Tu NO has leído los ‘Términos y Condiciones de Uso’

Tu NO has leído los ‘Términos y Condiciones de Uso’

'Hackeando' la mayor mentira de internet.

¿De verdad has leído todos los términos y condiciones?
Si 'Hamlet' tiene una extensión de 30.000 palabras, ¿sabéis cuántas tiene la política de privacidad de PayPal?

Más de 36.000 palabras.

Reconózcalo: los acepta, pero usted no ha leído los ‘Términos y Condiciones de Uso’. 

Hacerlos asequibles para el usuario nunca ha estado entre las prioridades de la industria del software.



Ahora, un grupo de hackers trata de darle la vuelta a estos requisitos legales, haciéndolos comprensibles y exponiendo cláusulas abusivas en conocidos programas.

Quienes gustan de leer mientras están haciendo aguas mayores no dudan en agarrar un frasco de champú para analizar exhaustivamente todo el texto impreso en la botella, a falta de algún libro o revista.

Todos esos términos y condiciones que a menudo nos ponen delante antes de acceder a los servicios de Facebook, Google, LinkedIn y otras plataformas tienen un aspecto técnico, monocorde y aburrido muy similar al socorrido frasco de champú, pero en estos casos no solemos enfrascarnos en su lectura exhaustiva. Y tal vez todos nosotros estamos cometiendo un gravísimo error al no hacerlo.


Casi nadie lee nada

Por ejemplo, ¿sabías que al firmar que has leído todos los términos y condiciones de acuerdo con LinkedIn, otorgas un acceso irrevocable y perpetuo a cualquier información que hayas publicado alguna vez en su sitio web? Y tres meses después de que Facebook adquiriera Instagram, todas los nombres y fotografías de Instagram podrían ser vendidos a terceros, como, por ejemplo, imágenes de archivo para un diario o una revista.

Sin embargo, leer todos los términos y condiciones, a su vez, es una entelequia, porque supone demasiado tiempo: según un estudio de la Carnegie Mellon University, el estadounidense medio se topa con 1.462 políticas de privacidad al año, cada una de ellas con una longitud media de 2.518 palabras.

Lo que está ocurriendo, de algún modo, se parece a lo que ocurría en la novela distópica 1984, de George Orwell, pero mucho peor: si en la novela se describía un estado de vigilancia gubernamental omnipresente controlado por una élite privilegiada que perseguía el «crimen de pensamiento», en el alud de términos y condiciones de Google o Facebook no podemos acusar a un gobierno al estilo Gran Hermano por su control hacia nosotros: sencillamente se lo hemos cedido en el ámbito legal, como denuncia el experto en seguridad Marc Goodman en Los delitos del futuro:

Hemos permitido que nos pongan un precio y nos conviertan en una mercancía, y lo hemos hecho de manera gratuita, regalando miles de millones de dólares por nuestros datos personales a nuevas élites que atisbaron una oportunidad y la aprovecharon. Aceptamos todos sus términos de servicio unilaterales sin detenernos siquiera a leerlos y ellos maximizan sus beneficios, sin que ninguna regulación o supervisión les ponga trabas.

Los términos de un programa o aplicación en internet son propiamente contratos.

“He leído y acepto los Términos y Condiciones de Uso”. Sí, claro.

En el mundo de las aplicaciones informáticas, la puerta de entrada a la diversión prometida siempre cuenta con este umbral tedioso: un largo documento de letra pequeñísima con el epígrafe ‘Términos y Condiciones de Uso’, detrás del cual esperan los fuegos artificiales de la interactividad infinita. Siempre y cuando se acepte el contrato.

Los esfuerzos de las compañías para hacer de la informática algo amable para el usuario no llegan nunca al documento inicial, el de 'Términos y Condiciones de Uso', que sigue siendo prácticamente igual desde los albores de internet. Negro sobre blanco.

