El amor ,naturaleza humana

El amor entre seres humanos
Las personas quedamos tan hastiadas de los ciclos y callejones sin salida del romance, que comenzamos a preguntarnos si existe algo que sea realmente  “amor”.... 

Pues sí, existe.

Pero a menudo debemos efectuar cambios de actitud muy profundos antes de poder apreciar qué es el amor y hacerle un espacio en nuestras vidas.

El amor entre seres humanos es una de las realidades absolutas de la naturaleza humana.

Del mismo modo que el alma – Psique – era una de las deidades del panteón griego, también lo era el amor: se llamaba Eros.

Los griegos entendían que, como un arquetipo del inconsciente colectivo, el amor era a la vez eterno y universal en la humanidad. Para ellos, eso bastaba para considerarlo un dios.

Dado que el amor es un arquetipo, tiene un carácter propio, trazos específicos, su propia “personalidad”.

Igual que un dios, el amor se comporta en el inconsciente como una “persona”, un ser separado de la psique.

El amor se diferencia del super-yo; el amor existía antes de que el super-yo ingresara al mundo. Cuando mi super-yo parta, el amor seguirá aquí.

No obstante, el amor es algo o “alguien” que vive dentro de cada cual. El amor es una fuerza que actúa desde adentro, permite que el ego mire fuera de sí mismo, para ver a nuestros semejantes como algo a ser valorado y tratado con cariño, no apenas algo para ser usado.

Por lo tanto, cuando digo que “amo”, no soy yo quien ama sino, en realidad, es el Amor que actúa a través de mí. El amor no es algo que hago sino algo que soy.

El amor no es un quehacer sino un estado del ser: un vínculo, una ligazón con otro ser mortal, una identificación con él o ella que simplemente fluye dentro de mí y a través de mí, independientemente de mis intenciones o mis esfuerzos.

Este estado del ser puede expresarse en lo que hago o del modo en que trato a la gente, pero nunca puede reducirse a un bloque de “tareas” o de actos.

Es el sentimiento interno. Mucho más de lo que solemos notar, el amor concreta mejor su alquimia divina cuando seguimos el consejo de la Cordelia de Shakespeare: “Ama, y permanece en silencio.”

El amor existe, ajeno a nuestras opiniones sobre lo que debería ser. Por más fabulaciones o más egoísmos que justifiquemos en nombre del “amor”, aun así sus caracteres permanecen inmutables. Su existencia y su naturaleza no dependen de mis ilusiones, mis opiniones o mis trampas.

El amor es algo distinto de lo que nuestra cultura nos llevó a esperar, es diferente de lo que nuestros egos desean. Se distingue del palabrerío sentimental y de los éxtasis impostados que enseñaron a aguardar. El amor surge como algo real, es lo que en verdad somos y no lo que nuestros egos exigen.

Es preciso que sepamos esto del amor. De otra manera, nunca lograríamos observar honestamente los engaños que nos hacemos. A veces la gente dice:

“No quiero ver mis ilusiones; si me quitan mis ilusiones, ¡no me quedará nada!” Parece que pensamos el amor como “obra del hombre”, como si lo hubiésemos inventado en nuestras mentes.

Aunque el amor romántico no se convirtió en lo que pensábamos, todavía existe en nosotros un amor humano innato, y este amor seguirá con nosotros incluso después de que se hayan disuelto nuestras proyecciones, nuestras ilusiones, y nuestros artificios.

El amor humano está tan oscurecido por las impostaciones y las conmociones del romance, que casi nunca buscamos el amor por sí mismo, y cuando vamos en pos de él difícilmente sabemos qué buscar.

Pero a medida que entendemos las características y las actitudes del amor, podemos comenzar a advertirlo en nosotros, revelado por nuestros sentimientos, en el espontáneo fluir de la calidez que surge hacia otra persona, en los pequeños e imperceptibles actos de vinculación que configuran la trama secreta de nuestras vidas cotidianas.

