¿Castigo, venganza o justicia?

Castigo, venganza o justicia?
Un estudio revela que la venganza no estaría detrás del castigo hacia los aprovechados, sino la justicia.

Últimamente se han publicado estudios sobre cooperación y cómo incentivarla.

Casi todos estos estudios tratan de analizar el papel del castigo en este tipo de relación humana.

Como individuos somos egoístas, pero si cooperamos todos salimos ganando.

No obstante, si dentro de una sociedad cooperativa hay individuos aprovechados entonces éstos son los que más salen ganando, hay un incentivo intrínsecos hacia la “deserción” (es la palabra técnica usada en teoría de juegos para ese caso).

El castigo por parte de los demás es la manera de tratar de evitar la proliferación de aprovechados.

Lo malo es éste siempre tiene un coste para el que lo aplica, sea un individuo o toda la sociedad.

Aunque el castigo hacia el aprovechado implica un gasto inicial, ese gasto puede verse como un inversión para que los aprovechados cooperen en interacciones futuras.

Esto tendría un papel importante a la hora de mantener la cooperación en las sociedades humanas.

En los experimentos de comportamiento que tratan de analizar este tipo de aspectos se ha podido comprobar que los jugadores están dispuestos a castigar a los aprovechados a costa de pagar un precio.

El juego del ultimátum, por ejemplo, muestra claramente que preferimos castigar al repartidor a costa de nuestras futuras ganancias si consideramos que el reparto que hizo él no es justo.

Incluso se ha podido comprobar por resonancia magnética nuclear que al que aplica castigo en este tipo de contextos se le activan las zonas del cerebro relacionadas con el placer.
Da la impresión de que nacemos con una capacidad para apreciar la justicia y con la necesidad de castigar comportamientos injustos incluso cuando la aplicación de castigo tiene un coste individual para nosotros.

Este último aspecto contradice lo mantenido por los economistas tradicionales que sólo consideran aspectos absolutamente racionales en las transacciones económicas en las que sólo se tiene en cuenta el interés propio, pero tiene lógica a la luz de la teoría evolutiva, pues la sociedad humana no hubiera aparecido si algunos aspectos del fomento de la cooperación no fueran genéticos.

Pero se nos plantea una pregunta en este punto. A la hora de aplicar un castigo ¿nos mueve la justicia o la venganza?

Hasta ahora se creía que era más bien la venganza la que nos motiva, pero no todos están de acuerdo.

Ernst Fehr y Klaus Schmidt mantuvieron en un trabajo de 1999 que lo que motiva el castigo hacia los aprovechados es la aversión a la desigualdad.

Hipotetizaron que ese comportamiento es esencial para la cooperación y que es distinto del deseo de venganza o de “reciprocidad” según el término técnico.

Pero no es fácil discernir entre ambos casos, tanto en el mundo real como en los experimentos, así que esto ha sido una cuestión debatida desde entonces.

Nichola Raihani (University College London) y Katherine McAuliffe (Harvard University) han realizado unos experimentos de Psicología Social y llegan a la conclusión de que lo que nos mueve es la justicia y no la venganza.

Al parecer, el criterio que se tiene a la hora de aplicar o no el castigo es si la ganancia del aprovechado es superior o no a la ganancia propia.

¿Castigaría a un ladrón que le roba 10 euros porque el acto le cuesta 10 euros o porque él termina con 10 euros más que usted?

En una sociedad en donde mucha gente defrauda, ¿castigaría a los demás sólo por defraudar o únicamente cuando defraudan más que usted?

Para estudiar las motivaciones que están detrás de la aplicación del castigo en las relaciones humanas este equipo de investigadores diseño un experimento para ver si el castigo por parte de los humanos se inicia por un deseo de reciprocidad en las pérdidas o por una aversión hacia las ganancias desiguales.
“En estudios previos se había mostrado que el castigo estaba motivado por emociones negativas.

Sin embargo queríamos saber precisamente qué hace que la gente quiera castigar a los aprovechados”, dice Raihani. “¿Está el castigo exclusivamente motivado por el deseo de venganza o los individuos juzgan si los aprovechados terminan con más ganancias que ellos para inclinarse por el castigo?”

