¿Qué nos hace humanos? ¿Y a los Neandertales?

Con esta entrada se quiere presentar una nueva serie de notas, en la que trataré de abordar las cuestiones reflejadas en el título de la misma, desde una perspectiva muy concreta: la que esboza una serie de ensayos publicados en Evolutionary Anthropology.

A.Vila Mitjà (Profesora de Investigación del CSIC) nos hizo llegar una colección de ensayos o artículos breves sobre lo definitorio de la especie humana, con respuestas dadas desde el campo de la antropología evolutiva.

¿De qué se trata?

La idea parte de los investigadores J. M. Calcagno y A. Fuentes.

Estos antropólogos afirman que, para la pregunta ¿qué nos hace humanos? hay una falta de respuestas comunes, o al menos consensuadas, entre los especialistas en antropología y evolución.

Para esos autores, la ausencia de respuestas estructuradas es un problema real, porque la pregunta es muy relevante en el ámbito académico (para los estudiantes), y social (para el público en general).

Por ese motivo convencieron a un total de trece investigadores e investigadoras de primera línea, para escribir un total de diez ensayos breves (algunos son individuales, y otros los escriben entre dos autores). Cada ensayo debía considerar y en la medida de lo posible responder a la cuestión de ¿qué nos hace humanos?

Los investigadores e investigadoras seleccionados no sabían quienes escribían los otros ensayos. De ese modo se evitaba que anticipasen y respondiesen a las visiones de los demás, y podían centrarse en sus propias propuestas. Los trabajos debían tener menos de 800 palabras. Por lo demás, se les dio completa libertad sobre como hacerlo.

J. M. Calcagno y A. Fuentes se reservaron un ensayo final en el que recopilaron las respuestas de los investigadores, resumiéndolas, y buscando los elementos comunes más relevantes. La idea, en ese punto, era la de encontrar los aspectos que todos o la mayor parte de los investigadores consideraban más importantes, a la hora de responder a la pregunta de ¿qué nos hace humanos?.

El resultado de este "experimento" es francamente notable, con diez ensayos (y la reflexión final) que tienen diferentes niveles de argumentación y profundidad, pero siempre dejan el listón muy alto en ambos sentidos.

Implicaciones neandertales

Como es lógico, además del valor intrínseco de los trabajos, mis propios intereses de investigación me ha hecho ver esta colección de ensayos como una excelente oportunidad de ampliar la cuestión y preguntarnos ¿qué hace humanos a los Neandertales?, utilizando para ello la excelente colección de propuestas de los autores.

Y además me da la oportunidad de comenzar una nueva serie de posts que amplíe el alcance y los contenidos del blog. Se mire como se mire, un "Win-Win Scenario".

Por tanto, en sucesivas entradas iré presentando y resumiendo cada uno de los ensayos, y los comentaré también en clave neandertal. La idea es reflexionar sobre cuestiones como estas:

De qué forma y en qué medida "lo que nos hace humanos" es de aplicación para las poblaciones neandertales.
Qué grado de conocimiento tenemos, o podemos adquirir, sobre esos aspectos que "hacen humanos" a los Neandertales, desde el registro arqueológico, paleoantropológico y genético.

Sin más, concluyo este post esperando comenzar pronto con el primero de los ensayos, el de M. Cartmill y K. Brown, titulado "Being Human Means that "Being Human" Means Whatever We Say it Means".

Ser humano significa que "ser humano" significa lo que nosotros digamos que significa.

En su propuesta, estos investigadores comienzan comentando brevemente algunas de las posibles respuestas a la pregunta de ¿qué nos hace humanos? Una primera y obvia sería enumerar los rasgos morfológicos que nos permiten distinguirnos como humanos desde la taxonomía. En ese sentido, seríamos bípedos con manos delicadas, grandes cerebros, caras cortas, etc.

A continuación explican que hay otras dos respuestas muy habituales sobre lo que distingue a los humanos: el uso de un lenguaje articulado, muy complejo y elaborado, y la pro-sociabilidad: una cualidad innata o tendencia a aprender en la infancia a "ser social", y también a dejar de lado el egoísmo individual en beneficio de los demás, y en último término del grupo o comunidad.

Brown y Cartmill creen que estas cuestiones (lenguaje, pro-sociabilidad) son más relevantes que las primeras (los rasgos físicos que enumeramos antes), pero también proponen un nivel más de explicación.

Según ellos, puede haber dos rasgos que serían mas elementales, y de adquisición más temprana en términos evolutivos. Esos rasgos son según ellos la base sobre la que se producen las posteriores adaptaciones, que dan lugar al lenguaje humano y a la pro-sociabilidad.

Dichos rasgos más elementales serían la imitación pre-verbal, y la capacidad para ver las cosas desde la perspectiva de los otros.

