El Huevo Cósmico , ideas sobre la construcción del universo

El Huevo Cósmico ... ideas sobre la construcción del universo
Las ideas sobre la construcción del universo han cambiado mucho a lo largo de la historia humana.

Hasta llegar al modelo heliocéntrico pasaron muchos otros, tantos como credos y religiones han existido.

Aristóteles pesó que la Tierra tenía forma esférica, no plana como pensaban muchos de sus contemporáneos.

¿Cómo llegó a esa conclusión, aparentemente en contradicción con lo que dictan los sentidos?

Observando eclipses, en los que la Tierra proyecta su sombra circular sobre la superficie lunar.

Observó igualmente que las estrellas se ven de forma diferente en lugares del planeta lejanos entre sí, una prueba más de su idea sobre la esfericidad terrena.

Ya que nuestro mundo era una esfera, y considerando esa geometría como la más perfecta, concibió un universo finito y también esférico.

Años después otro sabio griego, Aristarco, fue uno de los primeros que osaron contradecir el saber “popular” al afirmar que la Tierra de mueve en torno al Sol y no al revés.

Entre sus más grandes méritos se encuentran sus cálculos de distancias entre astros, como la del Sol y la Tierra o la Luna. Sus métodos matemáticos eran bastante correctos, impresionantes para la época, aunque en su aplicación cometió algunos errores, cosa muy lógica dadas las limitaciones existentes.

Siguiendo por el camino de medir nuestro planeta, Eratóstenes, encargado de la Gran Biblioteca de Alejandría y nacido en el 276 antes de Cristo, realizó una medición muy exacta de la circunferencia terrestre utilizando técnicas trigonométricas.

En aquel mar de sabios y teorías sobre nuestro universo nació el más grande de los astrónomos de la antigüedad, Ptolomeo. Corría el siglo II antes de nuestra era y la pugna entre la primacía del Sol y la Tierra como centros del Universo estaba decantándose erróneamente del lado de nuestro planeta.

El Almagesto, el libro de astronomía más importante del mundo antiguo, fue escrito por Ptolomeo para desarrollar e imponer de una vez por todas el sistema geocéntrico, con la Tierra como centro absoluto de la creación.

Esta obra, junto con su importante catálogo de estrellas, constituyeron una “dogma” de fe para todo occidente durante más de mil quinientos años.

Nadie se atrevió a ponerlo en duda, sobre todo cuando fue tomado como base “científica” e irrefutable para explicar el mundo por parte del cristianismo.

El sistema geocéntrico, también conocido como Ptolemaico, se convirtió en materia de fe indudable.

En el siglo XVI la ciencia inició su vuelo hacia la revolución que haría cambiar la mentalidad humana, de la superstición al pensamiento racional.

Los primeros protagonistas de este gran cambio fueron aquellos que se plantearon la veracidad del pensamiento clásico.

¿Vivíamos realmente en el interior del “Huevo cósmico” regido por Dios? ¿Era la Tierra el centro del universo?

Durante siglos ese había sido el parecer oficial, y pobre del que lo pusiera en duda. Nicolás Copérnico vivió entre los siglos XV y XVI, siendo sacerdote en Polonia, viajó por Europa, sobre todo por Italia donde sintió asombro ante lo que el Renacimiento prometía para cambiar la forma de pensar oscura de la humanidad.

Definitivamente la edad de las tinieblas, el medievo, estaba llegando a su fin. El sacerdote impartió clases de matemáticas en Roma y se empapó en esa ciudad de muchos conocimientos nuevos. Al regresar a su país, continuó con su labor sacerdotal.

En el poco tiempo libre que le quedaba cultivó una afición, la astronomía. Y de esas horas de “ocio” surgió una de las mayores revoluciones de la historia.

Tras observar los movimientos de los astros con mucho detenimiento, llegó a la conclusión de que el Sol, y no la Tierra, era el centro del universo. Así, la Tierra se movería alrededor del Sol y de sí misma. Esos movimientos explicaban la duración del día y la existencia de las estaciones anuales.

El descubrimiento fue comunicado por Copérnico a algunos conocidos, que lo divulgaron levemente, pero no fue publicado por miedo al choque con el poder de la Iglesia, firme defensora de la Tierra como centro universal.

