Dime y lo olvido, enséñame y lo recuerdo, involúcrame y lo aprendo (B. F)

Sequía, una perspectiva histórica

Sequía, una perspectiva históricaLa sequía no es un fenómeno que sea gobernado por ciclos regulares y, por supuesto, no es algo actual sino que ha acompañado a la humanidad, y a todo el planeta, desde siempre.

He ahí, por ejemplo, el caso del Sahara.

Lo que ahora conocemos como desierto, no ha sido una región árida en otros tiempos.

De forma cíclica, pero no regular, el Sahara ha pasado por una alternancia de episodios húmedos y áridos, durando cada uno de ellos varios milenios.

El conocido como período del Gran Árido de mediados del holoceno provocó que la Cultura Acualítica que vivía en el Sahara1, adaptada a los ríos y lagos que existían por entonces en el área, medrando gracias a la pesca y la ganadería, desapareciera.

De los milenios que duró el período anterior al desastre, el Gran Húmedo, en torno al 7.000 antes de Cristo, nos quedan pinturas rupestres, como las de Tassili, que muestran cómo era la vida en lo que podía considerarse poco menos que un paraíso, y las imágenes de satélite que plasman un mundo de cursos de agua y lechos de lagos sumergidos bajo las arenas del desierto.

Desde el Gran Árido de cinco mil años antes de Cristo, hasta el Árido actual, el Sahara ha vivido otros dos períodos húmedos y otro árido, menos contrastados que los anteriores.

Sirva el anterior ejemplo para mostrar que la aridez y, en general, las pautas en las precipitaciones, han cambiado de forma continua a lo largo del tiempo en todo el planeta.

Centrando el escenario en la Península Ibérica, se ha mostrado de gran importancia el análisis de fuentes históricas para la reconstrucción de la historia climática reciente, sobre todo en lo relativo a eventos climáticos extremos y sequías.

La importancia de guardar registros del tiempo, de mantener en la memoria sucesos traumáticos para un pueblo o región, se ha visto como algo de gran trascendencia durante siglos.

He aquí, por ejemplo, las palabras que redactó un escribano de Puigcerdà, Gerona, hace varios siglos, recogidas por unos de los principales científicos en el campo de la climatología histórica en España, Mariano Barriendos Vallvé, en traducción del catalán2:
Por cuanto la memoria de los hombres es débil y caduca, y lo que no se pone por escrito, con el paso y la duración del tiempo va a quedar en el olvido, por eso los Ilustres y muy magníficos señores (…) han hecho el presente libro…
Para poder recontruir el clima de los siglos recientes, labor de vital importancia para conocer qué nos depara el futuro, es fundamental rastrear cual detective los viejos papeles en que un párroco registró una rogativa o un escribano anotó los daños provocados por inundaciones.

Sólo así, junto con análisis paleoclimáticos basados en dendrocronología y, mirando más allá en el tiempo, con otros instrumentos como los análisis de testigos de hielo glaciares, se puede pintar el cuadro del clima pasado.  

Lamentablemente, se desconoce todavía mucho de lo sucedido, pero ya empiezan a verse las primeras pinceladas que nos enseñan un escenario muy cambiante en el tiempo.

La climatología histórica se encarga de la importante tarea de recopilar y analizar los testimonios conservados en archivos de todo tipo relacionados con información de interés climático.

La interpretación de los análisis de tales documentos ilumina un panorama hasta ahora prácticamente ignorado.

A pesar de que todavía no se ha llevado a cabo un registro y análisis muy extenso geográficamente en la Península de fuentes del pasado que puedan contener información con valor climatológico, ya se pueden extraer algunas de esas grandes pinceladas como consecuencia de los estudios llevados a cabo.

Por ejemplo, sorprendentes son los registros relacionados con una persistente ola de frío entre 1788 y 1789, que afectó a la mayor parte de Europa, con graves consecuencias económicas.

Coincidiendo con los peores años de la Pequeña Edad de Hielo, abundan los registros de ríos helados, como el Duero o el Ebro, grandes nevadas o la pérdida de viñedos y olivares, e incluso se citan casos de mar helada, en el litoral mediterráneo.

La irregularidad e intensidad de las olas de frío, ocasionó grandes problemas de orden público, pues la falta de alimentos, por pérdida de cosechas o por la inactividad forzosa en los molinos, se convirtió en un grave asunto de estado.