La imitación pre-verbal para los autores es un rasgo que los humanos tienen muy "exagerado", incluso comparado con otros primates, y tiene su origen en la imitación por pares entre madre y cría. Ese mecanismo tan simple pondría los cimientos del aprendizaje social de los seres humanos, y sería la razón básica de la homogeneidad cultural y de la existencia de las normas sociales.

En cuanto a "ver las cosas desde la perspectiva ajena", se refiere como es obvio a ponerse en el lugar de los demás, pero tanto desde un punto de vista emocional como puramente táctico-cognitivo (por ejemplo, pensar en qué está pensando otra persona, y cómo va a actuar, para anticiparse).

Ese rasgo sería también propiamente humano, o al menos muy exacerbado en nuestra especie, en comparación con otros primates y otros animales en general.

¿Y los Neandertales?

A la hora de preguntarnos si las respuestas de Brown y Cartmill son aplicables a las poblaciones neandertales, lo cierto es que podríamos decir sin temor a equivocarnos que: en gran medida o casi por completo.

Esto se debe (y será una constante en la mayoría de los siguientes ensayos) a que los autores se retrotraen a los aspectos más determinantes, y más tempranos en términos evolutivos, para responder a la pregunta de ¿qué nos hace humanos?

Por ello, al hablar de la imitación pre-verbal y del "ponerse en el lugar del otro o la otra", están presentando rasgos y tendencias que debían de estar presentes en los primeros Homo africanos, de hace más de 1 millón de años, y que por tanto son comunes a Homo sapiens, Homo neanderthalensis, y cualquier otra especie humana que haya vivido en el planeta.

Otra posibilidad es preguntarnos si esos rasgos, tanto los más primitivos (imitación pre-verbal, ponerse en el lugar ajeno) como los desarrollos posteriores (pro-sociabilidad, lenguaje "complejo") estuvieron tan desarrollados entre las poblaciones humanas neandertales como entre los humanos actuales, de la especie Homo sapiens.

Mi respuesta, a la luz de los conocimientos actuales, y dentro de las obvias limitaciones del registro paleoantropológico, génético y arqueológico, es que esos rasgos que Cartmill y Brown consideran definitorios de "lo humano", estaban desarrollados a un nivel muy similar, o al mismo nivel, entre los Neandertales.

La complejidad del lenguaje de los Neandertales ha sido largamente discutida, pero creo que hoy no hay argumentos anatómicos o genéticos de peso para sugerir o proponer que estos humanos fueran incapaces de hablar.

Ademas, estudios recientes (Martínez et al. 2012) sugieren que, de hecho, los antepasados de las poblaciones neandertales (Homo heidelbergensis) disponían de una anatomía fonadora y auditiva muy compleja. Eso implica que eran capaces de ir mucho más allá del abanico restringido de "llamadas" de otros primates, y que utilizaban los sonidos propios de un lenguaje articulado, como los humanos modernos.

Los Neandertales, por tanto, eran capaces de usar un lenguaje articulado, desde un punto de vista físico. Pero también tenían el equipamiento necesario desde el punto de vista cognitivo.

En ese sentido, hay numerosas evidencias indirectas de las capacidades lingüísticas neandertales: Desde las capacidades tecnológicas avanzadas (talla lítica de gran complejidad, fabricación de útiles compuestos, uso tecnológico del fuego), hasta los numerosos ejemplos de comportamiento simbólico y/o social-representativo (enterramientos, adornos y decoración personal o representaciones abstractas en soportes materiales), pasando por el hecho de la transmisión inter-generacional de todas esas capacidades.

Por otro lado, para la cuestión de la pro-sociabilidad se han propuesto algunas incapacidades (Burke 2012) entre los Neandertales: dificultades para formar redes sociales amplias, ausencia de etnicidades muy marcadas, etc. Aquí puede haber algo de verdadero interés. Aunque también se ha dicho exactamente lo contrario (Hayden 2012): Que las sociedades neandertales no son cualitativamente distintas de otros cazadores-recolectores.

En todo caso, si que es posible observar alguna diferencias, sobre todo de matiz, entre las poblaciones neandertales y las de los Humanos Anatómicamente Modernos que remplazan en Eurasia a las primeras, a partir de hace unos 50.000 años.

Y, por otro lado, parece bastante claro que en el Paleolítico superior, en concreto en su parte final (entre hace 25.000 y 15.000 años), aparecen poco a poco toda una serie de elementos de complejidad creciente, en lo social y lo demográfico, que no estuvieron tan presentes a lo largo de las decenas de miles de años de historia de los Neandertales.

No obstante, sería un grave error dar por supuesto que esas diferencias sólo se pueden explicar como incapacidades innatas -en el sentido, por ejemplo, de una menor tendencia biológica al aprendizaje pro-social en la infancia.

Hay que tener en cuenta que esas diferencias en el registro, y los cambios del Paleolítico superior, pueden explicarse también como un desarrollo histórico de esas sociedades humanas.