El amor es el poder que dentro de nosotros afirma y valoriza a otro ser humano tal como es.

El amor humano ratifica a la persona que está realmente allí, en vez del ideal que preferiríamos o de las proyecciones que fluyen desde nuestras mentes.

El amor es el dios interior que abre sus ojos ciegos a la belleza, al valor y la calidad de otra persona.

El amor nos induce a valorizar a esa persona como un yo total individual, y esto significa que aceptamos tanto sus lados negativos como sus lados positivos, las imperfecciones a la par de las cualidades admirables.

Cuando se ama verdaderamente a otro ser humano y no una proyección, se ama la sombra igual que todo lo demás. Se acepta la totalidad de la otra persona.

El amor humano hace que el hombre vea el valor intrínseco de la mujer; por eso lo impulsa a honrarla y atenderla, en vez de tratar de utilizarla para los propósitos de su super-yo.

Cuando lo guía el amor, él se preocupa por las necesidades y el bienestar de ella, y evita centrarse en sus propios deseos y caprichos.

El amor altera nuestro sentido de importancia. Mediante el amor vemos que el otro ser tiene en el cosmos tanto valor como uno mismo, se vuelve importante para nosotros que esa persona también logre ser entera, que viva plenamente, que encuentre la alegría de vivir, así como satisfacemos las propias necesidades.

En el mundo del inconsciente, el amor es una de esas grandes fuerzas psicológicas que tienen poder para trasformar el super-yo.

El amor es un poder que despierta el ego a la existencia de algo exterior a él, que está fuera de sus planes, fuera de su imperio, fuera de su seguridad.

El amor vincula al super-yo no sólo con el resto de la especie humana, sino con el alma y con todos los dioses del mundo interior.

Así, por su propia naturaleza, el amor es el opuesto exacto del egocentrismo. Utilizamos la palabra amor vagamente. La usamos para dignificar cualquier número de exigencias a otra gente de atención, poder, seguridad o entretenimiento.

Pero cuando lo ponemos al servicio de nuestras “necesidades” prefabricadas, de nuestros deseos, sueños y nuestra manipulación de los demás, eso no es amor.

El amor es algo absolutamente distinto de los deseos y los juegos de poder de nuestro ego. Nos lleva en una dirección diferente: hacia la bondad, el valor y las necesidades de los seres que nos rodean.

En su propia esencia, el amor es una apreciación, un reconocimiento del valor del otro: impulsa al hombre para que honre a la mujer en vez de utilizarla, a que se pregunte cómo puede atenderla. Y si esta mujer se relaciona con él por medio del amor, ella asumirá hacia él la misma actitud.

La naturaleza arquetípica del amor fue tal vez expresada mejor que nadie por el sencillo lenguaje de San Pablo:

El amor tolera mucho y es bondadoso: el amor no envidia; el amor no se vanagloria, ni se envanece…

El amor no tiene intereses propios, no es exasperado fácilmente, no se apresura a sospechar la maldad… tolera todas las cosas, cree todas las cosas, tiene esperanza en todo, lo resiste todo.

El amor nunca fracasa: pero donde haya profecías, fallarán; donde haya chismes, callarán; donde haya conocimientos, se disiparán.

He aquí un breve y elocuente testimonio sobre la diferencia entre el ego abandonado a sus propios trucos y una ego bajo la influencia del amor. Mi ego se preocupa consigo mismo; pero “el amor tolera mucho y es bondadoso.”

El super-yo es envidioso, siempre procura jactarse con ilusiones de poder y control absoluto, pero “el amor no se vanagloria, ni se envanece.” El ego, abandonado a su egocentrismo, siempre traicionará, pero “el amor nunca fracasa.” El ego sólo sabe afirmar su esencia y sus deseos, pero “el amor no tiene intereses propios.” El amor afirma toda la vida: “tolera todas las cosas, creen en todas las cosas, tiene esperanza en todo.”