Algunos audaces, como Osiander, publicaron los resultados copernicanos como simples ideas, sin afirmar estar en posesión de la verdad. Aun así, la jerarquía eclesial las condenó, el heliocentrismo se declaró herético.

La intuición de algunos griegos de la antigüedad volvía a ver la luz en Europa. El principal motivo de conflicto estaba en la doctrina teológica cristiana, que consideraba al hombre como la obra cumbre de Dios y, lógicamente, ocuparía el centro del Universo.

Si nuestro planeta ya no era el centro, todo el edificio de la religión cristiana corría peligro de demolición.

 Tras muchos siglos de inventarse mecánicas celestes basadas en esferas imposibles para describir el movimiento de los astros, Copérnico trajo una forma nueva y simple de explicarlos.

El geocentrismo de Ptolomeo fue herido de muerte. El honesto Copérnico siguió creyendo que su descubrimiento no entraba en contradicción con las doctrinas religiosas, en las que creía firmemente.

Por insistencia de sus amigos se decidió a publicar su obra, enviándola para ser impresa en otro revolucionario invento recién nacido: la imprenta de Gutenberg.

Un día antes de su muerte llegó a manos del sacerdote polaco un ejemplar de su obra.

El impacto de aquel libro no fue nada espectacular, pasaron décadas sin que nadie volviera sobre el tema con seriedad.

Tanto los sacerdotes católicos como los de la reforma tomaron a Copérnico por un loco hereje.

Sin embargo, en los países de la reforma protestante, al tener menor peso la religión en el pensamiento general, la idea copernicana renació, creció y dio sus frutos.

En la Europa católica, al contrario, nadie en su sano juicio se atrevió en mucho tiempo a estudiar el nuevo sistema cósmico. Tras más de mil años de vivir con una imagen errónea del universo, se abrían nuevas puertas para el conocimiento verdaderamente científico. 

El “Huevo cósmico” medieval se rompió para siempre.

Tycho Brahe recogió el testigo de Copérnico. Éste astrónomo, nacido en 1546, creó un extraño sistema astral mezclando lo mejor de los dos modelos.

Para Brahe, el Sol y la Luna se movían alrededor de la Tierra, aunque el resto de los planetas lo hacían alrededor del Sol.

Lo más importante en la obra de aquel extraño personaje fueron sus anotaciones sobre observaciones del cielo.

Aquellos números, garabateados con tinta en plumas de oca sobre cientos de toscos papeles, sentaron las bases para la verdadera revolución.

La paciencia fue la mejor virtud de Brahe, confeccionó sus listados de estrellas y movimientos planetarios durante muchos años de esforzada observación, seguido muy atentamente por su ayudante, Kepler.

Durante interminables noches elevaron aquellos dos hombres la vista al cielo nocturno midiendo los desplazamientos de los astros.

Al morir Brahe, aquel sabio con la nariz de oro pues perdió la original en un duelo a espada, el trabajo fue continuado por su fiel discípulo. Kepler fue el introductor definitivo del heliocentrismo en el pensamiento occidental.

Su herético trabajo, a ojos de la religión, no pudo ser contestado con seriedad por ningún científico, los números hablaban por sí mismos.

Entre las muchas pasiones en la vida del discípulo de Brahe, se hallaba el escribir relatos cercanos a lo que hoy llamaríamos ciencia ficción.

También se dedicó a la astrología, en una época en la que no se solía separar esa disciplina pseudocientífica de la astronomía.

Todo el conocimiento kepleriano se resume en sus tres famosas leyes sobre el movimiento de los astros, base de todo el conocimiento físico del cielo.

Por si fuera poco demostrar que la Tierra gira alrededor del Sol, Kepler destronó al círculo como rey de la naturaleza.

Durante siglos se tuvo como dogma que los planetas se mueven describiendo círculos, la forma más perfecta diseñada por Dios. Kepler los derrocó demostrando que los astros se mueven siguiendo órbitas elípticas, como óvalos, en lugar de círculos.

Con esto la herejía se completaba y las autoridades eclesiales empezaron a combatir a un nuevo enemigo, la ciencia cargada de pruebas objetivas, en una batalla que duró todavía mucho tiempo. 

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FUENTE : http://www.alpoma.net/tecob/?paged=284
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