Si trasladamos ese "pre-juicio apriorístico" contra los Neandertales al ámbito actual es como decir que los indígenas del Amazonas tienen menos capacidad "pro-social" que los humanos occidentales post-industriales, porque estos últimos han desarrollado sociedades y demografías mucho más "densas".

Esa afirmación es obviamente una barbaridad, y (por si alguien lo duda) la antropología, etnografía, sociología, etc, de esos pueblos permiten asegurar que no hay carencias significativas en sus capacidades pro-sociales innatas o aprendidas en la infancia.

Por tanto, y volviendo a los Neandertales, se puede apunta una idea para el futuro: una estrategia efectiva sería el buscar, de manera paralela a las explicaciones biológico-adaptativas, otras explicaciones histórico-sociales. Así, podrían ser comparadas, y se podría juzgar cuales encajan mejor con los cambios y diferencias que se perciben en el registro.

Y esto podría servir para entender y explicar mejor la desaparición de las poblaciones de Homo neanderthalensis.

La perspectiva genética

Continúo con revisión de la serie de mini-ensayos que ha ocupado los últimos posts, que giran en torno a la cuestión planteada por J. M. Calcagno y A. Fuentes, ¿Qué nos hace humanos?

El segundo de los ensayos lo escribe Katherine S. Pollard y se titula "The Genetics of Humanness". Es decir "La genética de lo humano" (traducción aproximada). La investigación de esta autora se centra en la evolución del ADN humano, y su respuesta a la cuestión planteada se aborda, de forma previsible, desde esa interesante perspectiva.

La primera respuesta de Pollard viene a ser esta: "desde un punto de vista genético, no hay demasiado que nos haga únicos a los humanos". Para explicar esto, pone el ejemplo de la comparación entre el genoma humano y el del chimpancé, que:

Son iguales al 99% en sus bases.
Ambos han cambiado más o menos la misma cantidad de bases desde nuestro ancestro común.

Para poner esta diferencia en perspectiva, la autora menciona que el genoma del ratón y la rata difieren en un 17% de sus bases.

En este punto, Pollard se pregunta dónde se sitúan esas diferencias entre nuestro genoma y el del chimpancé, y, sobre todo: ¿qué es lo que hace que sean importantes? Ya que, como resulta obvio, no somos tan parecidos a nuestros parientes evolutivos.

Lugares clave del genoma y "algunos trozos" de ADN

La respuesta es que unos pocos cambios clave, en determinadas secuencias de nuestro ADN, han tenido grandes efectos, modificando nuestra morfología, repertorio de dieta, y susceptibilidad a las enfermedades. Esos cambios los divide en dos tipos:

Cambios en bases de ADN individuales, que se concentran en las llamadas HARs (Human Accelerated Regions) del genoma. Al parecer, muchos de los genes de esas regiones son "factores de transcripción", cuya función es controlar la expresión de otros genes. De ese modo, se puede entender que cambios pequeños en esas secuencias regulatorias puedan alterar la función de toda una red de genes. Y por tanto, modificar la expresión de un rasgo complejo (de alimentación, morfología, desarrollo y crecimiento, etc).

Cambios estructurales: Durante la transmisión de los genes, puede suceder que "tramos" completos del ADN se copien de más, se borren o se cambien de lugar. Estos cambios estructurales pueden causar la desaparición o cambio de la función que cumplen determinados conjuntos de genes.

En términos de selección natural, las consecuencias son a menudo negativas o neutras, pero a veces son positivas, y esas son las realmente importantes. En términos de cantidad, según Pollard este tipo de cambios en nuestro genoma son los más numerosos, con respecto al ADN chimpancé.

Y, por tanto, esas secuencias probablemente albergan buena parte de lo que nos hace humanos. Estas son las claves propuestas por la autora, que termina su ensayo con una breve mirada al futuro: En su opinión, los proyectos de investigación actuales permitirán ir afinando y definiendo con más detalle y precisión lo que nos hace humanos, desde el punto de vista de nuestro ADN.

Y, en concreto, destaca dos tipos de estudios: La secuenciación completa de genomas humanos (de individuos actuales y del pasado), y también los genomas de los microorganismos que viven en y sobre nuestro cuerpo.

La genética de la humanidad neandertal

Si llevamos estas cuestiones a los Neandertales, lo primero es preguntarnos por nuestras diferencias y parecidos en términos genéticos. En ese aspecto, la publicación del borrador del genoma neandertal por Green et al. en 2010 supuso una auténtica revolución, y se puede decir que la información que manejan los expertos hoy es infinítamente superior a la que existía antes.

