Bartolomeu Lourenço de Gusmão

Bartolomeu Lourenço de Gusmão
El primero que construyó un aparato destinado a elevarse en la atmósfera fue el brasileño Gusmão, natural de Santos, que realizó su primera ascensión en 1706.

Algunos años antes había enviado Gusmão una instancia al Rey de Portugal en la que solicitaba la protección regia para su invento.

En este documento se lee el párrafo siguiente:

“He inventado una máquina por medio de la cual se puede caminar por el aire con mucha más rapidez que por tierra o por mar, pudiendo recorrer hasta doscientas leguas al día, y enviar despachos a los ejércitos y a los países lejanos.

Con ella se podrán sacar de las plazas sitiadas a cuantas personas de juzgue conveniente sin que pueda estorbarlo el enemigo, y por medio de ella se podrán explorar también las regiones próximas a los polos”.

El primer globo aerostático.

Nuevamente, he aquí un problema de orden cronológico sin posible resolución.

Tal como sucede con los submarinos, o con prácticamente toda tecnología inventada hasta la fecha, determinar quién fue el primer ser humano en construir o hacer algo es tarea ardua, además de poco útil.

En realidad, el problema se limita a una cuestión de fortuna.

Será recordado el que más ruido haga, no quien primero despunte.

Bien, asunto cerrado. La memoria histórica repetirá una y otra vez que fueron los Hermanos Montgolfier, quienes lograron volar un aerostato por primera vez.

Ellos tuvieron la suerte que no acompañó a tantos otros. Como hijos de un fabricante de papel, los dos hermanos franceses fueron lo suficientemente perspicaces como para observar, y molestarse en estudiar, el curioso fenómeno del vuelo de bolsas de papel llenas de aire calentado en las cercanías de una hoguera.

No había más que atar unos cabos sueltos y, de pequeñas bolsas, pasando por otras más grandes, llegaron a la conclusión de que se encontraban ante la vía para crear globos.

En 1782 una de sus “bolsas” de aire caliente, ya no de papel sino de fina seda, alcanzó una considerable altitud de vuelo.

Al año siguiente demostraron su tecnología ante el público y, cómo no, toda Europa resonó ante el asombroso invento, había nacido la aerostación y, por qué no decirlo, los Montgolfier tornaron en héroes mundiales.

Ah pero, ¿realmente fueron los primeros?

Poco importa, pues es prácticamente imposible frenar la inercia histórica escrita en letras de imprenta a lo largo y ancho del planeta.

Sin embargo, merece la pena recordar a alguien que, casi ocho décadas antes, supo convertir las mismas intuiciones en ideas prácticas.

 Él sabía que el futuro de la humanidad pasaba por la conquista de los cielos, una lástima que la suerte no le acompañó y su nombre casi fue borrado del recuerdo común.

El Padre volador.

En el siglo XI, un monje benedictino inglés fue conocido como el “monje volador”.

Se trataba de Eilmer de Malmesbury, que armado con una especie de grandes alas, a imitación de las propias de las aves, logró planear un trecho, sobreviviendo a tal atrevimiento.

En el siglo XVII surgió otro religioso que, seguramente sin conocer nada de su predecesor, también deseó volar.

Bartolomeu Lourenço de Gusmão nació en la brasileña Santos, São Paulo, a finales de 1685. Recuérdese que, por aquella época, Brasil formaba parte del Imperio Portugués. Bartolomeu descolló tempranamente en sus estudios, sobre todo en los dedicados a las ciencias y las matemáticas. Siendo un mozalbete viajó a Portugal, donde completó sus estudios en la Universidad de Coímbra.

Su buen hacer con los números le facilitó el acceso a diversos cargos. Esto, junto a su condición de sacerdote jesuita, terminó por abrirle las puertas de Europa.

Viajó por todo el continente, empapándose de todo el conocimiento que pudo alcanzar y, de paso, mejorando técnicas e inventos allá por donde pasaba.

A su persona se ha atribuido cierto sistema para cocinar gracias a la radiación solar y un juego de lentes pero, sin duda, hubo algo sobresaliente que fue, a la vez, su mayor pasión y el motivo de su caída en desgracia.

Al igual que sucedió con los Hermanos Montgolfier, el Padre Lourenço de Gusmão era muy observador.

Sus amplios conocimientos abarcaban todo el saber sobre física que se tenía por entonces, no extrañará por ello que, según algunos comentarios de la época, la observación del ascenso de una pompa de jabón al situarse sobre el aire calentado por una vela, fuera más que suficiente como para espolear su ingenio.