Hace unos meses, Google anunció la simplificación de las políticas de privacidad y datos de todos sus servicios. Esta consistía en unificar todas sus políticas –para Google, Youtube, Gmail y otras 57 aplicaciones– en una sola.

Pero la semana pasada, la Unión Europea anunció que la nueva política del gigante de Silicon Valley no estaba en conformidad con la normativa europea de protección de datos de carácter personal. Y, sin embargo, aquellos que ahora utilizan servicios de Google ‘leyeron y aceptaron’ tácitamente estas condiciones, ¿cierto?

Un grupo de hackers clasifica los términos de uso de los servicios web para acabar con "la gran mentira de internet"

Desde Abanlex Abogados, bufete madrileño especializado en internet, tecnología y protección de datos, confirman a SINC las consecuencias de aceptar uno de estos contratos:

“Los términos de un programa o aplicación en internet son propiamente contratos, en este caso contratos electrónicos, y tienen la misma validez y producen los mismos efectos que los contratos firmados en presencia de las partes (Art. 23 LSSICE), siempre que exista el consentimiento de ambos y se cumplan los demás requisitos legales exigibles para su validez”, apunta Joaquín Muñoz, miembro de esta firma.

Para el usuario medio y no experto en lenguaje legal, no todo está perdido en este asunto. Ante la inmovilidad de gran parte de la industria del software para clarificar sus condiciones legales de cara al usuario, están surgiendo pequeñas iniciativas en internet, entre las que destaca Terms of Service; Didn’t Read, una plataforma de software libre y sin ánimo de lucro que clasifica los términos de servicio de distintos servicios web, algunos tan populares como Facebook, Google, Twitter y Flickr, para acabar con lo que ellos llaman “la mayor mentira de internet”, es decir, que hemos leído y aceptado los términos.

Hackers por la seguridad del usuario
Según explica a SINC el hacker holandés Michiel de Jong, uno de los fundadores de esta iniciativa, “buscábamos un enfoque de baja tecnología. En lugar de desarrollar herramientas, simplemente nos pusimos a trabajar. Creo que esa es la clave de nuestro éxito”.

Las páginas aparecen clasificadas de la A (más segura para el usuario) a la E (menos segura) en función de criterios como la privacidad o el respeto a los derechos de autor. “El resultado es una escala lineal, aquí no utilizamos datos multidimensionales, lo que, por supuesto, requiere que demos valores de importancia relativos a diferentes asuntos”.

“Hubo muchos proyectos antes que el nuestro que desaparecieron por empezar pensando cómo crear una organización con la que recaudar fondos, trazar un plan o desarrollar herramientas. El nuestro es un enfoque incremental, adaptamos y expandimos nuestras herramientas sobre la marcha. Es como construir un puente mientas estás encima de él”, dice De Jong.

Han creado una extensión del navegador que alerta al internauta cuando utiliza un servicio con condiciones abusivas

Lo que empezó siendo una simple web colaborativa, al estilo Wikipedia, ha ido creciendo. Su último lanzamiento es una extensión del navegador que alerta al internauta cuando utiliza uno de esos servicios. “Hubo algunos retos técnicos para hacer funcionar las extensiones del navegador, pero es básicamente la típica batalla con la documentación del API”, dice el hacker holandés.

En su breve vida, Terms of Service; Didn’t Read ha destapado ya, con ayuda de los usuarios, muchas cláusulas abusivas. Para De Jong, “esto también nos diferencia de otros intentos de afrontar este problema: tenemos una discusión constantemente abierta, un poco como Wikipedia. Lo llamamos crowd reading y cualquiera puede unirse a esta discusión”.

Hay muchas webs abusonas
Por ejemplo, Twitpic. Esta aplicación para subir imágenes a Twitter es una de las peor clasificadas. Aceptando sus términos de servicio, el usuario cede a Twitpic el derecho a comercializar con sus fotos y se queda con el crédito. Las fotos que el usuario borra no son eliminadas realmente por Twitpic.