Esta información masiva ha dado lugar a la multiplicación de estudios e hipótesis, pero pienso que todavía se mantienen las principales claves que ya se apuntaban en los artículos que acompañaban al borrador del genoma neandertal. Veamos esas claves, muy brevemente:

En el artículo principal de 2010, se hacía una comparación entre el genoma humano, el de los grandes simios, y el neandertal. El objetivo era observar qué mutaciones son comunes en los humanos actuales y en las poblaciones neandertales, pero no en los grandes simios, ya que esas mutaciones serían anteriores a la divergencia genética de las dos poblaciones humanas. Y, de manera complementaria, se buscaba aislar las mutaciones específicas de los Neandertales y de los humanos actuales.

Como ya se comentó en aquel momento, uno de los resultados más interesantes de ese tipo de enfoque es que se puede evaluar cuánto divergen el ADN "moderno" y el neandertal en comparación a la distancia entre nosotros y los grandes simios -como el chimpancé.

El resultado: ha habido muy pocos cambios en nuestra secuencia genética, en los últimos "centenares de miles de años" de evolución, si los comparamos con los cambios con respecto a los chimpancés.

Por tanto, si "lo que nos hace humanos" está en los cambios genéticos que han ocurrido desde que divergimos de nuestros parientes más próximos (chimpancés), entonces la conclusión es que la mayor parte (o la inmensa mayoría) de los cambios que nos hace humanos los compartimos con los Neandertales.

Lo propio de la humanidad actual

Por otra parte, hay una parte del genoma humano "moderno" que muestra mutaciones exclusivas, y que por tanto diverge del ADN neandertal.

En esas mutaciones, en principio, podría encontrarse lo que nos caracteriza y diferencia de las poblaciones neandertales. Por supuesto, no todas las mutaciones son relevantes, por lo que los autores del trabajo de 2010 (Green et al.) se centraron en las partes del genoma que consideramos más vinculadas a la selección natural: Las que, cuando mutan "espontáneamente", producen graves problemas a los individuos, haciendo peligrar su supervivencia y reproducción.

Esas partes se caracterizan por ser muy similares en todos los humanos actuales (por lo explicado arriba) y al compararlas con los Neandertales, se detectaron cambios en cinco regiones:

En la primera de ellas, las mutaciones “espontáneas” modernas causan enfermedades como la diabetes, por lo que se piensa que influye en el consumo energético. Así, los cambios respecto al Neandertal podrían apuntar a diferentes configuraciones en la metabolización de alimentos y el consumo de energía.

Otras tres regiones, en el caso moderno, se caracterizan porque sus mutaciones “espontáneas” están relacionadas con enfermedades cognitivas. En estos casos, se apunta que podría haberse dado una selección natural del rasgos útiles de tipo cognitivo.
Y por último, hay otra región en la que, cuando hay mutaciones “perjudiciales” modernas, se dan cambios importantes de la estructura craneal y de la caja torácica. De eso deducen que el cambio respecto a la secuencia neandertal podría tener que ver con las importantes diferencias entre su esqueleto y el moderno. Valoración y alguna propuesta

Una nota importante que no hay que olvidar, sobre estas regiones y cambios genéticos, es que las asociaciones de genes y función son aún bastante especulativas (con mayor o menor seguridad según el caso concreto); y que una diferencia es exactamente eso: no significa necesariamente inferioridad o incapacidad de unos o de otros.

Y por otro lado, algo fundamental en mi opinión es tener claro que la inferioridad o superioridad de un rasgo sólo puede juzgarse en términos de escenarios competitivos entre dos poblaciones. Y esos escenarios han de situarse, por definición, en unas circunstancias concretas. Quiero decir que, lo que en determinadas circunstancias puede ser una ventaja, si cambia el contexto puede convertirse rápidamente en una desventaja.


Creo que la reflexión del párrafo anterior permite plantear una recomendación o propuesta, que implica necesariamente la colaboración de genetistas, paleoantropólogos y arqueólogos. Dicha propuesta podría enunciarse así:

Es necesario seguir estudiando las diferencias genéticas estructurales entre neandertales, humanos actuales, otros grupos humanos del pasado (por ejemplo del paleolítico, del neolítico, etc), y las especies de referencia como el chimpancé, para entender nuestra historia evolutiva.

Pero no tendría sentido considerar que las ventajas o desventajas adaptativas que derivan de los cambios genéticos son universales o absolutas, "esencialistas". Al contrario, deben juzgarse en relación a las circunstancias de los diferentes escenarios históricos y evolutivos.
¿Y la cultura? Es importante e interactúa con la genética... para complicarlo todo un poco más

Como nota final, me gustaría mencionar también que no todo lo que afecta o afectó a las poblaciones del pasado ha de tener necesariamente un correlato genético directo. En concreto, estoy pensando en la cultura humana (incluyendo la cultura de los Neandertales), que es una herramienta muy poderosa, y además tiene una enorme variabilidad.

Cuando se incluye la cultura en la ecuación, todo cambia: es perfectamente posible pensar que dos grupos genéticamente indiferenciables (en la escala más general, se entiende) puedan tener formas culturales dispares, que les lleven a tener relaciones (con el medio, entre ellos y con otros grupos) que por completo distintas. Y esas relaciones diferenciadas pueden derivar en desarrollos históricos singulares, sin que, en principio, haya influido la genética en los mismos.


