado.

Lejos de las batallas, con políticos, gentes de leyes y un pueblo que buscaba en su figura a un aristócrata, el emperador no se sentía a gusto en la ciudad eterna, por lo que continuó su reinado itinerante, de ciudad en ciudad, de batalla en batalla.

Pero, llegado el año 304, la salud del emperador comenzó a ir muy mal, tanto que se llegó a decir que había fallecido y fue necesario algo parecido a un comunicado oficial para desmentirlo.

Curiosamente, lo que sucedió después no lo esperaba nadie, más que nada porque no había sucedido nunca.

Diocleciano, en el mismo lugar de Nicomedia en el que fuera proclamado emperador, abdicó ante una asombrada multitud el 1 de mayo del año 305.

Se encontraba cansado, enfermo y, realmente, estaba hasta las narices de combatir a unos y a otros.

Así, se convirtió en el primer emperador romano que abandonaba el cargo de forma voluntaria porque, como es conocido, sólo se dejaba de ser emperador con la muerte, ya fuera natural o por magnicidio.

Deseando aislarse del mundo, Diocleciano viajó a Dalmacia, la tierra que le viera nacer.

Allí, bañado por el Adriático, había levantado un palacio de ensueño, algo digno de ser contemplado.

Aunque la información del Imperio seguía llegando, el antiguo dignatario se encerró en su ciudad amurallada personal y se olvidó de la política, prefiriendo el cuidado de sus jardines a las noticias sobre lejanas batallas.

Sin embargo, todavía se vio forzado a mediar en algunas disputas por el trono y hasta fue requerido por el pueblo para volver al poder imperial. Pero nada le hizo cambiar su opinión.

Sus tranquilos jardines amurallados eran todo lo que necesitaba, el poder le daba asco y no quería saber nada de los políticos. Mientras tanto, Roma languidecía de nuevo entre nefastas conjuras políticas.

Enfermo y deprimido, Diocleciano falleció a finales del año 311, hay quien dice que se suicidó, pero los detalles ciertos de su fin no se conocen.

Hoy, quien visite el casco histórico de la bella ciudad croata de Split debe saber que, en realidad, está pisando el hogar de Diocleciano, literalmente.

Las calles y los restos de antiquísimos edificios que se encuentran en el centro de Split son lo que queda como recuerdo vivo del monumental palacio que ordenó levantar el emperador, ese lugar en el que pasó los últimos años de vida cuidando jardines, alejado de la política.

Los restos del palacio convierten a Split en una de las joyas más impresionantes de la arquitectura romana. Es difícil imaginar el porte del palacio si no se está en el lugar.

En su día el palacio debió ofrecer una estampa impresionante, con una gran muralla alrededor de una muy bien planificada ciudadela rectangular, grandes torres, inmensos jardines y elementos que recuerdan a las villas romanas de la época pero todo organizado con meticulosidad militar.

En su época de esplendor llegó a albergar en su interior toda una ciudad con miles de habitantes llena de templos, pequeños palacetes y talleres de todo tipo.

Hoy, el sueño de Diocleciano, su lugar de descanso, se ha convertido en una de las ciudades más visitadas de Croacia.
 
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