Es por eso que nos oponemos al amor romántico, y ésta es la mayor distinción entre el amor humano y el amor romántico: el romance debe, por su propia naturaleza, degenerar en egoísmo.

Pues el romance no es un amor dirigido a otro ser humano; la pasión del romance siempre se dirige a las propias proyecciones, a las propias expectativas, a las propias fantasías.

En un sentido muy real, no es un amor volcado a otra persona, sino hacia uno mismo.

Ahora debe quedar claro que cuando una relación se basa en proyecciones, está faltando el elemento del amor humano.

Enamorarse de alguien a quien no conocemos como persona, pero que nos atrae porque refleja una imagen de dios o diosa en nuestras almas es, en cierto sentido, enamorarse de sí mismos, no de otra persona.

Pese a la aparente belleza de las fantasías amorosas que podamos tener en este estado de enamoramiento, podemos, de hecho, encontrarnos en un estado mental extremadamente egoísta.

El amor real comienza sólo cuando una persona conoce a otra por lo que realmente es como ser humano, que comienza a gustarle y a importarle.

…Ser capaz del amor real significa volverse maduros, con expectativas realistas hacia la otra persona. Significar asumir la responsabilidad de nuestra felicidad o infelicidad, y no esperar que la otra persona nos haga felices ni vituperarla por nuestros malos modales y nuestras frustraciones. (Sanford, Invisible Partners)

Cuando nos enfocamos en nuestras proyecciones, estamos enfocándonos en nosotros mismos. Y la pasión y el amor que sentimos por nuestras proyecciones es un amor reflejado y circular que se dirige inevitablemente hacia nosotros.

Pero aquí, nuevamente, caemos de cabeza en la paradoja del amor romántico. La paradoja es que deberíamos amar nuestras proyecciones, y que también deberíamos amarnos a nosotros mismos. Durante el romance, el amor del yo se distorsiona; se vuelve egocéntrico y se malogra su naturaleza original.

Pero si aprendemos a buscarlo en el plano correcto, el amor del yo es un amor verdadero y válido: es la segunda gran corriente de energía que fluye hacia el amor romántico, la pareja arquetípica del amor humano, la otra cara de Eros.

Es preciso que reverenciemos las partes inconscientes de nosotros mismos que proyectamos. Cuando amamos nuestras proyecciones, cuando honramos nuestros ideales y fantasías románticas, afirmamos infinitamente dimensiones preciosas de nuestro yo mismo total.

El acertijo reside en como amar al propio ego sin caer en el egoísmo.

Cuando conocemos la geografía de la psique humana, con sus islotes de Conciencia, su estructura polifacética y policéntrica, vemos que el amor del yo total puede no consistir en un centralizarse en el universo de nuestros egos.

El amor del yo es el ego en procura de las otras “personas” del mundo interior, que se esconden en nosotros.

Es el ego anhelando dimensiones mayores del inconsciente, su disposición a abrirse hacia las otras partes de nuestro ser total, y hacia sus puntos de vista, sus valores y sus necesidades.

Entendido de este modo, nuestro amor del yo es también el amor “divino”: nuestra búsqueda del significado definitivo, de nuestras almas, de la revelación de Dios. Esta comprensión nos remite a las palabras de Clemente de Alejandría:

En consecuencia, parecería que que la mayor de todas las disciplinas es conocerse a sí mismo; pues cuando un hombre se conoce a sí mismo, conoce a Dios.

La falla de amor romántico no es que nos amemos a nosotros mismos, sino que lo hagamos erróneamente.

Al tratar de reverenciar al inconsciente mediante nuestras proyecciones románticas hacia otra gente, pasamos por alto la realidad oculta en tales proyecciones: no advertimos que estamos buscando nuestro propio yo.

La tarea de salvar al amor de las ciénagas del amor romántico comienza con un giro de la visión, hacia adentro. Tenemos que despertar para el mundo interior, tenemos que aprender cómo vivir el “amor del yo’ como experiencia interna.