 ¿Qué nos hace humanos? ¿Y a los Neandertales?

O al revés, también es posible que grupos con notables disparidades genéticas muestren aspectos culturales similares o prácticamente idénticos, que devengan en notables paralelismos históricos.

Y, todo ello se complica si extendemos la perspectiva al "tiempo largo", y nos damos cuenta de que la cultura ha podido influir en la historia evolutiva de los grupos humanos, desde momentos muy tempranos.

Y al revés, que la cultura humana requiere, para su nacimiento y desarrollo, de unos rasgos innatos. Y esos rasgos aparecieron, en primer lugar, como consecuencia de las presiones selectivas que actuaron sobre nuestro ADN.

Lo dejo en este punto, con estos temas tan abiertos para la reflexión y comentario de los lectores.

¿Por qué no somos chimpancés?

Desde su punto de vista, para comprender qué nos hace humanos, la clave está en compararnos con los distintos primates con los que estamos más emparentados, como los chimpancés y los gorilas. La comparación permite descubrir en primer lugar unas diferencias muy obvias, como las relacionadas con el modo de locomoción, el medio en el que pasa más tiempo cada especie (arbóreo o terrestre), etcétera.

Otras comparaciones son más complicadas de llevar a cabo, como son las relacionadas con el comportamiento y con el cerebro. Sabemos que nuestro repertorio de comportamientos difiere, obviamente, del repertorio de los chimpancés y los gorilas, al igual que nuestros cerebros son distintos.

Y, por cierto, sabemos también que hay diferencias notables entre unos y otros parientes: Ni los cerebros de chimpancés y gorilas, ni su comportamiento, son iguales.

Pero notar que existen unas diferencias no equivale a saber explicarlas, ni supone que entendemos como la organización de nuestros cerebros determina esos repertorios de conductas posibles. Tampoco sirve para abarcar la totipotencialidad de los comportamientos de cada especie, es decir el abanico completo de comportamientos posibles.

En estos ámbitos es, por tanto, donde la investigación sobre el ser humano y sus parientes primates tiene campos más fértiles de trabajo.

En cuanto a lo que sabemos hoy, R. Sussman sugiere que, cuando se comparan las totipotencialidades de humanos y sus parientes más próximos, tres rasgos aparecen como propiamente humanos:

El comportamiento simbólico, enunciado por el autor como la habilidad para crear mundos mentales y alternativos, para ponderar sobre el pasado y el futuro, y para imaginar cosas que no existen.

El lenguaje, la capacidad única que nos permite comunicarnos, no sólo en contextos próximos e inmediatos, sino también sobre cosas del pasado, el futuro, o que están alejadas en el espacio y fuera de la vista, o que son directamente imaginadas.

La cultura, definida por el autor como la habilidad de las poblaciones humanas de crear sus propios mundos simbólicos compartidos y transmitirlos entre las generaciones.

Sobre estas cuestiones, se pueden decir un par de cosas, a modo de comentario o matiz crítico, aunque debo comentar en primer lugar que, en lineas generales, estoy bastante de acuerdo con la propuesta de R. Sussman.

Los comentarios o matices vendrían, por un lado, del hecho de que los tres puntos parecen tres caras o puntos de vista sobre el mismo concepto, que sería algo así como la capacidad de generar y comunicar conceptos abstractos. Esa capacidad, de hecho, va ligada de manera necesaria a la existencia del lenguaje humano, ya que -desde mi punto de vista- es necesaria su existencia para poder comunicar, pero también para poder producir esos conceptos.

Y, por otro lado, está la cuestión de reducir el concepto de "lenguaje" a esa capacidad típicamente humana, cuando muchos animales también tienen otros tipos de lenguajes, diferentes al nuestro.


¿Y los Neandertales?

Si llevamos esta cuestión a los Neandertales, hay muchísimos aspectos que podríamos comentar, por lo que es preferible centrarse en algún tema especifico. Dado que la cuestión del lenguaje, privilegiada por Sussman como respuesta, ya la hemos tocado antes, y le hemos dedicado largas discusiones, quizás es preferible encontrar otro enfoque.

Por ello he decidido darle a esta segunda parte del post un punto de vista distinto, más en la línea de lo genético-evolutivo: Ante la pregunta de por qué no somos chimpancés, cabe añadir:

¿Por qué los Neandertales no son chimpancés?

Se puede responder a esta cuestión poniendo en perspectiva la distancia genética y evolutiva que hay entre nuestros parientes primates más próximos (como los chimpancés), y las poblaciones neandertales, y comparando todo ello con la posición relativa de los "humanos anatómicamente modernos".