De ese destello de inteligencia práctica surgió su máquina voladora, o instrumento para andar por el aire, como él lo llamó.

No se conoce mucho sobre los detalles técnicos del invento, pero sí se sabe que el 19 de abril de 1709 logró del rey de Portugal, Juan V, un privilegio de invención sobre tal ingenio volante.

A partir de ahí, el religioso se lanzó a experimentar con aerostatos cada vez más grandes. Partió de pequeños globos de papel, para ir construyendo progresivamente globos de tela fina más perfeccionados.

Diversas fuentes coinciden en que sus ascensiones de modelos aerostáticos databan del año 1706, siendo por lo tanto, y sin lugar a dudas, el pionero de los globos, muy anterior a los experimentos de los Montgolfier.

En 8 de agosto del año 1709 Bartolomeu Lourenço de Gusmão realizó una demostración pública de su máquina para andar por el aire.

Sucedió ante el monarca, diplomáticos, religiosos y grandes dignatarios. Un globo de aire caliente ascendió majestuosamente, alcanzando varios metros por encima del suelo del recinto de la Casa de Indias de Lisboa.

Desde aquél día fue conocido como el Padre volador más, su nave, bautizada como Passarola, no volvió a ser vista en público.

Al contrario que la fama lograda por los pioneros franceses, Bartolomeu tuvo la desgracia de ser ridiculizado en público.

El Nuncio apostólico de Lisboa, Michelangelo Conti, que llegaría a ser nombrado papa bajo el nombre de Inocencio XIII, reprendió al religioso por los peligros de manejar globos.

Téngase en cuenta que el futuro regidor de la Iglesia Católica no tenía en buen estima a los jesuitas, con lo que se convirtió en un enemigo a tener muy en cuenta.

Por lo demás, no es que la fortuna mirara con buenos ojos al inventor, la gente asoció a su nave voladora con las obras del diablo y, además, sufrió el acoso de la Santa Inquisición.

La desgracia le persiguió desde aquél día en que su mayor sueño se hizo realidad.

Debió buscar refugio en España, ya enfermo, falleciendo en Toledo en 1724, sin llegar a cumplir siquiera los cuarenta años de edad y sin poder continuar en estas tierras sus experiencias aéreas, tal y como era su deseo.

Una nave para andar por los cielos

¿En qué consistía la Passarola?

Lo que hizo volar Bartolomeu Lourenço de Gusmão en 1709 fue, al parecer, un sencillo globo de aire caliente.

Sin embargo, en la mente del religioso inventor ya estaban tomando forma modelos perfeccionados de globo para ser aplicados en diversos terrenos, desde lo militar al transporte de pasajeros.

Lamentablemente, apenas se conoce nada sobre sus diseños, únicamente se sabe que se trató de globos cuya fuente de energía, para calentar el aire de su interior, se hallaba sustentada de forma muy similar a como lo está actualmente el quemador en los globos modernos.

A lo largo del siglo XIX diversos autores intentaron dar forma a la nave de Bartolomeu, sin mucha fortuna, porque más con la imaginación que con el raciocinio, dibujaron elegantes barcos volantes, fantásticos y atractivos, más poco certeros en su aproximación a la realidad.

A falta de descripciones adecuadas de la época, nada mejor que recurrir al gran José Saramago quien, en su obra Memorial del convento, nos ofrece esta sugerente explicación de la mano de un imaginario Lourenço de Gusmão:
Esto que aquí ves son las velas que sirven para cortar el viento y se mueven según las necesidades, y aquí está el timón con que se dirigirá la barca, no al azar sino por medio de la ciencia del piloto, y éste es el cuerpo del navío de los aires a proa y popa en forma de concha marina, donde se disponen los tubos del fuelle para el caso de que falte el viento, como tantas veces sucede en el mar, y éstas son las alas, sin ellas, cómo se iba a equilibrar la barca voladora, y no te hablaré de estas esferas, que son secreto mío, bastará que te diga que sin lo que ellas llevarán dentro no volará la barca, pero sobre este punto aún no estoy seguro, y en este techo de alambre colgaremos unas bolas de ámbar, porque el ámbar responde muy bien al calor de los rayos del sol para el efecto que quiero, y esto es la brújula, sin ella no se va a ninguna parte, y esto son roldanas y poleas, que sirven para largar y recoger velas, como los barcos en la mar.
Se calló un momento, y añadió, Y cuando todo esté armado y concordante entre sí, volaré
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