Aunque las emociones negativas motivan el castigo, no está aún claro por qué estas emociones se producen durante las interacciones con los aprovechados.

Una posibilidad para este comportamiento podría ser que las víctimas del engaño experimentan emociones negativas porque el engaño viola las normas de cooperación dentro de la sociedad, de este modo se imponen pérdidas sobre los compañeros cooperativos.

Esclarecer los motivos que motivan el castigo de los aprovechados puede proporcionar ayudar a comprender la función última de castigo punitivo en humanos y, más específicamente, el castigo destinado a promover el comportamiento justo en lugar de simplemente disuadir a los congéneres que se vean tentados a engañar.

El conocimiento adquirido podría decirnos mucho acerca del los contextos donde es más probable que se implemente el castigo y además dónde puede ser más efectivo.

A los sujetos se les asignó dos papeles y entonces se distribuía dinero según una de tres maneras posibles.

Se encontró que los humanos somos más sensibles a la desigualdad que a las pérdidas cuando se decide si se castiga o no a un compañero de juego aprovechado.

Reclutaron 560 voluntarios para realizar una tarea de intercambio comercial a través de una aplicación en Internet.

En una primera ronda a unos se les asigno ser aprovechados y a otros ser engañados. Se formaron parejas que jugaban en tres escenarios distintos.

En el primero el compañero aprovechado empezaba con una cantidad de dinero significativamente menor que el otro.

El compañero aprovechado podía elegir robar 20 céntimos, pero esto no incrementaba su fortuna lo suficiente como para igualar a la de compañero.

En el segundo escenario el dinero era distribuido de tal manera que si el aprovechado robaba esos 20 céntimos entonces igualaba la riqueza del mismo.

En el tercer escenario el robo de esos 20 céntimos permitía al aprovechado exceder la cantidad de dinero del compañero robado.

Entonces el compañero robado tenía después la oportunidad de pagar 10 céntimos para castigar al aprovechado.

Los resultados fueron interesantes. En los dos primeros escenarios del experimento la misma proporción de compañeros robados optaron por el castigo del aprovechado pagando ese dinero extra.

Incluso algunos pagaron ese precio para castigar a compañeros que en la primera ronda habían decidido no aprovecharse (esto definía una “línea base de comportamiento horrible” según Raihani).
Pero en el tercer escenario, cuando el aprovechado terminaba con más dinero que el engañado, el número de engañados que optaron por castigar fue el doble que en los escenarios anteriores.

Raihani dice que esperaba obtener el resultado opuesto y que dicho resultado apoya la hipótesis del sentido de lo justo en lugar de la hipótesis que aboga por la idea de que lo que motiva el castigo es el deseo de satisfacer un “toma y daca”.

Pero, por otro lado, Herbert Gintis (Instituto Santa Fe) afirma que un fallo en este estudio hace imposible descarta la posibilidad que los participantes engañados busquen venganza.

Según él la gente castiga una mala intención y, a pesar de que los participantes eran anónimos en un juego computacional, todos los jugadores engañados sabían que sus compañeros eran personas reales que intentaban hacerles daño.

Según este otro investigador, la única manera de descartar la “reciprocidad” (venganza) como factor motivador sería añadir un grupo de control en el que los aprovechados fueran programas de ordenador en lugar de personas.

Ernst Fehr es más positivo respecto a este estudio, según él los datos parecen buenos y muestran que la desigualdad en las distribución de las ganancias tienen un fuerte efecto sobre la decisión de la gente a la hora de castigar o no.

Aunque está de acuerdo con Gintis que el trabajo no descarta por completo la influencia de la reciprocidad y que el uso de un grupo de control computacional sería la mejor manera de arrojar algo de luz sobre el asunto.

Si la gente castiga a un ordenador de la misma manera que castiga a los humanos aprovechados se tendría la prueba definitiva.

Al parecer ambos expertos proponen esa variante del experimento en serio.

Crimen y castigo, estilo chimpancé

Parece que cada vez más los científicos se preguntan si los grandes simios tienen una avanzada capacidad cognitiva, ante la cual la respuesta es sí.

Los chimpancés, en particular, parecen rebasar los límites de lo que pensamos que los primates no humanos son capaces como: planificar el futuro, muestran altruismo y algunos tienen habilidades increíbles de memoria.