En ese sentido, la respuesta rápida es que los Neandertales no son chimpancés porque sus antepasados ancestrales, que eran los mismos que los nuestros, se separaron de los antepasados de los chimpancés hace muchos millones de años.

Esos millones de años, según los últimos estudios paleogenéticos, son como mínimo 7 u 8, pero probablemente más de 10 (Scally y Durbin 2012; Langergraber et al. 2012).

Frente a eso, nuestra separación respecto a las poblaciones neandertales comenzó (según esos mismos estudios) entre hace 600.000 y 400.000 años, aunque probablemente hubo después una etapa larga de intercambio genético entre ambas poblaciones, continuado al principio y ocasional después... incluyendo un flujo genético neandertal reciente, datado entre h. 100.000 y 50.000 años (Green et al. 2010).

Obviamente, esto tampoco significa que hace entre 600.000 y 400.000 años los Neandertales dejaran de evolucionar, y se quedaran "más cerca" de los chimpancés que nosotros. Sólo significa que las poblaciones de humanos neandertales y de los "humanos anatómicamente modernos", en ese punto, se fueron distanciando genéticamente. Y esas poblaciones se vieron, con toda probabilidad, sometidas a presiones adaptativas que fueron, al menos, ligeramente distintas, y que se unieron a la deriva genética.

Esto se deduce del hecho de que, aunque compartimos tendencias evolutivas similares (hacia una mayor capacidad cognitiva y simbólica, aumento de la capacidad craneal, avance de la longevidad, etc), también hay diferencias significativas, tanto en la morfología física, como en algunos segmentos del ADN que están muy sujetos a selección natural (Green et al. 2010).

Pero, volviendo a la cuestión de la humanidad neandertal y en qué punto podemos situarla: para poner los datos en perspectiva se puede usar la separación más antigua que conocemos entre poblaciones vivas actuales (que ha sido documentada a partir de la genética):

Esta separación es la existente entre los grupos Yoruba y Khoe-San. Según las mismas estimaciones usadas para la separación Neandertal-Moderno (Scally y Durbin 2012), dicha divergencia se produjo hace unos 250.000 o 300.000 años. Como puede verse, este dato no está, al menos en términos generales, demasiado alejado de la separación propuesta para las poblaciones neandertales y modernas.

Diferencias entre primates

Como en el caso de Sussman, para Seyfarth y Cheney lo que nos hace humanos se puede encontrar en la comparación con otros primates, buscando sobre todo las principales diferencias. Por ello, su propuesta puede entenderse cómo “aquello que posee la humanidad y que otros primates –monos, simios, etc- no tienen en absoluto, o sólo muestran de un modo muy limitado.”

Cognición, comunicación y lenguaje

Además, los autores no dudan en acudir directamente al sub-campo (o área específica) de las diferencias en los aspectos de la cognición y la comunicación. Esto se explica porque consideran que la principal diferencia (i. e. más significativa) entre los otros primates y los seres humanos es nuestra capacidad para crear y utilizar un “lenguaje completamente evolucionado”. Es decir, que no se preocupan en este caso de los aspectos anatómicos, etc., sino que van directamente a las diferencias cognitivas y de las capacidades comunicativas, que están en la base del lenguaje.

“Teoría de la mente” y flexibilidad acústica del habla

Estos dos conceptos, una “teoría de la mente” plenamente desarrollada, y una flexibilidad acústica (aprendida, y altamente modificable) de nuestra capacidad de emisión de mensajes, serían los rasgos específicos que nos hicieron humanos, según Seyfarth y Cheney. En concreto, los investigadores entienden estos rasgos como dos pasos previos y elementos constituyentes de lo que después sería nuestro lenguaje, con toda su enorme capacidad de gestionar y comunicar información.

En cuanto a la “teoría de la mente”, el concepto se refiere a dos capacidades complementarias:

Capacidad de introspección, de ser conscientes de nuestros propios pensamientos, poder juzgarlos, modificarlos, etc… lo que es un gran paso para permitirnos recopilar datos de todo tipo, y para reformular y planificar nuestras estrategias.
Capacidad de reconocer y proyectar lo que otros individuos piensan o creen, y de juzgar si sus creencias son verdaderas o falsas. Esta “teoría de la mente” no estaría por completo ausente en otros primates, pero según los autores en todos los demás casos es muy limitada, y (por lo general) es inferior a la que muestran los niños humanos de un año de edad.

Y, en lo que se refiere a la flexibilidad acústica, en este caso las diferencias serían todavía más tajantes: Todos los demás primates tienen un rango de producción vocal enormemente limitado, y que responde en casi todo su abanico a capacidades innatas, no aprendidas (todo lo contrario que los humanos).

Una posible explicación

Para cerrar su mini-ensayo, Seyfarth y Cheney reflejan una breve propuesta sobre el mecanismo evolutivo que habría llevado a estas diferencias tan marcadas:

“One speculation argues that the selective pressures imposed by an increasingly complex social enviroment favored the evolution of a full-blown theory of mind, and this, in turn, favored the evolution of increasingly complex communication that required flexible vocal production.”