Ahí quedan también, las grandes inundaciones que cada varios años azotaron muchas regiones, de las que queda registro detallado de los estragos causados, por ejemplo, por El año del diluvio de 1617, en Aragón, o El año del diluvio de 1626, en Castilla.

| Ver gráfico  |

Fuente: Mariano Barriendos Vallvé. Riesgos Naturales. VVAA. Ariel, 2002.

Curiosamente, sin embargo, el fenómeno que aparece descrito mayor número de veces es el de la sequía.

Cuidadosamente guardadas las “actas” en que se describían las rogativas, de diverso grado, que en iglesias de muchos pueblos se realizaban para pedir a los cielos por la lluvia, sirven ahora estos registros para seguir la pista de las sequías.

De hecho, son tan numerosas las referencias a sequías que puede decirse, sin exagerar, que son uno de los sellos distintivos del clima peninsular.

Se han analizado registros de sequías profundas y prolongadas, de hasta cuatro años de duración, que originaron gravísimos problemas económicos y sociales, como la sequía de 1562 a 1567, muy intensa en Cataluña, o los de 1750-1753 y1816-1820, éstas últimas similares en cuanto a intensidad a la sequía de 1990-1994.

Definir una sequía, pese a lo que pueda pensarse, no es tarea sencilla.

En la Península, pueden darse diversos tipos de sequía, dependiendo del área afectada y ciertas condiciones pluviométricas.

Cada área geográfica puede tener una “definición” de sequía diferente, por eso en España el Instituto Nacional de Meteorología, actualmente bajo la denominación de Agencia Estatal de Meteorología, cuenta con una serie de métodos estadísticos capaces de determinar la existencia de sequía en un determinado espacio geográfico.

He aquí, por ejemplo, un cuadro que muestra la tipología de años secos y secuencias de sequía en España durante el siglo XX, hasta 1988:


Fuente: Riesgos Naturales. VVAA. Ariel, 2002.

Volviendo al asunto de la climatología histórica, me gustaría dar por terminada esta paupérrima introducción al tema de la climatología histórica citando las palabras de Mariano Barriendos en una reciente entrevista3:
…estamos recuperando información sobre la actividad agrícola en zonas de altitud en el Pirineo para el periodo altomedieval. Con un conocimiento preciso de los cultivos y su localización, con el tiempo se podrán extrapolar condiciones ambientales de aquella época y compararlas con las actuales.
De momento, puedo avanzar que en el Pirineo si había un cultivo frecuente y recurrente era la viña. En la actualidad nos sorprendería alguna población especializada en deportes de aventura y nieve que tuvieran entre su patrimonio histórico la producción comercial de vino.
Los archivos de protocolos notariales contienen un registro sistemático en sus documentos de compra-venta con esta información. Sólo resta recuperarla.
Muchos especialistas en esta materia consideran que el cambio climático no ofrece todavía pruebas de una incidencia significativa en el comportamiento de los comportamientos hidrometeorológicos extremos.
Desde la perspectiva histórica en la que trabajo, sólo me cabe confirmar esta apreciación. La frecuencia y magnitud de los eventos de inundación ocurridos durante la segunda mitad del siglo XX no alcanzan en ninguna cuenca española los valores que la documentación histórica refiere para el periodo de la miniglación.
Cuando en la actualidad algún episodio ocasiona daños catastróficos, suele tratarse de localizaciones que han incrementado su vulnerabilidad y se han expuesto en exceso al riesgo. Sería prolijo dar detalles y casos de ejemplo, pero puede decirse en términos generales que las situaciones de catástrofe o de daños graves más recientes se producen más por la componente de actitud humana frente al riesgo que por la propia magnitud del fenómeno natural.
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1 Véase: La aridez en el Sahara los últimos 20.000 años (figura, pag 93), en Funciones Ecológicas, económicas y evolutivas de los desastres y calamidades naturales. Francisco Javier Ayala-Carcedo y Silvia Cubillo-Nielsen. Riesgos Naturales. VVAA. Ariel, 2002.
2 Véase: Los riesgos climáticos a través de la historia: avances en el estudio de episodios atmosféricos extraordinarios. Mariano Barriendos Vallvé. Riesgos Naturales. VVAA. Ariel, 2002.
3 Revista del Aficionado a la Meteorologi­a. Marzo, 2008.

FUENTE: http://www.alpoma.net/tecob/?p=866#more-866
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