Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (B. F)

De la espera en espacios públicos

De la espera en espacios públicos¿Por qué tardamos más en abandonar los espacios públicos cuando otras personas esperan?

Seguro que alguna vez has esperado más de la cuenta en una cabina telefónica a que su ocupante terminara la conversación, a pesar de que te ha visto ahí plantado durante un tiempo.


Algo parecido ocurre si tienes carro: de repente ves que alguien va a dejar una plaza de aparcamiento libre y, al notar que estás aguardando, se lo toma con infinita parsimonia.

Pues bien, esta conducta, que a priori podría resultar odiosa, está más interiorizada en nuestros genes de lo que podríamos pensar y tiene mucho que ver con la defensa del territorio que, como buenos mamíferos sociales, hacemos.

De hecho, este comportamiento fue ampliamente documentado en un estudio llamado Waiting For a Phone: Intrusion on Callers Leads to Territorial Defence publicado en 1989, antes de que los teléfonos móviles enterraran a los teléfonos públicos hacia casi la extinción.
Fueron el sociólogo Barry R. Rubak y algunos de sus estudiantes en la Universidad Estatal de Georgia (EE. UU.) quienes realizaron un experimento para dar sentido a este sinsentido.

Comenzaron pidiendo a la gente que expresaran lo que ellos harían si, mientras hablaban por un teléfono público de pago, se dieran cuenta de que otra persona estaba esperando para usarlo.  

La mayoría de las personas dijeron que se darían prisa y terminarían su llamada.

Así que los investigadores decidieron comprobarlo escondiéndose discretamente cerca de las cabinas telefónicas públicas en el área de Atlanta para, en cuanto alguien hiciera una llamada, enviar a un sujeto entrenado para ‘hacer presión’ expectante.

El títere “simplemente se quedaba detrás de la persona que llamaba, mirando su reloj y poniendo las manos en los bolsillos”.

A veces, incluso, enviaron a dos individuos a esperar, cada uno “instruido para no mirar hacia el sujeto”.

En ausencia de los ‘presionadores’, las llamadas duraron en promedio de cerca de 80 segundos.

Pero cuando ese alguien se acercaba a la cabina para esperar, la gente usaba el teléfono más tiempo, por lo general alrededor de 110 segundos.

Y cuando eran dos los secuaces que hacían cola, la gente seguía usando el teléfono mucho más tiempo, ¡un promedio de casi cuatro minutos!

Barry R. Rubak y su grupo de investigadores decidieron que existía relación de causa-efecto: la gente se quedó más tiempo en el teléfono después de una intrusión como una forma de defensa del territorio.

Incluso en ausencia de los teléfonos públicos, se puede ver este tipo de ‘defensa del territorio’.

 El propio Rubak lo comprobó con las fuentes de agua públicas en 1993, con una prueba similar que buscaba discernir si la presencia de otros tenían un efecto sobre los comportamientos territoriales de los bebedores en una fuente de agua potable.
 
Los datos volvieron a demostrar que los bebedores que se vieron invadidos se tomaron más tiempo en la fuente que los que no eran presionados.

Para ver el alcance primordial de este comportamiento, basta con ver a un niño pequeño bebiendo en una fuente: al ver que hay otro niño esperando posiblemente se llenará de agua hasta que no pueda más, simplemente por el sentido de posesión.

Y también ocurre más claramente con los mayores en la jungla del asfalto, donde los conductores compiten por plazas de aparcamiento.

Así que el Profesor Barry R. Rubak decidió montar esta vez a sus investigadores en autos para buscar párking en un centro comercial de Atlanta, de tal manera que cuando vieran que alguien se iba a montar en su carro, se pondrían a esperar mientras medían el tiempo que pasaba hasta que el auto se marchaba.

El estudio lo realizaron en 1999 (Territorial Defence in Parking Lots: Retaliation Against Waiting Driver) y concluyeron también que, consistentemente, los conductores tardaron más en salir si alguien más estaba esperando su espacio.

Incluso llegaron a forzar la situación tocando muchas veces el claxon, un acto que lo único que logró es que el conductor se tomara un tiempo especialmente largo en salir.

 Sin embargo, faltaba otra prueba para terminar de atar todos los cabos en este acto tan humano de retrasar al prójimo: los cajeros automáticos, la tercera pata de la sagrada trinidad de los lugares donde parece que se tarda más de la cuenta cuando notamos que alguien está esperando.

En este caso no fue el profesor Rubak el que sacó a sus ‘presionadores’ a la calle, sino el Departamento de Psicología de la Universidad de Minnesota, de la mano de la investigadora Melissa Stemig con su estudio Waiting for an ATM: Territorial Behavior at Automated Teller Machines publicado en 2011.

Y descubrió que, paradójicamente, en este caso los resultados indicaban que los usuarios tardaban la misma cantidad de tiempo en un cajero automático, independientemente de la presencia o no de un intruso esperando para operar.

Aunque el dato de los resultados difiere de los demás estudios, es el que los psicólogos necesitaban para lograr cuadrar el círculo de la explicación.

En las anteriores pruebas, y en una observación aparentemente contraria a la intuición, el comportamiento territorial se producía frecuentemente con respecto a los espacios públicos, que por definición no son propiedad de un individuo (cabinas telefónicas, párking, fuentes de agua…), áreas que no están bajo el dominio directo de las personas que los utilizan, pero que muchos tienden a tomar en ‘posesión’ durante cortos períodos de tiempo.

La defensa territorial en estos casos se realiza a  usando la persistencia: los individuos no pueden reclamar explícitamente un área pública y por lo tanto se limitan a una protección pasiva del espacio.
¿Y qué ocurre entonces con los cajeros automáticos?

Pues básicamente, y según Melissa Stemig, que el comportamiento territorial no puede ocurrir debido a que un individuo no considera un cajero automático como ‘su territorio’, sino que sabe que pertenece a un banco, un espacio privado; y por lo tanto se comporta de la misma manera si el área está invadida o no.

Parece contradictorio que una persona deba defender una espacio público, ya que no tienen la propiedad de él y por lo tanto no tienen ningún derecho explícito para hacerlo.

Pero así ocurre en nuestra vida social. Quizá porque nuestro comportamiento es más animal de lo que pensamos.

Fotos: Street Furniture y Colburn School
Territorial Behavior Creative Commons.