Cada cierto tiempo, los muros de Facebook se plagan de alertas sobre los nuevos supuestos abusos del 'Gran Hermano' Zuckerberg. Pero no hace falta conspirar, puesto que sus términos de uso ya permiten cosas como transferir nuestra información a terceros.

¿Y quiénes son estos terceros? Por ejemplo, el buscador Bing –competencia de Google y propiedad de Microsoft, que posee un 1,6% de las acciones de Facebook–. También a otros tan sorprendentes como la página de recomendaciones turísticas Tripadvisor o como Rotten Tomatoes, sobre crítica de películas. A no ser, claro, que uno inhabilite manualmente esta opción.

Aceptamos sin saberlo que ciertas webs se apropien de los derechos de las fotos y compartan nuestros datos con terceros

¿Otros ejemplos? Si utilizan Skype, o tienen un blog en Wordpress, o utilizan Bitly para acortar direcciones web, o Rapidshare para compartir archivos, sepan una cosa: la cuenta que han creado es imposible de cancelar.

Así en el mundo digital como en el analógico 

Apunta Muñoz a que “la asesoría de nuestro despacho está enfocada a empresas, si bien asumimos puntualmente casos de usuarios que consideramos interesantes. Lo que debe saber el usuario es que, de la misma forma que no firmaría un contrato off line sin, al menos, leerlo una vez, debe revisar los puntos principales de los términos de uso que acepta".

Igual que en el mundo analógico, "el juez siempre se remitirá a lo estipulado en el contrato a menos que alguna de las cláusulas del mismo pueda ser considerada nula por ilegal o abusiva o que una de las partes pueda demostrar que la otra le indujo a error en el momento de la aceptación”, explica Muñoz.

En nuestro país, la Ley de Servicios de la Sociedad de la Información y de Comercio Electrónico entró en vigor hace ya diez años y apenas ha sido actualizada para aumentar la protección a los ciudadanos en aspectos como la privacidad, la comercialización de sus datos por parte de terceras personas o sus derechos de autor.

Una de las últimas modificaciones del texto, para incluir en el artículo 8 del Título II “la salvaguarda de los derechos de propiedad intelectual” se la debemos a la Ley de Economía Sostenible de marzo de 2001, o más específicamente, a la conocida como ‘Ley Sinde’.

Una vez aceptado, poco se puede hacer
Poco se puede hacer contra un eventual abuso, teniendo en cuenta que el cliente ha declarado haber leído y aceptado lo que suscribe. O, incluso, ha leído y aceptado que Yahoo o Twitter puedan modificar sustancialmente estos términos y condiciones de uso sin advertirle. Algunas compañías van, incluso, más allá: Steam, una plataforma de videojuegos, incluye en sus términos la renuncia expresa por parte del cliente a llevar a esta compañía a juicio.

Una plataforma de videojuegos incluye en sus términos la renuncia expresa por parte del cliente a llevar a esta compañía a juicio

Desde el otro lado de la barrera, Muñoz afirma que “no es, ni mucho menos, imposible simplificar los contratos electrónicos. Es más, uno de los errores más comunes es pensar que cuanto más extenso sea un contrato, más eventualidades puede prever y, para ello, se redactan contratos que dificultan la comprensión por parte de los usuarios. En nuestro bufete procuramos hacer términos legales escuetos, claros y de sencilla lectura para el usuario, sin reproducir previsiones legales que ya aparecen en la ley y que son de obligado cumplimiento”.

Cuanto más claro, mejor
Además, y pese a que la principal intención de los clientes es evitar posibles conflictos y responsabilidades, dice el abogado que “la mayoría acaba comprendiendo que una redacción de los términos de uso de calidad, sencilla y clara, puede ser igual de efectiva y genera un valor añadido tan importante como es la confianza de los usuarios en su producto y marca”.

Desgraciadamente, en el mundo de internet, no todas las compañías tienen esta buena disposición por clarificar. Por estos motivos, los creadores de Terms of Service; Didn’t Read esperan poder refinar el método el futuro para que cada usuario pueda establecer sus propios valores de búsqueda, por ejemplo, dándole más importancia al anonimato y menos al copyright, o viceversa.