Entonces llega el momento dirigir otra vez nuestra mirada hacia afuera, hacia la gente concreta y las relaciones que establecemos con ellas – debemos aprender los principios del amor “humano”.

Hace muchos años, una sabia amiga me dio un nombre para el amor humano. Ella lo llamaba amor “que revuelve la sopa de avena”.

Tenía razón.

Dentro de esta frase, si asumimos la humildad necesaria para apreciarla, se encuentra la genuina esencia de lo que es el amor humano, y nos expone las diferencias principales entre amor humano y romance.

Revolver la avena es un acto humilde; ni excitante, ni estremecedor.

Pero simboliza una relación que baja el amor a la tierra.

Representa la disposición a compartir la vida humana corriente, a encontrar significado en tareas simples y nada románticas: ganarse la vida, vivir de acuerdo a un presupuesto, sacar la basura, alimentar al bebé en medio de la noche.

“Revolver la avena” significa encontrar el vínculo, el valor y hasta la belleza, en cosas sencillas y ordinarias, en vez de exigirle eternamente a todas las cosas un drama cósmico, un entretenimiento o una intensidad extraordinaria.

Como el arroz que descascaran los monjes zen, como la rueca de Gandhi, las tiendas alzadas por San Pablo: ello representa el descubrimiento de lo sagrado en medio de lo modesto y lo corriente.

Una vez, Jung dijo que el sentir corresponde a lo pequeño. Y en el amor humano, vemos que es cierto.

El vínculo real entre dos personas se experimenta en las pequeñas tareas que realizan juntas: la conversación tranquila cuando se aplacan las faenas del día, la suave palabra comprensiva, la camaradería cotidiana, el estímulo en los momentos difíciles, el pequeño obsequio cuando menos se lo espera, el gesto espontáneo de amor.

Cuando una pareja está genuinamente vinculada entre sí, ambos están dispuestos a ingresar al espectro íntegro de la vida humana en común. Trasforman hasta las cosas más rutinarias, difíciles y mundanas en un componente festivo y gratificante de la vida.

En contraste, el amor romántico sólo puede durar mientras la pareja está “entonada” entre sí, mientras el dinero alcanza y las diversiones son excitantes.

 “Revolver la avena” significa que dos personas sacan su amor del plano etéreo de la fantasía excitante y lo convierten en una inmediatez terrena y práctica.

El amor se complace en hacer muchas cosas con las que el ego se aburre. El amor está propenso a trabajar con los esta- dos de ánimo y las irracionalidades del otro.

El amor está listo para preparar el desayuno y hacer el balance de la cuenta bancaria. El amor se predispone a hacer estas “sopas de avena” porque está vinculado con una persona, no con una proyección.

El amor humano ve a la otra persona como individuo y establece con ella un vínculo individualizado. El amor romántico ve al otro como coprotagonista de un drama.

El amor humano de un hombre desea que la mujer sea una persona completa e independiente, y la estimula para que sea ella misma.

El amor romántico sólo afirma lo que él pretende de ella, para que se vuelva idéntica al ánima. Mientras el romance domina al hombre, él ratifica a la mujer sólo mientras ella se disponga a cambiar, a fin de reflejar el ideal proyectado. El romance nunca está feliz con la otra persona por lo que ella es.

Necesariamente, el amor humano incluye la amistad: la amistad dentro de la pareja, dentro del matrimonio, entre esposo y esposa.

Cuando un hombre y una mujer son verdaderamente amigos, conocen los puntos difíciles y las debilidades del otro, pero no se predisponen a abrir juicio sobre ellos. Les preocupa más ayudarse entre sí y gustarse mutuamente, que resaltar los defectos.

Los amigos, los auténticos amigos, son como Kahedrin: quieren consolidar en vez de juzgar; no hacen mimos, y tampoco se instalan en las insuficiencias del otro. Los amigos se respaldan en las épocas difíciles, ayudan con las sórdidas y ordinarias tareas de la vida.