Es decir, que un entorno social cada vez más complejo produjo las presiones selectivas hacia una “teoría de la mente” más desarrollada, y eso a su vez favoreció en desarrollo de la producción vocal flexible que nos caracteriza.

¿Y los Neandertales qué?

En este punto, la pregunta sería ¿compartieron las poblaciones neandertales esos rasgos que nos hacen humanos según los autores? Si seguimos los principios y razonamientos expuestos por Seyfard y Cheney, será necesario buscar esos pre-requisitos (“teoría de la mente” desarrollada, y flexibilidad acústica/vocal), para que sea factible la existencia de un “lenguaje plenamente evolucionado” en las poblaciones neandertales del Pleistoceno.

“Teoría de la mente” neandertal.

En lo que se refiere a la “teoría de la mente”, hay al menos dos medios (que, de hecho, pueden ser complementarios) para documentarla desde la arqueología.

Por una parte se pueden buscar conductas claramente simbólicas o representativas de conceptos abstractos, como el arte, la religión, la etnicidad, etc. En esta línea, estarían numerosos trabajos que han documentado una variedad de objetos y técnicas de adorno (y de distinción) de los grupos e individuos neandertales (d’Errico y Soressi 2006, Hayden 2012, Leroi-Gourhan & Leroi-Gourhan 1964, Peresani et al. 2012, Zilhão 2007).

Otra estrategia es buscar elementos del registro arqueológico que reflejen formas de conducta complejas, elaboradas, con planificación al largo plazo, y/o con estrategias ramificadas o de gran variabilidad. En este sentido ha habido muchos trabajos dentro de un amplio abanico de temas: sobre las formas de vida, la subsistencia, la gestión de los recursos y del utillaje, o la economía en general de los grupos neandertales. Algunos ejemplos serían los trabajos de L. Bourguignon, J. Rios Garaizar, M. Soressi, o M. Vaquero.

En cualquier caso, desde ambas perspectivas parece hoy claro que los Neandertales dispusieron de una “teoría de la mente” plenamente desarrollada, similar o no muy diferente de la que tuvieron los llamados “humanos modernos” en el final del Pleistoceno.

Flexibilidad acústica y vocal neandertal

Sobre esta cuestión, para el caso de los Neandertales, se han combinado dos enfoques complementarios por parte de los investigadores expertos en la materia:

El primero de esos enfoques es investigar el aparato emisor de la voz, es decir, el tracto vocal y la forma de los elementos rígidos (óseos) y flexibles (cuerdas vocales, músculos, etc.). Los últimos estudios (Martínez et al. 2012) apuntan a que tanto los Neandertales, como los Homo heidelbergensis, ya tenían las partes anatómicas implicadas en la formación del habla con una configuración similar o muy parecida a la moderna -entendiendo por “moderna” una morfología como la nuestra, en cuando a la variedad y calidad de los sonidos que puede producir.

En el mismo trabajo que citabamos antes, (Martínez et al. 2012) se utiliza también el otro enfoque posible, que es estudiar el aparato receptor, es decir el oído. Se puede hacer a partir de los restos fósiles: tanto de los huesecillos del oído interno, como del propio canal auditivo en el cráneo humano. Y una vez más, los estudios sugieren que las capacidades auditivas de los H. heildelbergensis y los Neandertales, en relación al habla, fueron muy similares a las nuestras (o, en todo caso, mucho más próximas a las nuestras que a las de los chimpancés u otros primates).

Por lo tanto, en el momento actual de la investigación, todo apunta a que las poblaciones neandertales también poseían el aparato fonador y auditivo adecuado para el "lenguaje completamente evolucionado"

El punto de vista del neuroantropólogo

El quinto de los mini-ensayos es obra del antropólogo Benjamin Campbell y se titula "Una perspectiva neuroantropológica". Este encabezamiento no induce a error, ya que en el primer párrafo Campbell nos plantea que, desde su punto de vista, lo que nos hace humanos es nuestro cerebro.

"What makes us human? I argue it is a brain that has evolved under social pressure to make us self-aware individuals, who define ourselves by what we share with a group of familiar others."

A esta idea básica, de un cerebro que nos hace auto-conscientes y nos permite definirnos en relación a "otros familiares" con los que socializamos, el autor añade una perspectiva histórica y, entiendo que también cultural: explica que esos "otros familiares-sociales" han pasado progresivamente de ser nuestra banda o tribu, a incluir a toda la especie humana.

Para Campbell, nuestro cerebro es más o menos único, y está en el centro de lo que nos hace humanos. Es un órgano grande, varias veces mayor que lo esperable para un mamífero de nuestro tamaño, y el triple de grande que el cerebro de los chimpancés; y es especialmente complejo. Todo eso supone tanto necesidades (tiempo para crecer, sistemas de maduración adecuados, y aportes metabólicos suficientes para que funcione) como ventajas adaptativas.