Recientemente, los investigadores se preguntaron si los chimpancés muestran un comportamiento sofisticado social llamado "castigo de terceros".

Este comportamiento se produce cuando un individuo castiga a otro individuo por una transgresión aunque no sea directamente perjudicial para el castigo.

Así que en caso de un chimpancé, podría implicar a un individuo castigar a un compañero de grupo por robar comida de un miembro de otro grupo.

El comportamiento es considerado cognitivamente avanzado, como el que castiga no sólo debe comprender que la transgresión es injusta a pesar de no estar involucrado, también debe estar dispuestos a incurrir en un costo material y sin aparente beneficio inmediato del castigo.

Castigos a terceros se ven a menudo en las sociedades humanas y se cree mantienen la cooperación, pese su costo.

Debido a que los chimpancés viven en grandes grupos y complejos sociales, han evolucionado en increíbles habilidades sociales y los investigadores pensaron que era posible que pudieran demostrar este tipo de comportamiento.

Durante cada prueba en el experimento, se mantuvieron tres chimpancés en jaula separadas pero adyacentes: el "ladrón", la "víctima" y un tercer individuo, que tenía la capacidad de repartir castigos.

Los investigadores colocaron una bandeja de comida en la jaula de la víctima y a través de un sistema de poleas, el ladrón podría tirar de esta bandeja cargada de comida a su propia jaula.

Una vez que el alimento fue robado de la víctima, el tercer individuo tenía la oportunidad de contraer la bandeja que estaba en posesión del ladrón, por lo que la comida desaparecía y con ello castigar al ladrón por su conducta desleal.

Como control, los experimentadores también probaron escenarios en los que el investigador movía la comida a la jaula del ladrón (en lugar de que el ladrón la robara), otra donde la comida se colocaba en una jaula vacía, y otra donde el ladrón podría tomar alimentos sin afectar a la víctima.

Si el castigador potencial colapsaba la bandeja sólo en situaciones en que el ladrón tomaba posesión de la comida de la víctima, el estudio podía concluir que castigo a terceros existe en esta especie.

Sorprendentemente, no hubo evidencia de castigo a terceros entre los chimpancés.

Dada la oportunidad, el castigador potencial no colapsaba la bandeja de comida con mucha más frecuencia cuando el ladrón había robado en realidad la comida de una víctima que en otras situaciones.

Hay dos posibles explicaciones para estos resultados: o bien los chimpancés no entendían la situación o simplemente no exhiben castigos terceros.

Para distinguir entre estas posibilidades, los experimentadores realizaron una segunda prueba de los ensayos de castigo, donde sólo había dos chimpancés implicados: un ladrón y una víctima capaz de castigo.

La diferencia de los ensayos anteriores es que aquí, el castigador potencial también era víctima.

En estos estudios, los chimpancés se apresuraron a castigar al ladrón con el colapso de la bandeja de comida (pero sólo si eran socialmente dominante al ladrón).

Estos resultados sugieren que, aunque los chimpancés entienden el comportamiento como injusto y toman represalias cuando están personalmente afectados, no se involucran en el castigo cuando no son más que un mero espectador.

Parece que, para los chimpancés, el castigo puede funcionar para obligar a otros a cumplir, en lugar de desalentar el comportamiento injusto.

Estos resultados tienen implicaciones importantes para nuestra manera de entender el comportamiento social de nuestra especie y otros.

Primero, el castigo a terceros se cree mantiene la cooperación en los seres humanos ante el engaño desalentador, sin embargo, mientras que los chimpancés son conocidos por cooperar, no parecen participar en este tipo de castigo.

Esto plantea la cuestión de si los humanos y la cooperación de los grandes simios se mantienen en diferentes formas.

Además, si el castigo a terceros no está grabado en nuestra historia evolutiva, ¿cómo y cuándo los seres humanos adquirieron nuestra inclinación a castigar a otros por las transgresiones en las que no eramos victimas?

Por ahora, estas preguntas siguen sin respuesta.


¿Es cierto que la venganza es dulce?

