El experimento más loco de la historia de la ciencia

El experimento más loco de la historia de la cienciaLa idea de hacer convivir a un delfín con traumas infantiles y a una moza de buen ver en una casa semi inundada, todo ello aliñado con generosas dosis de cafecito, ya llevaba inserta el germen del desastre.

El experimiento diseñado por John Lilly pretendía enseñar inglés al delfín, pero éste resultó tener

El roce hace el cariño y puede que también la comunicación interespecies. En 1965, Lilly pidió a una voluntaria, Margaret Howe, que se encerrara durante seis meses con Peter, un delfín de dos años y media tonelada de peso.

Para ello, diseñaron una casa ‘anfibia’ en la que pudieran convivir ambos mamíferos, inundada con medio metro de agua para que Peter pudiera respirar y Margaret caminar sin demasiado esfuerzo.

La idea del experimento era que Margaret pudiera enseñar inglés a Peter. Pero el delfín resultó tener mucho más interés por los muslos que por la lengua de su maestra.

Según relata la propia Margaret en su libro Viviendo con un delfín, aveces Peter se lanza contra mis pies y puedo apreciar cómo se roza contra mi. Margaret considera estas ‘atenciones’ algo ‘precioso’ y, poco a poco, va rindiéndose ante los encantos de Peter. (Fundido en negro).

Como cualquier pareja, Peter y Margaret alternan durante su convivencia momentos de alborozo y deleite con otros de nervios y angustia, sobre todo, en lo que concierne a la parte humana (no consta registro escrito de la versión del delfín).

Uno de los momentos de entusiasmo sobreviene cuando el delfín pronuncia su primera palabra en inglés: “Ball” (pelota), tal y como quedó registrado en el diario del experimento. Sin embargo, la maestra se muestra sorprendentemente irritada porque el delfín “no escucha” e “interrumpe cuando hablo”.

(¿Qué esperabas, Margaret? ¡Es un delfín!).

Poco a poco, la convivencia se va haciendo más complicada. Para poner freno a los acercamientos de Peter, Margaret va por la casa armada con una escoba con la que golpea en el hocico a su lúbrico pretendiente.

El delfín, por su parte, solo parece avanzar en el aprendizaje del lenguaje humano cuando son atendidos sus escarceos sexuales. Tal vez, Peter no llegará a aprender inglés, pero sí algo tan humano como utilizar el sexo como moneda de cambio.

Lilly decide poner fin abruptamente al experimento en su décima semana; en parte, porque Margaret estaba frisando el ataque de nervios en su encierro acuático; en parte, porque los objetivos del científico y los de los patrocinadores del experimento se volvieron diametralmente opuestos: John Lilly quería elaborar el primer diccionario delfín/humano mientras que sus mecenas pretendían entrenar a los delfines para localizar minas submarinas.

Dos años después de este experimento, Lilly dio una nueva vuelta de tuerca en su exploración de la comunicación entre humanos y delfines inyectando una fuerte dosis de LSD 25 en varios de estos últimos (recordemos, en 1967, la experimentación con el ácido lisérgico aún no estaba proscrita).

Una vez más, los resultados no fueron concluyentes, aunque el excéntrico investigador apuntó que “nosotros (los humanos) hemos aprendido de los delfines su lenguaje no verbal basado en la distancia y los movimientos”.

Lilly quería probar que el cerebro de los delfines, que pesa 800 gramos, tiene la capacidad del lenguaje. No lo logró o, al menos, no del todo, pero el experimento y las ulteriores investigaciones con delfines y ballenas permitieron que nuestros congéneres acuáticos entraran en la esfera de empatía de los humanos.

De alguna forma, Lilly sentó las bases morales para que Greenpeace se lanzara con sus lanchas a hostigar a los balleneros japoneses en los 70.

¿Y qué se ha avanzado desde entonces en el campo de la comunicación hombre delfín?

Un estudio llevado a cabo en 2009 por un investigador de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC), Ramón Ferrer i Cancho, concluyó que los movimientos que los delfines utilizan para comunicarse entre sí cumplen con la ley de brevedad del lenguaje humano: cuanto más sintético sea el mensaje más fácil entenderlo.

Eso sí, nos contesta el investigador desde Kyoto, “el legado de Lilly es más bien un obstáculo” para este tipo de investigación.

Los coqueteos del norteamericano con el LSD y su discutible método científico provocan que “la gran similitud entre las capacidades cognitivas de los delfines y las humanas no sea consideradas un asunto serio”.

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Ilustración: Juan Díaz Faes.
FUENTE :http://www.yorokobu.es/delfines-lsd/
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