De Jong piensa, sin embargo, que “un usuario normal no debería requerir tales niveles de control, y quizá dándole un producto con más características estaríamos dificultando su uso. Para cuando se hubieran formado una opinión sobre todos los detalles del programa, les habría dado tiempo a leerse los términos del servicio que pretendía evitar”, bromea el hacker.


El precio de la estafa

No estamos ante una estafa en el sentido jurídico del término, pero finalmente deviene en ello porque ni tenemos tiempo suficiente ni conocimientos necesarios para comprender y rubricar todos los términos y condiciones y servicios. 

Hace unos años, este papeleo se limitaba al contrato del teléfono móvil o a la tarjeta de crédito, pero ahora proliferan en decenas y decenas de servicios, apps y plataformas online que usamos a todas horas.

Esta maraña de información incomprensible sobre los derechos que cedemos a las empresas se traduce en pérdidas económicas reales, digamos el monto de la estafa, como revela, por ejemplo, un estudio llevado a cabo por el Wall Street Journal.

En él se estima que estos crípticos términos y condiciones que nos apresuramos a firmar cuestan a cada hogar estadounidense unos 2.000 dólares al año. Todo debido a una ininteligibilidad y una cantidad enorme de frases, a lo que se suman fuentes tipográficas cada vez más pequeñas.

Los términos y condiciones son cada vez más extensos, probablemente para desincentivar la lectura, además de que obviamente los acuerdos legales son más complejos. 

Por ejemplo, entre 2005 y 2015, la política de privacidad de Facebook ha pasado de tener unas 1.000 palabras a superar las 9.000.

Si Hamlet tiene una extensión de 30.000 palabras, ¿sabéis cuántas tiene la política de privacidad de PayPal? Más de 36.000 palabras.

Incluso si nos leemos el equivalente a la pieza más larga de Shakespeare para sortear el campo de minas que son los términos y condiciones del contrato, llega el apartado de la configuración de privacidad, y esta puede cambiar cada vez que se alteren los ajustes del sistema o se actualice la versión, tal y como abunda Goodman:

Facebook tiene cincuenta ajustes de privacidad distintos con 170 opciones […]. A menos que compruebes con frecuencia esos ajustes, cosa que deberías hacer, descubrirás que Facebook ha desatendido completamente los ajustes de privacidad explícitos que habías establecido previamente.

Incluso si huyes de las redes sociales, también puedes ser víctima de estos abusos sencillamente por la pereza de leer todos los términos y condiciones. Imagina que usas Google Drive para escribir un artículo o incluso una novela. 

Cada usuario cuenta con 15 gigabytes de espacio gratuito para almacenar sus archivos, ampliables mediante diferentes planes de pago. Es accesible a través del sitio web desde cualquier ordenador y dispone de aplicaciones para Android e iOS que permiten editar documentos y hojas de cálculo. Puedes crear textos colaborativos con otras personas, todo online. Una maravilla, ¿verdad?

Pero la letra pequeña de Google Drive ha llegado a ser tan abusiva que literalmente se podían apropiar de los derechos de explotación de todo lo que crearas. 

Obviamente, si eres un autor de éxito que ya ha firmado un contrato o dispone de buenos abogados, quizá las cosas no son tan fáciles. 

Pero es algo que estás firmando expresamente, al menos hasta que algunos usuarios avanzados empezaron a protestar. Google adujo que realmente era una mala interpretación del largo texto de términos y condiciones, así que hizo algunos cambios para que no pareciera tan draconiano.

La próxima vez que os atreváis con esa clase de literatura, ya sabéis, habrá que hacer exégesis.
Y recuerden todo lo que le paso a Kyle de Southpark en el capitulo del human centiPad ,por no haber leído  los ‘Términos y Condiciones de Uso’ de Apple.

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