La venganza es dulce, o la venganza se sirve en plato frío. Ambas son expresiones muy escuchadas tanto en la ficción como en la realidad.

Pero, ¿realmente existe la dulce venganza? Los estudios científicos no están del todo de acuerdo. De hecho, las sucesivas investigaciones sugieren justo lo contrario: La venganza raramente satisface al vengador a largo plazo, llegándole a sentirse infeliz por dicha venganza.

Ahora, de nuevo, una investigación publicada en el Journal of Experimental Social Psychology, llevada a cabo por los investigadores de la Universidad de Washington en St. Louis ha dado un giro de tuerca al asunto. Y es que la venganza es dulce, pero también es amarga, a la vez.
El complejo análisis de la venganza

Para llegar a esta conclusión, el estudiante de doctorado en ciencias psicológicas Fade Eadeh y sus colegas realizaron hasta tres experimentos con 200 personas, a las cuales se les pedía rellenar cuestionarios online sobre la clasificación de intensidades de sus emociones y estados de ánimo tras leer unas cuentas noticias breves, incluyendo una donde se describía la muerte de Osama Bin Laden a manos de las fuerzas armadas de EE.UU. como represalia a los ataques terroristas del 11S.
Tras la lectura, debían emparejar las noticias con hasta 25 adjetivos de una lista, como “feliz”, “nervioso”, “satisfecho”, “irritado”, “enfadado”… según las emociones que les provocaran las noticias.

Como podréis imaginar, los experimentos fueron diseñados para analizar si la venganza es dulce, si provoca bienestar, o si por el contrario la venganza es peor a largo plazo como sugieren muchas investigaciones anteriores a esta. 

De hecho, este estudio es bastante similar al realizado el pasado año 2014 por Alan Lambert, esta vez los investigadores se han centrado más en el análisis de las emociones y no tanto de los estados de ánimo. Otro estudio de 2008 realizado por Kevin Carlsmith, de la Universidad de Colgate, también se centró en exceso en los estados de ánimo. Y ambos estudios sugerían que la venganza nos hace infelices.
Las emociones son importantes para analizar la venganza

Curiosamente, respecto al caso del asesinado de Osama bin Laden, un acto horrible como es obvio, los voluntarios demostraron tanto sentimientos positivos como negativos (de hecho, dicho asesinato se celebró por las calles de Washington y Nueva York en su día): Sentimientos positivos por conseguir la venganza, y sentimientos negativos por el hecho de que, indirectamente, dicha venganza recordaba las acciones horribles llevadas a cabo por este terrorista.

El error en los estudios anteriores habría sido usar el estado de ánimo y las emociones como sinónimos, pero hay diferencias importantes: Las emociones se refieren a algo claro y específico, pudiendo llegar a ser muy intensas, pero a la vez fugaces; por su parte, los estados de ánimo son prolongados, aunque de menor intensidad.

Esta vez, para su estudio, Eadeh y sus colegas usaron herramientas lingüisticas junto con un gran inventario de términos del estado de ánimo para diferenciar esta percepción subjetiva de las emociones tras la lectura de las noticias relacionadas con la venganza. De nuevo, la venganza empeoraba el estado de ánimo de los voluntarios (como en anteriores estudios), pero a la vez generaba sentimientos y emociones positivas.

La venganza es dulce y amarga a la vez

Así pues, como conclusión, los investigadores afirman que la venganza es dulce, pero también es amarga. La venganza nos hace sentirnos bien y mal, algo que contradice a las investigaciones anteriores, las cuales afirmaban tajantemente que la venganza provoca sentimientos totalmente negativos.

Para comprobar esto, los investigadores repitieron el experimento usando pasajes de lectura donde se evitaba provocar emociones o sentimientos en particular. Por ejemplo, en el pasaje que contaba el asesinato de Osama bin Laden, se alteró el texto evitando describir el asesinato de forma explícita.

A pesar de los cambios, el resultado del experimento fue exactamente el mismo: La venganza provocaba emociones positivas, pero a la vez un estado de ánimo negativo. Por lo cual, sí, podemos afirmar que la venganza es dulce, pero tiene un componente amargo que deberíamos tener en cuenta.

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Kate Shaw, "Crime and punishment, chimpanzee-style", Ars Technica.
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