Virtudes de un cerebro grande

Para Campbell, las principales ventajas que aporta nuestro cerebro serían de tipo social-cognitivo: nos permite planear y ejecutar estrategias grupales muy complejas, y está en relación con la supervivencia de los individuos y la reproducción de los grupos.

En especial, con la viabilidad y número de nuestros descendientes. Según el autor, nuestras capacidades cognitivas y sociales nos permiten criar con éxito a mayor número de descendientes que cualquier especie hominoidea (chimpancés, bonobos, gorilas u orangutanes) gracias a nuestra capacidad para distribuir el "coste metabólico" de la crianza entre el grupo social.

Otro aspecto que nos distinguiría de los demás hominoideos sería nuestra mayor capacidad para lo que llama la "emoción social", que estaría muy relacionada con el concepto del "yo sensitivo" (en. "sentient self") de Craig (2010). La especie humana es muy sensible y receptiva, en términos emocionales, a su entorno social.

Esto, según Campbell, puede deberse a que dos partes del cerebro, el cuerpo amigdalino y la ínsula, integran las señales físicas y sociales con los impulsos emocionales, para proporcionarnos sensaciones generales de "sentirnos bien o mal".

En resumen podría decirse que, para este autor, lo que nos hace humanos es nuestro cerebro social.

¿Y el cerebro neandertal?

Si lo que nos hace humanos es nuestro cerebro ¿qué pasa entonces con los neandertales?

Precisamente esta cuestión ha sido abordada por varios estudios recientes sobre la evolución del cerebro entre los miembros del género Homo (como H. sapiens, H. ergaster/erectus, H. neanderthalensis, etc.).

Todos estos trabajos se han centrado en los cambios y diferencias en la masa total del cerebro, pero también en los ritmos y tiempos de crecimiento y maduración del mismo, ya que esto es tan importante para el desarrollo cognitivo como el tamaño final alcanzado.

Entre estos estudios destacan uno más breve y centrado en los neandertales (Gunz et al. 2010), y otros dos más generales y de síntesis (Neubauer y Hublin 2012, Leigh 2012).

Los trabajos de Gunz (2010) y de Neubauer y Hublin (2012) se centran más en las diferencias entre neandertales y Humanos Anatómicamente Modernos (HAM, nuestros antepasados más directos), y el de Leigh (2012) hace más hincapié en las similitudes y paralelos.

Parecidos...

No obstante, en todos los estudios queda claro que Neandertales y HAM compartieron la gran mayoría de los cambios que la evolución produjo en sus cerebros, y en el desarrollo ontogenético de los mismos (a lo largo de la vida del organismo).

Esos cambios nos proveyeron de un cerebro grande, que crece bastante durante la gestación, pero sobre todo sigue madurando a ritmos fetales después del parto, durante al menos un año.

Y sigue creciendo, aunque de manera más limitada, hasta la adolescencia. Esos rasgos los compartimos con las poblaciones neandertales, y son los que nos distinguen radicalmente de los chimpancés y de otros hominoideos, y también de antepasados extintos como el H. habilis y el H. ergaster/erectus.

Por todo ello, es razonable deducir que, si lo que nos hace humanos es nuestro cerebro, el de los neandertales también les hacía humanos a ellos.

... y algunas diferencias.

En cuanto a las diferencias que existieron entre nuestros antepasados HAM y los neandertales, se han podido determinar variaciones morfológicas de detalle, y algunas posibles diferencias genéticas.

Las principales diferencias morfológicas son dos: el cerebro del H. neanderthalensis era algo mayor, en términos absolutos, mientra que el cerebro de los HAM presenta una forma más globular, con expansión de las zonas altas y externas del cerebro.

Por otro lado, desde el punto de vista genético, Green et al. (2010) han detectado algunas mutaciones que serían derivadas en nuestras poblaciones respecto a la linea ancestral y a los neandertales.

Unos pocos de esos genes pueden tener relación con el cerebro, y podrían suponer, hipotéticamente, algún tipo de ventaja, en términos adaptativos, de tipo cognitivo y/o metabólico.

Eso, sin embargo, no implica que los neandertales fueran presa de incapacidades cognitivas importantes, ni que su inteligencia potencial fuera sensiblemente inferior a la moderna.

Nuestra evolución cerebral en común durante varios millones de años, el tamaño y características de sus cerebros, y sus realizaciones simbólicas y culturales, no indican una inferioridad manifiesta.

No obstante, es posible que se dieran diferencias sutiles en los procesos cognitivos o en la eficiencia metabólica de sus cerebros.

Y no se puede descartar por completo que esas diferencias pudieran llegar a ser relevantes, en la escala más general de las poblaciones, y desde una perspectiva bioevolutiva.

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