No se imponen entre sí parámetros imposibles, no reclaman la perfección, se ayudan mutuamente en vez de socavarse con reclamos.

En el amor romántico no hay amistad. El romance y la amistad son energías francamente opuestas, enemigos naturales con motivos completamente antagónicos.

A veces, la gente dice: “No quiero establecer una amistad con mi esposo (o esposa), eso extirparía el romance de nuestro matrimonio.” Es cierto: la amistad elimina de la relación el drama artificial y la intensidad, pero también expulsa el egocentrismo y la imposibilidad, reemplazando al drama con algo humano y real.

Si un hombre y una mujer son amigos entre sí, entonces son tanto “prójimos” como amantes; súbitamente su vínculo se sujeta a un dictado de Cristo:

 “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” Una de las contradicciones más evidentes del amor romántico es que muchas parejas tratan a sus amistades con mucha más bondad, consideración, generosidad y capacidad de perdonar, que las que practican entre sí.

Cuando se reúnen con sus amigos, son encantadores, cooperativos y corteses. Pero cuando regresan a casa, a menudo ventilan mutuamente toda su ira, resentimientos, mal humor y frustraciones. Extrañamente, tratan mejor a sus amigos que a sus parejas.

Cuando dos personas están “enamoradas”, corrientemente la gente dice que “son algo más que amigos”. Pero en el largo plazo, parecen tratarse entre sí como menos que amigos.

Mucha gente piensa que “estar enamorados” es una relación mucho más íntima, mucho más “significativa” que la “simple” amistad. ¿Por qué, entonces, las parejas se niegan entre sí el amor desinteresado, la bondad y la buena voluntad que brindan prontamente sus amigos?

La gente no puede pedirle a sus amistades que acarreen todas sus proyecciones, que sean chivos expiatorios de sus malos humores, que los mantengan en estado de felicidad, y que completen sus vidas.

¿Por qué las parejas se imponen mutuamente tales exigencias?

Porque el culto del romance les enseña que tienen derecho a esperar que la persona de la cual se está “enamorado” tolere todas sus proyecciones, satisfaga todos sus deseos y haga realidad todas sus fantasías.

En uno de los ritos hindúes de matrimonio, el novio y la novia se hacen uno al otro esta solemne promesa: “Serás mi mejor amigo”.

Las parejas occidentales deben aprender la amistad, tomar la cualidad de amistoso como una guía para atravesar el enredo en que convirtieron al amor.

Podemos aprender mucho sobre el amor humano si aprendemos a observar con mente desprejuiciada las culturas orientales y sus actitudes.

Durante el tiempo que pasé en India y Japón, vi matrimonios y relaciones amorosas que no se basan para nada en el romance sino en un cálido, devoto, y perdurable amor. Los hindúes son maestros instintivos en el arte del amor humano.

Pienso que esto se debe a que nunca tomaron el amor romántico como una manera de tratar de relacionarse entre sí.

Automáticamente, los hindúes hacen la diferenciación que nosotros confundimos completamente en Occidente: ellos saben cómo venerar al ánima, los arquetipos, los dioses, las realidades internas; ellos saben cómo mantener su experiencia del lado divino de la vida diferenciada de sus vínculos personales y sus matrimonios.

Los hindúes asumen el mundo interior a nivel simbólico; convierten los arquetipos internos en imágenes y símbolos externos a través del arte del templo y del ritual alegórico.

Pero no proyectan sus dioses interiores en sus esposos y esposas. Toman a los arquetipos personificados como símbolos de otro mundo y toman al otro como a un ser humano.

Como resultado, no se sobrecargan mutuamente con exigencias imposibles, y no se desilusionan entre sí.

El hombre hindú no le pide a su esposa que sea ánima, que ella lo trasporte a otro mundo, o que corporice toda la intensidad y perfección de su vida interior.

Dado que la experiencia lírica religiosa es todavía parte de su cultura, los hindúes no tratan de convertir sus matrimonios y sus relaciones humanas en un sustituto de la comunión con el alma. Encuentran a sus dioses en el templo, en la meditación, o a veces en el gurú; no procuran hacer que la relación externa cumpla el papel de la interna.

Al comienzo, el occidental es confundido por la manera hindú de ser; su amor no parece burbujear con suficiente ardor e intensidad como para ajustarse al gusto romántico occidental.

Pero si se observa con paciencia, uno se despoja de los prejuicios accidentales y comienza a cuestionar la presunción de que el romance es el único “amor verdadero”.

En los matrimonios hindúes existe una serena pero persistente dedicación, un profundo afecto. Hay estabilidad: no son atrapados por dramáticas oscilaciones entre “enamorado” y “desamorado, adoración y desilusión, tan usuales en las parejas occidentales.

En el matrimonio hindú tradicional, el compromiso del hombre hacia su esposa no depende del permanecer “enamorado” de ella. Dado que en primer lugar él nunca se “enamoró” de ella, no hay manera de que él se “desenamore”.

La relación con su esposa se basa en el amarla, no en el estar “enamorado” de un ideal que proyecta en ella. Su vínculo no se va a desarmar porque un día él se “desenamore” o porque conozca a otra mujer que asuma su proyección. El está comprometido con una mujer y una familia, no con una proyección.

Pensamos que somos más sofisticados que los “simples” hindúes.

Pero, en comparación con un hindú, el hombre promedio occidental es como un buey con un aro en la nariz, que persigue a su proyección por ahí de una mujer a otra, sin establecer relaciones o compromisos verdaderos con ninguna.

En el área del sentimiento humano, el amor y el vínculo, los hindúes desarrollaron una Conciencia altamente diferenciada, sutil y refinada. En estos asuntos, actúan mucho mejor que nosotros.

Una de las cosas más impactantes y sorprendentes que observé entre los hindúes tradicionales, fue lo brillantes, felices y psicológicamente sanos que son sus hijos.

Los niños de las familias hindúes no son neuróticos; no están íntimamente atormentados como muchos niños occidentales. Están constantemente envueltos en el afecto humano, y sienten un fluir pacífico de afecto entre su madre y su padre.

Perciben la estabilidad, la persistente calidad de su vida familiar. Sus padres están permanentemente comprometidos; ellos no los escuchan cavilar sobre si su matrimonio “está funcionando”; la separación y el divorcio no flotan en el aire como espectros.

Para nosotros, los occidentales, no hay modo de hacer retroceder el reloj. No podemos emprender el rumbo de los hindúes; no podemos resolver nuestro dilema occidental por medio de una imitación de las costumbres o las actitudes de otra gente.

No podemos simular que tenemos una psique oriental en vez de una psique occidental. Tenemos que ocuparnos de nuestro inconsciente occidental y de nuestras heridas accidentales; debemos hallar el bálsamo sana- dar en nuestra alma occidental.

Bebimos la poción amorosa y nos sumergimos en la era romántica de nuestra evolución. La única ruta de salida es la que lleva hacia adelante.

No podemos retroceder, y no debemos perder el tiempo.

El amor entre seres humanos 2Pero de las culturas orientales podemos aprender a erguirn- os fuera de nosotros mismos, fuera de nuestras presunciones y nuestras creencias, lo suficiente como para podernos ver en una nueva perspectiva.

Podemos aprender qué es aproximarnos al amor con una serie distinta de actitudes, desprovistos de los dogmas de nuestra cultura.

Podemos aprender que el vínculo humano es inseparable de la amistad y del compromiso.

Podemos aprender que la esencia del amor no consiste en utilizar al otro para ser felices, sino en atender y afirmar a quien amamos.

Y para nuestra sorpresa, podemos descubrir que mucho más que otra cosa, lo que nos hace falta no es ser más amados, sino amar.

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